Energía nuclear: una opción en medio de la urgencia climática
Entre la urgencia climática, los miedos históricos y datos que contradicen viejos prejuicios, la energía nuclear es una fuente de oportunidades.
“Son solo palabras”, exclamaba James Hansen unos días después de la COP23, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático de 2017 en Bonn, Alemania. “Los políticos dicen que hay que evitar un cambio climático catastrófico”, continuaba el experto en cambio climático. “Pero una conferencia así no cambia nada. Los líderes se dan palmadas en la espalda y sonríen para la cámara. ¿Y todas esas palabras? Puro verso”.
James Lovelock, quien propuso entender a la Tierra como un organismo vivo — una idea fértil pero en última instancia científicamente endeble — , advertía hace veinte años que no teníamos tiempo para “experimentar con fuentes de energía visionarias. La civilización está en peligro inminente y debe usar la energía nuclear — la única fuente de energía segura y disponible — ahora, o sufrir el dolor que pronto padecerá nuestro planeta”.
Esa impaciencia parece caracterizar a quienes, desde hace décadas, trabajan por impulsar los cambios estructurales necesarios para lograr una descarbonización al menos razonable antes de que el piso sea lava, muchas veces defendiendo a la energía nuclear. Esa urgencia es con la que comienza el libro The Power of Nuclear (2024), de Marco Visscher, cuyo único objetivo es reconstruir “la increíble historia de una tecnología malinterpretada desde el principio: una historia de vida y muerte, de esperanza y miedo”.
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Cómo enfrentar la crisis climática
La crisis climática impone una realidad física que trasciende las preferencias ideológicas o estéticas. Se trata de un problema termodinámico urgente que exige descarbonizar la red eléctrica de inmediato. La narrativa dominante, sin embargo, suele apoyarse desmesuradamente en energías renovables, como si estas, por sí solas, fueran el camino hacia las emisiones cero netas. Sería un escenario ideal, pero existe un condicionante técnico insoslayable: la intermitencia inherente del sol y el viento, que obliga a recurrir a almacenamiento o fuentes firmes como la hidroeléctrica o la nuclear para garantizar continuidad y estabilidad del suministro.
Confiar exclusivamente en fuentes intermitentes para satisfacer las necesidades energéticas presentes no es una opción viable. Involuntariamente, quizá, Alemania nos ofreció un experimento a escala real sobre esto. Luego del pánico post-Fukushima, que aceleró la votación por el cierre de sus centrales nucleares, en 2023 las últimas tres fueron apagadas y el país pasó a apoyarse en sus centrales eléctricas de carbón, esas que explican un tercio de la generación de energía eléctrica global. Según un estudio reciente, esto produjo un notable aumento de emisiones que provocó miles de muertes adicionales por contaminación atmosférica.
A pesar de las referencias a un supuesto regreso triunfal del carbón, conviene tener presente que su uso solo aumentó temporalmente — un 9% entre 2021 y 2022 — antes de caer a un 39% por debajo de los niveles previos a la crisis en 2024. Lo que la dependencia en el carbón demuestra es que existe una necesidad real de fuentes de energía que funcionen las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Al respecto, la energía nuclear es una evidente mejor opción. Existen grandes planes futuros para usar baterías de gran escala para algún día satisfacer las necesidades presentes, pero Lovelock las ubicaría en la categoría de visionarias.
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SumateSi analizamos la eficiencia, los números son tan contundentes que parecen ridículos. Verónica Garea, ingeniera nuclear y presidenta de la Fundación INVAP, nos ofrece una imagen difícil de olvidar: “Toda la energía que una persona consume durante 80 años se puede producir con el uranio que cabe dentro de una pelota de ping-pong”. La densidad energética de la fisión nuclear es tan absurdamente superior a la de cualquier alternativa que rompe nuestra intuición.
Esta densidad tiene otra consecuencia fundamental: la ocupación del territorio. Para generar un gigavatio de potencia continua (electricidad para unos 2,5 millones de hogares promedio), una central nuclear requiere apenas unos 9 kilómetros cuadrados. Para obtener esa misma potencia con energía solar, se necesitaría cubrir una superficie mayor a la de toda la ciudad de Buenos Aires. En un mundo donde la biodiversidad está colapsando porque le robamos espacio a la naturaleza para nuestros cultivos y ciudades, la eficiencia espacial es un argumento ecológico de primer orden. Sin embargo, a menudo se prefiere tapizar paisajes enteros con paneles y espejos antes que considerar la solución compacta y eficiente de la energía nuclear.
Derribar los viejos prejuicios
Por supuesto, el elefante en esta habitación brilla en la oscuridad, de acuerdo con el imaginario popular. El miedo a la energía nuclear es un fenómeno cultural fascinante, alimentado por décadas de ciencia ficción y sistemática desinformación. Como sucede con el miedo a volar, la percepción del riesgo está completamente divorciada de la estadística. Si nos guiamos por los datos, la nuclear es la forma más segura de generar energía jamás inventada, con una tasa de mortalidad por teravatio-hora que supone una fracción ínfima de la del carbón, el petróleo o incluso el gas natural.
