El invento del amor

Los rasgos por los que nos hacemos deseables para otro son insondables, del mismo modo en que son insondables los lugares en donde el deseo se engancha.

amor

I. “Y dale con Pernía” es una frase pronunciada por Mario Sapag en la imitación que hacía de César Luis Menotti para la televisión. La frase quedó, al menos para muchos de mi generación, como sinónimo del hartazgo por la insistencia de alguien o de algo. Me vino recién a la cabeza cuando me disponía a escribir, una vez más, sobre el amor. Y dale con Pernía también por decir que los asuntos de los que me ocupo están muy vivos y que no se agotan y que insisten. Eso me da la sensación de repetirme y después pienso que la repetición es parte de la diferencia. Porque la repetición no es idéntica, porque nunca se repite dos veces lo mismo. Pero tendemos a repeler las supuestas repeticiones. Por ejemplo, decimos como pacientes en análisis “otra vez lo mismo” y nos preocupa aburrirnos de escucharnos. Pero también sabemos que nunca es “lo mismo”. Que lo idéntico resulta imposible. Ponernos a hablar implica, de por sí, que en la repetición se aloje la diferencia y que esa diferencia, muchas veces, se escriba en lo minúsculo, se filtre por los poros de las palabras, por el aire de las interjecciones, por la respiración que produce pausas. Hablar implica que la repetición nunca es idéntica, justamente, que nunca es “lo mismo”. En una escena de la película La vida de los otros, se muestra que el método de interrogación de la Stasi consistía, no sólo en mantener un interrogatorio por muchísimas horas, sino también y sobre todo, en preguntar muchas veces lo mismo y detectar la mentira ahí donde las personas repetían sus respuestas exactamente y sin variaciones. Punto por punto. Porque era entonces una respuesta preparada, aprendida de memoria. Hablar es producir equívocos, deslizarse entre los tropiezos, balbucear y fallar en el decir. Y es ahí, justamente, que se alojan las pequeñas verdades.

II. Dice Lacan (está hablando de otra forma de la repetición, pero funciona en esta también) que “lo que la repetición busca repetir es, precisamente, lo que siempre escapa”. Lo que escapa, lo que no puede subsumirse en un saber, en un dominio, en un control. Lo que escapa, lo que no puede terminar de decirse, lo imposible, el eterno retorno. Por su parte, Gilles Deleuze ubica que el corazón es el órgano amoroso de la repetición. Amor y repetición, amor y diferencia. Amor: lo que escapa. Amor: lo que no se dice dos veces de la misma forma.

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III. Las distintas épocas ensayan modos de clasificar el amor. Pretenden codificarlo, encerrarlo en cajoncitos estancos. Los distintos tiempos van escribiendo su sentido común acerca del amor, sus paradigmas y sus doxas. Y en esa pretensión suelen dictar cómo se debe y no se debe amar, coger y desear. Pero ni el deseo ni el amor se dejan subsumir del todo en mandatos y en normas. Seguimos hablando y escribiendo de amor, no para saber qué es, sino para mantenerlo insabido, para que sus sentidos se vayan diluyendo. Porque, como dice Julia Kristeva, “el riesgo de un discurso de amor, de un discurso amoroso, proviene sin duda sobre todo de la incertidumbre de su objeto. En efecto, ¿de qué estamos hablando?”.

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IV. Ya sabemos que el amor es una invención cultural, está dicho en esta máxima de La Rochefoucauld: ​”Hay gente que nunca se habría enamorado si no hubiera oído hablar de ello”. Indagar las maneras en las que lo cultural formatea el amor implica, sin dudas, desentrañar también cómo la tecnología cambia los modos en los que nos relacionamos. De eso se ocupa Joaquín Linne en su reciente libro La reinvención del amor, editado por Siglo XXI. El subtítulo: “Una etnografía de cómo es enamorarse, tener sexo, amigos y/o mascotas en tiempos de tinder”. Más allá de todas las variaciones y posibilidades en las relaciones, Linne sostiene que “la esencia no cambió mucho (…). Dos personas se conocen, toman algo, pasean por lugares comunes y se hacen la misma pregunta: ¿volveremos a encontrarnos?”. El libro también versa sobre “los modos en los que traficamos afecto y deseo, nos narramos a nosotros mismos y nos vamos transformando con internet mientras buscamos a la ballena blanca del amor”. Y subraya que no trata de condenar las tecnologías, sino de “desentrañar su paradójica fascinación”. También dice: “Sin idealizar ni demonizar el pasado o el presente, la transición de estructuras sólidas del mundo analógico a las dinámicas líquidas del entorno digital no implica mayor felicidad o infelicidad: solo nos presenta nuevos desafíos”. Linne recorre también los modos en los que las personas se presentan en las aplicaciones de citas y también entrevistó usuarios para analizar sus expectativas, sus modos (casi imposibles) de elección, las maneras en las que entran los asuntos de clase, las nuevas configuraciones familiares, etc. El libro interesa como radiografía de un tiempo en el que se pretende que a mayor información del otro, menos riesgo de falla, menos riesgo en general.

