Gonzalo Montiel siempre supo que iba a llegar

Eso de tu esqueleto te trajo hasta aquí. En el viaje, se define el carácter. Gonzalo hacía la fila por atrás y Marisa, por delante. Los penales de la vida también tienen estrategia. El 620 en la ruta 3 hasta General Paz se transformaba en una competencia por el espacio. Partía antes del mediodía. Con el desayuno. A veces, la mamá podía acompañarlo. Otras, lo aguardaba para darle una porción de pizza que reemplazara la ausencia de morfi. Si conseguía que alguien le tirara un centro, se pagaba el boleto en una combi hasta Liniers. No había un mango para que viajaran todos. La travesía duró dos años. Hasta que tomó una decisión de las que se convierten en lágrimas nocturnas y en soledad. A los once, le solicitó a River si lo podían hospedar en la pensión porque se le hacía imposible el viaje desde González Catán. Montiel, entonces, tomó dos decisiones: ser profesional y ser adulto.

–¿Pero cómo te das cuenta de que un nene está mentalizado para llegar?

–Porque está atento a todo. No sólo a lo propio, sino a las conductas del grupo. Le tirás una consigna y la agarra. Había otros casos como Driussi de pibes que ganaban los partidos cuando querían. Él no. No tenía la virtud de la habilidad pero sí todo lo otro. Montiel es un chico que tuvo a Gallardo y le fue brillante, pero hubiera llegado con cualquier otro entrenador.

Bruno Quinteros lo dirigió en el baby fútbol, en prenovena y en Reserva. Asegura que no hubo un entrenador que no le dijera que el equipo era Montiel +10. “De nene, en el entrenamiento ese de la orca, que se practica el cabezazo, él le daba la vuelta a la soga. Lo mismo con los intermitentes. Siempre terminaba primero”, todavía reflexiona.

Un bombero. La lengua de Gallardo desenrolló ese apodo para definirlo. Un alemán. Confesó un miembro del cuerpo técnico riverplatense que así lo llamaban. A veces, no hacen falta tantas metáforas para la inventiva. Predominó el sobrenombre Cache, la forma en que los compañeros del fútbol lo denominan, por la robustez de sus mejillas. Ver un partido de River al ras del césped hacía que esa palabra te quedara empalagada. Es que en los equipos del Muñeco los wines no existen. No se trata de estar sino de llegar. El último carril de la autopista es de los laterales. Montiel, que toda la vida había sido defensor central, se transformó en un avión que siempre aterrizaba. Los compañeros, frente al poco espacio, ladraban: “A Cache, a Cache”. Porque si no estaba, iba a estarlo.

Tan a tiempo que lo parieron un 1 de enero. Por edad y por mirada recta, siempre vistió la cinta de capitán en inferiores. En Primera, le faltó tiempo para vestirla. Pero desde adentro confidenciaban que exhibía un comportamiento como si fuera Leonardo Ponzio o Jonatan Maidana. Le costó instalarse. En los juveniles, había alternado. Largó como volante central hasta que el Tano Nanía, captador de talentos, le propuso ser defensor central. Halló su lugar. Su compañero de zaga y su mejor amigo era Kevin Hueche. La dupla conquistó el título en octava y en sexta división. El subcampeonato en séptima cerraba años magníficos. Que se empezaron a perjudicar cuando el cuerpo ya no crecía tanto. Se evidenciaba que su altura no arribaría a los 180 centímetros. Característica que muchas veces complica a los centrales.

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Luigi Villalba, su entrenador en Reserva, lo devolvió a volante central. En algún encuentro, lo puso de volante por derecha. Montiel y su condición de atleta superdotado se aggiornaron a todo. “El tipo tiene tanta voluntad por aprender que le costaba la finalización. Lo criticaban porque no centraba bien. Nunca había jugado en esa posición. Y ahora desborda y elige dónde jugarla”, resume Quintero.

La concentración se posa sobre los ojos. En La Bombonera, la Reserva mataba la ansiedad en el vestuario. Sonaban unas cumbias al palo. Lucas Martínez Quarta, Alexander Barboza y Lucas Boyé se tiraban chistes. Cada cual procesa como puede. Diego Sole, colaborador del Departamento de Fútbol Amateur, se preocupó. Montiel esperaba con los ojos mirando en la nada. Casi vidriosos. “¿Estás bien, Cache?”, le preguntó. El futbolista regresó de la galaxia en la que andaba. Esa del amor obsesivo por el juego. Tan natural que dijo sí y siguió como si nada.

