Diario de campaña N° 11 | El Estado que va a definir la elección: viaje al corazón de Pensilvania (1)
Los restos de la fábrica Bethlehem Steel son testigos de una época dorada que cambió a Estados Unidos para siempre. Hoy, es una región clave para los resultados del 5N. Una historia sobre el pasado del país.
La melancolía es un juguete peligroso que conviene tener siempre lejos del alcance de la mano. La nostalgia en dosis controladas puede funcionar, aunque es mejor ser precavido. Ahora bien, hay verdades que no hace falta ocultar: por entonces se vivía bien.
Frank Behum vivía bien. Operaba las grúas de la Bethlehem Steel Company, una megaempresa de acero ubicada en el noreste de Pensilvania, estaba casado con Nancy y veía a sus amigos casi a diario, ya sea en la planta o en el sindicato de trabajadores siderúrgicos, donde llegó a oficiar como tesorero. Fue gracias al gremio, me dijo cuando lo visité en su casa el miércoles al mediodía, que pasó de cobrar poco más de dos dólares la hora en 1965 a ganar casi 24 a mediados de los noventa, lo que en ese momento era una pequeña fortuna. El sindicato también le permitió graduarse de administrador de empresas en la Universidad de Pensilvania, gracias a un acuerdo por el que la compañía debía pagarle los estudios a sus trabajadores.
–El sindicato lo era todo.
Llegar a él fue relativamente fácil: bastó una llamada de Jerry Green, el presidente del sindicato durante más de veinte años y con el que yo había hablado esa mañana, para que me recibiera en el patio de su casa. “Jerry es una de las personas más inteligentes que conozco”, me dijo Frank. “Detectaba al instante cuando le estabas mintiendo u ocultando algo, y de buenas a primeras te decía: ‘¿Cuándo vas a decirme la verdad?’. Pero él era así con la empresa también. Sabía cuando la empresa le contaba un cuento y cuando le decían la verdad de lo que estaba pasando”.
Durante los años que compartieron Frank y Jerry, hoy ambos en la setentena, la empresa era la segunda productora de acero más grande del mundo, solo detrás de la US Steel Company, también nacional. Fueron responsables, entre otras cosas, de la construcción del Empire State y el Golden Bridge: símbolos arquitectónicos de la pujanza estadounidense. Frank me habló de la innovación que introdujo la empresa en la construcción de rascacielos, volviéndolos más seguros. “Hay gente que me quiere molestar preguntándome cómo fue que derribaron las Torres Gemelas, si éramos tan buenos haciendo cosas. Yo les digo que era porque a esas torres las diseñaron los japoneses”.
En el 2003, la planta de Bethlehem cerró definitivamente, aunque ya venía en picada en los años anteriores. Frank la había dejado a principios de 1997, cuando la empresa empezó a expulsar gente. Trabajó allí durante 32 años, aunque en seis de ellos estuvo sirviendo en la Marina (dosis controladas de nostalgia: las tardes en Palma de Mallorca, cuando estaba destinado en el Mediterráneo, y tomaba litros de cerveza Heineken acostado en la playa). A sus 77 años Frank está retirado, maneja un agudo sentido del humor y, aunque le faltan algunos dientes y una lesión en la pierna lo obliga a cojear, las cosas le han resultado bien. Sigue viviendo con Nancy en una casa con pileta y sus tres hijos, que ya le han dado nietos, residen cerca, lo que en Estados Unidos es casi un milagro. No extraña sus épocas en la planta.
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SumatePero la sigue observando todos los días, porque vive a diez minutos y su casa, en las colinas de Bethlehem, tiene una vista privilegiada al ex parque industrial. Aunque a decir verdad toda la ciudad, que se encuentra en el medio de un valle, mira de una u otra manera a esa planta, que pasó de ser el centro de la vida social y económica del pueblo a convertirse en un símbolo de decadencia. Billy Joel lo inmortalizó en la canción Allentown, que junto con Easton son las otras dos ciudades que completan el valle de Lehigh. “Están cerrando las fábricas\en Bethlehem están matando el tiempo\rellenando formularios”. Y más adelante: “Cada niño tenía una buena oportunidad\de llegar al menos tan lejos como llegó su padre\pero algo pasó en el camino a ese lugar”.
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La planta es como un bicho gigante de metal, con tubos que parecen antenas. Quedó reducida a una serie de galpones a los que no se puede acceder, algunos de ellos con las ventanas rotas. En el parque, frente a la fábrica, se organizan algunos eventos públicos, y una estación de radio transmite desde allí.
Pero el único lugar de la zona que tiene movimiento es el casino, que se encuentra en el fondo del ex parque industrial y está acompañado por un hotel, habitado sobre todo por jugadores que pisan la ciudad exclusivamente para apostar. La mañana en la que fui había alrededor de treinta personas desperdigadas por las máquinas y las mesas de blackjack. Si a alguien el ambiente de un casino no le parece lo suficientemente sórdido le sugiero tomar el turno de la mañana. Melina, una mujer de aproximadamente sesenta años que se identifica como sobreviviente de cáncer (también lo dice su remera), y una de las pocas personas con las que conversé que vivía en la ciudad, me dijo que a la economía de la zona no le estaba yendo nada mal, que cada vez abrían más negocios. Pero no era como antes.
–Antes esto explotaba –me dijo, sin sacar los ojos del tragamonedas–. Todo el mundo hacía buen dinero.
