El hilo conductor

Todas las fiestas del mañana

En este Hilo Conductor nos concentramos en la nocturnidad y la fiesta: en la sensación de danzar sin que importe qué va a pasar después, con la música retumbando por el cuerpo. Y recomendamos películas, canciones y fotografías a tono.

Hola, ¿qué tal? Espero que lo mejor posible. Yo bien, acalorada. Con esta sorpresa estival que me genera un soponcio insufrible. No puedo dar ni medio consejo de cómo paliar los efectos del calor más que encerrarse a la sombra, bajar las persianas, y tomar a la noche una buena copa de vino blanco en las rocas. Con suerte, cuando lean esto ya habrá refrescado.

Antes de entrar en el tema que nos convoca esta quincena, quiero agradecerles a todos los lectores y lectoras del Hilo que valoraron mucho lo que hizo Lucas Garófalo en la edición anterior, cuando escribió una entrega entera hermosa sobre la amistad. Estuvo buenísimo (lo de Lucas y las repercusiones). 

Ahora retomamos la programación habitual y les propongo que derivemos por un tema fascinante: la fiesta. Es que durante el larguísimo confinamiento y la vida plagada de restricciones, una de las cosas que perdimos más rápidamente fue la experiencia de compartir un momento de comunión y de festejo con otres. En la virtualidad, esas distancias eran muy infranqueables. ¿Cuántos pudieron bailar por zoom? La fiesta es también una de las cosas que quizás más cuesta recuperar, por la confianza que implica en los demás y por el espíritu que convoca. Todavía estamos bastante dañadas como para entregarnos sin más a los placeres del baile y de la noche en lugares cerrados sin conectar ni por un momento con la paranoia o el temor. Bailar con barbijo y distancia física no es un gran plan. Cuando digo “fiesta”, pienso en particular en la nocturnidad, en la sensación de danzar sin que importe qué va a pasar después, en la vibración de la música retumbando por el cuerpo. Vamos a concentrarnos en eso. Separemos los cumpleaños –de los que hablamos en el Hilo #2–, también las llamadas “fiestas” de diciembre, llenas de reglas, de manías familiares, y concentrémonos solo en el impulso de la noche, donde vemos de cerca las sombras y nuestros sentidos se ensanchan. Ese momento en el que los rostros cambian sus expresiones diurnas entregados al placer y al goce. 

Para ilustrar este recorrido, vamos a valernos de las imágenes de Richard Young, un fotógrafo inglés que estuvo en las mejores fiestas rodeado de famosos y famosas desde fines de los setenta hasta entrados los dos mil. Él empezó a trabajar de eso –de fotógrafo de fiestas– gracias a una toma muy difícil de conseguir. Es que una noche de 1975 el actor Richard Burton estaba celebrando su cumpleaños número 50 en el lujoso Hotel Dorchester de Londres y Richard se coló ahí disfrazado de músico. Disimuladamente logró captar el momento en el que su ex esposa Elisabeth Taylor besaba a Burton en la boca y confirmaba así que ese matrimonio estaba unido de nuevo luego de una escandalosa separación hollywoodense. Esa noche a Young lo echaron del hotel y al día siguiente la foto salió publicada en el Evening Standard. Dos semanas más tarde, Liz Taylor lo llamó personalmente para pedirle una copia –porque la foto es divina– y desde ese momento se hicieron grandes amigos. 

Young estuvo en las fiestas en las que todas hubiéramos querido estar. Entró en esos códigos de un mundo medio de fantasía y consumiciones, rodeado de famosos bailando y tomando cócteles. Logró volver eternos momentos muy fugaces. Y bastante íntimos también, porque si bien se baila en público, eso se comparte con los otros que están en el mismo trance. Es raro el momento en el que una está bailando y alguien empieza a sacar fotos, ¿no? Como que corta el mambo. Pero él se mimetizaba. “En los setenta y ochenta nadie sabía exactamente quién era ni a qué me dedicaba”, cuenta. “Y no había zonas VIP. No te separaban del resto de los invitados. Si estabas dentro de la fiesta, tenías libertad para moverte. Ahora los eventos están controlados por una legión de mánagers y relaciones públicas”, se lamenta. Así y todo, consiguió fotos espectaculares, de celebridades felizmente desencajadas por la noche y el alcohol. Muchas de ellas están reunidas en su libro de 2014 llamado Nightclubbing. Así que les dejo algunas: de Ringo Starr a Freddy Mercury, pasando por Madonna y Warhol, claro que sí.

