Leandro Paredes: el tipo que entendió a Messi

La psicóloga se lo advirtió: “Tiene problemas con el colegio”. Claudio Borghi lo había detectado en un amistoso de la Tercera categoría de inferiores. La estampa desarrollada y verlo competir con pibes más grandes lo confundieron. Apenas quince veces le había dado la vuelta al sol. El Bichi le advirtió a la terapeuta que poseía la solución. Lo convocó para que entrenara con la Primera. Los ojos fluorescentes irradiaban más que de costumbre hasta que el entrenador lo paró en seco: “¿Cómo te va en la escuela?”. Mentir no tenía sentido. “Tenés que volver porque si no acá no vas a jugar”, le reclamó. Regresó a cursar. Un gran problema de los chicos que desbordan talento es que la magia supera los tiempos de la realidad. Leandro Paredes es tan superdotado con los pies que a los 16 años debutó en La Bombonera. La paradoja de un pibe que no llegó a segundo año pero se transformó en profesor dentro de la cancha.

Myriam había advertido la jugada. Su hijo era un pibito, lo apretó y lo dejó sin una práctica porque traía malas notas. Difícil ser él. Apenas andaba por los diez años cuando Ramón Maddoni, una biblia del descubrimiento de jugadores, vaticinó que sería uno de los tres o cuatro mejores jugadores del mundo. El partido en que lo registró por primera vez todavía se recuerda como una obra de arte. Final de baby fútbol. Apenas siete años los protagonistas. Brisas del Sur era un cuadro de Mataderos. Por allí pasaron Emmanuel Mammana, Gonzalo Montiel y Walter Kanemann. El retador resultaba el mítico Club Parque, de donde surgieron Juan Román Riquelme, Carlos Tevez, Fernando Gago y Juan Pablo Sorin. Paredes había aterrizado en el club del oeste de Buenos Aires por un amigo del barrio. La rompió. Tanto que Boca afiló los colmillos.

En 2002, Juan Román Riquelme ejercía como un dios en Boca. Bah, en donde fuera. Paredes era un niño, pero ya jugaba de diez y soñaba ponerse la casaca bostera. Maddoni se sentó con la familia y con Brisas del Sur para hacer el traspaso. El acuerdo concluyó en que vestiría ambos colores hasta estar totalmente maduro para emigrar. Nadie quería extraviarse ni un segundo de tanto crack.

Nació en San Justo, en el seno de una familia futbolera, con un tío que pasó por Argentinos Juniors y un papá con luces en los pies. Lo llevaron a los tres años al club La Justina. El mediocampista de la Selección argentina no recuerda casi nada de esos días. Los adultos que lo observaban guardan en sus bocas el asombro que les causaba.

Es que en un parpadeo se notaba que había maravillas. Supo decir César Luis Menotti que para conocer si un pibe tiene técnica él mira cómo controla la bola. A Paredes, como sigue ocurriendo, le sobraba romance en su nexo con la pelota. En infantiles, en baby fútbol, ya tiraba rabonas. Ganara o perdiera. Como si fuera un lenguaje natural. El barrio y el fútbol sobre piso de cemento lo habían aleccionado para todo: desde saber usar cualquier parte del pie para tocar la bola hasta aguantar las patadas sin quejarse. El problema acontecía en las tribunas. Myriam no soportaba cómo sacudían a su nene y arrancaba a pelearse. A veces, él reaccionaba. A veces, no. La diferencia radicaba en su sonrisa: siempre vencía.

No necesitó ni adaptación. En Novena división, le perforó el alma que se le escapara el campeonato. Esa es otra dosis de esta clase de futbolistas. No sólo es la técnica sino la lija por comerse el mundo. En Octava, se sacó la bronca. La descosió y se apropió del título. No podría competir mucho más en Inferiores. Empezaría a saltar cadenas del aprendizaje por portar en el cerebro todos los contenidos. Conformó los planteles del sub-15 y del sub-17 de la Selección argentina. Ingresó al predio de Ezeiza de la AFA cuando el ciclo de José Pekerman y sus sucesores había culminado. Su formación estuvo a cargo de la generación campeona del 86. En 2009, su técnico era Héctor Enrique. Que recordó en una nota con el periodista Arturo Bulián: “Tenía habilidad, calidad, una pegada impresionante, pero poco recorrido para la recuperación”. En un entrenamiento, el campeón del mundo lo apretó con que si no corría no jugaba más. El típico puesto de enganche arrastraba un tiempo siendo demolido por el doble cinco de los rivales. Tras años de que la clase para jugar a la pelota le alcanzara, se le presentaba la primera gran valla de su carrera.