Dice Linne: “Estudios recientes muestran que las personas evalúan cuidadosamente las señales en perfiles de citas en línea y las dinámicas durante las primeras interacciones, buscando garantías de afinidad antes de comprometerse”. Me acordé de algo que dijo Clint Eastwood y a lo que llegué gracias a Pablo Maurette: “Si querés una garantía, comprate una tostadora”. Es que no hay garantía posible en el encuentro con otro, porque el deseo, ese lugar donde se engancha el deseo, no tiene que ver con las características objetivables del otro. No se trata de información. Me gusta pensarlo al revés: podemos hacer una lista de las cualidades que queremos de nuestro partenaire ideal, damos con él y, puestos a encontrarnos, no nos pasa nada. Y es que deseo y anhelo no son lo mismo, y es que desear y querer tampoco. Los rasgos por los que nos hacemos deseables para otro son insondables, del mismo modo en que son insondables los lugares en donde el deseo se engancha, qué del otro nos prende, ese no sé qué del otro. El invento del amor: no sólo el amor se inventa, sino que el amor inventa mundos posibles, nos hace otros.

V. Hace algunos años participé de una mesa en la que se hablaba de amor. Apenas me senté abrí la lapicera para escribir “¿qué es el amor?”, y para tomar notas sobre la intervención de mi compañera de mesa; pero el cartucho se reventó y la tinta se desparramó por todos lados, manchándolo todo, especialmente mis manos. En ese momento, me fue inevitable pensar que se había escrito y derramado demasiada tinta acerca del amor. Y que esa pregunta es más bien ridícula, zonza. También pienso que no hay forma de no enchastrarse un poco cuando nos metemos en el terreno nada limpio del amor. No hay forma de salir inmaculados. Tampoco tiene que ver con la elevación; por eso dice Juan Ritvo que “el amor se quisiera ascensional, como el Eros platónico, pero encuentra su oblicua realización en la caída en lo sucio, lo pecaminoso, o para decirlo en nuestra jerga, en la perversión polimorfa”. Heinrich Heine, por su parte, lo había dicho así: “La estrella brillaba con tanto ardor que fue y se cayó en la tierra; me preguntas, niña, ¿qué es el amor? Una estrella caída en la mierda”. Eros es a la vez el brillo y su caída, es a la vez la iluminación y las sombras.

VI. Una huelga en el cementerio. Las moscas lo invaden todo y llevan consigo la putrefacción de la vida. La oscuridad y sus sombras, la sombra de lo abyecto, de lo marginal, de lo contra natura, de lo deforme y de lo repelido. La oscuridad del amor que irrumpe más allá de lo esperado y de lo esperable. Sobre este fondo oscuro y lúgubre, denso y espeso, agobiante y asediante, oprobioso y siniestro, nauseabundo y descompuesto se va escribiendo una historia de amor. Porque El amor es un monstruo de Dios, de Luciana de De Luca (Tusquets), es la historia de un amor que se hace lugar a los empujones, en medio de las habladurías de un pueblo que no consigue enterrar a sus muertos, mientras pretende echarles tierra encima a los vivos. “Las moscas tienen las patas llenas de muertos”. Y esa frase va a constituir la puesta en abismo de esta, la segunda novela de la autora. Las moscas, el pueblo chico, la familia, lo siniestro van conformando un clima casi insoportable. Hija de un padre que pasó “de sombra a desesperado, de desesperado a suicida y de suicida a fantasma”, y de una madre que masculla resentimiento, amargura, odio y maldad a la que se llama “la Señora”, hermana de uno que está fuera del discurso y literalmente criado dentro del chiquero, la narradora –una mujer deforme y contrahecha, “una estridencia, una aberración”– encuentra un amor y se encuentra, ella misma, siendo deseable y deseada. Contra todos los vaticinios que le auguraban una veda del deseo, contra todas esas palabras envenenadas de su madre, la protagonista vive una historia de amor y de deseo en un encuentro inesperado. Y es que ese amor se vive en la extranjería, en el fuera de lugar, en el fuera de lo familiar. Porque se trata de un amor entre ella y un hombre de afuera que llega al pueblo. Aunque la protagonista encarnaba ya ese fuera de serie, ese inclasificable, ese monstruo que resultaba insoportable para la Señora madre. Ella y su deformidad, ella y su estridencia, ella y su fealdad comportan ya la posibilidad de un encuentro. Ella, signo mismo de la otredad. Eso la hace deseable. Ese amor cambia el cielo, cambia la geografía, deshace las coordenadas conocidas: “El cielo fabricó cosas para nosotros. En esta llanura y con nubes negras nos hizo montañas que duraron toda la tarde”.

