Angustias de la pandemia
Cuando se anunció la cuarentena, en marzo de 2020, el plazo establecido para su duración fue de quince días. Es decir que incluso esa denominación, cuarentena, le quedaba grande; lucía breve, acotada, restringida, respecto de su propio nombre. Quince días sin salir de casa más […]
Cuando se anunció la cuarentena, en marzo de 2020, el plazo establecido para su duración fue de quince días. Es decir que incluso esa denominación, cuarentena, le quedaba grande; lucía breve, acotada, restringida, respecto de su propio nombre. Quince días sin salir de casa más que para lo estrictamente imprescindible, quince días de negocios cerrados con excepción de los indispensables, quince días sin ir a clases, quince días sin cine, quince días sin fútbol. En Europa se estaba implementando eso mismo, sólo que ya con numerosas muertes; en China, lugar de aparente origen, también. No parecía un lapso insostenible. La población en general asumió la medida de buen grado. Eran sólo quince días.
¿Por qué se estableció ese período? Porque los expertos apostaban a que, restringiendo rigurosamente su circulación, y no teniendo entonces ya dónde anidar, el virus languidecería por sí mismo: al cabo de quince días, el asunto podía quedar resuelto. En el caso particular de la Argentina, parecía verificarse, una vez más, aquello que Borges había dejado escrito en “El escritor argentino y la tradición”: que la distancia y la periferia podían llegar a ser, mal o bien, una ventaja. Neutralizando el poder de daño del virus con esos quince días de encierro, tal vez pudiese dejarse en cero la marca nacional de fallecimientos por covid. Porque acá, en rigor, todavía no había pasado nada. Lo de las pilas de muertos nos llegaba mediante tenebrosas noticias provenientes de otros lados. Quince días, quince días: menos de media cuarentena.
Y qué pasó: pasó que, al cabo de esos quince días, el virus seguía ahí. Vigente y amenazante. Cobrándose incluso ya algunas vidas, las primeras; con lo que comenzaba ese ritual de lúgubre contabilización que llegaría a alcanzar verdaderos niveles de agobio. ¿Qué había pasado? ¿Los expertos no eran expertos? ¿No sabían de lo que hablaban? Los expertos eran expertos y sí sabían de lo que hablaban. Porque lo eran, precisamente, y porque sabían, es que sabían también lo que no sabían. Y de hecho, lo decían. Decían que el virus presentaba características inéditas, que lo estaban estudiando, que estaban conjeturando, que eran muchos los aspectos aún desconocidos de su comportamiento (y por ende, de las maneras más eficaces de contrarrestarlo). Esa es la forma más cabal del saber, la que asume lo que se ignora; pero no tardaría en entrar en fricción con una forma bastante usual de la ignorancia, que es la de quienes creen que se las saben todas (no algunas, ni siquiera muchas, sino todas).
Si te gusta Kohan podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los domingos.
La experiencia del encierro, renovada a partir de ahí bajo un ritmo quincenal, resultó angustiante para muchos; y fue un error (error y falta de sensibilidad) desestimar, menospreciar, desatender esa angustia. Cobró en algunos casos la forma de una mortificación por tener que estar solos, queriendo estar con otros; y en algunos casos, la de una mortificación por tener que estar siempre con otros, queriendo estar un poco solos. Los paseos de proximidad o las mesas de café al aire libre no tardaron en implementarse; aparecieron por fin los barbijos y, con los barbijos, las indicaciones (casi siempre infructuosas) sobre su correcto modo de empleo. Lejos ya, en cualquier caso, de la expectativa inicial de que acaso con quince días bastara (recién entonces pudo pensarse, con mejor fundamento, que la entrada a la cuarentena había sido demasiado pronta).
