Marcos Acuña: vida de Huevo

Pensó que de acá se iba a la mierda. Calle Bahía Blanca. El reloj marcaba las cinco de la mañana. Hasta en verano era de noche. Estaba a 1300 kilómetros de su casa. Paraba en una piecita. Caminaba hasta la estación Floresta. Un adolescente cargando la vida de un obrero. De ahí, hasta Primera Junta y al micro que salía desde Ferro. El último destino: el predio verdolaga de Pontevedra. Esa madrugada recordó a su mamá. Tenía una furia. Arribaba al Sarmiento y le afanaron. Por tercera vez, Buenos Aires le mostraba los dientes. El Huevo Acuña no abandonó. Nunca abandona.

Andaba por los 17 años. Un nómade queriendo ser futbolista. Giró por pruebas en Boca, en River, en Tigre, en Argentinos. Viajaba desde Zapala, Neuquén. Se daba cuenta de que le daban un puñado de minutos. Que casi ni lo miraban. Su madre apilaba las pocas monedas que tenían para que no se le escabullera el sueño. La llamaba y le ladraba su frustración. Aguantar. Hay que aguantar. El mito narra que una noche acomodó la cabeza un rato en Plaza Flores. Que se pegó una siesta en una estación de tren. Hasta que apareció Ferro. Para aceptarlo en la pensión. Encaminarle una vida.

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Técnica y zurda siempre le sobraron. El problema era su apariencia. Era petiso. Retacón. “Sos chiquito”, le tiró un cazatalentos medio limitado. Desde afuera, se observaba eso. Para asumir que por dentro era de metal había que chocarlo. Comprender que a Marcos Javier le pusieron Huevo porque de niño andaba con chichones de todo lo que se golpeaba. Unos pibes del club lo vieron en un picado en Pontevedra. Jugaban los suplentes de la Cuarta contra un par de rezagados. “¿Viste lo fuerte que es?”, rumoreó uno. Concluyeron que podría jugar en Primera. Ni imaginaron que metería cinco temporadas en Europa. Una Copa América. Contra Brasil. En el Maracaná.

Antes del cielo, el Huevo siguió masticando broncas. Una parte de la vida en la pensión era el aprendizaje de la autogestión. Cada tanto, le tocaba cerrar el hospedaje. Se entrenaba con la Primera. Los fines de semana competía para la Cuarta División. Se demoró. Había que presentarse a las ocho y media de la mañana. Falló por cinco minutos. El entrenador Marcelo Broggi fue implacable. Se la hicieron pagar. De vuelta a inferiores. Los golpes lo endurecían.  

“Yo, con tal de jugar, me adapto a cualquier posición”, repetía Acuña. Había comenzado como enganche. Halló en el sector izquierdo del mediocampo su zona preferencial. La geografía le había enseñado a controlar la pelota y a tener un centro preciso. En Zapala, el viento es muy rompebolas. Se registraron ventarrones en los que el aire empuja a más de 160 kilómetros por hora. El horizonte es árido. Con piedritas. Que enseñan a gambetear. Porque a los cuatro años, en el club Olimpo, el Huevo comprendió que si no te movés te impactan en los huesos. 

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Su barrio era Don Bosco. El mismo nombre lleva su equipo de la ciudad. El que lo terminó de pulir. Gracias al reglamento de FIFA de que las transacciones dejan dinero por derecho formativo la institución sigue creciendo. Cuando Sevilla lo compró al Sporting Lisboa por 12 millones, arribaron a Neuquén unos 200 mil euros. Es el 3% de la transacción. Una mina de oro.

Una casualidad atesora este comienzo. Una piba de Ferro oyó el rumor de que había un pibito que era de Zapala. Le llamó la atención. Su papá había sido militar de carrera. El oficio lo desparramó por el país hasta ubicarlo en esa ciudad de Neuquén. Lo increíble es que la chica, Julia Silva, apodada la Hueva, tenía más o menos la misma edad y nunca se lo había cruzado. Habían compartido la infancia, con diez cuadras de diferencia, sin registrarse. Hasta Caballito. La pensión. Tocar la puerta. Preguntar quién era el chico que venía del sur. Ese tejido tan delirante en que dos personas se enlazan. El amor. Hoy, con dos hijas y un hijo.  

