¡Somos Argentina, carajo!

El amor argentino por copar las calles y la importancia para una generación entera de que el fútbol nacional, nuestra única religión civil, vuelva a formar parte de la élite mundial.

(Me ayudó a escribir el newsletter de hoy mi hermano Fernando, un enfermo del fútbol).

El domingo pasado, en el momento en que el penal pateado por Gonzalo Montiel ingresó al fondo de la red, el primer pensamiento que me vino a la mente, mientras me tiraba de rodillas fue: ¡Somos campeones, somos Argentina!

Este título de campeones del mundo tiene muchos sentidos y significados posibles. De eso se tratan los rituales y los símbolos religiosos: impactan diversos órdenes de sentido que van de lo individual a lo social, y que admiten una y mil interpretaciones (incluso algunas contradictorias entre sí). Creo que para mi generación este título tiene algo de restaurativo: nos devuelve de manera concluyente a la élite del fútbol mundial. Solo cuatro países tienen 3 mundiales o más: Brasil (5), Alemania (4), Italia (4) y Argentina (3). Después de la gloria de México 86 y de la épica incompleta de 1990, tuvimos que vivir una década y media de frustraciones. Escuchamos gente decir que el fútbol argentino era inferior al europeo, que nuestros años de gloria ya habían pasado. Es cierto que la selección mayor ganó la Copa América de 1993, que José Pekerman, Hugo Tocalli y Francisco Ferraro lograron cinco mundiales juveniles, que un jovencísimo Messi se consagró en los juegos olímpicos de 2008 (que ya en el 2004 habíamos cortado la sequía de títulos en esa competencia), y que la selección de Alejandro Sabella perdió una final en 2014. Nunca dejamos de competir entre los mejores, pero faltaba el éxito mayor, incontrastable: la tercera estrella en la camiseta. Este título nos pone ahí, otra vez, en el lugar que nos corresponde por prepotencia de trabajo. Somos Argentina, campeones del mundo. Ahora sí no hay discusión posible sobre dónde le corresponde estar al fútbol argentino (no, aunque algunos blogueros madrileños o algún ignoto periodista mexicano busquen lograr clicks con el argumento de que sí la hay, no hay ninguna discusión posible).

Pero además, el hecho de que millones y millones de personas se volcaron a la calle para abrazarse en un festejo interminable también sonó como un grito de: “¡Somos Argentina!” Somos Argentina y el fútbol sigue siendo nuestra religión civil; es más, probablemente sea nuestra única religión civil. Los rituales, mitos, imágenes y héroes compartidos son centrales para formar una “comunidad imaginada” en la que personas de distintas clases, vidas e historias puedan reconocerse como participantes. El fútbol fue un componente clave en la formación de nuestra comunidad imaginada. La liga de fútbol competitiva de Argentina es la octava más antigua del mundo: fundada en 1893, fue la primera del continente en afiliarse a la FIFA, lo hizo en 1912. No fue casualidad que llegara a la primera final en 1930. Como explica Julio Fryndenberg, el fútbol fue introducido en Argentina a mediados del siglo XIX por las colonias inglesas, pero justamente lo que caracterizó al fútbol argentino es que se masificó explosivamente. Abrió sus puertas a las masas plebeyas que lo abrazaron con velocidad. En la primera década del siglo XX ya estaban conformados los clubes que darían forma a las grandes rivalidades: Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo, Newells, Rosario Central, Gimnasia, Estudiantes, y por supuesto cientos más. A principios del siglo XX ya quedó asentado el modelo de club social deportivo barrial, que ciento veinte años después sigue siendo la columna vertebral de nuestro fútbol. En Rosario, Calchín, en Zapala, en Sarandí: todos los jugadores campeones comenzaron a jugar en clubes de barrio. No es casualidad tampoco que esta Selección y sobre todo Messi hayan tenido tantos gestos de conexión con su propia tradición futbolística, como el Topo Gigio de Messi, De Paul posteando una frase de Bilardo o Scaloni usando una camiseta de la selección juvenil campeona de 1997, que integró, para recibir la copa. Una selección que parecía haber leído a Benedict Anderson a la hora de realizar sus propias intervenciones públicas. Una máquina semiótica.

Los colores, el folklore, las canciones, el ir a la cancha formaron un vocabulario común que trasciende distancias y conecta generaciones. Aun hoy la cancha y la plaza de festejo siguen siendo dos arenas en donde los ricos y los que no lo son pueden no sólo cruzarse sino fundirse en una canción o una puteada compartida. Son una de las pocas arenas donde se encuentra gente distinta, si no la única: la escuela pública ya no lo es, el barrio tampoco y la iglesia tal vez nunca lo fue.

