Lisandro Martínez: ver el riesgo y tomarlo

Dos horas tarde. Su papá lo había convocado a las 8.30. Para que se sumara como albañil. Lo esperó con la lección en la mano. Como la conversación de Gastón Pauls con su padre en Nueve Reinas: “¿Te das cuenta de que esto no es para vos?”. Lisandro Martínez refunfuñaba sobre su futuro en el fútbol. Jugar en Newell’s implicaba abandonar Gualeguay. Era un adolescente de catorce años y ya pispeaba de reojo a la alta competencia. La advertencia paterna era la tradicional: si no jugás, la vida te va a hacer laburar de lo que me toca a mí. “No me olvido más de ese día”, piensa. Fue un sopapo. Tan despabilante que una década después se convirtió en el defensor más caro de la historia argentina. Hay veces en que el fútbol es la dinámica de lo impensado. Y veces en que, vayas adonde vayas, la lluvia te va alcanzar.

Es probable que al menos haya un Ramírez por provincia al que le digan El Negro. O más. Había uno en Gualeguay y movió contactos para que la vida cruzara al crack con uno de los hombres más importantes de la pelota nacional. Jorge Griffa ejerció de scout cuando nadie usaba esa palabra. “Mi secreto para haber formado tantos futbolistas es la dedicación”, simplifica, con modestia, a su ojo. El casildense supo recorrer todo el suelo de Santa Fe y de Córdoba para nutrir a las inferiores de Newell’s. Desde Gabriel Batistuta hasta Maxi Rodríguez. Con un asterisco especial: también formó a Marcelo Bielsa como entrenador.

“Me llamó Griffa y me dijo que tenía que ir a la pensión”, suele relatar Lisandro. Viajó. Y a la semana viajó de nuevo. Para regresar. Extrañaba su casa. Su familia funcionaba en tribu. Uno encima del otro en la casa de la abuela. Con desproporción de amor y de comida. “En esa época, era costumbre comer solo al mediodía y a la tarde tomar un té o alguna galleta por la noche”, explica en una entrevista en El País. Con un pero: “Pero era feliz”. No quería abandonar eso. Le encantaba ese trajín de ser un poco un vago caminante por las calles. Tenían un estadio. Que armaban con machetes para tajear eucaliptos. Que poblaban con un cinco contra cinco o un seis contra seis o los que estuvieran disponibles para patear una pelota.

La acumulación de lecciones lo llevó a aceptar el reto. Con catorce años. Se mudó a la mitad rojinegra de Rosario. Esa decisión fue el puntapié. El resto latía en su cabeza. “Cuando fui a Newell’s, supe que iba a ser futbolista. Cuando entrenábamos cerca de las canchas de Primera, sentía que iba a estar ahí”, explicó. El sueño lo obligó a sentar cabeza. “De chico, mi vida estaba descarrilada. Vivía de fiesta. Hasta que conocí a mi novia y me puso los patitos en fila”, le contó a Secta Deportiva. Justo a tiempo, su compañera le rescató el talento.

Aunque tarde en llegar. El fútbol rosarino de Inferiores se divide en dos competencias: la de AFA y la liga rosarina. Hay montones de artistas, como Ángel Di María, que debieron sudar en la competencia local para que un ojo los viera y los elevara. A Martínez también le costó. Durante algunas temporadas, debió aguardar. Jugaba con absoluta responsabilidad y eso le rescataban. Su personalidad, su manera de decir y su valentía para jugar lo transformaron en capitán. Y, como montones, el día en que se lesionó el titular pudo ingresar. Con una diferencia: nunca más salió.

