De Bogotá al mundo: el caso de éxito de las Manzanas de Cuidado
Un programa que permite a las mujeres de Bogotá dejar a sus hijos a cargo de cuidadores se convirtió en un éxito inmediato y un caso de estudio en todo el mundo.
En octubre de 2020, en uno de los barrios más pobres de Bogotá, vio la luz una política de perfil feminista que se convirtió en un estudio de caso a nivel mundial. Se trata de las “Manzanas de Cuidado”, espacios públicos que permiten a las mujeres dejar a sus hijos a cargo de cuidadores mientras terminan el bachillerato o reciben atención psicológica y jurídica.
Esta es la historia de cómo la capital de un país atravesado por una guerra civil de baja intensidad que ya lleva 60 años logró implementar una política social de avanzada que otras ciudades –incluso del mundo desarrollado– harían bien en imitar.
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Un círculo con triangulitos
De acuerdo con cifras oficiales, el 35% de las mujeres de Bogotá pasan más de cinco horas al día haciendo labores de cuidado no remuneradas, en comparación con menos del 9% de los hombres. Esta sobrecarga de trabajo se expresa en el tiempo que las mujeres colombianas pasan cuidando a otras personas, lavando, planchando y cocinando.
“Las urbes están diseñadas a medida de varones, blancos, heterosexuales, cisgéneros y sin ninguna discapacidad. No se tienen en cuenta las necesidades de las mujeres, de las niñas y de las disidencias”, me cuenta la politóloga Micaela Gentile.
En América Latina, dice Gentile, el 30% de los hogares está a cargo de mujeres solas, por lo que la proximidad es un valor central para la vida de las mujeres. “Nosotras usamos el tiempo y el espacio de manera distinta a los varones. En la mayoría de las familias somos las que nos ocupamos de los cuidados de las infancias, de la juventud, de los adultos mayores, de las personas con discapacidad o con alguna enfermedad.”
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SumateLa creación de políticas que buscaran atacar esta situación desigual fue una de las promesas de campaña de la politóloga Claudia López, la primera alcaldesa abiertamente homosexual de América Latina, que llegó al poder en Bogotá, ciudad de 8 millones de habitantes, justo cuando la pandemia comenzaba a extenderse por todo el mundo.
El diseño del primer sistema del cuidado estuvo a cargo de Diana Rodríguez Franco, una economista, socióloga y madre de dos niñas que fue nombrada por López como secretaria distrital de la Mujer. “Un día de febrero de 2020 me senté en mi oficina y pinté en mi tablero una pequeña pizza: un círculo con triangulitos. Y pensé: ‘Esto va a ser una manzana del cuidado. Vamos a agrupar y articular los servicios de cuidado con un criterio de proximidad’.”
En el centro de la manzana, se diseñó un parque para que hubiera espacios de respiro, y en cada triángulo un servicio diferente: un espacio de cuidados para niños, otro para personas mayores, otro para personas con discapacidad, un lugar de lavanderías, algo de comida.
“El sistema articula servicios ya existentes y nuevos para atender las altas demandas de cuidado que presenta Bogotá de una manera corresponsable entre el distrito, la nación, el sector privado, el sector comunitario y los hogares”, dice Rodríguez Franco. “Tiene como objetivo las llamadas tres erres: reconocer los trabajos de cuidado y a las cuidadoras; redistribuir los trabajos de cuidado entre hombres y mujeres y entre el sector privado y el público y reducir los tiempos que dedicamos las mujeres al cuidado.”
Nuevas oportunidades
La primera manzana del cuidado se inauguró en Ciudad Bolívar, un distrito pobre y muy poblado al sur de la ciudad. Fue un éxito inmediato.
“De a poco las manzanas se fueron ampliando, pasando de una a tres, luego a cinco, luego a diez, y ahí se comenzó a consolidar una red”, cuenta Edgar Cataño, un ex director de ONU-Habitat Colombia que participó de la campaña que llevó a López a la alcaldía. “Las mujeres empezaron a aprovechar estos servicios, y eso les comenzó a abrir oportunidades. Una vez posicionado el concepto de Manzanas del Cuidado, eso generó esfuerzos para su escalamiento y para que más entidades ofrecieran servicios.”
Las Manzanas comenzaron a ofrecer clases de yoga, baile y hasta un programa llamado “La Escuela de la Bici” que busca que más mujeres aprendan a andar en bicicleta y ganen autonomía. Se brindó atención psicosocial y jurídica para mujeres cuidadoras que necesiten hablar o resolver problemas.
“Pero lo esencial de todo es que, mientras les brindamos esto, cuidamos a las personas que ellas cuidan, es decir, las relevamos de ese cuidado con servicios para las personas que ellas tienen a cargo”, dice Rodríguez Franco.