La Patagonia es una nomenclatura que simplifica un terreno inmenso. Si la distancia de Zapala a Floresta era de 1300 kilómetros, suena curioso que Acuña haya debutado en Primera en el sur del país y, también, a 1300 kilómetros de su casa. El Chaucha Bianco lo convocó para jugar contra la CAI, de visitante, en Comodoro. A los 19 años, al Huevo le ocurrían dos debuts. En el profesionalismo. En el avión. Su alma y sus pies estaban en el aire.

En abril de este año se cumplió una década de aquel primer partido. Acuña tenía una cresta irregular que arrancaba en la frente y desembocaba en la nuca. Más de trompetista de Ska-P que de moda desmechada de peluquería. Los más grandes del plantel le habían dibujado ese bautismo. Unos días más tarde, se lesionó el lateral izquierdo. Al Huevo le correspondió ser el tres de Ferro. Un puesto en el que se acomodaría hasta transformarse en uno de los top en ese rol a nivel mundial.

El arte de poner la jeta es parte de su ADN. Las cosas no andaban en Lisboa. Cerca de diez millones había invertido el Sporting. El quilombo era con el equipo. El resto del planeta tiene barrabravas y mafias organizadas que responden al empacho de presidentes. En Argentina, nos creemos autóctonos en eso. “Es igual en todos lados, pero allá es todo más 9 Reinas”, lanza en chiste un entrenador que dirige en Europa. Los ultras portugueses cayeron al entrenamiento. Hubo un cruce de palabras. Invadieron el vestuario. Querían pegarle a Jorge Jesús, el técnico que luego de aquel episodio migró a Brasil para obtener la Libertadores con Flamengo. El plantel decidió plantarse. Al neerlandés Bas Dost le abrieron la cabeza. El Huevo repartió y cobró. No se iba a comer ninguna. Así es su personalidad. 

Le pidió a su representante que lo sacara de ahí. La Juventus ofreció unos millones menos que lo que marcaba su cláusula de salida. El Sporting no iba a dejar que se fuera con la excusa de que no lo cuidaron lo suficiente y lo entregaron a la barra. Acuña había pegado un salto como futbolista. Jorge Jesús, un entrenador obsesionado con la línea defensiva y los cálculos combinados para tirar el offside a tiempo, le había enseñado muchísimo. Era una esponja en conceptos defensivos que no había aprendido en su etapa en inferiores por ser mediocampista.

Guillermo Barros Schelotto y Daniel Angelici tiraban gestiones para llevarlo a Boca. “Ni se te ocurra Huevito, volvé a Racing”, le lanzó Iván Pillud vía los medios de comunicación. Es que Acuña había formado una nueva casa. En Avellaneda. La Academia apostó por él al mismo tiempo en que Diego Milito regresaba a Argentina. El debut de aquel equipo de Diego Cocca fue por Copa Argentina contra San Martín de San Juan. Seis meses después, cerraría el 2014 siendo campeón del torneo local. El comienzo había sido con el pie derecho: 1-0. Debut goleador del oriundo de Zapala. El primer capítulo de un amor que pintaba para lindo.

Acuña apareció como suplente de Ricardo Centurión. Sus pergaminos eran los de un futbolista del ascenso. En silencio, tendría que construir su futuro. En ese primer torneo de campeón, marcaría tres goles. Y una asistencia fundamental para el segundo grito de Gustavo Bou en La Bombonera.

Su día más complicado ocurrió en la cancha de Independiente. En un clásico, saltó a cabecear con Jesús Méndez, el árbitro vio un codazo en la cara del mediocampista y Racing se quedó con diez jugadores en el primer tiempo. El Huevo aseguraba que no lo había tocado. La filmación se correspondía. El reproche de los hinchas era grande. Durísimo fue el entretiempo. Diego Milito, capitán, un poco más intenso que de costumbre en las jornadas contra los rojos, lo criticó mucho. Cara a cara. Acuña respondió. Tuvo que masticar la bronca porque, en definitiva, su acción había perjudicado al equipo. Tragó el veneno hasta la próxima. La vez siguiente, fue parte de que la Academia rompiera una racha de catorce años sin vencer en el Libertadores de América. 

Sus últimas semanas en Racing aceleraron al ritmo de Oliver Atom. En la última temporada, la 2016-2017, convirtió 12 goles en 21 partidos. No es muy frecuente que un mediocampista supere el promedio de un grito cada dos encuentros. La hinchada lo pedía para la Selección. El presidente Académico, Víctor Blanco, pretendía retenerlo lo máximo posible. Las arcas celestes y blancas no necesitaban una venta. Hasta que una tarde noche le marcó un golazo a Colón. En el vestuario, les gritó a los dirigentes: “¿Qué más tengo que hacer para que me vendan?”. 