“Hemos entrado en perversiones que son internacionales. Por ejemplo, seleccionar chicos por el tamaño del físico y no por el tamaño del talento”, sentenció Jorge Valdano en un reportaje en La Nación. Martínez mide 1,75 y pesa 77 kilos. El filtro de la corporalidad es mucho más intenso en inferiores que en Primera. Esa característica expulsó de Newell’s al flamante defensor del Manchester United. Luego de que Juan Pablo Vojvoda lo hiciera debutar, le tocó convivir con Juan Manuel Llop como director técnico. Perdió la pulseada con Nehuén Paz y con Bruno Bianchi. “Para mí, fue por lo de la altura”, se sinceró Lisandro, años después. El entrenador desmiente esa versión: “Cada futbolista declara según su conveniencia”. Algunos jugadores que en ese momento integraban el plantel respaldan la teoría de su excompañero.

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Decidió emerger. Apenas pudo vestir la casaca que lo formó: un encuentro contra Godoy Cruz. Cuando Llop lo postergó, comprendió que no tenía por qué chocarse la cabeza contra esa pared. Apareció la opción de Defensa y Justicia. Una institución que se mueve con el privilegio de información que posee su gestor Christian Bragarnik -actual representante de Martínez y quien viajó desde Ámsterdam a Manchester para rubricar el contrato-. Se enteró de que un crack quedaba en la banquina y cargó con ese oro.

Van cinco minutos. Mírenlo. En la semana, Sebastián Beccacece le había mostrado que la defensa de Tigre se adelantaba mucho. Que la amenaza debía proceder de uno de los mediocampistas picando inesperadamente. Matías Rojas se escabulle entre el central y el lateral derecho. Hasta ahí, solo movimientos y videos. Ni una pelota. Lisandro, zurdo, dispuesto de marcador central diestro, en una de esas decisiones atípicas que solo se le ocurren a ese tipo de entrenador. Diez tipos de frente lo miran y él le encaja la bocha a la espalda de todos. El interior paraguayo, con tiempo, la frena y define. El festejo va para un lado. Lo esencial no es invisible a los ojos. Beccacece lo mira, le grita sos vos, lo aplaude, el arquero Ezequiel Unsain lo festeja y su compañero de zaga, Alexander Barboza, palmea. El jolgorio de un enganche jugando de número 2.

Le dolía. No había pasado desapercibido el rechazo. Los deportes de alta competición funcionan inevitablemente desde la discriminación. Por peso, por talento, por cabeza. Se categoriza numéricamente, porcentualmente, psíquicamente, familiarmente. Las mejores instituciones, en el mejor de los casos, se ocupan de cuidar la marginación. A Lisandro le hirió en el alma quedarse fuera por la altura. Hasta que halló su lugar de resiliencia. Defensa y Justicia sabe cumplir ese rol de reencontrar las almas perdidas con su brillo. Él se ocupó de buscarlo. Tanto que en uno de sus primeros entrenamientos en el Halcón se acercó a Beccacece y le preguntó cómo era la Selección argentina.

La imagen los exhibe como si fueran Pinky y Cerebro. Hace un rato, Lionel Scaloni los incluyó en la lista de Argentina. Un caso histórico: dos futbolistas de Defensa y Justicia convocados a la Selección. Dan una entrevista para TyC Sports. Domingo Blanco no encaja en su silla. Se ríe, banca cualquier chiste, bordea darle un beso al cronista. Lisandro asoma inmutable. Ceño fruncido. Dice que está muy feliz, sin transmitírselo a su rostro. Como si no lo motivara. O como aclara alguien que lo conoce: como si toda la vida hubiera sabido que ese momento iba a llegar.

Es que está compitiendo. Desde el día en que abandonó Gualeguay, anduvo espiando las rendijas para meterse. Comenzó de volante central en Newell’s, pasó a defensor central, lo echaron, se adaptó, ejerció de defensor diestro, hasta ofició de lateral por derecha en un encuentro de la Sudamericana contra Banfield. Pero siempre desde su definición: un deportista de autor.

