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Nicaragua, el día después

La sucesión presidencial empieza a revolotear Managua, mientras el gobierno consolida el giro autoritario. Termina la COP en Glasgow. En Brasil reaparece una estrella.

¡Buen día!

Hace poco escribí, un poco en joda, un poco en serio, que a veces hago de cuenta que Mundo Propio tiene una comunidad enorme de lectores fuera de Argentina. Es un deseo genuino. A eso me aferro en esta semana poselectoral, donde la atención es bien escaso y está bien que así sea. 

En unas horas Facu Cruz y Tomi Aguerre mandan el supercorreo electoral sobre lo de ayer. Te suscribís acá

Pero el mundo tampoco se calma así que vení un rato y empecemos.

NICARAGUA, EL DÍA DESPUÉS 

El domingo pasado, Daniel Ortega y Rosario Murillo consolidaron su proyecto autoritario, en unas elecciones donde todos los candidatos presidenciales que podían ser una amenaza fueron encarcelados. Con una democracia descompuesta, en la que el recuerdo del estallido de 2018 aparece cada vez más lejos, Nicaragua hoy espera señales del tándem en su segundo mandato, el quinto de Ortega. 

El contexto. A fines del 2020 el gobierno aprobó la ley “de defensa de los derechos del pueblo a la independencia, soberanía y autodeterminación”. Según esta, no iban a poder presentarse a cargos públicos los candidatos que “inciten a la intervención extranjera” o “demanden, exalten y aplaudan la imposición de sanciones contra el Estado de Nicaragua”. También podían ser juzgados y encarcelados por “traición a la patria”. Esa fue la excusa para la ola de detenciones que comenzó a principios de junio con Cristiana Chamorro, hija de la ex presidenta Violeta Chamorro, y siguió con otras seis figuras opositoras. Según una encuesta de Gallup, cualquiera de ellos habría ganado las elecciones. 

Ortega ganó con el 75% de los votos en unos comicios sin observación independiente, donde se registró una participación del 65%. Ningún opositor confía en ese número, que según la ONG Urnas Abiertas fue menor al 20%. 

La cara más represiva del gobierno, sin embargo, comenzó antes. En abril de 2018, un proyecto de reforma a la seguridad social detonó una ola de protestas en todo el país, con los estudiantes como protagonistas. Ahora, cuando en América Latina hablar de estallido se volvió un lugar común, parece apenas una ficha, pero en Nicaragua, en esas semanas, se hablaba de una revolución. Fue la amenaza más grande al poder de Ortega desde su vuelta a la presidencia en 2007, y como tal, fue contestada. Al menos 328 murieron en el marco de una brutal represión, según consignó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). El gobierno quemó naves con las élites que lo sostenían, profundizó su aislamiento internacional y comenzó a perseguir opositores. Se volvió paranoico. 

“El umbral para ser blanco de represión es bajísimo e impredecible”, me dice un académico nicaragüense. Me está explicando por qué no habla on the record: no quiere represalias contra él ni su familia. “En las elecciones de 2016 tampoco hubo competencia, pero ahora el gobierno se vio en la necesidad de encarcelar candidatos y todo tipo de figuras. Hoy está más clara la naturaleza represiva del régimen. Ya no hay grises”, me cuenta. 

La oposición. Las divisiones del bloque opositor han sido una constante en la Nicaragua de Ortega y volvieron a manifestarse este año, con la ruptura de un pacto de unidad. El académico prefiere hablar de “universo anti-orteguista” antes que de oposición. “No hay organización, mucho menos una bandera o programa. En 2018 hubo una gran energía callejera que no se logró canalizar en un vehículo político. Entonces todos están en contra de Ortega y de su represión, pero no hay un proyecto alternativo. Y resulta muy difícil crearlo en una circunstancia de estado policial”.

Hoy la oposición se reorganiza desde Costa Rica, el destino privilegiado de los perseguidos políticos. 

El déjà vu se cuela rápido. En los setenta, cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) luchaba contra la dictadura de Somoza, buena parte del plan de acción se diseñaba en Costa Rica, donde se refugiaba la primera línea. Daniel Ortega era uno de esos militantes. La historia se mueve en formas misteriosas. 

