Estados Unidos busca cerrar la paz en Ucrania y Putin desconfía del acuerdo
Donald Trump intenta un fin de la guerra más rápido que justo, pero en Rusia ven la oportunidad de consolidar sus avances. Además, una nueva OEA y las coaliciones domésticas que apoyan al nuevo gobierno estadounidense.
RADAR
Una paz poco pacífica
Los acuerdos de paz rara vez se gestan en conversaciones amables. Ucrania aceptó una propuesta de alto el fuego de Estados Unidos por 30 días, sin condiciones previas, pero sin demasiado entusiasmo. Marco Rubio, el secretario de Estado estadounidense, trasladó la pelota a la cancha de Moscú. La respuesta de Vladimir Putin no pudo ser más simbólica: el miércoles, vestido de uniforme militar, inspeccionó un puesto de mando mientras sus generales le informaban que las tropas rusas estaban a punto de retomar Kursk, la región que el ejército ucraniano había mantenido bajo control desde agosto pasado. Al día siguiente, Putin se reunió con su socio bielorruso, Alexander Lukashenko, y dejó caer un mensaje inequívoco: un cese del fuego que no resuelva los problemas de fondo solo daría a Ucrania la oportunidad de reagruparse y volver a atacar.
Si la lógica de Putin parece fría, es porque lo es. ¿Por qué detenerse ahora, cuando las condiciones en el frente han empezado a inclinarse a su favor? No hay ninguna obligación de aceptar un cese al fuego en términos desfavorables. Mientras negocia, Rusia sigue peleando. Y lo hace con más margen que hace apenas unas semanas, cuando Donald Trump cortó el flujo de inteligencia estadounidense hacia Ucrania, debilitando su capacidad operativa. Paradójicamente, la misma maniobra que forzó a Volodímir Zelenski a aceptar la propuesta de un cese del fuego es la que ahora permite a Putin consolidar sus avances.
Nada de esto es ajeno a la teoría racionalista del conflicto: la guerra no es más que la manifestación de un fracaso en el regateo. En general, los líderes prefieren la paz a la guerra y prefieren obtener lo que buscan sin disparar un tiro. Rara vez tienen la guerra como primera opción. Pero cuando los acuerdos son imposibles, los cañones hablan. Y cuando las armas ya han entrado en acción, la paz también se convierte en otro tipo de negociación. Claro que, como cualquier regateo, puede ir mal. Los actores deben lidiar con dos grandes dilemas: el problema de la información –¿Hasta qué punto es creíble la resistencia del enemigo?– y el problema del compromiso –si firmo un acuerdo hoy, ¿quién estará en una posición más fuerte dentro de seis meses?–. En este caso, la cuestión central no es solo la integridad territorial de Ucrania, sino el equilibrio estratégico en el largo plazo. No hay razones para pensar que Putin acepte una paz que le parezca transitoria o que considere una trampa.
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Trump, por su parte, tiene un objetivo claro: cerrar el conflicto, no necesariamente en términos justos, sino en términos rápidos. Si para ello es necesario vetar la entrada de Ucrania en la OTAN y presionar a Zelenski para que ceda territorio en el Donbás, no parece haber demasiados dilemas morales al respecto. Pero lo que está menos claro es cómo reaccionaría Trump si Putin decidiera no aceptar su propia victoria y optara, en cambio, por seguir avanzando. No sería la primera vez que un presidente estadounidense descubriera que poner fin a una guerra es más difícil que empezarla.
¿Una nueva OEA?
El 10 de marzo, los 32 países que componen la Organización de Estados Americanos (OEA) eligieron al actual ministro de Relaciones Exteriores de Surinam, Albert Ramdin, como el nuevo secretario general de la organización. Es la primera vez que el hemisferio elige a un líder del Caribe en este cargo.
¿Qué podemos esperar de la OEA? Me interesa señalar dos cosas: la lógica que domina a la organización y la trayectoria de Ramdin –que con mucha ironía, Google Docs me lo corrige como Random–. O sea, que haya estructura y agente.
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SumateEn un mundo donde las alianzas se forman y se disuelven con la velocidad con que hacés y deshacés tus grupos de Whatsapp, la OEA sigue siendo, en esencia, un club de incumbents: un foro donde los gobiernos, sin importar su color ideológico, protegen el statu quo con la misma convicción con la que lo critican en público. En América Latina, la retórica contra la OEA es un deporte de contacto, pero pocas administraciones se atreven a patear el tablero, porque saben que la organización les ofrece algo más valioso que la democracia que declaran defender: estabilidad.
