Sombreros vs. pizzas: la guerra interna del Cártel de Sinaloa

El conflicto narco tiene en pánico a los residentes Culiacán, la capital de ese estado mexicano. La violencia se dispersa a otras localidades y pone el foco sobre ese país, a pocos días de que asuma Claudia Sheinbaum.

Los caídos en la guerra del Cártel de Sinaloa, que estalló hace tres semanas en México, no descansan en paz. Sus cadáveres se convierten en vehículos de mensajes de intimidación entre facciones narcotraficantes. Por un lado, están los que aparecen con porciones de pizza pegadas al cuerpo con un cuchillo o la cabeza decapitada en una caja de pizza. Por el otro, los que son vistos con sombreros, en algún caso sobre un cadáver decapitado.

Los macabros detalles son estratégicos para infundir terror entre la población. El epicentro de la guerra es Culiacán, la capital del estado de Sinaloa. Ahí los “culichis” viven como en las primeras épocas de encierro pandémico, afectados por un miedo contagioso que denominan “psicosis social”.

A nivel estrictamente realista es lo mismo: si estás muerto, estás muerto, por más que te pongan un sombrero o te decapiten. Pero hay algo en eso de jugar con los cadáveres que asusta más, “que añade más terror a lo que la gente de Culiacán está viviendo ahora mismo. Y cuando ves eso pensás si vale la pena enviar a mi hijo a la escuela. Por supuesto que no”, explica a Cenital el periodista Ioan Grillo.

Grillo es un periodista con más de 24 años de experiencia en temas de seguridad, en un país como México, donde la violencia es parte de la vida diaria. “El nivel de parálisis en Culiacán no tiene precedentes en las décadas de conflicto entre cárteles en México”, escribió en una reciente columna. La violencia y el miedo se extienden a otros estados: Sonora, Baja California, Chihuahua y Durango.

¿Qué pasa?

Ya son casi cien las víctimas en Sinaloa en las últimas tres semanas, desde que se desató una guerra caliente entre dos facciones del Cártel de Sinaloa. Los seguidores de Ismael “El Mayo” Zambada, denominados “Los Mayos”, se enfrentan con los fieles a la familia de Joaquín “El Chapo” Guzmán, liderados por sus hijos, “Los Chapitos”.

“El Cártel es como una especie de imperio o una gran federación de narcotraficantes y gángsters, que son grandes figuras del crimen organizado”, explica Grillo a Cenital. La historia del narcotráfico en el estado de Sinaloa se remonta a más de 100 años. “Entonces tenés familias feudales que han estado durante generaciones involucradas en el tráfico de drogas, incluidos los Guzmán y los Zambada”. Si bien participan otros líderes de guerra, durante un largo tiempo la asociación entre la familias Guzmán y Zambada “fue realmente el corazón de esta federación de narcotraficantes”.

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Los Chapitos heredaron una parte del imperio después de la extradición a Estados Unidos de su padre, Joaquín Guzmán. Modernizaron el enfoque de sus actividades ilícitas, enfocándose en drogas sintéticas que generan grandes ganancias –y preocupación en Estados Unidos, donde el fentanilo causa estragos-. Tienen una visión más urbana, y se asientan en Culiacán, donde se rumorea que tienen una importante red de extorsión. Esto choca con la visión narcotraficante más tradicional de Don Mayo, un viejo capo de 76 años, llamado “El Señor del Sombrero” por su uso de la conocida prenda rural. Lo que vemos -asegura Grillo- es “un choque entre dos modelos de crimen organizado”.

El malestar estuvo presente en los últimos años, pero en forma de guerra fría. Estalló a raíz de una aparente traición: en julio, en Estados Unidos aparecieron juntos Zambada y uno de los Chapitos, Joaquín Guzmán López. Fueron interceptados inmediatamente por agentes federales estadounidenses en una avioneta que aterrizó en un pequeño aeropuerto privado cerca de la ciudad de El Paso, Texas. Inicialmente se habló de una rendición pactada, pero Zambada declaró que fue secuestrado por el joven Guzmán, su ahijado.

