Habrá que acostumbrarse al país del soccer
En pleno Mundial de Clubes y de redadas de ICE, la selección de Estados Unidos juega este domingo contra México la final de la Copa de Oro.
Vi por primera vez a Diego Luna en pleno Mundial de Clubes, en la televisión de una pizzería de Hallandale, cerca de Miami Beach. Acababa de anotar su primer gol para la selección de Estados Unidos. Corrió hacia un costado como Diego Maradona en su gol ante Grecia del Mundial 94 (en Estados Unidos) y, ya frente a la cámara, celebró cerrando los puños y gritando “¡vamos!”, en español. Hijo de mexicanos, Luna, veintiún años, rubio platinado, tatuajes que le salen hasta de los ojos, medias bajas, retacón, amague, tres dedos, lleva la número 10. Parece un “Garrafa” Sánchez del soccer. Nació en California y tuvo un tránsito fugaz en un club en El Paso, frontera caliente, pegada a Ciudad Juárez.
Luna sería un objetivo perfecto para ICE, los temibles agentes de migración de Donald Trump. Enmascarados, sin identificación personal, que saltan de camionetas sin placas para arrestar migrantes (sin orden judicial). Puede ser el boxeador mexicano Julio César Chávez Jr., arrestado apenas cuatro días después de su pelea contra el youtuber Jake Paul. O puede ser un niño de cuatro años con cáncer. Pero Luna, jugador de Real Salt Lake, convocado por el DT Mauricio Pochettino en su plan de renovación de la selección de Estados Unidos, será clave para la final de este domingo de la Copa de Oro.
El rival será México, que será casi local en Houston, la ciudad que lleva el nombre de un general que dos siglos atrás lideró la conquista de Texas y fue su presidente y gobernador. Primer paso, decía el general Houston, para convertir a todo el continente en patria para los anglosajones. América para Estados Unidos.
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La Copa de Oro (algo así como la Copa América pero de la Concacaf, la Confederación de Norte y Centro América y Caribe) se juega en Estados Unidos simultáneamente con el Mundial de Clubes, la criatura de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, que entró este fin de semana en su etapa final. Algunos ciudadanos no saben aún si el Mundial de Clubes es lo mismo que el de Selecciones. Otros ni siquiera saben que Estados Unidos está albergando el Mundial de Clubes. Ni la Copa de Oro. Al mismo tiempo que ambos torneos, se jugaron finales de NBA y de NHL (hockey sobre hielo). Y se está jugando la MLB (béisbol, “pasatiempo nacional” de los estadounidenses). También la MLS (el soccer local).
Alligator Alcatraz
No fue lo único: en pleno Mundial, Estados Unidos, se metió en guerra contra Irak, asiste todos los días al temible show unipersonal del presidente Donald Trump, eligió como candidato demócrata para alcalde de Nueva York a un musulmán de izquierda nacido en Uganda que pide por Gaza y vivienda, trasporte, salud y educación para todos. Y sancionó una ley que, además de recortes para los pobres y beneficios para los ricos, dotará esencialmente a ICE de 75 mil millones de dólares adicionales para intensificar sus operaciones y construir centros de detención, como “Alligator Alcatraz”, que Trump inauguró días atrás, una cárcel rodeada de caimanes cerca de Miami, donde pasé las últimas tres semanas, yendo a partidos del Mundial de Clubes. Confirmé que Estados Unidos es un país de muchos países. Y en ninguno de ellos el fútbol es prioridad.

El sábado pasado, fui temprano al Hard Rock Stadium para ver el partido de octavos de final en el que Bayern Munich, una máquina alemana liderada por el notable delantero inglés Harry Kane, cortó el sueño de Flamengo, el equipo que se jacta de tener la mayor cantidad de hinchas en el mundo (“la nación rubronegra”), pero que esa tarde hizo honor a la cultura brasileña de cantar poco en la cancha, algo acaso decepcionante para nuestra mentalidad, para nuestros hinchas que cantan hasta cuando amenazan que te van a asesinar.
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SumateEl coro potente y sin fin de los fanáticos de Boca (jugó en ese estadio sus partidos contra Benfica y Bayern Munich) fue una excepción. En general, buena parte del público del Hard Rock hace honor a la cultura celebrity de Miami. Vi parejas sacándose selfies dándole la espalda al campo en pleno tiro de esquina. Vi otros grupos que jamás gritaban cuando había un gol. Esperaban que explotara por los altoparlantes la música insufrible que pone la FIFA luego de cada anotación y recién allí sí bailaban y celebraban. Van a la cancha a escuchar música.
Visitante en tu propio país
Terminado Bayern Munich-Flamengo (la salida del Hard Rock suele ser lentísima, los estacionamientos cuestan más de veinte dólares y es casi imposible llegar e irse con transporte público) paré en la pizzería de Hallandale, cerquita de Miami Beach. No tenían la TV puesta en el partido que la selección de Estados Unidos jugaba en ese momento en Minneapolis contra Costa Rica, por un boleto a la semifinal de la Copa de Oro. Acaso ni sabían que jugaba su selección. Pedí que lo pusieran. Fue allí donde choqué con la imagen de Diego Luna, su gol, su “¡vamos!”, su beso al primer tatuaje de su madre Susana y al de su primera sobrina, solo algunos de los que cubren casi todo su cuerpo.
