ONU cumple 80 años: maquillaje de una vara compartida entre estados

Hoy empieza su reunión anual. Los desafíos para el futuro: desfinanciamiento, un mundo en policrisis y arbitrar un orden internacional que ya no existe.

A partir de hoy, líderes y diplomáticos de todo el mundo se darán cita en Nueva York para participar de la tradicional semana de alto nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Este año, el encuentro adquiere un tono especial: se celebra la 80ª sesión de la Asamblea, en un momento particularmente desafiante tanto para la ONU como para el sistema internacional en su conjunto.

El lema de este año es “Better together: 80 years and more for peace, development and human rights”. En su literalidad, es irreprochable; ¿quién se atrevería a oponerse a la paz o los derechos humanos? Pero lo interesante está en el subtexto. El lema parece menos un programa que una súplica: sigamos juntos, aunque la evidencia de los últimos años demuestre lo contrario. En un mundo donde la cooperación se asocia con vulnerabilidad y la interdependencia con riesgo, insistir en “mejor juntos” es menos una afirmación de fuerza que un recordatorio de fragilidad.

La agenda de esta Asamblea General es un inventario de crisis que se amontonan sin respiro. Gaza domina la escena, con una guerra que ya roza los tres años, acusaciones de genocidio y Netanyahu listo para hablar desde una posición cada vez más cuestionada. Ucrania sigue ahí, con Volodímir Zelenski apelando a la solidaridad global mientras Donald Trump se ofrece como mediador improbable frente a Vladimir Putin. Irán vuelve a escena con la diplomacia de último minuto sobre su programa nuclear y Siria sorprende con la aparición de un nuevo presidente surgido de la caída de Bashar al-Ásad, paradoja de ver en Nueva York a un líder sancionado por el propio sistema que lo acoge.

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En paralelo, muchos estados insistirán con el clima, recordando que la catástrofe ambiental avanza sin tregua; el aniversario de la cumbre de Beijing mostrará cuánto retrocedieron los derechos de las mujeres; Sudán aporta el “peor desastre humanitario del mundo” sin despertar demasiada atención, y Venezuela añade su capítulo caribeño de tensiones con Estados Unidos. El cuadro es claro: la ONU funciona menos como un espacio de solución que como un escaparate de desórdenes simultáneos, un foro donde se acumulan las urgencias pero se administran las impotencias.

Un balance y muchos futuros

Hasta acá lo más inmediato. ¿Qué decir sobre el devenir de la ONU en términos históricos y futuros? La ONU cumple 80 años con la contradicción de toda institución longeva: se la critica por lo que no hace y se la subestima por lo que todavía representa. Nació en 1945 con un propósito tan grandioso como improbable: evitar que las matanzas del siglo XX se repitieran. Paz, desarrollo, derechos humanos: palabras que, escritas en el papel fundacional de San Francisco, parecían un antídoto contra los demonios de la guerra total y el nacionalismo genocida.

Ocho décadas después, nadie con honestidad puede decir que la ONU logró plenamente lo que prometió. Las guerras no desaparecieron, los genocidios tampoco, y el Consejo de Seguridad se convirtió en una vitrina de vetos cruzados. Y sin embargo, sería mezquino confundir fracaso con inutilidad. La ONU vacunó al mundo contra la idea de que no hay reglas, no hay foros, no hay espacio común. Por cada intervención bloqueada, hay una misión de paz que evitó una matanza; por cada discurso vacío, un estándar internacional que ganó vigencia; por cada golpe sobre la mesa, un niño que accedió a un plato de comida.

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La ironía es que su persistencia es su triunfo. Nadie cita a la Sociedad de Naciones; todos, incluso los escépticos, saben lo que significa estar en la Asamblea General. La ONU no es la salvación, pero sí un recordatorio físico y ceremonial de que los Estados, por divididos que estén, se reconocen parte de algo mayor. En la arquitectura de un mundo roto, sigue siendo el único techo común.

Cuatro pilares

Este techo compartido, me animo a decir, se construyó sobre cuatro pilares normativos fundamentales: el rechazo a la agresión territorial, que obliga a Rusia a disfrazar su invasión de Ucrania con eufemismos; el rechazo a la violación sistemática de los derechos humanos, que lleva a regímenes como los de Myanmar, Irán o Israel a maquillar sus abusos; el rechazo a las armas de destrucción masiva, que explica los disfraces nucleares de Irán o Corea del Norte; y el rechazo al terrorismo, que obliga incluso a Hamás o sus patrocinadores a recurrir al lenguaje de la resistencia en vez de reivindicar abiertamente la violencia contra civiles.

La ONU no eliminó estas conductas, pero logró algo más extraño: que nadie pueda celebrarlas abiertamente. Puesto de otro modo, Naciones Unidas no necesariamente generó estados más virtuosos, pero sí más hipócritas. Y en política internacional, la hipocresía es preferible a la barbarie: significa que al menos existe una vara compartida. Esa es la herencia de ocho décadas de multilateralismo, y quizá el mejor punto de partida para imaginar su futuro.

La urgencia de la ONU tiene varios frentes

El más inmediato es su subsistencia como organización. La administración Trump decidió recortar su aporte y el resultado es quirúrgico: un presupuesto reducido en 500 millones de dólares, el despido del 20% del personal y una ONU obligada a justificarse a sí misma, agencia por agencia, como si se tratara de una empresa en bancarrota.

