Qué plato: por qué me gusta MasterChef

En tiempos en los que se practica el activo menosprecio por el saber y la investigación y la producción de conocimiento acá se enseña.

Me formé gastronómicamente en la más plena simpleza de barrio, que luego no supe o no quise pulir. No estoy hecho para la sofisticación o el consumo refinado, carezco de curiosidad en la materia, soy sencillo, soy trivial. Habito feliz una llaneza monocorde de churrascos, milanesas y ravioles; si hay puré, descuento que ha de ser de papa, si hay ensalada, descuento que ha de ser meramente mixta. No encuentro razones, ni creo que las encuentre, para ir, a la hora del postre, más allá del queso y dulce, al que tengo por sublime justamente por lo elemental. ¿Qué es lo que me fascina, entonces, de un programa como MasterChef? ¿Por qué será que me encanta y lo veo cada vez que puedo? Lo que me fascina es evidentemente su forma. No su contenido, como tal, sino su forma (y lo que su forma, como toda forma, decide sobre su contenido). En el plano del contenido veo pasar, sin conmoverme ni interesarme demasiado, un mundo de especias y preparaciones sorprendentes, exploraciones de novedades de intriga, audacias con que transformar lo conocido, exotismos al alcance y hasta un arte de “emplatar” (no sabía que se decía emplatar, ni sabía que podía ser un arte).

Soy un negado sin remedio para el contenido de MasterChef. Pero su forma, su estricta forma, me fascina. Porque consiste, en lo sustancial, en la disposición de dos espacios: en uno, están los que saben; en el otro, los que quieren saber. Los enlaza un conductor o conductora (antes Moro, ahora Nara), para aceitar esa interacción específica. No me fijo si el asunto en cuestión es conejo o un ceviche, si es lenguado o alcauciles. Lo que me interesa, una y otra vez, y siempre de la misma manera, es la forma en la que transcurre esa dinámica primordial: hay algo que tienen que hacer (preparar, cocinar, presentar); están los que saben hacerlo, pero no son los que van a hacerlo; y están los que deben hacerlo y no saben: van a tener que aprender. Que compitan entre sí no me importa en absoluto. Lo que me importa es lo que sucede entre los distintos participantes en sus respectivas “estaciones” y los tres chefs que se ubican al frente: Donato De Santis, Germán Martitegui, Damián Betular.

Es distinto, según creo, lo que pasaba o lo que pasa en otros programas de concurso y jurado de la televisión argentina. Pienso por caso en la prenda “Yo sé” de “Feliz domingo para la juventud”: los participantes hacían algo que ya sabían o se supone que sabían, el jurado los elegía o los descartaba. Pienso en “Si lo sabe cante”, con Roberto Galán, bajo un formato de jurado popular, cuya gracia radicaba ante todo en el equívoco del condicional (el asunto, en general, es que cantaban los que no sabían). O pienso, ya en tiempo presente, en formatos como “La voz argentina” o “Bailando por un sueño”, que presuponen ciertas destrezas previas y entrenamiento específico de preparación y ensayo, con un jurado que ya intercala sugerencias o recomendaciones antes de expedir su veredicto, pero que básicamente juzga y dictamina.

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Porque lo que me atrae en MasterChef es lo mucho que los chefs enseñan. Se acercan a las estaciones en las que los participantes cocinan para darles indicaciones concretas, corregir errores que están cometiendo o van a cometer, y hasta intervienen puntualmente (cortan y pinchan) ayudando al que se le está complicando la vida. Es obvio que los participantes cuentan siempre con conocimientos previos, porque el que aprende, cuando aprende, lo hace a partir de lo que ya sabe. Pero la clave en MasterChef radica más que nada en los conocimientos que no tienen y que tienen que adquirir. Por eso la terna de chefs expone, explica, aporta; luego sigue con atención el desarrollo de un proceso que pone en juego, en el transcurso de un hacer, una dinámica cambiante de saberes y desconocimientos a la que van a asomarse bajo un carácter específicamente docente, esto es, del que conduce: el que guía, el que orienta. Por fin, al concluir, lo que hacen no es solamente juzgar, en el sentido de pronunciar un dictamen, sino más exactamente evaluar, ahí donde la evaluación no es lo que viene después de haber enseñado y aprendido, sino que es parte de eso mismo, el que evalúa enseña, el evaluado aprende.

Hay algo de metonimia y hay algo de sinestesia cuando vemos MasterChef. Porque al que baila, en un concurso de baile, podemos verlo bailar; al que canta, en un concurso de canto, podemos escucharlo cantar (y en un concurso de preguntas y respuestas, asistimos directamente a los aciertos o los pifies).  Pero ¿qué nos pasa ante un concurso de cocina, con platos que no probamos, con sabores a los que no accedemos? Vemos platos con pinta o sin pinta, atrayentes o deslucidos. Escrutamos las expresiones faciales de los chefs en el momento en que prueban la comida (la esmerada parquedad de Martitegui, la espontaneidad itálica de Donato, la tierna ironía de Betular). Es un jurado y prueban sabores; no se trata, sin embargo, de una pura crítica del juicio; no se trata, sin embargo, de una pura crítica del gusto. Son más bien evaluadores, y en tanto que tales, docentes; fundamentan sus devoluciones y así no dejan de aportar enseñanzas. Los participantes las reciben, de buen grado o con algún fastidio, pero abiertos a lo que los enriquece: al volver a su estación, orgullosos o contrariados, saben más que lo que sabían en el momento de acercar su plato.

Esa es la forma que tiene MasterChef: la que da a ver la interacción entre el saber y el deseo de saber (distinta de la pretensión de saber, con su ulterior aprobación o desaprobación). Ese es el espectáculo al que asisto tan complacido: el de un saber formado, validado, reconocido, que se ofrece con generosidad a la posibilidad de su transmisión, sin cerrarse a su propia ampliación y a su propio mejoramiento; el de un saber valorado y querido por aquellos que se disponen a aprender para así ampliar sus conocimientos. Creo que es eso lo que me gratifica, porque trae algún alivio en estos tiempos por lo demás tan aflictivos: tiempos en los que se practica el activo menosprecio por el saber y la investigación y la producción de conocimiento; tiempos en los que se ejercita el disfrute de resentimiento de descalificar al que sabe o parece que sabe, asestándole la venganza biliar de pronunciarse con petulancia sin tener mayor idea; tiempos de expedir categóricos veredictos a siniestra, sin otro afán que el de ser verdugo y el de verduguear; tiempos en los que el poder del Estado apunta contra la educación, combinando oscuramente el desprecio simbólico con el desfinanciamiento económico; tiempos en los que se promueve activamente la más flagrante ignorancia general, para poder expedir por caso, sin pudor y sin costo alguno, sandeces como la del comunismo de Hitler, la negación del cambio climático o que es mejor estudiar finanzas antes que estudiar historia.

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La valoración del saber, como tal, está fuertemente dañada en esta época, y no está menos dañado, por eso mismo precisamente, el deseo de aprender. MasterChef es apenas un programa de televisión, del rubro entretenimiento. Yo lo miro fervorosamente. Se me ha vuelto fundamental.

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.