El desafío de creer en Venezuela

En medio de polémica internacional, entrega de actas, sitios web ad-hoc y comunicados de organizaciones, hay millones de personas que fueron a votar en Venezuela y quedaron inmersas en un proceso paralizado.

"Mano, tengo fe", un mantra que unió e ilusionó a Venezuela. Foto: Julio Reano (El Comercio).

La frase estaba en las remeras, en las paredes, en los títulos de los diarios y hasta en las latas de cerveza Polar, la más popular de Venezuela. Nació entre los hinchas de la Vinotinto, la selección de fútbol que disputaba la Copa América, y se instaló hasta en las redes sociales de los propios jugadores. «Mano, tengo fe» fue un mantra de ilusión para los venezolanos en todo el mundo. Y se sostuvo hasta los penales de los cuartos de final, cuando perdieron contra Canadá.

La lógica de la fe cubrió no solo la competencia deportiva sino también la electoral. María Corina Machado, envuelta en rosarios, lideró espiritualmente a la oposición durante un mes de caravanas. Nicolás Maduro (que también portaba uno bajo su ropa, más escondido) invocaba no solo a Dios sino a una «profecía» que prometía que Venezuela se convertiría en el centro espiritual del mundo bajo su mando.

La fe era de todos. De los chavistas, que esperaban poder revalidar a Maduro en las urnas y legitimarlo ante el mundo. De los opositores, que creían que esta era la posibilidad más real y cercana de terminar con 25 años de chavismo. Y de todo un pueblo que se ilusionaba con repuntar, como pronosticaba hasta el Fondo Monetario Internacional, tras los años de crisis humanitaria, éxodo masivo, represión, sanciones e hiperinflación.

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El lunes a la mañana, diez horas después de que el Consejo Nacional Electoral de Venezuela (CNE) declarara victorioso otra vez al presidente Nicolás Maduro, bajé en el ascensor de un hotel de Caracas con una chica joven que mandaba un audio: le decía a una amiga que no se juntaran, que la calle estaba peligrosa.

“Parece primero de enero”, dijo.

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Es verdad que parecía el más feriado de los feriados. Salí caminando por la misma zona donde hacía días me abrumaba con la cantidad de movimiento y consumo. Ya no había ruido, sino más bien un silencio gris. Caras largas, desconcierto y, sobre todo, miradas desconfiadas. La gente ya no tenía ganas de hablar conmigo, una periodista que los abordaba con una sonrisa para preguntarles cómo veían lo que estaba pasando. Seguían de largo caminando rápido o me pedían que me alejara.

Entre persianas bajas encontré un comercio abierto, una especie de golosinería que días atrás había estado estallada de clientes. Ahora, en vez de diez empleados había cuatro, los que vivían cerca y habían podido llegar. Rafael y Johnatan, dos de ellos, usaron la misma fórmula para responder a los resultados de la noche anterior: “Hizo trampa”.

Ya había escuchado esto muchas veces de distintas maneras: que no va a ceder el poder, que Maduro no gana pero tampoco pierde, que ya estaba todo arreglado. Al día de publicación de este dossier, una semana después de la elección, no hay una prueba de que haya habido fraude. Pero tampoco de que Maduro haya realmente ganado las elecciones. Y eso, a medida que pasa el tiempo, se vuelve más irreversible.

Pero quiero hablar de otra cosa. En Argentina miramos hacia Venezuela hace años, a veces como parámetro ideológico para nuestra propia política interna, a veces como punto de comparación de inflaciones, a veces como país receptor, pero siempre con un sesgo distante. Venezuela y Argentina no se parecen en casi nada.

Durante los días en Caracas, sin embargo, sí vi una cosa: no se puede entender a Venezuela sin hablar con su gente. Incluso dentro del país la voz de Maduro es omnipresente, y en sus grietas solo hay lugar para líderes opositores tajantes. La polarización es absoluta, casi un escenario de batalla permanente. Pero por debajo, en los grises, hay una población que perdió a un cuarto de sus habitantes con la migración, que se diezmó en los conflictos sociales de las últimas décadas, que se desgastó en procesos devaluatorios astronómicos y crisis de desabastecimiento traumáticas. Esa gente, la que vive en los barrios, la que trabaja en los comercios, la que tímidamente consume en un mercado de fin de semana, es la que vota.