El último refugio en el que no somos nadie

Como decíamos: cuando empezó la pandemia, todo terminó de manera muy abrupta. Vivimos días llenos de incertidumbre y cancelaciones. Recitales, casamientos, ferias, talleres, clases. Todo suspendido hasta nuevo aviso. Poco a poco, muchas de esas cosas transicionaron a la virtualidad. Pero quienes se dedicaban, por ejemplo, a hacer bailar a las personas en fiestas, la pasaron pésimo durante meses. Ya sé que hubo miles de rubros cascoteadísimos por el confinamiento estricto, pero todo lo que se sucedía por la noche directamente fue borrado del mapa, sin alternativa. Nadie podía ni siquiera salir a caminar por la calle… Entre otros DJs que le buscaron una vuelta al encierro estuvo por ejemplo Villa Diamante, que organizó, veloz de reflejos, noches de transmisiones en vivo por YouTube en lo que se llamó Hasta la pista, un ciclo en el que muches amantes del baile se juntaban a escuchar y quizás moverse un poco pantalla mediante. Otro de esos DJs que buscó ponerle alguna palabra al desconcierto fue Ezequiel Fanego, también conocido como F.A.N.G.O., parte de Family Affair, un colectivo que organiza fiestas electrónicas y sesiones de escucha. Ezequiel es además uno de los directores editoriales de Caja Negra (y uno de mis grandes amigos, no pienso negarlo). En junio de 2020, publicó un texto llamado “La noche es nuestra” que me parece clave y conmovedor al mismo tiempo, en el que intenta encontrarle sentido a la fascinación por la nocturnidad.  

Pretender tener una respuesta que resuma todo lo que buscamos en la nocturnidad contradice lo que de indiscernible, diverso e impronunciable tiene ese mundo. Probablemente nunca sepamos qué es lo que nos impulsa a perdernos en sus laberintos. Podría ser que se trate de una fuerza tan opaca como la que mueve al deseo, y por eso cada vez que echamos una mirada introspectiva para comprender nuestras derivas obtenemos un abismo oscuro como la noche misma. Si no puedo conocer lo que me mueve, mucho menos debería poder especular sobre lo que nos mueve. Y, sin embargo, eso que no sabemos es precisamente lo que sabemos: que lo que necesitamos es reencontrarnos con la opacidad en un mundo en el que ya no se toleran las sombras. Y que esa necesidad es una necesidad compartida, que genera algún tipo de comunidad hecha de intimidades breves pero intensas. (...) Perderse en la noche puede ser una manera de explorar esas fisuras que dan testimonio de nuestra incompatibilidad con un mundo que se pretende idéntico a sí mismo, sin dobleces ni sombras, en donde lo que existe resulta inmediatamente accesible y utilizable. Esta alianza con las regiones de lo espectral hace que las políticas nocturnas vayan siempre de la mano con las políticas del anonimato. La temporalidad alternativa de la oscuridad es el último refugio en el que no somos nadie, en donde podemos borronear nuestras identidades e incluso desconocernos a nosotr*s mism*s (....) La noche puede ser el telón oscuro sobre el que nos permitimos lo que no se nos permite; también un manto tibio bajo el cual cobijarnos. 

Si lo leen completo (disponible acá), hallarán también una interesante cantidad de propuestas sobre formas posibles de descolonizar la noche de la maquinaria de la “industria nocturna”, que propone un uso recreativo y comercial de las celebraciones, montadas sobre dinámicas de poder, exclusión, competencia e individualismo que se reproducen al igual que en otros ámbitos de la vida. La idea sería activar distintas prácticas y micropolíticas en quienes habitan la noche para evitar que puedan llevarse puesto un espacio y un tiempo que no le pertenece a nadie. O mejor, que solo es de quienes quieren perderse y encontrarse ahí.