Montiel arribó a River con diez años. Como la mayor parte de los niños porteños o bonaerenses, se crió en las artes del baby fútbol. Un terreno con dimensión de futsal pero con técnica de fútbol once: la bola no se para con la planta del pie sino con la cara interna. Su casa inicial fue El Tala. Primero, le pusieron los ojos desde Huracán. Vistió el orgullo de Parque de los Patricios durante seis meses. Incluso, fue rival de los Millonarios. Luego, lo probaron en Boca. También medio año. Con menos éxito. Es que se dividían entre titulares y suplentes y no quedaba entre esos veintidós. Se necesitaba paciencia. El problema es que el tiempo es dinero. A su familia le faltaba. No había horizonte de espera sin guita y lo sacaron. Hasta que apareció River.

El sueño de su abuelo. Jerónimo llevaba el veneno del fútbol en la sangre. Blanco y con una banda roja. Cuando se enteró de que su hija estaba embarazada, se apuró en comerle la cabeza con que le pusiera Ariel Arnaldo. Negociaron en Gonzalo Ariel. Una forma de homenajear a Ortega. “Nunca fuimos a la cancha porque la verdad es que nunca tuvimos plata para pagar la entrada”, deslizó el propio lateral derecho. A su viejo, el sueldo de albañil no le alcanzaba para mantener cuatro hijos y agregarle esos lujos de tribuna. Su mamá laburaba como personal de limpieza en una empresa privada. En su juventud, había ejercido la piedra angular de la pelota. Jugaba de defensora en Laferrere. Hasta que su viejo -lamentablemente- le sugirió que dejara de hacerlo porque el fútbol era para varones. Otras épocas que el feminismo está tirando abajo.

De Jerónimo, al que apodaban Chivo, heredó el amor por River y por el fútbol. No sólo eso. El abuelo era fanático de los animales. En la última Libertadores, en el Maracaná, Montiel convirtió de penal y corrió a celebrarlo con una dedicatoria especial: una L para Luca y una I para Indio, sus dos perros. De lo trágico sobrevive el amor. Una tarde, su abuelo jugaba con unas mascotas. Apareció una señora que hacía poco había salido de la cárcel. Se quejó de que los canes ladraban mucho. Chivo los defendió. Al rato, apareció con un fierro y lo mató a balazos. Una herida que mutó en un saludo, en cada partido, hacia el cielo, recordando de dónde viene el romance con el juego. O con el profesionalismo. Con la manera de ser jugador. Porque, entre otras cosas, el abuelo le hizo prometer algo: “Vas a dar entrevistas recién cuando estés consolidado en un equipo. Antes no”.

Guarda un corazón emergido del dolor. El 6 de noviembre de 2017, Boca venció a River en el Monumental por 2–1. Montiel fue titular. Al terminar el partido, la historia lo ubicó entre las diferencias entre la tristeza del fútbol y la vida. Le avisaron. Prendió la televisión. La noticia estaba ahí. Ema y Tete, dos amigos, habían sido asesinados a sangre fría. Se fue para el barrio. Para estar junto a su gente.

“Si me preguntan cuál es mi lugar en el mundo, yo digo que es mi barrio”, reconocía en una entrevista tras el cielo de Madrid. Es que apenas regresó de la finalísima con Boca se fue a festejar al sudoeste del Gran Buenos Aires. De donde nació. Sin esconderse. Porque ingresó a un boliche y no quiso recluirse en un vip. Aceptó dedicar gran parte de la noche a fotografiarse con las multitudes que querían eternizar ese momento.

El dominó de sus tristezas no logró frenarse allí. Andaba de pretemporada en Estados Unidos con River cuando le apareció en su celular una noticia que no comprendía. Su amigo Lucas, de toda la vida, que apenas había ingresado al hospital para sacarse unas piedras en la vesícula, se había contagiado un virus. No zafó. Montiel no quería salir del baño del hotel donde estaba. “Yo sé apartar las cosas, pero esa vez me costó mucho”, admitió en una entrevista con Clarín.

Asimiló a masticar su zanahoria. No es meritocracia. Es el azar de la vida de tomar una decisión y que sea la acertada y que se cumpla. Montiel dejó a su familia y se fue a River. Incluso después de los partidos era sorprendente que apenas le dedicaba un ratito a su madre y a su padre. Prefería observar sus aciertos y sus errores para seguir mejorando. Nada sale gratis. Le costó la adaptación de Reserva a Primera. Tanto que su debut como titular con la Banda Roja culminó en una expulsión por doble amarilla contra Arsenal. Fue una etapa en la que se lesionaba mucho. Había dejado la pensión y nunca había aprendido a cocinarse. La mala alimentación lastima los músculos. Pero aprendió. Como siempre.