Matías Manna, miembro del cuerpo técnico de la Selección, lo observó por primera vez en Rosario. Nunca un destino se le apareció con tanta claridad y nunca tuvo tanta suerte como para que eso ocurriera. Sintió que ese chico era para el Ajax. Que jugaba con la predisposición de los defensores que tocan, van a buscar, hacen controles a alta velocidad, se desprenden de posiciones, son creativos para intentarlo. En los últimos años, el club de Ámsterdam había fijado una especial atención en los defensores argentinos. Incorporaron a Nicolás Tagliafico, luego a Lisandro Magallán, pasando por la evaluación a Alan Franco. Martínez era la novedad. Invirtieron 7 millones de dólares. Una fortuna para Defensa y Justicia que utilizó esa montaña de dinero para armar uno de los mejores predios de juveniles del fútbol argentino.

Aquella mala suerte inicial se transformó. “Hay que rodearse de buena gente. Es la única manera de que tu vida gire en torno a una buena energía”, explica Lisandro. Si su papá lo había salvado, si su novia lo había acomodado y Beccacece lo había rescatado, Erik ten Hag se volvió su hada padrina. El entrenador de los Países Bajos lo potenció. Primero, lo ubicó de volante central. “Al principio, quería irme a llorar a casa”, blanquea el defensor. No porque extrañara: sino porque le jugaban a uno o dos toques y no le daba el ritmo. De Johan Cruyff hasta Louis van Gaal, el club holandés se caracteriza por la excelencia en el juego de toque.

Puso su corazón. Tanto que pegó una alta patada y los medios lo apodaron Carnicero. “Es un guerrero”, lo describió Hag, en los últimos días. Fue una manera de justificar por qué había pedido que el Manchester United, su nuevo empleador, contratara a su jugador fetiche. Que uno de los clubes más importantes del mundo invierta 55 millones de libras esterlinas en un defensor de Gualeguay es uno de esos casos que sacuden la matrix. Hasta a Scaloni la escalada le parece impresionante: tras obtener la Copa América, pasó a tener un central en el Tottenham -Cuti Romero- y uno en el United. Arriba de cien millones de euros recaudó el sostén albiceleste de Lionel Messi. Ganar la Copa América vale mucho más de lo que se piensa: el mercado valoriza el pedigree.

Ahí radican los puntos suspensivos de esta historia. En el de memoria, la Selección saldría con Romero y Nicolás Otamendi como centrales titulares. La evolución de Martínez busca sacudir los planes del entrenador. Si Leandro Paredes se ganó indiscutiblemente un lugar por su capacidad de hallar a Messi, resulta atractiva la inclusión de un defensor capaz de saltear línea y divisar a sus compañeros. En un partido, eso es una llave. En un Mundial, un salto a la gloria. En esa competencia, su biografía lo traza, puede llegar dos horas tarde como albañil o ser expulsado por bajito o ir demasiado lento para el toque holandés, pero al final se impone.

Una foto de la marea verde. “Es ley, hoy dimos un paso enorme como país”, twittea. Mauricio Macri publica en las redes sociales una de esos delirios de apología a la autoayuda: “¿Qué creen que pensaba San Martín al cruzar la Cordillera? ¿No, no se puede? o ¿Sí, si se puede?”. Lo cita y agrega: “Totalmente carente de seriedad”. Lo trollean y torea: “Hablo de política porque quiero y puedo. Vivimos en democracia”. Lisandro Martínez, en la cancha y en la vida, comprende que saber dónde se está parado y hacia qué lugar jugar. Es el primer paso. La conciencia es un arte que se ejerce para el buen vivir. Bienvenidos los que piensan.

Ver el riesgo y tomarlo

Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.

Nombre:
Lisandro Martínez
Apodo:
El carnicero
Nacimiento:
18 de enero de 1998
Nacionalidad:
Argentina
Altura:
1,73 m
Peso:
75 kg

Subtitulo

Debut deportivo:
Newells Old Boys
Club:
Manchester United
Liga:
Premier League
Posición:
Defensor

Subtitulo

Selección:
Argentina
Debut:
22 de marzo de 2020
Dorsal:
2
Partidos (goles):
9 (0)

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