Un papa latinoamericano, un intelectual para el tercer mundo
Un líder que condena al neoliberalismo y al lawfare; lucha por el ambiente y la integración. Perspectivas de un pensamiento que se proyecta en el tiempo y en el espacio.
“El papa Francisco es más que Bergoglio, pero es imposible entender a Francisco sin entender a Bergoglio”. El jesuita italiano Antonio Spadaro habla a Cenital desde la oficina que ocupa como secretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación del Vaticano frente a la Plaza San Pedro. Spadaro, exdirector de la revista cultural más antigua de Italia (La Civiltà Cattolica), no se refiere solo a la que denomina la “raíz porteña” del pontificado que se inició el 13 de marzo de 2013 y en la que ubica a temas como la apertura de Jorge Bergoglio al diálogo interreligioso o su cercanía con los “descartados” por el sistema, sino que defiende la importancia de los 76 años casi ininterrumpidos que el actual pontífice vivió en América Latina como claves para analizar su magisterio como obispo de Roma.
“Francisco cita a menudo los versos de su compatriota Francisco Bernárdez sobre que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene de raíz. Y un eje central de sus ‘flores’ es ser no solo el primer papa jesuita de la historia, sino el primero latinoamericano, que llega de ese ‘fin del mundo’ al que él mismo se refirió al ser elegido, una dimensión sin la que cualquier mirada y análisis de estos 12 años queda trunca”, agrega el sacerdote siciliano, escritor de varios libros junto al papa.
Una formación latinoamericana
Antes de la tarde en la que la fumata blanca lo eligió como el primer papa latinoamericano entre los 266 líderes que ha tenido la Iglesia católica, Francisco vivió casi toda su vida en Argentina, más allá de un breve paso formativo en Chile y, luego, otro posterior en Alemania. A diferencia de muchos otros cardenales y obispos, no tuvo estancias en Roma, donde suelen buscar formarse los que desean una carrera eclesiástica. Este rasgo singular puede ser uno de los factores que permitió que Jorge Mario Bergoglio llegara al pontificado mucho más cercano a las corrientes de pensamiento latinoamericanas, y a las preocupaciones de los pueblos de su región, que a las tendencias en boga en círculos europeístas.
“Su pontificado realmente proviene del fin del mundo y es hijo de circunstancias históricas y equilibrios geopolíticos particulares. Su propia visión está ligada a la experiencia de pastor en Buenos Aires y a las dinámicas ricas y complejas vividas por el episcopado latinoamericano reunido en la conferencia de Aparecida, Brasil, en 2007”, desarrolla Spadaro.
Ha sido el propio Francisco el que, a la hora de explicar algunos de sus rasgos distintivos, como la sensibilidad por los migrantes o el diálogo interreligioso, no duda en atribuir un rol central a la Argentina de puertas abiertas en la que hizo la escuela primaria, donde convivían en el aula “el turquito, el ruso, el gallego, el tano”, según ha ilustrado alguna vez.
Bergoglio viajó poco por el continente pero conoció la región a través de sus pueblos gracias a esas oleadas inmigratorias que han enriquecido la cultura Argentina a lo largo del siglo XX, con mucha presencia en las mismas villas miserias que se fueron convirtiendo en uno de los lugares habituales de la pastoral del hoy papa en su período como arzobispo de Buenos Aires. Era un cura “en salida”, para usar el término que se popularizó con su llegada a Roma, al que no le hacía falta salir de las fronteras físicas de la Argentina y le bastaba con acercarse a los márgenes existenciales y económicos de las grandes urbes para conocer un verdadero poliedro de realidades latinoamericanas.
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SumateEl historiador Gianni La Bella, impulsor de varias causas de canonización de figuras latinoamericanas, apunta sobre este tema que “Francisco ha construido un discurso profundamente relacionado con las realidades sociales y políticas de América Latina, producto de su experiencia personal o de su contexto geográfico y que también se inscribe dentro de un legado intelectual más amplio que tiene sus raíces en el Concilio Vaticano II (1962-1965), con la Iglesia como un agente comprometido con la justicia social, la paz y la dignidad humana”.