Se trata de un tipo de institución que sobrevive no por su relevancia, sino por la inercia. No impone el orden en Haití; no resuelve la crisis migratoria en Centroamérica; no tiene poder de fuego frente a las democracias degradadas de la región; y cuando interviene –como en Bolivia en 2019– deja más dudas que certezas. Sin embargo, ningún gobierno serio aboga por su desaparición.
Washington la necesita como un instrumento de influencia sin los costos políticos de la intervención directa. Los latinoamericanos, incluso los más ruidosos en su desprecio, encuentran en la OEA una ventanilla para gestionar crisis sin tener que inventar nuevas instituciones. La paradoja es evidente: una organización que es vista como irrelevante sigue siendo indispensable. Es que ofrece un teatro de disputas, donde el drama diplomático encuentra un espacio sin consecuencias reales. Las autoridades pueden condenar al “imperialismo”, defender la “soberanía”, o reclamar contra el “autoritarismo” con la certeza de que casi nada cambiará sustancialmente.
El problema no es que sea ineficaz, sino que cumpla exactamente el rol para el que fue diseñada: administrar el desacuerdo sin resolverlo. Para los incumbents es un seguro contra la incertidumbre. Para los opositores, un blanco fácil de críticas que nunca se materializan en reformas estructurales. ¿Cuántas veces se ha declarado su muerte? Sin embargo, ahí sigue, respirando con la misma dificultad que la democracia en la región, pero sin ceder su lugar en la mesa.
Listo, ya me hice un montón de amigos en la OEA. Vamos al agente: ¿qué chances tiene Ramdin de alterar años de inercia, sesgos y desfinanciamiento? A junio de 2024, el 40% de los miembros debía sus contribuciones anuales. La percepción actual es que la OEA reproduce la fragmentación de la región y el déficit de atención de líderes enfocados en sus asuntos domésticos, cada cual atendiendo su juego. Ramdin fue embajador de Surinam en la organización entre 1997 y 1999. Entre 2001 y 2004 fue asesor del entonces secretario general, el colombiano César Gaviria. Y desde 2005 hasta 2015 fue la mano derecha del secretario general José Miguel Insulza. O sea, Ramdin es “de la casa”. Conoce como pocos sus pasillos y sabe qué cosas hay que mejorar y dónde están los obstáculos para hacerlo.
Acá surge una pregunta conceptual: ¿puede alguien tan cercano a la organización sacudir el árbol para hacer reformas significativas o sus intereses creados obstaculizan la tarea? Hay otra pregunta más empírica: incluso asumiendo que existe la voluntad de cambio, ¿tendrá Ramdin el espacio de maniobra para poder darle a la OEA otro rostro? Él es visto como un líder progresista y esto podría irritar a los gobiernos de derecha, incluyendo a Estados Unidos. Durante su campaña, muchos lo acusaron de estar muy cerca de China, que tiene el status de observador permanente. Por ahora, Trump elogió su triunfo. Pero los elogios de Trump duran lo que dura un suspiro. También en campaña, Ramdin señaló sus dotes de honest broker –un intermediario hábil– y diplomático estratégico. Su cualidad consiste en escuchar, buscar consensos y ofrecer puentes de diálogo para las partes. Pero el desafío acá no es que Ramdin esté dispuesto a la conversación, sino que el resto de los estados lo esté.
SONAR
¿Cuán sostenible es la coalición doméstica de Donald Trump?
El pasado jueves, los medios dieron a conocer el contenido de una carta sin firma que Tesla le acercó a Jamieson Greer, el representante de comercio de Estados Unidos. En el texto, la empresa señaló que “apoya” el comercio justo, pero advirtió que los consumidores de Estados Unidos están “expuestos a impactos desproporcionados cuando otros países responden a las acciones comerciales de Estados Unidos”. “Por ejemplo”, sigue la carta enviada el 11 de marzo, “las acciones comerciales previas han resultado en reacciones inmediatas por parte de los países afectados, incluyendo aumentos en los aranceles sobre los vehículos eléctricos importados en esos países”.
Tesla está en una situación complicada. Desde el comienzo del año sus acciones cayeron un 40%. El sentimiento del mercado hoy parece inclinarse a que el horizonte viene con nubarrones importantes. Ya comienza a circular el rumor de que el país podría entrar en recesión. Y si el temor de Tesla son las represalias, tanto Canadá como la Unión Europea amenazaron con aplicar tarifas como respuesta a los aranceles sobre las importaciones de acero y aluminio que entraron a correr la semana pasada.