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Daniel operaba como la otra cara de la moneda. “Si me dice que jugué bien es porque realmente fue muy bueno lo que hice”, admite el del PSG. Su papá siempre lo exigió. También constituyó el primero que lanzó la hipótesis: “Tenés que jugar de volante central”. En 2011, esa situación le explotó en la cara. Tenía 17 años cuando la Juventus apareció por la Ribera para comprarlo. Javier Ribalta, miembro de la secretaría técnica del gigante de Turín, se lo propuso cara a cara: “Queremos comprarte para que seas el sucesor de Pirlo”. Heredar la posición de semejante crack funcionaba como un tajante mensaje. No quería. Se lo dijo clarito a su representante. “La oferta es para esa posición”, le aclararon. Permaneció en Boca.

Es que su héroe era Riquelme. Mantenían incluso un lazo de amistad. Como de hermanos mayor y menor. El actual vicepresidente de Boca se sentó a ofrecerle un gran consejo: “Siempre me decía que cuanto más simple, mejor se jugaba al fútbol. A mí, cuando era chico, me gustaba mucho tener el balón. Y creía que cuanto más tiempo lo tenía, jugaba mejor”. Deseaba ser el 10 bostero. Ese sí que era un camino costoso. Primero, porque seguía Román. Segundo, porque cada vez menos entrenadores aspiraban a jugar con enganche clásico. Tercero, porque detrás de Borghi desembarcó Julio César Falcioni, que prefería al Pochi Chávez. Entre 2010 y 2012, disputó solo cuatro partidos. El tercer virreinato de Bianchi en Boca lo remontó. Encadenó un ciclo de veinte partidos. Hasta que los mismos códigos del fútbol que lo formaron lo traicionaron.

“Nadie me cuidó. Varios escucharon que me iba a lastimar y cinco minutos después me lastimó. Ni el club ni el entrenador me cuidaron cuando eso pasó”. Paredes flameaba. Había debutado el 6 de noviembre de 2010. Los tres años posteriores le habían servido para madurar. Una práctica la estaba pisando cuando quedó mano a mano con el arquero. Acariciaba la pelota entre los tobillos cuando Agustín Orion sintió que lo sobraba y le fue a pegar. Le dañó feo el quinto metatarsiano del pie. Una lesión que suele producirse por estrés o por un impacto violento. Estaría meses fuera de la cancha. En eso apareció Roma. Que invirtió cuatro millones de dólares para apoderarse de la ficha del pibe que todos reconocían crack.

Lo deprimió. No escalaba los veinte años y residía en Italia recuperándose de una lesión. Como en todos los palos del fútbol, lo custodió y cuidó Camila Galante. Hermana mayor de un amigo de las Inferiores de Boca. Su compañera de vida y mamá de sus dos hijos. El otro sostén está tatuado en su brazo: “No hay lugar ni distancia que puedan alejarme de ustedes. Amor eterno para mis padres”. Paredes lloró por fútbol. Por tristezas, cuando se mordió los dedos y se enrojeció las pupilas por perder la final de la Champions League contra el Bayern Munich. Por alegría, cuando fue uno de los pilares de la victoria, frente a Brasil, en el Maracaná.

Inauguraría una historia no correspondida con Roma. Primero, iría a préstamo al Chievo Verona. Retornaría a la capital para ser prestado a Empoli. En un pase que le cambió la vida. Marco Giampaolo, el entrenador, lo convenció de lo que muchos pensaban. Lo ubicó de volante central. No hubo demasiadas vueltas. Apareció un viernes en el club, el domingo disputó un encuentro contra Nápoli y el lunes le planteó la idea. Que aceptó con gratitud. Tanto nivel que Luciano Spalletti, el DT romano, solicitó su vuelta a los dirigentes. Lo dibujaba en su mente: un 4–3–1–2, en el que Paredes gestionaría los ritmos.

Su salida de Roma tuvo dos motivos contradictorios. Por un lado, Eusebio di Francesco reemplazaba a Spalletti y privilegiaba un volante central con otras características. Por otro lado, el Fair Play financiero asfixiaba a los romanos, recientemente adquiridos por una corporación estadounidense. El secretario deportivo de la institución era el mítico Monchi Rodríguez, ex director deportivo del Sevilla. Por aquellos días, blanqueaba que lo invadía una inmensa bronca por soltar a Paredes. Apostaba un pleno porque se erigiría en top. Las obligaciones financieras apremiaban y el Zenit disponía de 50 millones de dólares a cambio del argentino.

