El ADN de Hitler no nos dice nada nuevo
Se estrenó un documental que analiza una muestra de sangre del dictador. ¿Qué puede revelar eso de las atrocidades que cometió?
“No existe tal cosa como el gen del dictador, pero…”. Hace unos días se estrenó la primera parte de Hitler’s DNA: Blueprint of a Dictator producido por la cadena británica Channel 4, que promete una nueva mirada sobre Adolf Hitler a partir del análisis de su ADN. La premisa se apoya en el logro técnico de la secuenciación de su genoma a partir de una muestra de sangre extraída de un sofá en su búnker de Berlín, recuperada tras su suicidio en 1945.
Una vez pasada la reacción de “wow, mirá en qué anda la ciencia, che”, cuesta encontrar buenos motivos para la hazaña técnica. Aunque con otras palabras, la responsable del análisis —la genetista Turi King—, ante la consulta de por qué hacerlo, básicamente responde: por qué no. Si en su momento se secuenció el genoma de Beethoven, por qué no también el del gran dictador.
Apenas la discusión vira hacia la ética histórica y la responsabilidad mediática, la cuestión se vuelve entre trivial y peligrosa. Quizá lo único valioso que salió del episodio fue la refutación definitiva de que Hitler tuviera algún antepasado judío. Eso es todo.
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El ADN del dictador
El título mismo del documental, que califica el ADN como el “plano” (blueprint) de un dictador, sugiere una premisa incómoda: que la monstruosidad de Hitler estaba determinada biológicamente. Como señala el periodista científico Michael Le Page en su análisis para New Scientist, esto coquetea peligrosamente con el determinismo genético, uno de los conceptos favoritos de los nazis, aludido en Mein Kampf (1925) en torno a la “pureza de la sangre” que determina el destino y el carácter de las naciones, justificación última para evitar la mezcla racial.
Nuestra mejor evidencia científica desmiente categóricamente esta simplificación. Incluso si fuera posible realizar el experimento mental de clonar a Hitler —como en la ficción de Los niños del Brasil (1978)—, no existiría garantía alguna de que sus clones repitieran sus crímenes, aunque mejor no darle ideas a los tipos que nos prometieron la “des-extinción” del lobo gigante.
Los estudios realizados con gemelos idénticos, que comparten el mismo ADN, demuestran que la heredabilidad de comportamientos complejos, como la criminalidad, es inferior al 50%. El resto de la ecuación depende ineludiblemente del entorno, la educación, el azar y las decisiones individuales. Sugerir que el genoma contiene la “receta” de la tiranía es ignorar décadas de investigación sobre la compleja interacción entre genética y ambiente.
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SumateNo mintió
El primer resultado concreto que se nos expone es que la sangre de aquel sillón pertenecía a un humano masculino. Luego, que Hitler no tenía ascendencia judía a través de su abuelo paterno, una especulación que ha circulado desde la década de 1920 y que incluso fue repetida por figuras políticas recientes. Hitler no mintió, sigamos.
Promediando el episodio, King nos tranquiliza: “No puede verse la maldad en el ADN, pero sí pueden decirse cosas respecto de si hay o no una predisposición genética a ciertas condiciones”. A esto, Kay le responde: “Esto aporta una perspectiva completamente nueva, un nuevo ángulo, sobre alguien que fue responsable de los crímenes más terribles cometidos en la historia moderna”.
Tal desparramo de palabras parece dar a entender que una predisposición genética a entretenerse montando campos de concentración fuera la pieza clave por la que generaciones de historiadores no han podido dormir, como si la Segunda Guerra Mundial y el ascenso del nazismo no constituyeran el episodio más analizado de la historia. Pero lo más reprochable de estas afirmaciones soltadas tan a la ligera es que dan por hecho que cualquier relación entre aquellos hechos históricos y la salud mental de sus protagonistas es irrestrictamente relevante.
En otra de sus recurrentes justificaciones, como si intuyera la barbaridad con la que se insiste, King dice que su preocupación por el ADN de Hitler se respalda en romper un tabú: “Necesitamos desmitificar lo que podemos y no podemos distinguir del ADN de alguien”.
La salud mental de Hitler
Paradójicamente, el segmento que le sigue, que ocupa la segunda mitad del episodio, se mete con el asunto de las puntuaciones de riesgo poligénico (PRS) para evaluar la salud mental de Hitler. Estas puntuaciones son una estimación estadística que suma miles de variantes genéticas comunes, cada una con un efecto mínimo, para calcular cuán predispuesta está una persona —en comparación con la población general— a desarrollar condiciones como autismo, déficit de atención, etcétera.
Primero, el análisis de King y sus secuaces sitúa a Hitler en el percentil 80 de predisposición al déficit de atención. Una seguidilla de expertos pasan a explicar que Hitler era mal estudiante y que las personas con TDAH son generalmente descriptas como perezosas con la excepción de cuando logran su hiperfoco en alguna cuestión en particular, como la ópera o las artes plásticas —o quizá la reivindicación de la superioridad racial aria, aunque los expertos no se expiden al respecto.
“También hemos estado analizando la puntuación de Hitler para el autismo”, explican King y Kay frente a una especie de holograma. “Si miramos aquí la distribución del autismo en la población, se puede ver que Hitler está realmente, realmente, muy alto en el extremo correcto. Tiene una puntuación muy alta y de hecho pertenece al 1% superior”. Casi que puede escucharse, a lo lejos, el zumbido del sesgo de confirmación. ¡Obvio que Hitler tenía que ser autista!
Con soltura nos explican que su dificultad en las relaciones sociales, sus problemas con la empatía cognitiva, y su excelente atención al detalle calzarían perfecto con este diagnóstico pseudocientífico y clínicamente inapropiado.