Según su abogado, Zambada “fue emboscado, tirado al suelo y esposado por seis hombres con uniforme militar y Joaquín. Le ataron las piernas y le colocaron una bolsa negra en la cabeza. Después lo metieron en la parte trasera de una camioneta y lo llevaron a una pista de aterrizaje. Allí lo obligaron a subir a un avión, con las piernas atadas al asiento por Joaquín, y le llevaron a Estados Unidos contra su voluntad”.

Una investigación de Grillo y Juan Alberto Cedillo confirmó esta versión y agregó detalles, como que Zambada fue atraído con promesas de una reunión con Héctor Melesio Cuén, un político de Sinaloa que murió baleado ese día. Una fuente del Cártel de Sinaloa contó que durante el supuesto secuestro estaban presentes agentes estadounidenses. Los analistas inmediatamente señalaron que un enfrentamiento violento entre las facciones era probable.

El Estado vs. los narcos

El conflicto demuestra la relativa falta de poder que tiene el Estado mexicano ante la violencia criminal que aflige al país. A pocos días de la detención de los líderes narcos, y la supuesta traición entre las dos familias atadas por “compadrazgo”, el presidente Andrés Manuel López Obrador les pidió a los narcotraficantes que actuaran con mesura.

La semana pasada, el máximo mando del Ejército en Sinaloa afirmó durante una conferencia de prensa que la responsabilidad de detener los actos de violencia recae sobre los grupos criminales: “No depende de nosotros, depende de que los grupos antagónicos dejen de confrontarse y dejen a la sociedad en paz”, señaló.

La violencia tras la supuesta traición tardó en desatarse. Durante ese período, se cree que La Mayiza — como también se les conoce — estuvieron preparándose, armándose y consolidando alianzas con otros grupos. Cuando finalmente comenzaron los ataques el 9 de septiembre, las autoridades demoraron varios días en dar explicaciones.

Las fuerzas armadas desplegaron alrededor de 2,200 tropas en la zona de Culiacán, desempeñando un papel crucial para mantener una calma relativa, según señala Grillo: “Si no estuvieran allí, las calles de Culiacán serían literalmente como Beirut en sus peores días. Están proporcionando una contención mínima a la violencia, porque de lo contrario, tendríamos a los Chapitos y a los Mayos levantando barricadas y disparando en plena calle”.

El rol del Ejército es particularmente relevante porque, esta semana, se aprobó en el Congreso mexicano una reforma que militariza a la Guardia Nacional, originalmente creada como fuerza de seguridad civil. (Acordate que ya te contamos en Cenital que este es un mes especial: el último de López Obrador, quien logró obtener importantes reformas constitucionales gracias a una mayoría calificada en el Parlamento que asumió el 1 de septiembre)

La reforma de la Guardia Nacional formaliza la militarización de la seguridad interna, una situación que preocupa a los defensores de derechos humanos, ya que crea condiciones para violaciones de derechos y complica la rendición de cuentas. Durante los años en que se ha militarizado la seguridad en México, los soldados han participado en detenciones arbitrarias, falsificado pruebas, detenido y torturado a civiles en cuarteles. Los militares también han sido acusados de llevar a cabo ejecuciones y desapariciones forzosas, según un informe de Human Rights Watch.

Todo esto es cierto, pero la reforma también refleja la realidad mexicana. El Ejército, aunque no está capacitado para realizar labores policiales, se ha visto obligado a hacerlo. “Siendo realistas, en muchas partes de México no existen las capacidades policiales necesarias para enfrentar esta situación. Así que, de algún modo, la reforma está legitimando lo que ya ocurre en la práctica, aunque al mismo tiempo está creando una especie de fuerza policial militarizada en el país”, explica Grillo, que destaca los matices complejos de esta problemática.