Vale la pena leer El preso 198, el retrato que Fabián Medina Sánchez hace de Ortega, por lo demás un libro que se lee en una tarde. Allí se cuenta el improbable ascenso del ex guerrillero, con casi nula experiencia en el campo de batalla y depositado en la cabeza del nuevo gobierno como señal de paz de las tres tendencias del Frente: nadie le temía. Hoy, antiguos compañeros lo combaten. Sergio Ramírez, dos veces su vicepresidente, huyó exiliado hace unos meses. Dora María Téllez, una de las guerrilleras más importantes en la gesta, fue detenida recientemente.

El libro también se detiene en quizás la figura más importante para seguir ahora: Rosario Murillo. La vicepresidenta conoce a Ortega desde la infancia, cuando se había hecho amiga de su hermano Camilo. Unas décadas después se reencontró con Daniel en Venezuela y se enamoraron. El futuro presidente había salido hace poco de la cárcel y todavía faltaban un par de años para la gesta. En los primeros años de Ortega en el poder, sin embargo, Murillo no ocupó un rol central, aunque estuvo a cargo de la política cultural, donde se ganó varios enemigos (entre ellos la escritora Gioconda Belli). Por un tiempo estuvieron separados, aunque vivían juntos. Murillo, una mujer que coquetea con el esoterismo, viajaba a México con su rancheada hippie y organizaba fiestas en la residencia presidencial. Según Medina, la pareja se vuelve a acercar en los 90, década en la que Ortega pierde el poder en elecciones contra Violeta Chamorro y cuatro años después sufre un infarto.

Para el autor del libro, hay cuatro golpes cruciales que sufre el tándem. Todos ayudan a explicar el momento que vive hoy Nicaragua.

  1. La derrota electoral con Violeta Chamorro en 1990, un cachetazo político.
  1. El infarto que sufre Ortega en 1994, que lo obliga a cambiar su ritmo de vida y recostarse en la asistencia de Murillo.
  1. La denuncia por abuso sexual de su hijastra, Zoilamérica Ortega Murillo, en 1998. Según su relato, Ortega abusó de ella de manera prolongada, desde que tenía 11 años. El presidente se tambaleó, pero fue rescatado por Rosario Murillo, que salió a declarar contra su propia hija: la tildó de mentirosa.
  1. Las protestas de 2018, cuando el poder peligraba. Muchos atribuyen a Murillo la orden de represión que dictó el gobierno. 

“Es la cara del gobierno. La persona que todos los nicaragüenses ven en la tele todos los días, mientras que Ortega puede desaparecer por tres semanas y nadie sabe una palabra de él”, me dice el académico sobre Murillo. La vicepresidenta transformó la comunicación oficial de la presidencia y hasta sus colores: el violeta se impuso por el tradicional rojinegro del FSLN. 

Una de las preguntas más importantes que se abren ahora es sobre la sucesión. Esta aparece en un contexto donde el estado de salud de Ortega es información clasificada, y se lo ve poco públicamente. Nuestro invitado conjetura: dice que el plan original era que la “sucesión dinástica” se llevara a cabo en estas elecciones, pero el estallido lo aplazó. Que el contexto de aguas movidas no era propicio para intentar la maniobra, cuyo eventual resultado tampoco aparece claro ahora. “No se sabe cuál sería la reacción dentro del Frente y el Ejército en caso de que intentaran la solución dinástica. Todos estamos viviendo bajo la amenaza de ese vacío de poder que se va a crear eventualmente”.

Agrega que una de las falencias del mundo opositor es no conocer qué pasa dentro del FSLN, hoy lejos del programa ideológico que lo vio nacer pero con los mismos símbolos. “El Frente abandonó las cuestiones de redistribución y avance social, y se transformó en un proyecto político dinástico. Pero Daniel logró convencer a las bases de que las protestas eran una amenaza a la memoria y las conquistas sociales de la revolución”.

Al final del libro de Medina aparece un dato que puede pasar desapercibido. Hasta abril del 2018, Ortega gozó de un apoyo superior al 60%. Para ese entonces el gobierno ya mostraba tendencias autoritarias y un perfil ideológico más cercano a la derecha que lo que promovían sus consignas (esto es algo que vale tener en cuenta: desde su regreso al poder en 2007, Ortega gobernó con el apoyo del capital economico del país y de la Iglesia Católica, a la que le entregó una de las leyes más restrictivas de aborto en el mundo; el detonante del estallido, por otro lado, lleva el sello del FMI). Y, sin embargo, Ortega gobernaba cómodo. 