Angustia de encierro, sí, injustamente minimizada. Llama la atención, no obstante, que a la hora de recapitular la terrible experiencia vivida con la pandemia, a ya más de cinco años de su comienzo, sea esa la clase de angustia más evocada y más subrayada. Y muy a menudo, por no decir casi siempre, la única que se recuerda y se remarca: la del encierro. Formulada, por lo común, no como un haber tenido que encerrarse, sino como un haber sido encerrados (como algo que alguien nos hizo: a nosotros; como algo que alguien me hizo: a mí). Y por más tiempo que en ninguna otra parte del mundo, aunque son varias las partes del mundo en las que están convencidos de eso mismo.
La angustia del encierro es atinada, la angustia del encierro es verdadera. Llevada, sin embargo, a un punto de casi exclusividad a la hora de recordar lo sucedido, da a pensar si esa memoria tan insistente no estará, por insistente, propiciando a su vez algún olvido: el olvido de otras angustias, también vividas en aquel tiempo. Concretamente: la angustia de la incertidumbre general, la angustia de la presencia cotidiana de la muerte. Porque no fue nada simple (no podría haberlo sido) asumir que vacilaban, titubeaban, trastabillaban esos discursos a los que usualmente asignamos una privilegiada posibilidad de certeza. La ignorancia petulante al estilo terraplanista no estuvo ni está al alcance de todos, lo cual es una suerte; pero obligó a afrontar la complicada circunstancia de que la ciencia en pleno se rascara la cabeza y dijera perpleja: no sé, ensayando tentativamente hipótesis que luego se fueron confirmando o no. El confiado cancherismo del “lo sospeché desde un principio” (omitiendo que, en el Chapulín Colorado, esa frase es enteramente paródica) se potenció en un “yo lo supe desde el principio”; pero las cosas que se fueron sabiendo progresaban paulatinamente sobre un territorio de incertidumbre esencial. Eso dio angustia. Eso la da.
Cenital no es gratis: lo banca su audiencia. Y ahora te toca a vos. En Cenital entendemos al periodismo como un servicio público. Por eso nuestras notas siempre estarán accesibles para todos. Pero investigar es caro y la parte más ardua del trabajo periodístico no se ve. Por eso le pedimos a quienes puedan que se sumen a nuestro círculo de Mejores amigos y nos permitan seguir creciendo. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.
SumateSobre todo porque transcurría bajo la acuciante necesidad de prevenir y de evitar más muertes. Todo el tiempo y todos los días hay gente que se está muriendo, pero solamente algunas de esas muertes, cada tanto, nos afectan o nos interpelan (un ser querido, una persona admirada, alguien a quien vimos hace poco). En ese tiempo, en esos días, había muchas más muertes, y todas nos interpelaban; el número diario de vidas perdidas (en el país y en el mundo) imprimió sobre ese tema, el de la muerte, que solemos olvidar para mejor vivir, un sesgo de permanencia, un continuo estar ahí. Y eso, claro, dio mucha angustia. Eso la da.
En ciertos relatos que revisan lo vivido por entonces suele darse que la cuestión del encierro se menciona sin las otras dos: sin decir que no se sabía, sin decir que la posibilidad de la muerte estaba más cerca y más presente que lo habitual. Tal vez radique ni más ni menos que ahí la cifra de lo angustiante que resultó y que resulta: en que no se lo menciona, en que se elige no recordarlo. “A. me encerró”: es una versión de la angustia con la que resulta más fácil lidiar. Porque se diluye así la perturbadora escena del balbuceo del logos moderno. Porque se diluye así el trance aflictivo de haber tenido que convivir con la conciencia diaria de nuestra condición mortal, con ese ser-para-la-muerte que leímos y estudiamos y enseñamos sin que haya llegado por eso a volvérsenos tan tangible como lo fue en aquellos días.
Sabemos, pero a veces no sabemos. Vivimos, pero vamos a morir. ¿Será para negar y abolir todo eso que tantas ásperas subjetividades se afirmaron últimamente, agresivas, resentidas e impermeables, procurando en la fe del rencor que ya nada nunca más los angustie, y dejando ver, por eso mismo, lo difícil o lo imposible que se les vuelve procesar lo que pasó, superar lo que pasó, asimilar lo que pasó?
Hay pocos chistes sobre la pandemia. Es un indicio.