Y hablando de estos espacios y tiempos que se viven de manera comunitaria y casi sin palabras, solo a partir de lo que le pasa a los cuerpos en una pista o salón, tengo el pie perfecto para mencionar una de las mejores películas que vi en el año. Es de 2020, y la dirigió Steve McQueen, un cineasta británico con una carrera en la que tiene centralidad la problemática racial (dirigió por ejemplo Shame y 12 años de esclavitud). La peli que les digo se llama Lovers Rock, y forma parte de un proyecto mayor, Small Axe, de la BBC, de cinco películas que pueden verse en continuado o de manera independiente. Lovers Rock es además un tipo de música jamaiquina, un subgénero del reggae romántico por su sonido y contenido. La película (que dura apenas 1 hora y 10 minutos) transcurre en una sola noche en el marco de una fiesta en la que se escucha música sin parar. La fotografía, el arte de la película, es todo. Da la sensación de que estamos ahí, acompañando a la comunidad jamaiquina-británica en 1980 que no se sentía demasiado bienvenida en las discotecas tradicionales del país. Fiestas como estas eran el punto de encuentro de amigos, de personas buscando pareja y la ocasión de escuchar la música que les gustaba, conducidos por los llamados «Mercury Sound», un par de DJs («selectors») que funcionaban como animadores constantes del evento tanto musical como verbalmente. Entre el baile y la noche, a Steve McQueen le salió una película muy física. Es que filma los cuerpos bien de cerca, con una sensualidad que rebalsa la pantalla. Hay algo súper tribal en las escenas en las que los personajes cantan juntos. Me emocionó mucho. Si alguien pregunta cómo se debe filmar a una comunidad, con sus gustos, su gestualidad, la respuesta está acá a través de todos los sentidos. Es sexy, sudorosa, romántica. Tiene un hilo argumental mínimo pero mucho sentimiento. Pueden verla online acá. Y ya que estamos, les dejo también la playlist, porque es probable que si la ven quieran volver a escuchar “Silly Games”. Y si no, denle play igual y piérdanse ahí, bajando un poco las luces de la casa. 

Estado de trance 

Otra de las películas que vi últimamente es el documental de Todd Haynes sobre The Velvet Underground (está para bajar o ver online por ahí). De Haynes ya hemos hablado aquí: filmó, por ejemplo, Velvet Goldmine, sobre la relación entre Bowie e Iggy Pop, y también la especie de biopic I'm Not There sobre Bob Dylan (o sea que le interesan las subjetividades musicales). Acá se ciñe al género documental pero experimenta con el formato a partir de algunas decisiones claves, como partir la pantalla en varios cuadrantes, y tiene un hermoso trabajo con las entrevistas y el archivo. (Está Jonas Mekas <3) Hay que saber que dura dos horas, y que recién empiezan a hablar de manera más puntual de la banda a partir del minuto 40 aprox., pero ahí reside parte del interés: es que esta es una película sobre una época (fines de los 60 y comienzos de los 70), en una ciudad puntual (Nueva York), y sobre sus protagonistas (diversos artistas del under), entonces no estamos solo enterándonos de los entretelones del ego de sus integrantes, sino que estamos ante la recreación de un tiempo que no vivimos. Personas como Lou Reed, John Cale, Nico y Andy Warhol generaban proyectos vanguardistas (poner una banana en la tapa de un disco fue solo uno de ellos) y trataban de entender qué sucedía con el arte que hacían. En un momento en el que Dylan con sus canciones de protesta estaba en el centro de la escena, Reed y la Velvet empezaron a hacer algo mucho más colgado y nuevo: una música que ponía a quienes querían escuchar en un estado de trance hipnótico y rockero a la vez, en el que la distorsión se mezclaba con guitarras desafinadas, y la voz de la bellísima Nico, esa mujer sofisticada, alemana y totalmente rubia que se sumó para darle un poco de glamour a un grupo de muchachitos desarreglados y una baterista andrógina (la gran Maureen Tucker, que da su testimonio en el documental) y terminó protagonizando las mejores canciones. Las fiestas en The Factory, esa usina desde la que Warhol tejía los hilos y manipulaba las redes del under, podían durar días, haciendo un uso también vanguardista del tiempo. ¿Quién se animaba a pasar por la radio temas como “Heroine”, que dura más de 7 minutos, en esa época, que encima hablaba de la droga? O incluso “All Tomorrow Parties”, que le da nombre a esta entrega del Hilo, es un temazo para perderse en la repetición y no salir de ahí, mientras Nico se pregunta insistentemente qué vestido o disfraz se pondrá una chica para asistir a todas las fiestas del mañana. Las bandas como The Velvet Underground tenían que buscar otras formas de darse a conocer y circulaban mucho más entre artistas que salían de noche que entre el público casual y juvenil que compraba vinilos en disquerías. Más allá de la reconstrucción histórica y cultural que es impecable, el documental llega a ser muy emotivo si te gusta la banda. Recomiendo.

