La muerte de Pushkin: ¡adiós, libre elemento!
El 10 de febrero murió el poeta nacional ruso luego de batirse a duelo contra un francés.
El 10 de febrero de 1837 murió Aleksandr Pushkin.
–No puedo respirar, me asfixio.
Fueron sus últimas palabras. No podía respirar porque tenía un agujero de bala en el cuerpo. Tenía un agujero de bala en el cuerpo porque se había batido a duelo dos días antes. Se había batido a duelo, dos días antes, porque así se lo había propuesto a un francés de la corte del zar Nicolás I, Georges D´Anthés. Le había propuesto un duelo porque el francés cortejaba a su mujer, la joven Natalia Goncharova, con la que se había casado cuatro años antes. Las circunstancias de su muerte han sido contadas de sobra.
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Nos interesa la fina ironía de haber sido muerto por una mano francesa. Pushkin es el poeta nacional ruso por excelencia. Su fecha de nacimiento es el día internacional de la lengua rusa. Su gesto ha sido romper la tradición del francés como lengua exclusiva de la aristocracia rusa. Una revolución silenciosa, de arriba hacia abajo y definitiva. Pushkin ha nacido en una familia acaudalada. Tiene recursos, una biblioteca enorme y es políglota. Cuenta Sylvia Iparraguirre –en Clases de literatura rusa, un libro que no hace falta describir de qué trata– que fue Mary Smith, la esposa de un embajador, la que aconsejó a Pushkin que dejara el francés y comenzara a hacer lo que nadie hacía: escribir en ruso. “Tomar la lengua rusa, transfigurarla en lengua literaria y llevarla a su más alta expresión poética es el patrimonio que Pushkin dejará a los escritores que lo siguieron”, dice Iparraguirre en una de sus clases.
Hasta entonces todo venía de Francia (Iparraguirre ensaya allí un paralelo con el gesto de Esteban Echeverría en La cautiva; no nos podemos detener aquí pero vale la pena). El idioma ruso se usaba para la vida cotidiana pero la lengua de la aristocracia rusa era el francés. El noventa por ciento restante de la población era analfabeta. La literatura de un pueblo que llevaba siglos no existía. No tenía lengua para ser ejecutada. Cuando Pushkin comienza a escribir en ruso encuentra que le faltan (y le sobran) palabras. “No había una gramática ni una ortografía establecida y muchas palabras abstractas carecían de una definición precisa”, le escribe a un amigo.
Le faltan palabras, le faltan formatos y le faltan los temas. Por eso, dice Iparaguirre, Pushkin es “un genio mozartiano”. Los tiene que inventar. Escribe en verso y en prosa, escribe sobre la estepa, el mar, los gitanos y los campesinos. Adapta cuentos y canciones folclóricas populares (que escuchó de su aya, un personaje muy lindo de la tradición rusa) al idioma. Y en ese ejercicio inventa versos, métricas y estrofas particulares. Así, pone a una lengua previamente deslegitimada en una escala de uso literario nuevo mientras, en paralelo, actualiza los temas. Ese, dice Iparraguirre, es un paso que no tiene vuelta atrás: legitimar el caudal folklórico de los cuentos populares.
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SumateEntonces Pushkin le regala a los autores que vendrán después nada menos que el lenguaje, sus formas y sus temas. Con eso hubiera bastado. Pero por si fuera poco se encarga también de crear a los nuevos escritores de esa lengua. Funda la revista El Contemporáneo que va a publicar por primera vez a un joven de apenas 20 años llamado Nikolái Gogol. Iparraguirre reconstruye esta cadena. Fedor Dostoievski lee los cuentos de Gogol (en especial “El capote” de donde, dice Dostoievski, sale toda la literatura rusa, y tiene razón); leyendo Los relatos de Belkin, de Pushkin, otro hombre llamado León Tolstoi encuentra el inicio para una novela que está escribiendo. La novela es Ana Karenina y su inicio es universal: “Todas las familias felices son iguales; cada familia infeliz es infeliz a su manera”. Las poetas y escritoras rusas se forman allí también. Nadezhda Duróva publica la primera autobiografía en lengua rusa, La doncella de caballería, impulsada por el propio Pushkin.
La influencia continuará por años, incluso luego de su muerte. Marina Tsvietáieva escribe, sobre esa influencia, un libro titulado Mi Pushkin. De él quería hablar. No conoció al poeta nacional por razones temporales –ya había muerto cuando nació Marina, en 1892– pero su figura está presente en su infancia. Su padre, Iván Tsvetáeiv, fue el fundador del Museo Pushkin de Moscú. En la habitación de su madre, cuenta ella, ve por primera vez El duelo, un cuadro del pintor Alexander Naumov que ilustra el momento del disparo que será fatal.