Se suelen citar Chernobyl y Fukushima como pruebas irrefutables del apocalipsis atómico. Vale la pena detenerse en ellas. En Fukushima, nadie murió por radiación. Las muertes trágicas que ocurrieron fueron consecuencia del tsunami, del pánico durante la evacuación y del impacto negativo de abandonar sus viviendas, no de los núcleos fundidos. Incluso en Chernobyl, el peor accidente posible producto de un diseño soviético intrínsecamente inestable y carente de estructuras de contención modernas, el número de víctimas es muchísimo menor que las muertes que la quema de combustibles fósiles causa cada día, de manera silenciosa y aceptada, a través de enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
Comparar fuentes de energía en virtud de sus muertes es de mal gusto, pero estos son los términos con los que suele darse la discusión. Quizá poco más de un siglo de trabajo en torno a los misterios del átomo no haya sido suficiente para desplazar los temores injustificados acerca de la radiación. A fin de cuentas, es trágico el modo en que millones de muertes por contaminación del aire se toleran mientras a los estándares imposiblemente altos de la industria nuclear se le exige más y más.
El otro gran temor es el de los residuos, tan temibles por representarse en la eternidad. Garea me comenta al respecto un punto crucial sobre la economía de los desechos: “La nuclear es la única industria generadora de electricidad que gestiona sus propios residuos”, un costo ya incluido en el de cada kilovatio-hora generado. El volumen es ridículamente pequeño; todos los residuos nucleares generados por la industria eléctrica de Estados Unidos en 60 años cabrían en un solo campo de fútbol apilados a pocos metros de altura. En comparación, una bolita de uranio (~2,54 cm de alto), equivale en energía producida a casi 5.000 m³ de gas natural, 565 litros de petróleo y 907 kg de carbón.
Esto contrasta fuertemente con lo que se hace con los residuos de los combustibles fósiles, que simplemente se vierten a la atmósfera, socializando el costo ambiental y sanitario entre todos los habitantes del planeta. O con los paneles solares y las palas de los aerogeneradores, que al final de su vida útil suelen terminar en vertederos porque su reciclaje es complejo y costoso, un pasivo ambiental del que nadie se hace cargo en la factura de luz.
En cuanto al carbón, genera un volumen enorme de residuos, a menudo vertidos cerca de comunidades pobres, que están cargados de arsénico, mercurio y plomo tóxicos. Sostener que la energía nuclear es cara porque se hace cargo de su basura, mientras las otras fuentes son baratas porque externalizan sus costos ambientales, es una trampa contable.
Francia entendió esta ecuación de costos y urgencia climática. Impulsada por la crisis del petróleo de los setenta, el país adoptó el Plan Messmer para lograr una seguridad energética total. En solo quince años, construyeron 48 reactores estandarizados y lograron que cubrieran más del 75% de sus necesidades energéticas. Esto se tradujo en una caída del 60% en sus emisiones per cápita desde 1974, manteniendo hoy sus costos de electricidad 40% más bajos que los de Alemania, mientras que, accidentalmente, ganó ventaja en la carrera hacia el cero neto. Su capacidad nuclear incluso demostró flexibilidad en la incorporación de energía solar, una colaboración técnica viable que prioriza el pragmatismo.
¿Justicia energética o energía al servicio de la IA?
En los últimos años, la energía nuclear volvió al centro del discurso sobre energía, pero con un matiz que conviene no ignorar. Garea advierte que este nuevo impulso “viene más de la mano de la necesidad de los centros de datos para inteligencia artificial que de un planteo de justicia energética”.
Sería una cruel ironía que la energía limpia y densa necesaria, capaz de limpiar nuestra atmósfera, termine siendo acaparada para alimentar chatbots y generadores de imágenes, mientras gran parte de la humanidad sigue sufriendo déficit energético. Todavía tenemos gente en situación de pobreza energética que o bien no tiene acceso a energía eléctrica, o bien tiene acceso a menos de la que necesita porque no la puede pagar”, continúa Garea. La justicia energética implica priorizar a las personas y no las granjas de servidores.
Adaptarse a los cambios globales
Esta contradicción entre la necesidad humana y la percepción pública fue lo que Visscher exploró durante la investigación para su libro. En un artículo del año 2000 se mencionaba que en una conferencia climática se había defendido a la energía nuclear como una alternativa “segura y limpia” de generar electricidad. En el texto, su autor denunciaba que la energía nuclear no tenía nada bueno que aportar “a las personas y a la naturaleza”, que ese era “el momento de derribar la industria nuclear, antes de que arruine el siglo XXI”.
Notablemente, el artículo lo había escrito él mismo. Su inflexible opinión cambió a medida que la energía nuclear se volvió una parte cada vez más importante de las discusiones públicas en Países Bajos, de lo que concluye que “casi todo lo que creemos saber sobre energía nuclear resulta ser equivocado”. De modo similar, en 2018, la Unión de Científicos Conscientes, fundada en 1969 en pos de “iniciar un examen crítico y continuo de la política gubernamental en áreas donde la ciencia y la tecnología tienen importancia real o potencial”, revirtió su histórica oposición a la energía nuclear en alusión a las organizaciones que luchan por cerrar centrales nucleares al mismo tiempo que definen el calentamiento global como una amenaza existencial.
Crecí en una casa en la que era importante apoyar mensualmente a Greenpeace, pero también se leía al biólogo Richard Dawkins y teníamos algún ejemplar de Gaia: una nueva visión de la Tierra (1979), el libro de Lovelock. Una suerte de sentido común ingenuo reinaba sobre la opinión negativa de la energía nuclear. Hasta que tuve edad suficiente para preocuparme por la evidencia.
Quizá en unas décadas, si logramos superar esta inercia ideológica, resulte difícil entender cómo pudimos dudar tanto en usar el recurso más potente disponible. O quizá veamos estos años con la nostalgia propia de haber podido hacer algo para evitar el desastre.
Foto: Depositphotos