Las cifras son elocuentes. Como señaló Allison Lombardo en un seminario organizado por el Carnegie Endowment for International Peace, Estados Unidos cubría el 22% del presupuesto regular, el 25% del de mantenimiento de la paz y el 40% del humanitario. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) dependía de Washington para financiar la mitad de sus 9.000 millones de dólares anuales; el ACNUR, para dos quintos de su presupuesto.

En un briefing al Consejo de Seguridad, Tom Fletcher, subsecretario general para Asuntos Humanitarios, advirtió que seis millones de niños quedarán fuera de la escuela por los recortes en UNICEF; que el PMA solo podrá alimentar a un tercio de los afganos que pasan hambre y que el ACNUR dejará de dar asistencia básica a once millones de refugiados. A eso se suma la asfixia deliberada de la UNRWA, la agencia para refugiados palestinos, que Estados Unidos no solo dejó de financiar sino que intentó clausurar.

Vista así, la ONU corre el riesgo de convertirse en el equivalente diplomático de una sala de emergencias colapsada: no cura al paciente, pero lo mantiene estable el tiempo suficiente para que otros decidan si quieren salvarlo.

Una oportunidad en el desfinanciamiento

António Guterres intenta presentar la emergencia como una oportunidad: racionalizar una burocracia con 140 entidades y 40.000 resoluciones acumuladas, donde los mandatos se solapan y nadie recuerda por qué coexisten la ACNUR, la OIM o la OMS y el Programa de Sida. El proyecto “UN80” busca reorganizar la maquinaria en torno a los tres pilares originales — paz y seguridad, derechos humanos y desarrollo — , pero ya hubo intentos en 2005 y durante la pandemia, todos estrellados contra el muro de la resistencia estatal.

Además de la urgencia presupuestaria, la ONU tiene que lidiar con un mundo en policrisis: guerras que se prolongan, crisis climática que se acelera, cambio tecnológico, migraciones masivas, erosión democrática y un multilateralismo cada vez más desconfiado. No se trata de problemas en serie, que puedan resolverse uno después de otro, sino de crisis que se alimentan entre sí y multiplican sus efectos. El resultado es un escenario en donde la ONU aparece desbordada no solo por falta de fondos, sino por exceso de expectativas: se le pide arbitrar un orden internacional que ya no existe.

La transición hacia un mundo post-Occidental no es sólo un reacomodo de poder: es la erosión del clima de confianza que alguna vez sostuvo al multilateralismo. Washington ya no concibe la apertura comercial como un bien en sí mismo, sino como un riesgo a contener con tarifas y “derisking”. Cada contenedor que cruza el Pacífico se interpreta como una transferencia de fuerza al adversario estratégico. Pekín responde con la lógica de su tiempo: respaldo tácito a Moscú en Ucrania y la construcción de instituciones paralelas — OCS, BRICS, AIIB — que sugieren un orden diseñado a su medida.

Nuevos multilateralismos

El telón de fondo es más sombrío que solemne. El nacionalismo se propaga en registros distintos pero con un mismo efecto corrosivo: en EE.UU., como réplica a la desindustrialización; en Europa, como temor a la erosión cultural; en China, India y Rusia, como relato de grandeza restaurada. La consecuencia es un cambio de percepción: la globalización ya no aparece asociada a la prosperidad, sino a la vulnerabilidad. El multilateralismo que sobrevive no es tanto un cadáver como un organismo hipervigilante: desconfiado, selectivo, incapaz de concebir un interés común. Negociar reglas fue alguna vez el núcleo del juego; administrar rivalidades, donde el beneficio se mide sólo en relación con el contrincante, es su versión degradada.

En este contexto, el multilateralismo de la ONU ya no es la única opción. A su alrededor conviven los clubes de afinidad como los BRICS, los conciertos de grandes potencias que gestionan crisis por fuera de Nueva York, y las coaliciones ad-hoc que surgen en torno a temas como el clima, la seguridad o la salud. El reto para la ONU es no quedar reducida a un museo de legitimidad universal mientras la cooperación real se decide en otros ámbitos. Como señaló Marco Rubio, el secretario de Estado de Estados Unidos: “El orden global de posguerra no solo es obsoleto, ahora es un arma que se utiliza contra nosotros.”

La resiliencia discreta del multilateralismo

La ONU llega a sus 80 años como una institución exhausta, cuestionada y a menudo ridiculizada. Y, sin embargo, sería un error confundir desgaste con irrelevancia. Sus limitaciones son obvias: no evita guerras, no detiene genocidios, no impone desarrollo. Pero sin ella, el mundo sería todavía más inhóspito: no habría foro común, ni lenguaje compartido, ni siquiera la hipocresía que obliga a los Estados a fingir virtudes que no practican.

En un tiempo de policrisis, el valor de la ONU no está en prometer lo imposible, sino en mantener lo indispensable: un techo común bajo el cual todos — aliados y enemigos, virtuosos y cínicos — se reconocen parte de un orden mínimo. Ese modesto papel no es romántico, pero sí crucial. Porque si algo enseñan estas ocho décadas es que la alternativa a una ONU debilitada no es un sistema más eficiente, sino ningún sistema en absoluto. Y en ese vacío, lo que hoy parece decadencia se revelaría como una forma de resiliencia.

Otras lecturas:

Estudió relaciones internacionales en la Argentina y el Reino Unido; es profesor en la Universidad de San Andrés, investigador del CONICET y le apasiona la intersección entre geopolítica, cambio climático y capitalismo global.