La Bella, miembro de la comunidad San Egidio, un brazo operativo del Vaticano en asuntos sensibles de todo el mundo, puntualiza ante la consulta de Cenital que “la opción preferencial por los pobres, que ha sido uno de los pilares del pensamiento de Bergoglio, forma parte de una tradición teológica y pastoral derivada de su formación con los teóricos latinoamericanos de esa época, como Rodolfo Kusch, Amelia Podetti o Alberto Methol Ferré, muchos de los que además fue amigo. Y ahora, como papa, incorpora esas ideas al magisterio de la Iglesia para que vuelvan globalizadas a la región”. El papa, propone el historiador, como un intelectual que habla al pueblo de la Patria Grande en su idioma y, especialmente, sobre sus necesidades.
En ese camino latinoamericano hacia el pontificado un punto clave fue la Conferencia de Aparecida y su documento final, que destacó el compromiso de la Iglesia latinoamericana con los desafíos sociales y políticos de la región y que fue, en gran medida, el resultado del trabajo y la influencia del entonces cardenal Bergoglio, responsable de la comisión de redacción.
El “documento de Aparecida”, que el ya papa Francisco regalaba a los primeros mandataros que lo visitaban en 2013 cuando aún no tenía un escrito propio en su nuevo rol, está considerado como el último gran aporte del episcopado latinoamericano a la Iglesia universal y mostró el despertar de su conciencia ecológica y social, que más tarde derivaría en su encíclica Laudato si’ (2015) y en el Sínodo de Obispos dedicado a la Amazonía (2018, con su posterior exhortación de 2019, “Querida Amazonía”), ambos fuertemente vinculados a la región.
Para un papa latinoamericanista
Ese camino intelectual iniciado en América Latina, preferencial por los pobres y atento a las necesidades de su pueblo, continuó al llegar a Roma. Ya en su primer escrito 100% como papa, la exhortación Evangelii gaudium (2013), Francisco escribió literalmente “esta economía mata”.
Así vemos que una de las formas en que el papa ha expresado esta opción por los pobres es mediante su crítica al neoliberalismo, especialmente en América Latina, donde este modelo económico ha tenido un impacto devastador en los sectores más vulnerables.
En varios de sus discursos, incluso durante sus viajes a la región, Francisco ha denunciado a un sistema económico que no solo genera desigualdad, sino que también destruye la vida humana y natural. En 2015, durante su visita a Bolivia, Francisco señaló que «la primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos», subrayando que “los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero”. Incluso en Chile, el país de la región que durante años fue tomado como ejemplo de las supuestas virtudes de una economía más orientada al mercado, el papa convocó en 2018 a “una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático que privilegia la irrupción del poder económico en contra de los ecosistemas naturales y, por lo tanto, del bien común de nuestros pueblos”.
Otro elemento clave del pensamiento de Francisco para la región es su compromiso con la democracia y la justicia. En sus intervenciones, el papa ha enfatizado la necesidad de fortalecer la democracia en la región para que no se reduzca a un simple sistema electoral, sino que se convierta en un espacio real de participación, inclusión y justicia social. Como ejemplo, Francisco ha alertado sobre los peligros del denominado “lawfare” y, para que quedara claro, lo hizo tanto en homilías en su capilla, dándole una raíz teológica, como en discursos en la Academia de Ciencias Sociales del Vaticano, para reforzar su incorporación al magisterio.
“Creo que hoy uno de los deberes del católico latinoamericano es el de fortalecer la democracia”, escribió en ese marco hace algunos años en un libro dedicado a la región.
Parte de su producción latinoamericanista incluye también su profundo interés por los procesos de integración regional, convirtiéndolo en un pontífice con una mirada renovada hacia la unidad del continente. En sus discursos, Francisco ha destacado la importancia de continuar el legado de los “padres fundadores” de la región, como Simón Bolívar y José de San Martín, mientras subraya la necesidad de seguir forjando una “Patria Grande” en el presente.
En su visita a Panamá en 2019, por ejemplo, recordó la visión de Simón Bolívar de una América unida, capaz de abrazar y respetar la multiculturalidad de sus pueblos. Ha dicho, incluso, que “el verdadero proyecto de América Latina es el de la Patria Grande”, lo que refleja un pensamiento heredado de las luchas independentistas del siglo XIX y una invitación a avanzar más allá de los límites nacionales. Ya como papa, planteó que la región “será víctima hasta que no se termine de liberar de imperialismos explotadores” y pidió cumplir el “sueño de unidad de San Martín y Bolívar”.
