El futuro traicionado

A dos siglos de su muerte, el legado de Castelli denuncia la persistencia de un coloniaje moderno que explota y somete a la tierra y sus habitantes.

La historia argentina, repetida en errores y hasta pesadillas, obliga a conservar una memoria larga. El pasado que llevamos incorporado en lo que somos revela no pocas veces que, para nuestro mal, estamos como entonces. Ante ello, ningún empeño de olvido -tantas veces fundado en pereza o mediocridad- puede dejar de reunir a próceres equivocadamente reputados de “segunda fila”, tanto más frente a la tenaz persistencia del coloniaje y nada menos que un 12 de octubre. También ese día, en 1812, fallecía en esta ciudad Juan José Castelli.

De sangre italiana, como su primo Manuel Belgrano, fue hijo de un farmacéutico veneciano de acciones cristianas, al punto de revalidar su título de médico por asistir -entre muchos- a presos y soldados. Destinado familiarmente hacia la formación sacerdotal, terminó graduándose de abogado en la famosa universidad de Charcas, entonces la Oxford americana, donde a la postre sería honrado como rector. Allí se nutrió del pactismo escolástico, el contractualismo francés y el jusnaturalismo germánico. Pero mayormente penetró en las entrañas de la explotación minera y en la sometida estructura socioeconómica que vio sucumbir trágicamente a la insurgencia tupakarista.

Regresado al Plata virreinal, como precursor de la causa por la revolución emancipadora y el desarrollo independiente, fue de los primeros argentinos preocupados por fomentar la producción y las ciencias. Desde la sociedad “los patriotas” tampoco faltó a los ejercicios ignacianos en lo de Santa Mama Antula, donde sin dejar de impulsar la pacificación de los espíritus también se debatía nuestro destino. Tempranamente, en la labor forense defendió del espionaje a los “carlotistas”, donde adelantó la tesis del cabildo abierto del 22 de mayo, auténtico andamiaje jurídico-político de la libertad continental: la retroversión de los derechos de la soberanía al pueblo, en tanto titular. Su verba inflamada, en aquella célebre jornada, pasó a ser interrumpida por la ovación y los aplausos, que nunca dejarían de acompañarlo en cada intervención.

Ese vendaval de Mayo lo ubicó como depositario del primer gobierno, que lo envió al bastión contrarrevolucionario de Córdoba para hacer cumplir con firmeza la demorada ejecución a Liniers: “Entre la Patria y mi dolor espiritual no tengo opción”, confesaría. La Junta le encomendó más tarde la compleja empresa de enfrentar a los represores de las frustradas revoluciones de 1809 en Chuquisaca y La Paz. Ya en Potosí cumplió con el ajusticiamiento de las autoridades realistas aunque, sobre todo, dispuso el fin de la servidumbre de los indígenas, a quienes les reconoció derechos de representación, repartió tierras confiscadas y hasta oficializó sus idiomas. El 25 de mayo de 1811, en la puerta de Tiahuanaco, rindió homenaje a los incas y proclamó la grande y única familia sudamericana: ”Los esfuerzos del gobierno se han dirigido a buscar la felicidad de todas las clases, entre las que se encuentra la de los naturales de este distrito, por tantos años mirados con abandono, oprimidos y defraudados en sus derechos y hasta excluidos de la mísera condición de hombre”.

La movilización de los sectores sojuzgados, con demandas de un cambio político y social genuino, motivó que oligarcas mineros y aristócratas -ruinmente enriquecidos por el despojo a los originarios- no tardaran en lanzarse sobre él. El alto clero lo excomulgó y terminaron rechazándolo los funcionarios del régimen. A todos denunció en aquel histórico discurso del aniversario como “los partidarios de sí mismos”, pues habían dejado de representar a alguien.

Hoy bien sabemos que aquella dominación resultó una expropiación eco-biopolítica del pueblo, al decir del antropólogo Horacio Machado, que saqueo mediante convirtió al territorio mineralizado en patio trasero con un vasallaje subhumano. Más aún en plena proyección de un transhumanismo geoestratégico propio del neoautoritarismo tecnológico que codicia nuestro litio. En la especificidad de la categoría “Potosí” aparecen expuestas las capas sedimentarias de un acelerado orden tardocolonial 4.0 que hace del extractivismo transnacional un escenario doméstico de depredación, degradación y represión.

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Y no se trata de estar en contra de la “civilización” y el “progreso”, sino de viles negocios que actúan en su nombre, contra los intereses del pueblo y de su tierra. Es contra la “fractalización” apocalíptica que se reproduce indefinidamente en diferentes escalas y planos, como enseñan los etnólogos Déborah Danowski y Eduardo Viveiros. Por ello, cuando la retardataria reprimarización económica extranjerizante (minerales, energía, granos y aún mares), con rentas extraordinarias sin gravar, provoca del país una probeta sociopolítica periférica que abjura de la indispensable soberanía para el resguardo de la justicia social y la ambiental –siempre una, como enseña SS Francisco en su “Laudato si”-, el legado del preclaro Castelli ofrece el singular atractivo de lo diacrónico en un angustioso presente.

Si no, repárese que luego de sufrir la invariable persecución judicial arbitraria por acusaciones difamantes, el fuego glorioso del destino lo fulminó a los 48 años fruto de un cáncer de lengua, que hubo de extirpársela ¡Nada menos que al orador de Mayo! Antes de morir anotó en papel: “Si ves al futuro, dile que no venga”. Ciertamente las palabras -y también el silencio- pueden cambiar el rumbo de una persona y el desarrollo de la Nación. Así lo entendió al clamar la Revolución y también cuando manuscribió el oscuro porvenir de su traición. Si deseamos preservar algo de aquello que todavía valoramos y detener el deterioro acelerado de las mayorías -fundamentalmente de los más jóvenes-, se trata de venerar e imitar al Castelli descendiente inmigrante, noble hijo de este suelo. Porque hay voces y omisiones que mucho se asemejan a la falsía cobarde, siempre pecado de lesa Patria.

Juez de la Cámara Federal de Casación Penal –máximo tribunal penal del país- y Profesor Titular de la Cátedra de Derecho Penal (UBA y UNLP).