“Ortega se perfiló como el que podía garantizar paz social, estabilidad y crecimiento. Hay que entender el contexto del país, que hace unas décadas estaba entre guerras civiles y una dictadura. Fue una sensación de estabilidad y continuidad tremenda para Nicaragua”, contestó mi entrevistado cuando le pregunté. Se trata de un argumento extrapolable a otros países de Centroamérica.

A una conclusión similar llega Medina. 

“El orteguismo sólo es el somocismo con otro nombre, igual que el somocismo solo fue otra versión del zelayismo. Nicaragua no cambiará solo porque se vaya Daniel Ortega del poder”. 

Desde Washington

  • La semana pasada entró en vigor la Ley Renacer, con la que Estados Unidos busca limitar el acceso al crédito del gobierno nicaragüense. La medida abre la puerta a revisar –y eventualmente cancelar– el tratado comercial que tienen ambos países. Para Nicaragua, cuyas exportaciones al norte superan el 60% del total, sería un golpe importante.
  • Hay, sin embargo, dos datos que desalientan el factor de presión internacional. El primero es que las sanciones en general no provocan un cambio de régimen y el mundo en 2021 está lleno de ejemplos que lo comprueban. 
  • El segundo es que Nicaragua queda cerca de Estados Unidos. El temor a una ola migratoria que llegue a las costas norteamericanas puede disuadir a la Administración Biden a tomar medidas agresivas.

Más Centroamérica

  • “¿Es el presidente de Honduras un traficante de drogas?”, se pregunta Jon Lee Anderson en un reportaje clave para entender la mirada de la nueva administración en EEUU hacia la región.
  • Cuba, una marcha opositora en el teatro de la infiltración, escribe Abel Gilbert de cara a la movilización prevista para hoy.

BIELORRUSIA CONTRA LA UNIÓN EUROPEA

Qué está pasando. Miles de migrantes siguen acampando en los bosques que rodean a la frontera entre Bielorrusia y Polonia. Europa denuncia que Lukashenko, el presidente bielorruso, está incentivando la llegada de migrantes al país –provenientes de Irak y Siria, sobre todo– para empujarlos hacia la frontera polaca, la puerta a la Unión Europea. El cuadro humanitario es preocupante: hay denuncias de maltrato de soldados bielorrusos y polacos, que intentan impedir la entrada. Se registran muertes diarias y los migrantes siguen llegando a Minsk, muchos de ellos desde Estambul. Ignacio Hutin escribió un texto bastante claro sobre la situación.  

Esta semana la cosa puede escalar. La Comisión Europea debería presentar el nuevo paquete de sanciones al gobierno de Lukashenko; este, por otro lado, amenazó con cortar la ruta de gas a Europa. La opción, sin embargo, fue reprobada en público por Putin, único sostén del bielorruso, con lo cual las chances de que sucedan son bajas. El Kremlin está siguiendo de cerca la crisis, mientras acumula cartas en otros frentes: Rusia aumentó el despliegue militar en la frontera con Ucrania y espera por un llamado de Bruselas para sentarse a negociar por el suministro de gas, bien escaso en la Europa de la pospandemia. Material de sobra para que Putin arranque la semana con una sonrisa.

La maniobra de Lukashenko le pega a la UE en la cuestión migratoria, uno de los frentes que más división han generado dentro del bloque, sobre todo con gobiernos como el polaco, que hoy pide ayuda. ¿Qué busca? Algunos dicen, en modo Alfred, que hay hombres que solo quieren ver el mundo arder. Otros especulan con que Lukashenko quiere recortar las sanciones que le impuso la UE luego de las elecciones fraudulentas del 2020 y el desvío de un avión comercial para detener a un periodista crítico con el gobierno. Pero hay quienes aventuran que el bielorruso quiere negociar algún tipo de acuerdo con Europa a cambio de frenar el envío de migrantes, como logró Turquía, que recibió millones de euros a cambio de alojar migrantes sirios.

El enfoque es de Max Fisher, que señala que hoy llegan dos tercios menos de refugiados a Europa que en 2015, a pesar de que a nivel global el flujo no se detuvo. La estrategia: incentivar a los países mediterráneos y del norte de África para que contengan a los migrantes, lejos. 


Qué estoy siguiendo

El acuerdo de Glasgow. Terminó la COP26 y habemus documento consensuado por casi 200 países. En una mención sin precedentes, el acuerdo destaca al carbón como la principal fuente de calentamiento global, aunque una versión previa que hablaba sobre su “eliminación gradual” fue levantada por China e India. Se incluyó también un pedido a que los países entreguen sus metas de reducción de carbono para 2030 como más tardar a fin del año próximo.