Su aterrizaje en San Petersburgo poseía una razón con nombre y apellido. Ribalta, el mismo de la Juventus, ahora coordinaba la institución rusa. Lo imaginaba de volante central. Guardaba una razón para justificar por qué no había podido jugar de cinco en Argentina: “Si está de cinco como en Argentina siempre tiene que estar pendiente de la posición, de segundas jugadas, de rechazos, del juego sin balón. Cuestiones que no son su punto más fuerte”. En el frío ruso, con futbolistas muy físicos y con equipos poco presionadores, sacaba chapa con pases largos y un uso espectacular del espacio.

Matías Manna es uno de los grandes cerebros de la pelota argentina de este tiempo. Pep Guardiola y Marcelo Bielsa lo asumieron como un interlocutor. El argentino lo sumó a su cuerpo técnico de Chile. Luego, se unió a Jorge Sampaoli. Lo acompañó en la transición del entrenador de Casilda del bielsismo puro al cruyffismo de posición. Al arribar a la Selección argentina, puso sobre la mesa el nombre de Paredes. Pero no solo por su técnica. Había entendido que las características del volante central podrían relacionarse a la perfección con las de Lionel Messi. Un cinco, con clase, buen pase, toque largo, continuidad en la elaboración del juego, que podría ganarse la confianza del 10 en cargar el tesoro de la pelota argentina.

Esa tesis la sostuvo Fernando Redondo, quizás el mejor ejemplar de la posición en los últimos treinta años: “Con Messi por delante, lo podemos encontrar en situaciones de ventaja. Paredes tiene la técnica y la capacidad para hacer eso”. Sampaoli lo anotó en su primera lista. Debutó contra Singapur y convirtió un golazo. Integró parte de casi todas las citaciones. Ingresó en el segundo tiempo contra Ecuador, en Quito, el día de la clasificación a Rusia, para poder conservar la pelota mientras los minutos no pasaban. Volvió a darle protagonismo en un amistoso contra Italia. Lionel Scaloni se preocupaba por cómo se distraía y abandonaba la posición. Saliendo a presionar lejos. Lo que, muchas veces, lo conducía a golpear a algún rival. O a desgastarse. Aunque para un chico con esa técnica, hallar los tiempos y los espacios de marca podía ser solo trabajo.

La lista para el Mundial se puso más fina. Había que nominar a 23 y el entrenador se volcó por Javier Mascherano, Lucas Biglia, Giovanni Lo Celso y Ever Banega para la posición de centrocampista. Dar de baja a Paredes no resultó algo sencillo. Estuvo en la preconvocatoria de 35 jugadores. Fue uno de los pocos profesionales a los que el técnico convocó a una reunión, en el predio de Ezeiza, para explicarle que no lo iba a tener en cuenta. Pero que el futuro era suyo.

Manna perduró con Scaloni en la Selección. Va camino a su cuarto mundial. Una sociedad para el fútbol que se gestó en Sevilla. Trazada no sólo por los conceptos de Sampaoli sino por los de Juan Manuel Lillo, parte del cuerpo técnico en aquella época y actual asistente de Guardiola. Matías volvió a insistir con la presencia de Paredes. Se volvió una bandera. Que capitaneará el post Messi.

Mascherano vistió la casaca de River por primera vez el 3 de agosto de 2003. Lucas Biglia se puso la de Argentinos el 1 de julio de 2004. Fernando Gago debutó el 4 de diciembre de 2004. Ever Banega, el 10 de febrero de 2007. Hasta Paredes no apareció un volante central capaz de hacerse cargo del mediocampo de la Selección. El salto al PSG le añadió caudal a su talento. Repartirse la cancha con Marco Verratti le acumuló comprensión. En Argentina, esa relación la construyó con Rodrigo De Paul. Su gran socio para parar a Neymar en la final del Maracaná. A los 27 años, va camino a establecerse como una pieza emblemática del mejor fútbol del mundo. Le asoman muchos desafíos. Pero si este perfil tuviera que durar una sola frase, debiera decir: “El futbolista que logró pensar y ejecutar a la velocidad de Messi”.

El tipo que entendió a Messi

Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.

Nombre:
Leandro Daniel Paredes
Apodo:
El Heredero
Nacimiento:
29 de junio de 1994
Nacionalidad:
Argentina
Altura:
1,80 m
Peso:
75 kg

Subtitulo

Debut deportivo:
Boca Juniors
Club:
Juventus
Liga:
Serie A
Posición:
Mediocampista

Subtitulo

Selección:
Argentina
Debut:
13 de junio de 2017
Dorsal:
5
Partidos (goles):
45 (4)

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