Además de Warhol y compañía, en Estados Unidos por esa misma época había otra escena que capturaba el glamour y el baile. Me refiero a los años de la música disco, diseccionados con grandes detalles en el libro de Peter Shapiro La historia secreta del disco. Sexualidad e integración racial en la pista de baile. En vez de frivolidad y narcisismo, Shapiro encuentra en este particular género musical la convergencia de distintas culturas marginales (los homosexuales, los afroamericanos y los inmigrantes latinos e italianos) y comenta el surgimiento de legendarios clubes que albergaron lo que hoy conocemos como música dance. Me enteré de varias cosas mientras lo leía. Tal vez piensen que “Lady Marmalade” es solo un tema de la película Moulin Rouge cantado por Cristina Aguilera, Pink y compañía. Pues no. Lo cierto es que la versión original fue compuesta por la cantante negra Patti Labelle en 1975 y en este video pueden ver cómo despliega toda la onda cantando en vivo con otras amigas enfundada en un traje lleno de plumas celestes. Les recomiendo la experiencia aunque se note el playback. “Hey sister, go sister, soul sister, go sister”. Hit irresistible. Y en este plan, les dejo a Donna Summer entrando en trance en 1978 en el video de este tema tantas veces bailado y reversionado: “I Feel Love”. Producida por Giorgio Moroder, es una canción muy pionera porque tiene una base de sintetizadores y caja de ritmos que prescinde de cualquier otro instrumento. En una anécdota que encontré en Wikipedia, Bowie cuenta lo siguiente: “Un día, en Berlín, Brian Eno vino corriendo y me dijo: ‘Escuché el sonido del futuro. Es ‘I Feel Love’, de Donna Summer. Es esto, no busques más. Va a cambiar el sonido de la música dance de los próximos quince años”. Me encanta comprobar que Eno tuvo razón. 

Sinónimos de fiesta

Hay algunos solistas o canciones que son automáticamente sinónimos de “fiesta”. Madonna, Michael Jackson, Prince… Sé que con ustedes, lectores y lectoras, podemos estar más lejos o más cerca en cuanto a gustos musicales, y que yo siempre hablo de las mismas bandas o escenas, que son las que consumo o disfruto, pero supongo que con estas dos referencias estarán de acuerdo (bueno, quizás quieran sumar a Los Auténticos Decadentes, o algo así). Me refiero a Babasónicos, en el plano local, y a Daft Punk en el internacional. Dos bandas que suenan mucho en las pistas y que invitan casi instantáneamente a bailar. 

De Babasónicos no soy súper fan pero sí reconozco la intensa lírica de Adrián Dárgelos (que demostró incluso en su libro de poemas, publicado por Sigilo), y el espíritu provocador y avasallante del grupo. La noche viene con ellos, ¿no? No me imagino ver a ninguno de sus integrantes a la luz del día. Este año se está cumpliendo el aniversario número 20 del disco Jessico, que marcó la entrada a las grandes ligas del rock nacional, justo unos meses antes del estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001. Difícil elegir un solo tema de ese álbum. Siguen estando bastante vigentes y sonando actuales. Para conocer los entretelones de la grabación y las composiciones, y para saber qué piensan ellos tanto tiempo después, les recomiendo el podcast Tan freak y tan popular: Jessico 20 años armado entre la banda, Pop Art Discos y Posta. Son cuatro episodios de unos 20 minutos cada uno, y se escucha acá.

