En cierta forma
Tanto los aspectos estructurales como semánticos están puestos en crisis. ¿Cómo refutar con argumentos a quien no quiere oír, ni leer, ni pensar?
Contamos por caso con ese momento decisivo en el que Roman Jakobson, figura clave para el enlace conceptual entre el formalismo ruso y el estructuralismo checo, señaló que no había que separar el estudio de los aspectos fonológicos del lenguaje de los aspectos estrictamente semánticos. Sea: la dimensión específica de la sonoridad de las palabras se había visto largamente desconsiderada en los estudios lingüísticos y literarios de neta orientación biografista, figurativa o sociológica, y eso había que contrarrestarlo. No obstante, una vez detectada y realzada la importancia verbal de la materia sonora, ¿por qué escindirla, y para qué, de la cuestión medular del sentido? El atinado planteo de Jakobson remite sin dudas a lo que, siguiendo un criterio análogo, antes había formulado Iuri Tinianov: reconociendo que el principio constructivo de un texto poético radica en el factor rítmico, advertía que ese factor no dejaba de ligarse a su vez con el factor semántico. Lo uno y lo otro. O mejor: lo uno con lo otro.
Es sabido: lo que todo esto viene a decir es que forma y contenido se distinguen pero no se separan, y mucho menos se oponen. El antiformalismo rotundo de Georg Lukács o de Bertolt Brecht, por ejemplo, no respondía ni en uno ni en otro caso a una tesitura burda de mera desestimación de la forma, sino a un cuestionamiento riguroso de la pretensión de volverla exclusiva. Era el puro juego de formas lo que atacaban y cuestionaban, en nombre de una ambición de realismo; pero ni uno ni otro fue toscamente ajeno a la importancia de la cuestión formal. No hay más que considerar, en este sentido, los brillantes análisis de la relación entre narración y descripción que desarrolló Lukács a propósito de Tolstoi o de Zola, de Balzac o de Flaubert, y no hay más que considerar las sutiles propuestas de Bertolt Brecht para lograr un efecto de distanciamiento en el teatro mediante determinados procedimientos, para advertir hasta qué punto la importancia de las formas, en función de un contenido, no se les pasaba en absoluto por alto.
En desacuerdo en parte con Brecht, y en desacuerdo en casi todo con Lukács, la postulación de una relación dialéctica entre forma y contenido por parte de Theodor Adorno no deja de suponer un apartamiento de la estrechez de una antinomia rígida entre una cosa y la otra, y tanto más de la pretensión de que pueda existir algo así como un contenido que no esté mediado por la forma. Sin eso no podría entenderse su postulación de que la forma es “contenido social sedimentado”, esto es, ni más ni menos, que la idea de que al contenido hay que buscarlo igualmente en la forma.
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¿No lleva eso, en cierto modo, a Hayden White y su formulación de “el contenido de la forma”? ¿No lleva a su vez a advertir que incluso en Sartre, en Sartre y en el contenidismo de su noción de compromiso, en Sartre y en su recelo del predominio formal en el género poético, no deja de notarse, aunque por la negativa, una fuerte sensibilidad para la forma (en el sentido en que de un alérgico se dice que es muy sensible a eso de lo que es alérgico)? El fervor por lo informe, en Witold Gombrowicz, como pasión por lo inmaduro, por lo incompleto, por lo que no está hecho del todo, es del orden de la sensibilidad formal también (no hay aprecio por lo informe sin la forma: lo saben quienes, en la cocina, son duchos en los malfatti, los huevos rotos, la papa rústica; o quienes, en la literatura, se entusiasman con Ferdydurke).
Se puede apostar a la atenuación de la forma, para intentar que el contenido resalte, como ocurre con el arte panfletario o con ciertas líneas del realismo vulgar; también se puede ensayar lo opuesto, mitigar el contenido o el tema, y hasta incluso el propio sentido, para apuntar principalmente a estimular la experiencia de las formas, como se propusieron más fuertemente las vanguardias. El disparate es pretender que el contenido pueda existir por sí solo, o que pueda importar sin la forma, cuando es la forma lo que define el contenido: no es apenas un agregado o un suplemento, no es apenas un condimento o un simple adorno, sino aquello que constituye el contenido, le permite ser lo que es.
La mayor o menor sensibilidad para las formas que cada uno de nosotros pueda tener se la debemos, al menos en parte, entre otros formadores posibles, a los docentes que en el primario y en el secundario nos enseñaron literatura, música, historia del arte; el cine del que nos hablaron, el teatro que nos llevaron a ver. Claro que una sensibilidad se educa, se adquiere y se enriquece; pero también, en condiciones políticas adversas, se embota, se anquilosa, se deteriora. Un proyecto de embrutecimiento social general, como el que actualmente se impulsa en la Argentina nada menos que desde el poder del Estado, que reconoce el arte solamente bajo un criterio de rendimiento mercantil y orienta la educación al objetivo existencial de ganar plata con la plata, avanza en esa dirección sin dudas. No es extraño que, en ese contexto tan penoso, se machaque el desprecio por la forma.
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SumatePero no es solamente en el arte, sino en eso que a partir del arte se irradia, que es posible detectar la importancia de lo formal en la entera realidad del mundo, en las cosas mismas, o en el lenguaje de uso cotidiano. ¿Cómo percibir lo que las cosas son, sin percibir la forma que tienen? ¿Cómo apreciar lo que alguien dice, sin que nos alcance la forma en que lo dice? Tomemos un ejemplo, muy actual. Supongamos que alguien, no importa quién, dice algo: lo propone, lo desarrolla, lo fundamenta. Y a cambio recibe esta réplica: “Pelotudeces” (ampliada, por lo común, por metonimia, al epíteto de “pelotudo” dirigido al que antes habló). ¿Qué decir, de esta respuesta, desde el punto de vista formal? Que es burda, tosca, elemental, agresiva; que es hueca, chata, inconsistente; que porta en sí la violencia de energúmeno que es propia del resentido o del que no sabe argumentar. Y si dejáramos la forma de lado, como a menudo se nos insta a hacer, para concentrarnos exclusivamente en el contenido, ¿qué podríamos decir? Podríamos decir ¡lo mismo! ¡Exactamente lo mismo! Que es burdo, tosco, elemental, agresivo; que es hueco, chato, inconsistente; que porta en sí la violencia de energúmeno que es propia del resentido o del que no sabe argumentar. Y es que, ¿qué otra cosa podría decirse de un contenido, si es con semejante forma que se lo expresa? ¿Cómo podría, una forma así, dejar que el contenido sea otra cosa, dejar que el contenido diga otra cosa?
Se gana tiempo, eso es cierto: se gana tiempo. Se puede ser expeditivo: poner en fila a Jakobson, a Tinianov, a Brecht, a Sartre, etc., y despacharlos sumariamente con un “pelotudos” de displicente menosprecio. ¿Leerlos? No hace falta: “No leo pelotudeces”. Se tendrá así la firme impresión de haberlos refutado. Se habrá hecho, sin embargo, justamente lo contrario.