Francisco llama también a la reflexión cuando (se) pregunta en otro de sus libros a sus compatriotas regionales: “¿Qué es lo que está pasando en América Latina? ¿Volvemos a confiar en ideologías que han demostrado fracasos económicos y devastaciones humanas?”. Da, en ese marco, una pista de posibles caminos alternativos cuando plantea la necesidad de “cultivar y debatir proyectos históricos que apunten con realismo hacia una esperanza de vida más digna para las personas, familias y pueblos latinoamericanos. Urge poder definir y emprender grandes objetivos nacionales y latinoamericanos, con consensos fuertes y movilizaciones populares, más allá de ambiciones e interés mundanos y lejos de maniqueísmos y exasperaciones, de aventuras peligrosas y explosiones incontrolables”.
Además de producir pensamiento, Francisco también produjo hechos concretos en pos de ese ethos latinoamericanista. Solo como ejemplos, basta recordar su participación clave en el deshielo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos en 2014 o su intervención en el diálogo entre el Gobierno colombiano y la guerrilla FARC que derivó en el acuerdo de paz de 2016.
En ese marco, ante la consulta de Cenital, el exmandatario colombiano y ganador del Premio Nobel de la Paz por ese acuerdo, Juan Manuel Santos, plantea que “el apoyo del Santo Padre para el proceso de paz colombiano fue muy importante, siempre nos dio una voz de aliento”.
“Cada vez que encontrábamos alguna dificultad en el proceso de negociación yo le insistía de porqué no venía a Colombia a darnos aun empujón. Y él me decía, muy sabiamente, que vendría cuando Colombia más lo necesitara. Y así fue, él vino a Colombia después de la firma de la paz, y vino, de acuerdo a sus propias palabras, a empujar a los colombianos en ese difícil tránsito de la reconciliación, y en eso estamos”, evoca Santos, ratificando que, como dice uno de sus principios, para Francisco “la realidad es más importante que la idea”.
El tiempo es superior al espacio
“Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante”, escribe Julian Barnes para empezar su libro Niveles de vida. Y en cierto modo el mundo cambió en marzo de 2013 cuando por primera vez un latinoamericano llegó a la máxima jefatura de la Iglesia católica.
Su apuesta por la integración regional, su llamado a la unidad y la fraternidad, su denuncia de las injusticias sociales y económicas, y su visión de una Iglesia cercana a los más necesitados son elementos clave que marcan su pontificado. Algunos, por derecha y por izquierda, tardaron en advertirlo, para parafrasear al autor británico, pero pocos pueden decir que la Iglesia católica sea la misma tras más de 12 años de pontificado de Bergoglio.
Francisco no solo es el primer papa de la región, sino quizás la figura que desde más alta posición mundial ha promovido la Patria Grande que soñaron los próceres a través de un pensamiento que trasciende las fronteras nacionales y que invita a todos los pueblos de América Latina a caminar juntos hacia un futuro más justo y solidario. Ha actuado e invitado a pensar en esa dirección.
El pontífice repite como uno de sus mantras que lo importante es poner en marcha procesos más que ocupar lugares de poder. En esa clave hay que leer la abundancia de referencias discursivas a la necesidad de integración, de combate al sistema predominante en el mundo y en pos de los más necesitados en los que apela a que las nuevas generaciones emprendan esos caminos. Hay que tener en cuenta, además, que las fronteras a las que Francisco aspira sobrepasar no son solo temporales: lo mueve también un convencimiento de que lo latinoamericano se vive incluso al Norte del Río Bravo, en donde está convencido de que los cambios demográficos traerán profundas transformaciones en el corto plazo. En ese sentido, que muchos de los obispos que ha designado en Estados Unidos sean de indudable origen latino (José Horacio Gómez al frente de Los Ángeles, la arquidiócesis más grande ese país, es solo un ejemplo) o que la reciente carta a la Iglesia estadounidense con reclamo de tutela a los inmigrantes haya sido publicada en español como idioma oficial por el Vaticano no son gestos aislados ni casualidades.
Esta nota parte del especial por los doce años del papado de Francisco. Podés leer Vox populi acá.