La inseguridad es el principal problema que preocupa a la “gente común”, dice Grillo. “El círculo rojo obviamente está muy en contra de los militares en las calles. Pero según las encuestas, la mayoría de la gente en México quiere que los militares estén en las calles”.

¿Y EEUU?

Todo se desató por una supuesta traición entre aliados narcotraficantes. Pero el Gobierno mexicano –que se enteró casi por los medios de la detención de Zambada y Guzmán– señala que también Estados Unidos tiene responsabilidad por la violencia que azota Culiacán y mantiene en pánico a la población.

La Casa Blanca actuó de forma unilateral y es “corresponsable” por la violencia, dijo López Obrador en conferencia de prensa la semana pasada, donde cuestionó el supuesto trato entre Estados Unidos y Los Chapitos: “Se requiere de una explicación, porque si ahora estamos enfrentando en Sinaloa una situación de inestabilidad, de confrontación, pues se debe a que tomaron esa decisión, y nosotros no estamos de acuerdo en que se ignore a México, porque aquí tenemos el problema”, dijo el presidente, quien calificó como ilegal la detención de Zambada.

Lo respaldó la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, quien el próximo miércoles comienza su mandato. La mandataria cuestionó la falta de coordinación entre los dos gobiernos: “Nos interesa también que no llegue el fentanilo a Estados Unidos, pero Estados Unidos tiene que hacer lo propio, nosotros lo propio en nuestro país, y coordinarnos, colaborar”.

El Gobierno estadounidense, a través del embajador en México, niega tener alguna responsabilidad por la violencia en Sinaloa. Sin embargo, según El País, el intercambio evidencia las complicaciones que sufre la agenda común contra el crimen organizado.

Pero es cierto -según Grillo- que la estrategia de Estados Unidos de apuntar a los líderes narcotraficantes tiene efectos problemáticos. “Estados Unidos puede ser muy efectivo en lo táctico, pero deficiente en lo estratégico. Lo que quiero decir es que, si analizamos cómo ha librado guerras en los últimos años en Afganistán o Irak, se puede ver que, aunque sus comandantes, militares y soldados son hábiles en derrotar a los enemigos en el terreno, carecen de un plan estratégico sólido. Creo que lo mismo sucede en la lucha contra los cárteles en México. Tácticamente, muchos agentes se involucran en operaciones que resultan en la captura de líderes como el Chapo o el Mayo, así como de otros miembros importantes. Sin embargo, la pregunta es: ¿cuál es el rumbo estratégico a seguir?”

La estrategia de capturar a los capos criminales (conocidos como “kingpins” en inglés) ha sido un pilar fundamental de las políticas antidrogas de Estados Unidos. Sin embargo, se ha reconocido durante años que esta táctica a menudo resulta en un fraccionamiento del crimen organizado, lo que incrementa la violencia debido al vacío de poder que dejan los líderes caídos.

“Hay un problema doble: la estrategia de capturar a los capos no funciona y, además, es perjudicial que estos líderes disfruten de impunidad. Permitir que los jefes de los cárteles operen sin consecuencias es un error. A estas alturas, después de casi 20 años de esta situación, uno esperaría que Estados Unidos y México hubieran desarrollado alguna estrategia para reducir la violencia. Sin embargo, no veo ninguna iniciativa clara por parte de Washington o de México para abordar este problema”.

¿Y las pizzas?

Los macabros “mensajes corporales”, como los denomina Grillo al manipular a las víctimas de los narcotraficantes, representan un regreso a prácticas que se observaban hace 10 o 15 años. En este contexto, las pizzas aluden a Los Chapitos, cuya facción se conoce como “La Chapiza”, lo que permite un juego de palabras con “Cha-pizza”. Por otro lado, los sombreros hacen referencia a El Mayo y su prenda característica. Sin embargo, no está claro si el símbolo sobre los cadáveres se refiere al victimario o a la víctima, lo que añade otra capa de incertidumbre en una guerra marcada por incógnitas y violencia.

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Periodista especializada en América Latina. Editora del Latin America Daily Briefing.