Esta noticia me llevó a considerar cuán viable es la coalición que hoy apoya a Trump. Buscando, encontré este artículo de Dani Rodrik que examina la naturaleza de las bases de apoyo de Trump, dejando importantes interrogantes acerca de cuán sólida es. En su primera presidencia, se rodeó de políticos republicanos convencionales, financistas de Wall Street y nacionalistas económicos. Ahora, volvió a estos grupos, pero además agregó a los libertarios y a los tech bros, cuyo exponente más notable es Elon Musk, también conocido como el hombre más rico del planeta.
¿Qué busca cada grupo y por qué apoyan a Trump? La respuesta de Rodrik es que lo que los une en ese lugar es la certeza de que su agenda particular avanzará más con él que con cualquier otra opción disponible en el mercado político. Los republicanos clásicos, señala Rodrik, quieren menos impuestos y regulación; los nacionalistas económicos quieren reindustrializar el país a fuerza de altos niveles de proteccionismo. Los libertarios quieren liquidar al progresismo llamado woke empoderando los medios y las redes sociales como espacios de expresión sin ningún tipo de censura. Y los Musks desean liberar el mercado de las garras del Estado mientras construyen un mundo administrado por algoritmos y flujos de información y datos más eficientes que cualquier burocracia estatal. Si te interesa conocer el nombre de las industrias y los individuos que pusieron plata en la campaña de Trump, el sitio Open Secrets te lo cuenta todo.
El problema –para ellos, y para Estados Unidos– es que no todas estas agendas pueden cumplirse a la vez. Los nacionalistas económicos, dice Rodrik, quieren recuperar la industria estadounidense; Musk y compañía apuestan por la automatización. Unos ven a Silicon Valley como una casta parasitaria; los otros lo consideran la vanguardia de la civilización. Unos rechazan la inmigración; los otros la aceptan, siempre que los recién llegados sean ingenieros o programadores. Unos quieren desmantelar la plutocracia; los otros son la plutocracia. “Estos tipos”, dijo Steve Bannon al referirse a los tecnolibertarios, “no creen en el Estado Nación, creen en el tecnofeudalismo”. Lo interesante es que, además de estos grupos, también contamos con demócratas caducos como el antivacunas Robert Kennedy o con nuevos votantes a Trump que incluyen hispanos y afroamericanos.
Trump, siempre hábil en el arte de la corte, fomenta estas disputas. Divide para reinar. Pero la tensión entre estos grupos no es solo una cuestión de poder, sino de visiones irreconciliables sobre el futuro del país, incluyendo migraciones, TikTok, OTAN, comercio, China y cambio climático. Y cuando los intereses dejan de ser complementarios, la coalición se quiebra.
Lo único que parece probable, señala Rodrik, es que los votantes de clase trabajadora que vieron en Trump una revuelta contra las élites seguirán siendo los grandes perdedores. Ninguna de las facciones en pugna –ni los nacionalistas con su nostalgia industrial, ni los tecnócratas con su fe en la inteligencia artificial– tiene un plan realista para reconstruir la clase media. La batalla por el alma del trumpismo es, al final, una disputa entre élites. Y como siempre, las élites juegan para ganar.
ESCRITORIO
Desde que comenzó el 2025, el índice S&P 500 –uno de los índices bursátiles más importantes de Estados Unidos– perdió 4 puntos porcentuales. Y no es una dinámica global, como lo muestra el siguiente gráfico.

Lo interesante es que Trump no solamente está perdiendo frente a otros mercados, sino que también frente a Trump de 2017, como se observa abajo:

El resultado, como señalamos la semana anterior, es que las dos palabras claves que circulan en el mercado son incertidumbre y desconfianza. Esto enfría el sentimiento del mercado y provoca advertencias de recesión. Si te interesa hacer un seguimiento del clima del mercado, te recomiendo que mires dos bases de datos bien interesantes. La primera es el Economic Policy Uncertainty Index, un índice desarrollado por Scott Baker, Nicholas Bloom y Steven Davis para medir la incertidumbre en la política económica. Se basa en el análisis de la frecuencia de términos relacionados con incertidumbre económica en los principales periódicos, junto con otras métricas como la expiración de políticas fiscales y las diferencias en las previsiones económicas. Los datos de febrero aún no están disponibles, pero mirá los datos de enero y verás que el índice llegó a su pico en todo el período de medición.

La otra base que te sugiero es el Small Business Uncertainty Index, desarrollado por la National Federation of Independent Business (NFIB) en Estados Unidos. Se basa en encuestas a pequeñas empresas y mide el nivel de incertidumbre que perciben en relación con la economía, la regulación y la política fiscal. Este índice es útil para analizar cómo la incertidumbre afecta la inversión, la contratación y las decisiones financieras de las pequeñas empresas, que son un componente clave de la economía estadounidense.