Hulk Hogan, un héroe americano
El trumpismo llora la muerte del luchador, fallecido a los 71 años de un ataque al corazón, descripto como un ídolo de los niños, que no saben de farsas.
Su leyenda comenzó el 23 de enero de 1984 en el Madison Square Garden. La multitud gritando “U-S-A”. Y nuestro héroe, Hulk Hogan, sobreponiéndose a la toma mortal de Iron Sheik (El jeque de hierro). Despojando al diabólico iraní de su título mundial. Fue el nacimiento de la “Hulk-A-Mania”. De uno de los luchadores más célebres de Estados Unidos. Hogan, bigotes poblados y cabellos platinados lacios, bronceado, malla amarilla, dos metros de altura, cientotreinta y siete kilos, ganándole al representante del país que ese mismo año el presidente Ronald Reagan había designado oficialmente como “Estado patrocinador del terrorismo”.
Su remera roja, que rompió y lanzó a la multitud apenas subió al ring, decía “American Made”. Sonó el gran hit de la banda Survivor “Eye of the tiger” (Ojo del tigre): “Tenía el coraje, conseguí la gloria”. Y Hogan lo hizo. Porque se sobrepuso primero a la llave maestra, “camel clutch”, de Iron Sheik. Hogan boca abajo y el iraní arriba de él, doblándolo desde el cuello. “Nadie ha logrado escapar de allí”, dramatiza el locutor. Hogan tiembla. Le falta el aire. El árbitro Dick Lutz teme verse obligado a marcar el final. Pero no. Hogan, solo él, reacciona y somete al iraní hasta la cuenta de tres. Seis minutos de combate y el estadio explota.
La pelea farsa (Hogan, puro carisma, era un luchador discreto y el iraní podría haberlo liquidado en menos de un minuto) fue clave para el mito del ídolo, que murió hace diez días en Clearwater Beach, en su Florida natal, que había recuperado fama los últimos tiempos sirviendo de payaso en la campaña política de su admirado Donald Trump y que en enero pasado, en una de sus últimas apariciones públicas, en Los Ángeles, en un show para Netflix, junto con otras grandes figuras de la lucha libre, sufrió un abucheo inesperado del público, que giró y le dio la espalda cuando él comenzó a hablar.
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Su vínculo con Trump
Además de su actuación en la Convención Nacional Republicana previa a la reelección de Trump, Hogan había quedado expuesto unos meses antes burlándose de Kamala Harris, preguntando si la derrotada candidata demócrata era “india”. El abucheo “renació” a The Iron Sheik (Hossein Khosrow Ali Vaziri, su nombre real), fallecido en 2023 y que odió siempre a Hogan. Una cuenta a su nombre en X dijo: “En las buenas y en las malas, Hulk Hogan, vete a la mierda”. Es un tuit que fue escrito “desde el más allá”, bromeó otro. “La venganza de Irán”. Limitada, claro, al circo de la lucha libre. A esa farsa guionada y anabolizada, de golpes y acrobacias, y que es cada vez más popular en Estados Unidos.
Al año siguiente de su combate contra el malvado iraní (Hogan ya había peleado en 1983 contra Sylvester Stallone en Rocky III), nuestro héroe (acaso una mezcla de John Wayne, Chuck Norris y Rambo) fue la estrella del lanzamiento de WrestleMania, el SuperBowl de la lucha libre. Era el nuevo gran negocio de la WWE (World Wrestling Entertainment) de Vince McMahon, viejo patrón del circo, acusado de suministrar él mismo los esteroides a sus luchadores (muchos de ellos fallecidos precozmente) y obligado a dejar el show, tras cuatro décadas de reinado, luego de una denuncia por acoso sexual (su socia y exesposa, Linda McMahon, está hoy en el gabinete de Donald Trump, a cargo del vapuleado sistema educativo de Estados Unidos).
Amado por los niños, que por supuesto creían todo, Hogan saltaba al escenario con “Real American”, el estribillo que decía “soy un verdadero americano, pelearé por los derechos de todos los hombres, pelea por lo correcto, pelea por tu vida”. En 1987, en WrestleMania III, Hogan levantó a André El Gigante, una torre francesa de 2,23m, lo tiró al suelo y lo castigó con un machete de piernas. Hubo fiesta ante más de noventa mil personas en el Pontiac Silverdome de Michigan. McMahon devolvía favores. Hogan ya lo había alertado de que los luchadores, hartos de ser explotados, querían sindicalizarse. Fue un campeón carnero. Botón y carnero.
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SumateSu jugada para recapturar al público
A mediados de los ’90, surgió la competencia de la WCW y los niños comenzaron a desoír los consejos de Hogan (“entrena, reza y come tus vitaminas”). El héroe abandonó a la WWE, que también estaba arrinconada porque el escándalo de luchadores inflados por las drogas, investigado por el FBI, se convirtió en causa judicial. En la WCW, Hogan, para recapturar al nuevo público, pasó a ser un villano. La maniobra fue un éxito, pero la WCW cayó en quiebra, Hogan hizo las paces con McMahon y volvió a la WWE, otra vez como héroe americano.
En 2013, ya retirado del ring, Hogan denunció a la empresa Gawker Media por difundir un video sexual privado. Financió su demanda Peter Thiel, Mr. Paypal, derecha dura del nuevo mundo, feliz porque así mandó a la quiebra a un medio de periodismo que le resultaba molesto en Internet. En 2015, Hogan sufrió la filtración de otro video, esta vez lanzando insultos racistas, tan grave que fue despedido por la WWE.
La necrológica
El trumpismo llora hoy la muerte de Hogan, fallecido a los 71 años de un ataque al corazón, y descripto en muchas crónicas como un patriota y como ídolo de los niños que trasformó el espectáculo de la lucha libre en Estados Unidos.
“Ignoran que Terry Bollea (así se llamaba) fue acusado de abuso por su esposa y su hija, que fue odiado por generaciones de luchadores, que su acto final fue trabajar a tiempo completo para Trump y que era un carnero racista y mentiroso”. Es la necrológica del periodista Dave Zirin en The Nation.
Hogan, siguió Zirin, “debería ser recordado como una expresión viva de nuestra decadencia nacional”. Zirin inició su crónica recordando su infancia. Contando que él, cuando tenía nueve años, celebró enloquecido el triunfo de Hogan ante Iron Sheik. Y que él, un hulkmaníaco, no sabía en aquel momento que el iraní, sin guión de por medio, “podría haber partido en dos” al héroe americano. No sabía que todo era una farsa.
Foto: Depositphotos