VII. Y es que Eros es sinónimo de extranjería, de inclasificable. Es por eso que tanto Lacan como Barthes se detuvieron en la noción de atopía o en la condición de átopos. Es una noción potente, precisa y que funciona muy bien para, justamente, situar las coordenadas respecto de las cuales Eros irrumpe. Son coordenadas que quedan desacomodadas, descentradas, desfasadas; pero es en ese desacomodamiento, en ese descentramiento, en ese desfase que se muestra una verdad de Eros. Esa atopía es, además, lo que interrumpe la continuidad, la estabilidad, la armonía. Es eso que se precipita disruptivamente, inesperadamente. Atopía podría ser otro de los nombres de Eros, Eros es átopos, es insituable, inasible, es lo que está fuera de lugar; Eros es casi un exotismo, aquello que aparece alejado de un lugar propio, que aparece siempre extraño, extranjero. El amor como monstruo de Dios, la monstruosidad del amor que encuentra un resquicio por donde colarse. Y entonces la autora dice del enamoramiento: 

“Correr con el cuerpo entregado, tropezando, para llegar hasta un fuego que no se iba a poder alcanzar nunca pero estaba,
estaba,
estaba
ahí”.

Las buenas ficciones, como El amor es un monstruo de Dios, escriben una verdad sobre el amor que no podría decirse sino de esa manera.

VIII. Átopos puede ser también, entonces, un discurso, el discurso amoroso, ese que es “originalmente, la acción de correr aquí y allá, son idas y venidas, «andanzas», «intrigas»”, como diría Barthes. Porque es un discurso que va marcando trazos pero que no conforma una totalidad, ni se detiene en un sentido. La atopía va preparando así una especie de antídoto contra la tipificación, contra la clasificación, contra los lugares comunes en los que se sedimenta un intento de aquietar la incertidumbre, de aplanar lo equívoco, de arrasar con la singularidad. Atopía: un ejercicio de resistencia a los embates del sentido común y de la moral biempensante que pretende saber y definir, señalar y moralizar. Atopía es también el nombre de un pensamiento resistente a su propia solidificación; es el exorcismo del demonio de lo que se pretende esperable; es el aguafiestas del disciplinamiento y la normalización; es la posibilidad de romper con los binarismos. La atopía es la erotización del espacio entre dos, ese espacio que lleva en sí el germen de la resistencia a la domesticación, a la institucionalización, al mercantilismo del amor.

IX. Fue Juan José Becerra el que dijo: “El amor también se mueve al ritmo de los mercados, pero el que se mantiene constante es el imposible”. El mercado se alimenta y alimenta la fantasía de que existiría un amor ideal, el mercado se alimenta de la desesperación del amor que siempre tiene algo de imposible. El mercado pretende sostener un amor sin desliz y sin equivocaciones. Es un Ideal que sólo fabrica amores imposibles, porque no quiere saber nada de lo imposible del amor.

X. El amor es una invención, sí. No sólo cultural, sino singular. Quiero decir que, más allá de las formas de cada época, el encuentro amoroso constituye una invención singular de cada entre dos. Y esa invención es cada vez, no conforma ninguna experiencia. Decir experiencia amorosa es un oxímoron. A diferencia de las cuestiones técnicas, el amor no tiene manual de instrucciones, ni acumula expertise, por suerte. La experiencia con alguien suele no funcionar la siguiente vez, con otro. Encontrarse con otro suele desarmar todos los planes. Entonces no se trata de no tener expectativas, pero sí de advertir que en esos terrenos somos todos un poco torpes, un poco toscos, un poco inútiles. Y no es porque no sabemos y tendríamos que aprender, y no es porque es la primera vez, no es porque somos inseguros, o porque tenemos baja autoestima. Sino porque esas zonas son arenas movedizas, terrenos muy poco firmes, zonas de riesgo.

En ese sentido, en esos asuntos, siempre es como la primera vez. Por uno, pero también porque hay otro. Ya lo escribió Charly García: “Y aunque cambiemos de color las trincheras/ Y aunque cambiemos de lugar las banderas/ Siempre es como la primera vez/ Y mientras todo el mundo sigue bailando/ Se ven dos pibes que aún siguen buscando/ Encontrarse por primera vez”. Y es que el deseo no se puede prevenir, ni calcular, ni domesticar, ni pedagogizar, ni disciplinar. Como dice José Luis Juresa, “el deseo no tiene consuelo”. Encontrarse con otro, en tanto otro, es darse cuenta de que no hay saber que funcione o, en rigor, que el saber termina siendo un obstáculo. En cuestiones de Eros, y hablando de repetición, parece que funciona la máxima de Beckett: “Intenta de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”.

Foto: Depositphotos

Otras lecturas:

Es psicoanalista y docente de posgrado. Es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autora de los libros Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019, IndieLibros), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020, Paidós), Un cuerpo al fin (2022, Paidós) y El sentido del humor (2024, Paidós).