De la biología al comportamiento
Anticipando las críticas más obvias, los propios investigadores admiten que, incluso con esos marcadores genéticos elevados, la probabilidad real de que Hitler hubiera sido diagnosticado con alguna de estas condiciones en vida era de no más del 1%. Pero qué mala televisión hacen los matices estadísticos cruciales.
Afortunadamente lo invitan a Simon Baron-Cohen, experto en autismo, a dar su opinión: “Es increíble [que hayan] logrado extraer estas puntuaciones del ADN. Pero el proceso científico se basa en la revisión crítica y el escrutinio. Pasar de la biología al comportamiento es un gran salto”. O como concluyó un estudio reciente: “Debido a asociaciones inconsistentes y a una generalizabilidad limitada, debe enfatizarse que la puntuación poligénica del autismo en su estado actual no tiene utilidad clínica”.
Por más tentador que sea, los psicodiagnósticos complejos no pueden realizarse sobre personas muertas. Y aunque usted no lo crea, las personas neurodivergentes tienen muchas más probabilidades de ser víctimas de violencia que de perpetrarla. La neurodivergencia no explica el genocidio, y sugerirlo es científicamente débil y moralmente reprobable.
A punto de concluir el episodio, se insinúa el hallazgo con el que cada artículo al respecto encabezó la noticia: parece que Hitler mandó a quemar sus restos por un motivo muy pero muy especial.
La sexualidad de Hitler
Más allá de su genealogía, y sus posibles trastornos mentales, el estudio (que aún no fue revisado por pares ni publicado) detectó que faltaba una letra en el gen PROK2, una alteración vinculada al síndrome de Kallmann, un trastorno que impacta en la pubertad y en la formación de los órganos sexuales, y puede provocar que un testículo no descienda al escroto o que el pene sea inusualmente pequeño.
Esto corroboraría registros médicos de 1923, descubiertos en 2010, que documentaban una criptorquidia derecha (un testículo no descendido). En el documental, Kay especula que esta condición, que puede afectar la libido, podría ofrecer una explicación biológica a la notable ausencia de vida privada de Hitler y su devoción absoluta a la política como mecanismo de compensación, diferenciándolo de otros jerarcas nazis que mantenían familias y amantes.
Dejando a un lado lo fascinante de explorar las peculiaridades de los genitales de los dictadores en virtud de su ADN, cabe plantearse si este estudio debió realizarse en primer lugar. El documental claramente se inscribe en una sostenida tendencia de la ciencia como espectáculo que prioriza el entretenimiento sobre el rigor académico, trivializando cualquier discusión acerca del totalitarismo, el genocidio sistemático, el antisemitismo, la radicalización política, etcétera, en favor de una deleznable caricatura que no contribuye en manera alguna a la conversación pública sobre genética o los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
No hace falta suspirar con un “pobre Hitler, miren lo que hacen con su ADN” para tener presente también que la cuestión del análisis de ADN antiguo no es banal y es uno de los desafíos con los que lidia la antropología frente al estudio genético de diversas poblaciones. Incluso cuando Hitler no tiene descendencia directa, tratar su material biológico humano simplemente como un trofeo de guerra o una curiosidad televisiva deshumaniza la práctica científica y establece un precedente oscuro sobre quién tiene derecho a hablar por los muertos. Superar los terrores del nazismo también implica el meticuloso esfuerzo por no repetir sus reprochables prácticas.
Quizá resulte reconfortante pensar en Hitler como una aberración genética, un “monstruo” nacido y no hecho, la maldad encarnada. El cuento no es nuevo, solo le aplicaron una capa de barniz genético. Pero esta narrativa nos exime de la responsabilidad colectiva. Si el problema reside en un código genético defectuoso o en un cerebro enfermo, entonces no necesitamos examinar las fallas estructurales de nuestras propias sociedades.
Insinuar no es decir
La insistencia de King y Kay a lo largo del documental parece una burda rutina cómica: “No estamos diciendo que si Hitler fuera autista eso explicaría sus obsesiones pero…”, “No estamos diciendo que tuviera déficit de atención, pero si miramos sus estrategias bélicas…”, “No estamos diciendo que su masculinidad frágil explique su ferocidad, pero…”.
La pregunta acerca de qué tuvo que pasarle al pintorcito frustrado para que desatara su infierno es probablemente una de las más estudiadas en la historia. Buscar la respuesta en el microscopio —apuntando a los genes o genitales de Hitler— es mirar en la dirección equivocada. Su ADN hace una mediocre hora de televisión pero no ofrece ninguna “nueva mirada” sobre él.
Las advertencias reales están en los libros de historia y en nuestra propia fragilidad cívica. Anne van Mourik, historiadora del Instituto NIOD de Estudios sobre la Guerra, el Holocausto y el Genocidio, advierte que centrarse en la anatomía genital de Hitler no nos enseña nada sobre cómo funciona la violencia masiva o por qué ocurren los genocidios.
La realidad histórica es mucho más incómoda y menos exculpatoria. Hitler no operó en el vacío ni construyó los campos de concentración con sus propias manos. Su ascenso fue posible gracias a millones de votantes, a élites políticas conservadoras que creyeron poder instrumentalizarlo, y a una burocracia estatal eficiente que ejecutó sus órdenes. La lección crucial, como señala Le Page, no está en el ADN de un dictador, sino en comprender por qué la sociedad permite que tales figuras asciendan al poder.
Puede que las canciones sobre los genitales de Hitler tuvieran razón, pero por más que se disfrace este despliegue de tecnología genética con un supuesto propósito histórico, no se trata de mucho más que una espectacularización de la ciencia y de la historia.
Seguramente algún científico pueda explicarlo mejor que yo pero no todas las personas inseguras de su virilidad sienten una irrefrenable necesidad de invadir Polonia.