La tarde en que le llegó la citación de Jorge Sampaoli para sumarse a la Selección estaba tomando mate con un amigo. Que lo cebaba asegurándole que iba a estar en la nómina. Él lo negaba. Era un sueño que estaba por encima de lo que había alguna vez soñado. Cuando le consultaron al entrenador de Racing cómo se adaptaría al combinado nacional, explicó que el Huevo era de esas personas a las que le daba lo mismo todo y podía adaptarse a cualquier circunstancia. Su emoción al verse entre los que viajarían a Melbourne para un amistoso con Brasil delató que el piso se le había movido. La segunda fecha de esa gira seguía por Asia. De Zapala a Singapur, Acuña le había dado vuelta el partido a la vida.  

Sonó el silbatazo. Incomprensible qué carajo cobraba. El juez caminó despacio hasta el Huevo. Fue en Aluminé, un pueblo de apenas más de tres mil habitantes en Neuquén. Le preguntó su nombre y su apellido. Lo anotó. La cosa siguió. Al finalizar, quiso saber qué es lo que había pasado. Su entrenador le comentó que el árbitro le había anunciado: “Ese chico va a llegar lejos”. A Acuña la historia le sacó una sonrisa. Fue y le regaló su short. Como agradecimiento. Nunca más lo vio.

Hay un instante que es un cuadro. Casemiro lanza un pelotazo largo. Messi se tira a los pies para evitarlo. Final. Argentina es campeona después de 27 años de la Copa América. El 10 estaca sus rodillas sobre el césped del Maracaná. Pone las palmas de su mano sobre su cara. Llora. Acuña y De Paul son los primeros en arroparlo. La leyenda la sabía un árbitro en el sur. El escritor Osvaldo Soriano habría narrado que aquel personaje místico era el hijo de Butch Cassidy. 

El Huevo avanza hacia su segundo Mundial. Con el correr de la Copa América, le ganó la pulseada a Nicolás Tagliafico por el puesto de lateral izquierdo. Su titularidad en el Sevilla de Jules Lopetegui lo dispuso como un futbolista top. Casi nunca mira los partidos en el Sánchez Pizjuan desde el banco. Letal seducción para los andaluces clavó en la última fecha del fútbol español. Clásico. Frente al Betis. De visitante. A los 54 minutos, tras una descarga de Lucas Ocampo, la abrazó con el empeine y clavó el 1-0. No se pierdan esta obra de arte.

Su ojo sigue enfocando de reojo a Ferro. En el último año, compró los aires acondicionados para la pensión. Aporta rutinariamente botines y pelotas. Desde que regresó el público a los estadios, paga tickets para que los pibitos puedan ir a alentar a la Selección.

No es frecuente verlo hablar. De pocas palabras. Determinante, cuando lo hace. Durante toda la Copa América, tuvo en el banco de suplentes una remera. Por si hacía un gol. No le salió el grito. Quedó para el mejor momento. Argentina se consagró y él se puso la casaca. “Luz”, tenía escrito y una mariposa dibujada. En la previa del torneo, su amigo -y talentosísimo fotógrafo- Fabián de Ciria había perdido a su hija. Charlando por teléfono con el Huevo, le sugirió a modo espiritual: “Si necesitás ayuda, hablá con ella, te va a ayudar”. Acuña decidió homenajearla. Compartir su gloria con un amigo que necesitaba un abrazo. 

Tímido e introvertido. Como esos cuerpos que denotan muchas horas en silencio aguantando. Al Huevo lo trataban de pequeño sin darse cuenta de que cuando lo chocaban siempre rebotaban. Un cuerpo de metal. Endurecerse sin perder la ternura jamás. Acaso sea una de las frases más lindas que se le adjudican al Che. Quizás, también, sea la coraza de Acuña para nunca abandonar.  

Vida de huevo

Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.

Nombre:
Marcos Acuña
Apodo:
Huevo
Nacimiento:
28 de octubre de 1991
Nacionalidad:
Argentina
Altura:
1,72 m
Peso:
72 kg

Subtitulo

Debut deportivo:
Ferro Carril Oeste
Club:
Sevilla
Liga:
Primera División de España
Posición:
Defensor

Subtitulo

Selección:
Argentina
Debut:
15 de noviembre de 2016
Dorsal:
8
Partidos (goles):
42 (0)

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