Por el lado de Daft Punk, no hay buenas noticias, porque el dúo francés se separó definitivamente, así que no podemos esperar nuevas composiciones por ahora. Pero el documental Daft Punk Unchained cuenta cronológicamente la carrera de los dos locos con casco con entrevistas a colaboradores y productores legendarios como Giorgio Moroder (de pie, por favor) o Nile Rodgers y músicos como Kanye West y Pharrell. Es bastante entretenido, pero no deja de ser un documental. Si quieren fiesta, acá en YouTube hay un show completo de 2007 o acá pueden darle play al video oficial de “Lose Yourself to Dance” con un montón de extras bailando. Un gran tema, de esos indiscutidos. 

Pistas de aterrizaje

¡Me quedaron mil cosas afuera! Y, como habrán notado, no hablé de literatura esta vez. ¿Cómo sería narrar una fiesta, con todas sus capas de sentido y afectividad? ¿Cómo se recrea en un cuento o una novela lo que se siente cuando nos dejamos llevar por la noche? Pienso que en una fiesta todo sucede al mismo tiempo y en un mismo espacio. Se dan distintas escenas en simultáneo mientras suena la música, las luces cambian de tono, el alcohol o las drogas hacen sus efectos. Tiene algo de experiencia tribal, caleidoscópica. E inevitablemente en el pasaje a la escritura se pierde esa simultaneidad porque las cosas se narran siempre de manera sucesiva. No se puede contar todo al mismo tiempo: se jerarquizan zonas, personajes, gestos. Se dan detalles que hablan de a partes de ese todo. Entonces me cuesta encontrar este efecto en la ficción. Si se les ocurren ejemplos de textos que generen algo parecido, acepto gustosa sus recomendaciones. Mientras, les dejo este listado muy salteado de fiestas ajenas y canciones. 

  • The Party es el ejemplo de una fiesta que sale muy mal. Escrita y dirigida por Sally Potter, esta película –que bien podría haber sido una obra de teatro–, filmada en un elegante blanco y negro, cuenta con tono de comedia negra inglesa lo que sucede la noche en la que su protagonista (la gran actriz Patricia Clarkson) invita a sus mejores amigos a una reunión para celebrar que acaban de nombrarla Ministra de Salud. Pero nada es lo que parece y en vez de brindar y festejar, el clima se va tiñendo de rarezas hasta que todo estalla. Pueden darle play acá
  • Otra película británica que recrea una escena clave es 24 Hour Party People, dirigida en 2002 por Michael Winterbottom. Acá de lo que se trata es de desentrañar el perfil de Tony Wilson, un cazatalentos que descubrió, por ejemplo, a Joy Division, y fundó Factory Records, convirtiendo a la ciudad de Manchester en legendaria. También creó su propia discoteca, llamada The Hacienda, que albergó el surgimiento de la escena rave hasta entrados los noventa. El film combina los hechos de la realidad con una serie de leyendas urbanas, chismes y rumores de los entretelones de la vida de Wilson con bandas como Sex Pistols, Happy Mondays y New Order.
  • Si me preguntan, este fin de semana me hubiera gustado estar en una fiesta como esta, en la que Nick Cave & The Bad Seeds tocan a la altura del público en una casona en medio de la nieve y todos bailan un poco sensuales, un poco elegantes y un poco ridículos, y hasta se animan a hacer una coreografía (véanlo y encuentren ahí a Jarvis Cocker). Es el video oficial de “Fifteen Feet Of Pure White Snow”. Se los dejo acá.

Ahora sí, me despido hasta dentro de 15 días, no sin antes decir que estamos ante un nuevo Día de Muertos, una celebración que en México es también una fiesta en la que se conmemora el paso por la vida de todos y todas las que no están. Así que este Hilo va dedicado a todos mis muertos, en su feliz memoria, entre velas y flores de un humilde altar. 

Espero que este Hilo te haya dado ganas de bailar. Si es así, no esperes necesariamente que te inviten a una fiesta. Muchas veces las mejores fiestas son las que nos inventamos con la música que nos gusta y sin tanta pompa y circunstancia.

Última cosa: mañana en Cenital empieza el podcast Primera mañana, con la lectura de las noticias de Tomás Aguerre en la voz de Lauti Torres. Va a estar disponible tempranito en Spotify : )

Gracias por leer. Y por favor cuidate mucho,

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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