En el explainer que hicimos sobre las claves a seguir de esta COP26 destacamos dos: la reglamentación del artículo 6 del Acuerdo de París, que regula los mercados de carbono, y el financiamiento a países en desarrollo. El primer ítem se cumplió. El segundo, no: el documento reconoce que no se alcanzó la meta de los 100 mil millones de dólares para 2020 y llama a reunir al menos esa cifra para 2025. También se compromete a duplicar los fondos para adaptación, es decir, las medidas para preparar a países y ciudades para lidiar con las consecuencias del cambio climático. 

Acá una nota con cinco claves del acuerdo. Se destaca también el comunicado en conjunto entre Estados Unidos y China, donde ambos se comprometen a “ trabajar juntos” para limitar el aumento de temperatura a máximo 1,5 grados. Fue un documento sorpresivo y con más carga simbólica que otra cosa. 

En líneas generales, la recepción del acuerdo final sigue patrones conocidos. Boris Johnson, anfitrión de la cumbre, lo calificó de “histórico”, mientras que muchas voces de la sociedad civil lo rotularon como “insuficiente”. "No evitará que nos ahoguemos", dijo una activista de Tonga.

Moro se sube al ring. La noticia de la semana pasada en Brasil fue el regreso de Sergio Moro, el juez del Lava Jato que encarceló a Lula y luego fue ministro de Bolsonaro, a la escena política. Moro anunció su afiliación al partido de centroderecha Podemos y lanzó su candidatura presidencial, en un acto con alta cobertura mediática. El otrora abanderado en la lucha contra la corrupción busca impulsar la “tercera vía” para romper con la polarización entre Lula y Bolsonaro. Las encuestas del último año, por ahora, se han ocupado de descartar esa posibilidad (Oliver Stuenkel escribió un análisis reciente sobre esto). La disputa entre Moro y la centroderecha contra Bolsonaro va a ser una de las historias más interesantes a seguir en esta campaña, y se vincula con el correo del lunes pasado. Los antiguos socios y acreedores del bolsonarismo ahora se muestran arrepentidos y quieren ser alternativa: el verdadero PODRÁN. 

Mientras tanto, un gossip recorre Brasilia: diferentes medios comentaron que Lula podría llevar como vice a Gerardo Alckmin, del centroderechista PSDB y ex gobernador de San Pablo. La posibilidad de que ocurra es remota, pero, a un año de la elección, que un rumor así sea por lo menos verosímil dice bastante sobre la estrategia de ampliación de Lula, que también intenta sumar evangélicos desencantados a su plataforma.

La izquierda que se acerca al mundo evangélico es una tendencia que crece en América Latina. Tuvo un hito la semana pasada, cuando Gustavo Petro, el candidato mejor posicionado de la oposición en Colombia, fichó al líder evangélico Alfredo Saade, que será precandidato en una primaria común. A prestar atención.


PICADITO

  1. Otra masacre en una cárcel de Ecuador: al menos 68 muertos. 
  2. El Partido Comunista de China refuerza el poder de Xi Jinping.
  3. Los Emiratos Árabes se acercan a Siria; el aislamiento a Assad se empieza a romper. 
  4. Bolivia: Arce anuncia derogación de la ley que detonó manifestaciones opositoras, que persisten.
  5. Sudán: el general que lideró el golpe de Estado anuncia un consejo soberano con él al mando; se tensa todavía más el vínculo con el mundo civil.

Lo importante

Esta edición tiene que terminar en Chile, que nos regaló la postal de la semana pasada. La Cámara de Diputados aprobó el juicio político a Piñera en una sesión maratónica: el socialista Jaime Naranjo habló durante 15 horas para que el diputado Giorgio Jackson pudiera terminar su cuarentena obligatoria y llegar a Valparaíso, donde queda el Congreso. Jackson, cuyo voto era clave, transmitió en vivo su viaje desde Santiago.

Y, obvio, el discurso de Naranjo y toda la jornada fue materia prima para la producción de memes.

Va un ejemplo:

Esto fue todo por hoy. Gracias por haber llegado hasta acá.

Nos leemos el lunes.

Un abrazo,

Juan

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Creo mucho en el periodismo y su belleza. Escribo sobre política internacional y otras cosas que me interesan, que suelen ser muchas. También estoy en Futurock y Radio Con Vos. Estudio Ciencia Política en la UBA. Soy fan de la pelea Mauro vs Samid.
@juan_elman
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