Historias de vida
A sus 32 años, Natalia Moreno viene de un entorno difícil, marcado por la violencia y el maltrato. “Un día llevé a mi hijo a que le cortaran el pelo y vi un aviso de que en las Manzanas daban servicios piscológicos y jurídicos gratis. Quise ir para recibir una guía sobre mi situación con mi pareja y con mi hijo. Ahí me enteré de que yo podría hacer una actividad mientras me cuidaban a mi hijo”, cuenta Moreno.
En las manzanas aprendió a nadar, hizo terapia. Hoy es actriz en una obra de teatro. “Creo que lo más importante ha sido darme cuenta de que soy buena para varias cosas. Ha sido un respiro”, dice.
Lucy Esparza, de 47, cuida a una señora mayor con alzhéimer y comenzó a asistir a la Manzana de Chapinero, una localidad al noroeste de la ciudad. “Lo curioso es que uno entiende que la labor de cuidar es muy importante, que no es que uno no esté haciendo nada, y que hay que valorar esas tareas. Y también entendí que era importante cuidarse a uno mismo y tener espacios para uno”, explica.

Escala e impacto
Diferentes estudios de impacto han destacado los cambios transformadores que este programa trajo a la capital colombiana. “Esta política es novedosa porque articula infraestructura y servicios existentes para incluir una población que estaba desatendida, invisible”, dicen las investigadoras María José Álvarez Rivadulla, Adriana Hurtado y Friederike Fleischer.
Para estas profesoras de la Universidad de los Andes, las Manzanas involucran un cambio de eje: en lugar de hacer que estas mujeres esperen al Estado (tramitando turnos, haciendo filas), las Manzanas hacen que el Estado llegue a ellas.
“La participación en las Manzanas podría estar teniendo unos efectos secundarios, una ganancia no intencional en cuanto a la formación de redes que podría ser tan o más clave que su objetivo explícito”, dicen las especialistas. “Nuestra hipótesis, luego de haber visitado casi todas las manzanas, participado en actividades y realizado grupos de discusión, es que efectivamente, se generan nuevas redes entre usuarias, que generalmente son además vecinas, lo cual sirven para mejorar su bienestar psicológico y circular información sobre oportunidades de estudio”.
Al mismo tiempo, concluyen, las redes aún no son útiles para el mercado laboral, en parte porque la mayoría de las mujeres que tienen el tiempo para participar de las Manzanas no tienen trabajos remunerados. Pero es posible que esto cambie con el correr de los años, cuando muchas de estas mujeres culminen sus estudios de finalización de bachillerato o sus cursos de emprendimiento. Allí podrá verse si finalmente logran vincularse –o no– con el mercado de trabajo.
El futuro
Bogotá se convirtió en la primera ciudad en el continente en establecer un sistema de cuidados con la intención explícita de aliviar la carga de las tareas de cuidado en mujeres pobres. Actualmente hay 25 Manzanas en funcionamiento, y según cifras oficiales ya han beneficiado a 53.178 personas. Pero la elección de un nuevo alcalde, el centrista Carlos Fernando Galán, puso un signo de pregunta sobre el futuro de las Manzanas.
“Si bien el programa se ha mantenido en la nueva administración, ésta tiene una meta más modesta”, explica Adriana Hurtado. El plan del gobierno de Galán es llegar a 31 manzanas en cuatro años, es decir, inaugurar apenas dos por año — un ritmo sustancialmente menor. “Dicho esto, el sistema distrital de cuidado sigue siendo uno de los programas estratégicos de la alcaldía. Falta ver si se logra el soporte necesario para que las Manzanas se sigan consolidando”, concluye Hurtado.
Otros países latinoamericanos siguieron su ejemplo. Uruguay, que en 2015 reconoció al cuidado como un derecho social, con el tiempo fue desarrollando un Sistema Nacional Integrado de Cuidados (SNIC), que incluye desde acciones tendientes a medir y visibilizar el trabajo no remunerado hasta medidas para universalizar la oferta de cuidado educativo para niños desde los 3 años. También aprobó licencias por paternidad y la reducción de jornada laboral por motivos de cuidados.
Costa Rica, en América Central, desarrolló su propio Sistema Nacional de Cuidados y Desarrollo Infantil (REDCUDI), el cual ofrece centros infantiles y apoyo educativo para las familias. En este marco, el país impulsó el desarrollo de “hogares comunitarios”, de gestión privada pero financiados por un Instituto de Ayuda Social. Se trata de microempresas especializadas en cuidado infantil, dirigidas por madres de familia que brindan servicios en sus propias casas a grupos reducidos de niños y niñas.
Estas primeras experiencias de políticas públicas feministas pintan una imagen más rica sobre cómo los Estados de la región cuidan a quienes cuidan.