Lo primero que supo del poeta fue que le dieron muerte de un disparo. Recién después supo quién era. “Fue entonces cuando dividí el mundo en el poeta y los demás, y elegí al poeta, tomé al poeta bajo mi protección: defender al poeta de los demás, sin importar ni cómo se vistieran ni cómo se llamaran”, escribe. Lee Los Gitanos y descubre que existen. Lee Eugenio Oneguin (donde Pushkin anticipa su propia muerte, en un duelo) y descubre el amor y el desamor. Se enamora, dice, no de Oneguin sino de Oneguin y Tatiana (“y puede ser que de Tatiana un poquito más”). Su primera escena amorosa, la primera que lee, es la escena en la que Oneguin rechaza el amor de Tatiana en un banco. “Él no amaba (esto lo entendí), por eso no se sentó, amaba ella, por eso se levantó, no estuvieron ni un minuto juntos, no hicieron nada juntos, hicieron absolutamente lo contrario: él hablaba, ella callaba, él no amaba, ella amaba, él se fue, ella se quedó”. Su primera escena amorosa, dice, determinó todas las posteriores. Así se hizo de una pasión por el amor desgraciado.
En el verano de 1902, Marina se hace con una antología de Pushkin y copia, en un librito que ella misma cose, uno de los poemas: Al mar. El libro le pertenecía pero igual lo copia. Lo copia “para tenerlo conmigo siempre en el bolsillo, para que fuera más mío, para haberlo escrito yo misma”. El poema, que fue escrito en uno de los múltiples exilios internos de Pushkin, comienza:
¡Adiós, libre elemento!
Por última vez frente a mí
haces rodar olas azules
y resplandeces con tu belleza orgullosa.
Marina nunca había visto el mar. Pero pronto recibe una ayuda, una postal que le mandan a la familia desde Nervi (Génova), porque en poco tiempo irán allí de vacaciones. Se queda con la postal. “Yo vivía con esta postal en secreto, en peligro, en lo prohibido, en la felicidad”, escribe en la víspera de conocer el mar, el verdadero mar.
El viaje es lento, la llegada al mar se demora en trenes, en hoteles, en paradas intermedias. Marina pierde la confianza y hasta el deseo de ver el mar. Finalmente llega el día. Su padre les comunica que ese día lo verán. Pero se demora un día más porque llegan tarde a Nervi, ya es de noche y su madre tiene algo de fiebre. “El mar estaba aquí –escribe sobre esa noche– y yo estaba aquí, y entre nosotros estaba la noche, toda la negrura de la noche y de una habitación extraña, y esta negrura pasaría inevitablemente y ambos estaríamos aquí. El mar estaba aquí, y yo estaba aquí, y entre nosotros toda la felicidad de la demora”. Fue la víspera más grandiosa de su vida, agrega.
Al día siguiente lo ve. Con los ojos completamente abiertos, describe. Volodia, el hijo de los propietarios del lugar, le muestra una roca que se llama La Rana. Desde allí pasan a una gruta. Marina intenta llegar a la gruta y cae al agua. Sale completamente mojada y se sienta en la arena a esperar que se seque su vestido y sus zapatos. Un rato después, todavía mojada con agua de mar, con la sal pegada al cuerpo (“el mar es azul y salado”, anota), se dirige a aquella primera roca, La Rana. Sobre una pequeña parte que sobresale del agua, seca, escribe con otro pedazo de roca:
¡Adiós, libre elemento!
Y escribe todo el resto del poema. Es un texto largo, tan largo que no le alcanzará ninguna roca, piensa. Va achicando la letra para que le entre, urgida por una ola que vendrá pronto. “Debo terminar de escribirlo –dice– antes de que llegue la ola, escribirlo todo antes de la ola y la ola está a punto de llegar”. Y segundos antes de que llegue la ola termina de escribirlo y lo firma: Alexandr Serguéievich Pushkin. Entonces llega el agua y todo se borra. “Como de un lenguetazo, y de nuevo estoy toda mojada, y de nuevo la lisa pizarra, ahora negra como el otro granito”, anota Marina.
Desde entonces, dice, no volvió a amar el mar. Aprendió a aprovecharlo, a jugar con él. Pero treinta años después de ese momento, ese momento suyo yendo a buscar el mar que buscó Pushkin, se da cuenta: “mi Al mar era el pecho de Pushkin, y yo iba al pecho de Pushkin, con Napoleón, con Byron (dos que están en el poema), con el rumor y el estallido y el murmullo de las olas”. Y no lo encontrará ni en ese mar, ni en el Mediterráneo, ni en el Negro, ni en el Atlántico.
“Al Mar”, dice finalmente, era también el amor de Pushkin por el mar. Un mar que solo podía existir en una hoja de papel, como un poema, y no físicamente en el mundo. Ese mar, quiere decir también antes de terminar, es el mar del adiós que retratan en un cuadro Iliá Repin e Iván Aivazovski.

Es por eso, dice Marina, que le costó ver lo que vio Pushkin en ese mar: porque aquél lo estaba despidiendo y ella lo estaba viendo por primera vez. Sin embargo, en un sentido distinto, “mi encuentro con el mar resultó ser precisamente mi despedida de él”. Una despedida doble. El adiós al mar del elemento libre, por un lado. Y el adiós a aquel mar real, “que estaba frente a mí y que yo, a causa del primero, ya no podía amar”. Es que el libre elemento, dirá finalmente, nunca había sido el mar.
Eran los versos. “El único elemento del cual no te despides jamás”, dice.