En todos los procesos electorales hay gente pasional y convencida. Pero en Venezuela hubo otra cosa, aparte de eso: gente pidiendo algún tipo de futuro, alguna clave hacia adelante, aunque fuera la repetición de fórmulas del pasado. En eso, quizás, sí hay un paralelismo para trazar con nuestro país.

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Antes del domingo, Venezuela estaba en un compás de espera. Después, en completa parálisis: se vaticinaban panoramas difusos, pero no el hecho de pasar días y días sin resultados. Los escenarios estaban todos abiertos. Era posible la violencia, pero también el éxodo. Que Lula tocara un botón y todo se diera vuelta, que Maduro cediera el poder, que el CNE dijera que había que hacer todo de nuevo.

Y ahí, en el medio, estaba la gente. Los que volvieron a votar, los que se quedaron, los que siguen apostando al madurismo porque confían en una maquinaria distinta, en un proyecto diferente; los que se fascinaron con la dureza de Machado y la pasividad de Edmundo González Urrutia, los que odian a Maduro pero optaron por alguno de los otros ocho candidatos, los que quieren que se privatice el petróleo y que llegue un “verdadero capitalismo”, los que quieren solo las inversiones extranjeras pero cuidar los recursos propios.

Los que siguen trabajando en el Estado por 5 dólares y complementan con bolsones de acá y allá. Los jubilados que cobran 3,5 dólares pero reciben otros 100, 200 o 300 de sus hijos en el exterior. Los miembros de las fuerzas que prometen dar su vida por la revolución bolivariana, y la dan en serio, con convicción. Los que armaron todo y se fueron al aeropuerto a ver para dónde salían, cansados de sentir que la película se repite. Los que, en cambio, se calzaron y salieron a la calle. Los pibes que esperaban que el resultado alentara a sus amigos a volver al país. En esa medianoche del 28 al 29, las caras que se vieron en el llanto opositor y el tímido festejo del oficialismo parecían coincidir en algo: se había perdido la fe.

Con esas imágenes, pensamos este dossier en un avión, saliendo de imprevisto del país, pero con más preguntas que respuestas. Desde el audio del primero de enero a todas estas imágenes que se superponen entre sí, nos lleva a ver que Venezuela no es la imagen simplificada que tenemos en Argentina, mucho menos un lugar que solo se define por esta última semana. Es el parangón de la muletilla progresista de que todo “es más complejo”.

Por eso nos hicimos algunas preguntas que nos acercan al centro: ¿qué pasa con Venezuela? ¿Por qué estamos todos en vilo, mirando cómo se desarrollan estos eventos? ¿Qué significa para el resto del mundo en general y nuestros mundos particulares? ¿Qué nos dice esto sobre nuestra idea de la democracia? Ahí vamos.


Esta nota es parte de un especial de Cenital que se llama Mano, ya no tengo fe. Podés leer todos los artículos acá.

Periodista. Trabaja como corresponsal para medios extranjeros como The New York Times, Rest of World, The Dial y NACLA. Cubre, sobre todo, política y derechos humanos. Fue redactora en el Buenos Aires Herald.

Además de jefe de redacción de Cenital, es director de Corta. Sus momentos preferidos son los lanzamientos de cohetes y las finales del mundo contra el Real Madrid. Tiene un tatuaje de Boca, uno de Messi y otro de Yuri Gagarin. Sus amigos dicen que es progresista. Él dice que nunca se metió en política, siempre fue sanmartiniano. Es fundamentalista de Carl Sagan pero de sagitario como Aioros, el papa Francisco, Taylor Swift, Friedrich Engels, Britney Spears y William Blake.