Convenció al pueblo riverplatense la noche de los ocho goles a Jorge Wilstermann. En la ida por los octavos de final de la Libertadores 2017, Gallardo dispuso un 3–4–3. Dibujo táctico casi inédito para el Muñeco, con Carlos Auzqui y con el Pity de extremos. Pretendía una última línea veloz. Apostó por Maidana de líbero. Javier Pinola y Cachete por los costados. Concluyó de maravilla. O no tanto. Porque a Montiel le tocó hacerse el examen de dóping. Cuando regresó al vestuario, ya se estaban yendo todos y no logró darle un abrazo a Ignacio Scocco, que había convertido en cinco oportunidades.

Su sistema de aclimatación a los momentos complicados lo precipitó hacia sus dos días de gloria. En esta historia no hay una incógnita lógica de esas del huevo o de la gallina. Montiel nació y se formó para las paradas difíciles. “Cuando un chico decide separarse de sus padres como hizo él, hay dos caminos: te rompe la cabeza o te fortalece. En él, eso está claro”, analiza Quintero, su entrenador de inferiores.

En la final de la Libertadores de 2018, se movió entre dos posiciones. En la ida, en la Bombonera, comenzó como carrilero por derecha. La línea de cinco defensores que propuso Gallardo daba superioridad numérica en toda la superficie. En la vuelta, en Madrid, su función comenzaba en una línea de cuatro. Pero hay que advertir que los roles estuvieron alterados. Porque tanto Cristian Pavón como Sebastián Villa, según cada rato del encuentro, quedaron relegados a tener que perseguirlo. Incluso en el grito de Lucas Pratto, el extremo bostero no lo siguió, Lucas Olaza debió abrirse para cubrirlo. El lateral izquierdo quedó entre la doble responsabilidad de cubrir la pared de Nacho Fernández o seguir con Montiel. El resto del itinerario ya se sabe cómo culminó. Pero en su disposición en ataque, sin tocar la bocha, Cachete hizo un gran aporte.

“Una fiera”. Así lo narran desde la Selección. Su lucha por el puesto es mano a mano con Nahuel Molina. Para la final con Brasil, Lionel Scaloni seleccionó a Montiel. No era un lugar simple porque sería quién se enfrentaría a Neymar. Con el agregado de que el extremo del PSG, por pierna hábil y por valentía, siempre controla hacia adentro. Desordenando la posición del lateral, que debe ser muy preciso a la hora de decidir si perseguir o no. Lo combatió muy bien. Incluso cuando emergió una complejidad mayor: ingresó Vinicius, el mágico del Real Madrid, un firuletero, incómodo para un momento tan sangrante como los instantes finales de una Copa América.

Montiel sobrevivió. A las finales, como a todo. Su esfuerzo hizo que el Sevilla dispusiera 8,5 millones de euros por su pase. La disputa por el puesto arrancó contra el eterno Jesús Navas. No fue sencilla, pero partido a partido se afianza más. A los veinticinco años, le tocó la chance de Europa. Su destino es incierto. Porque a nadie que en Inferiores le hubiera asegurado que jugaría de lateral derecho en España se lo hubiera aceptado.

La alta competencia parece estar escrita para cuerpos que se someten a la tristeza. Y, luego, resisten. Como esos frutos de piel dura que se la aguantan contra el viento. “He luchado como muchos jugadores. Viví lejos de mi familia y eso me hizo más fuerte como jugador y como persona”, declaraba, antes de su debut en Primera. Es un logro que el dolor transforme a alguien en confiable. Hay una frase del escritor Manuel Vilas en su novela Ordesa que podría encajarle: “El dolor no es en absoluto un impedimento para la alegría, pues para mí el dolor está vinculado a la intensificación de la conciencia”. Montiel siempre supo que iba a llegar adonde llegó.

Siempre supo que iba a llegar

Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.

Nombre:
Gonzalo Montiel
Apodo:
Cachete
Nacimiento:
1 de enero de 1997
Nacionalidad:
Argentina
Altura:
1,72 m
Peso:
70 kg

Subtitulo

Debut deportivo:
River Plate
Club:
Sevilla
Liga:
Primera División de España
Posición:
Defensor

Subtitulo

Selección:
Argentina
Debut:
22 de marzo de 2019
Dorsal:
4
Partidos (goles):
17 (0)

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