Es cierto que a la zona no le está yendo nada mal. Y, salvando el monumento de la planta abandonada, los signos económicos a la vista indican todo lo contrario a una depresión. El nuevo símbolo de esa expansión son los grandes depósitos que se alojan en el valle, de donde salen largos camiones con logos de Amazon y Walmart, entre otras empresas, que inundan las carreteras. Dos décadas después del cierre de su fábrica emblemática, el lugar vuelve a contar una historia más grande acerca de la economía de Estados Unidos. El rápido crecimiento del comercio electrónico, con picos en la pandemia, generó una nueva oportunidad. Como la zona está bien ubicada, cerca de Nueva York, Filadelfia y a tiro de otras ciudades, muchos depósitos vinieron a instalarse, aprovechando la disponibilidad de tierra. El dato es elocuente: hoy en los depósitos del valle de Lehigh trabajan alrededor de veinte mil personas, una cifra parecida al número de empleados de la fábrica en sus mejores años. Y a eso hay que sumarle los camioneros que transportan los productos.
El espejo, sin embargo, es engañoso. Los empleos en manufacturas, que aunque no haya tantos como antes siguen estando en la zona (hay una planta de Toyota, por ejemplo), pagan casi el doble en comparación con los de depósitos y transporte. Salvo algunos casos de éxito, los trabajadores tienen muchas más trabas para sindicalizarse, trabajan separados y enfrentan presiones directas de las empresas. No existe nada parecido a lo que me describió Frank. Y para muchos de los jóvenes que trabajan allí, el empleo tiene un carácter temporal. Además hay otros efectos. La instalación de los depósitos está encareciendo la vivienda y alterando la planificación urbana, ya que cada vez más caminos se abren en espacios rurales, para acomodarse a la nueva industria.
¿Y quién produce los bienes que el nuevo sistema distribuye?
Creo que en ningún otro lugar esta pregunta resuena tanto como acá. La ciudad es un canto a los años dorados de Estados Unidos, cuando China era una entidad lejana y rural, ahogada en la pobreza, y el orgullo americano se construía en otros espejos. El Museo Nacional de Historia Industrial, también ubicado en Bethlehem, ofrece una instalación modesta, en una sola planta donde se consignan y reproducen inventos y máquinas de la era industrial. Cuando lo visité había solo una persona más, y luego me quedé solo. Toda la sala estaba cargada de objetos, y en las paredes se leían hitos y comentarios sobre el periodo, en forma de pegatinas. Un editorial del diario británico The Times, publicado en 1876, decía: “Los estadounidenses inventan como los griegos hacen esculturas y los italianos pintan: es genial”.
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Estos fragmentos de economía política son el telón de fondo de otra batalla, que por estos días es electoral. Uno de los condados que integra el valle es el de Northampton, quizás el distrito más pendular que ya de por sí se encuentra en un estado pendular, y el más importante. En 2012, Obama ganó allí por poco más de cuatro puntos. Trump lo conquistó en 2016 por una cifra similar. Pero en 2020 Biden lo ganó de nuevo: se impuso con menos de un punto de diferencia. Por eso la zona concentra una atención desproporcionada, las campañas invierten millones en anuncios y los voluntarios reparten carteles con los nombres de los candidatos a destajo. Los carteles se van intercalando según las casas, y casi todas las familias participan de lo que por momentos parece un juego y en otros una batalla silenciosa para imponer el nombre y la bandera de su preferencia política. Dime qué pedazo de plástico clavas en tu jardín y te diré quién eres.
Frank me dijo que iba a saber cúal era su casa al llegar: asumió que yo sabía que él era demócrata y que votaba por Harris. Además de los típicos carteles de los candidatos tiene clavado otro que dice “Los veteranos votan azul”, con los logos de todas las fuerzas militares incluyendo la suya, y un apéndice donde se lee “Ustedes no eran bobos y perdedores”, la frase que presuntamente pronunció Trump en una visita a un cementerio militar, hace unos años.
años.
“El tipo es un completo desastre. Es el mayor mentiroso que ha pisado la faz de la tierra. Dice una mentira, luego se olvida de ella y a los veinte minutos dice la misma mentira otra vez. Va a hacer todo lo posible para destruir a Estados Unidos”. Capaz pensó que no me había quedado claro que opinaba del expresidente. “Mira, te lo voy a poner así. Si Trump estuviera ardiendo aquí mismo en esta cubierta, yo no gastaría una gota de orina para apagarlo”.
Toda su vida ha votado al Partido Demócrata, y a diferencia de muchos vecinos de la zona, que recuerdan al 2016 como un cráter que cayó en el medio de su vida social, no tiene amigos que voten por él. Cree que el 90% de la gente que todavía integra el sindicato vota por Harris. “Nadie que haya estado en un sindicato puede ser tan estúpido para votar por Trump”.
A Biden le tiene respeto, porque “es un tipo 100% pro sindicatos” y lo ve como uno de ellos. “Uno de los pocos que quedan y que ganó”, fueron sus palabras. Trump, en cambio, tiene un historial de declaraciones en contra de los trabajadores sindicalizados.
Pero esto no ha evitado que muchos de esos trabajadores voten y se identifiquen con él. Es posible que la creencia de Frank acerca de que el 90% de su sindicato sigue votando al partido demócrata sea exagerada. El martes a la tarde, en el rally que ofreció Trump en el centro de Allentown, a 15 minutos de la planta de Bethlehem, pude verlo con mis propios ojos.
Esta es la primera parte de mis apuntes en Pensilvania. Sabiendo que si publicaba todo de una iba a salir un choclo difícil de leer, y aprovechando que nos quedan un par de días para volver a la coyuntura de la elección, decidí publicarlo en partes. Además hay algo de la experiencia de las entregas divididas que me atrae.