Estados Unidos ganó por penales. Un tiro en el palo de la Costa Rica de Keylor Navas en el final casi la deja afuera del torneo, lo que hubiese significado un duro palo para Pochettino, que no comenzó bien y arriesgó probando jóvenes en la Copa de Oro. El miércoles pasado, mientras emprendía mi vuelta, Estados Unidos ganó su boleto a la final. Jugó en el Energizer Park, de San Luis, Missouri. Capacidad para solo 22.500 personas. Y, cerca del sesenta por ciento de los hinchas eran guatemaltecos. Por cómo gritaron parecían cien mil. Alentaron a los suyos hasta cantando el himno de su país. Luna anotó los dos goles en el sufrido triunfo 2–1. No hay otro escenario posible en el que Costa Rica primero y Guatemala luego compitan de igual a igual contra Estados Unidos.
La final de Houston será hoy en el estadio NRG, que tiene capacidad para más de 72.000 espectadores. Se presume que, como ya sucedió contra Costa Rica y Guatemala, México dominará el ambiente, que Estados Unidos será nuevamente “visitante” en su propia tierra y que el soccer seguirá siendo un cuerpo extraño en este país, que celebra ante todo al ganador, algo que no sucede con el soccer.
Pero la final se jugará también en días de Donald Trump y de fiesta patriótica por el aniversario 249 de la independencia. “Ningún presidente ha usado la palabra ‘Estados Unidos’ con tanta eficacia” como Trump, escribió este viernes en The New York Times Greg Grandin, historiador, autor de “America, America”. Como “símbolo para mantener la unidad” y como “querosene para las guerras culturales”. Make America Great Again. MAGA, sí, pero “solo para los estadounidenses” que ICE considere estadounidenses, sin muchos de los mexicanos que, si no le temen a los controles, irán el domingo a ver la final. Cuenta Grandin que el Ejército de Estados Unidos que anexó Texas en 1845 e invadió México frenó la conquista de “todo México” porque demasiada “raza mixta” socavaría el dominio “caucásico”.
La supremacía anglosajona que hoy revive. El arresto reciente de Julio César Chávez Jr. provocó debate en México. Más aún cuando Jake Paul, el youtuber que quiere medirse ahora contra Saúl “Canelo” Álvarez, gloria del boxeo mexicano, escribió en sus redes “Canelo is next”. ¿El siguiente rival? ¿El siguiente boxeador mexicano que será deportado? Habrá final caliente este domingo en Houston.
La decisión de Messi
ICE todavía no fue a los estadios del Mundial de Clubes ni de la Copa de Oro. Sí quiso hacer un operativo en un partido del equipo campeón de béisbol, los Dodgers, en Los Ángeles, allí donde Trump mandó marines y Guardia Nacional luego de que estallaran revueltas contra las redadas. Miami, latina e hispana, celebró sin miedo al Inter de Leo Messi hasta que PSG, campeón francés y de la Champions, propiedad de Qatar, le perdonó la vida y decidió no hacer más goles tras el 4–0 de la etapa inicial en los cuartos de final. Messi, cuentan, comenzó a plantearse si en enero, cuando ya finalice su contrato, debería encontrar una Liga más exigente para llegar en mejor forma al Mundial de selecciones.
Los hinchas (además de la fiesta con poco fútbol de Boca) llenaron el Hard Rock para verlo jugar a él, una celebrity en el país que ama a las celebrities. Por eso los hinchas volvieron a llenar luego al Hard Rock para ver jugar a Real Madrid, el equipo celebrity del Mundial. Miami ama a las estrellas. Ya no es la ciudad de narcos colombianos o cubanos, comunidad que se enojó mucho con Tony Montana, el personaje de Scarface en la película de Brian De Palma. Los cubanos mandan en Miami, pero de otro modo. Allí están, sino, los hermanos Jorge y José Mas (hijos del conocido anticastrista Jorge Mas Canosa). Son el poder al que tuvo que asociarse David Beckham para conseguir un terreno decente para que Inter construya un estadio. Son los patrones de Messi.
Habrá que acostumbrarse al soccer de USA porque Infantino se casó con él. Su predecesor, Sepp Blatter, cayó no por una redada de ICE, sino del FBI. Fue en 2015. El estallido llamado FIFAGate, escándalo de corrupción que explotó después de que la FIFA votó a Qatar y no a Estados Unidos como sede del Mundial 2022. Ahora ni siquiera votó para darle el Mundial 2034 a Arabia Saudita, el gran ganador de la Copa Infantino. Televisión de DAZN (capitales árabes) para convencer la resistencia de Europa. Y el equipo de Al Hilal ofreciendo la gran noche del certamen, su victoria 4–3 en tiempo extra que eliminó al Manchester City de Pep Guardiola (propiedad de Abu Dabi).
Hubo también en el Mundial partidos jugados en temperaturas bochornosas y otros suspendidos porque el verano estadounidense (atención al Mundial 2026) incluye tormentas eléctricas. Hubo un gran aporte de Brasil. Y hubo también un Boca y un River que contaron con hinchas ruidosos, algo de bravura y poco, muy poco de fútbol, tal como sucede en nuestra Liga. Y hubo un Mundial que concluirá el domingo próximo en Nueva York. Un Mundial que, según parece, llegó para quedarse.