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La hermosa publicidad de la TV pública que mostraba el origen de cada uno de los jugadores de la Selección nos recordó que si bien el fútbol competitivo está cruzado de intereses, desigualdades, injusticias y manejos turbios, sigue ofreciendo una promesa realmente meritocrática: si jugás, podés soñar con el cielo. Si siempre la devolvés cuadrada, podrás comprarte las elecciones de un club entero, pero nunca vas a saber lo que es salir por ese túnel con la camiseta con tu nombre en la espalda mientras la gente canta. Federalismo sin marco teórico.

Mejor aún: a regañadientes, incluso a patadas, el fútbol se sigue ampliando. En mi escuela las chicas teníamos prohibido jugar al fútbol porque “era muy violento”. Hoy eso es impensable, hay miles de chicas y mujeres que entrenan y juegan, hay una liga de clubes femenina y en el 2023 hincharemos por la Selección de mujeres en el Mundial FIFA. Hay selecciones de futsal, de jugadores ciegos. Hay más fútbol y todos ganamos.

Somos Argentina, y la Argentina vive, siempre vivió, en las calles. Es imposible calcular la cantidad de gente que salió a la calle a festejar el campeonato (dicen que el martes fueron cinco millones en las calles, pero el domingo fuimos muchos más, porque hubo festejos en cada ciudad, pueblo o aldea, de Jujuy a Base Marambio). La multitud del lunes también fue una muestra de cómo somos Argentina: nos encanta tomar la calle y el espacio público para ser protagonistas. Sabemos tomarlo para protestar, incluso para hacer caer un gobierno, y sabemos tomarlo para saltar, bailar, envolvernos en una bandera, tomar vino con soda o fernet de una jarra común o una botella cortada, igual que hicieron los campeones. Cinco millones tomaron las avenidas y las autopistas porteñas, no para ver a la Selección, sino en todo caso para que Leo Messi y los muchachos los vieran a ellos ahí, cantando.

Esa multitud de cinco millones de personas (mayor a la totalidad de la población de Uruguay) prescindió totalmente de cualquier input de la dirigencia política. Prescindió de los que querían que no hubiera feriado y se festejase trabajando, de los que reclamaban que fueran a la Casa Rosada, prescindió de los que se quejaban del desorden, prescindió de todos los mufas y los plomos. Un país hambriento de felicidad, no anuló a los mufas y a los plomos. Sencillamente, no les dio bola (algo en lo que también somos excelentes los argentinos) y siguió cantando, bailando y compartiendo videitos de Leo, Fideo, Huevo, el Dibu, el Papu, el Cuti, la Araña, Cachete (Fontanarrosa tiene en algún lado un texto sobre la genialidad imposible de trasladar a otro contexto de los sobrenombres argentinos que aún está vigente.) La distancia entre el disfrute popular y el carácter crispado, enojoso y criticón de las opiniones de dirigentes políticos y mucha prensa dice mucho.

Cuando el penal de Montiel entró en el arco, pensé primero: ¡Somos Argentina! Después, pensé en Messi, que tanto lo merecía. Finalmente, pensé cómo le habría gustado a mi viejo ver esa victoria. Mi viejo, Carlos, jugó en inferiores de varios clubes en su adolescencia, llegó a las de Defensores de Belgrano. Era zurdo y jugaba, como decía él, de “fullback izquierdo”. Aunque, como a la mayoría, no le dio para llegar a Primera (al final estudió medicina), el fútbol para él no era un pasatiempo que se mira por televisión. Era algo tanto para jugar como para leer, para discutir en serio tanto como para la cargada, era un conjunto de estadísticas que recordaba obsesivamente pero también la apreciación de una gambeta o un pase sin estadística posible. Era un stock de miles de cuentos, de historias y de reglas de comportamiento (las mejores canchas son las de los clubes ferroviarios porque se construyeron con buen drenaje; hay que abrigarse después de hacer deporte o uno se resfría; se despeja fuerte y para afuera, es más importante sacarla que quedar bien). Era un bien heredado y heredable, parte de lo que fuimos y de lo que somos. Porque somos, después de todo, Argentina. Somos Argentina, carajo, y que nunca se nos olvide.

(Abajo a la derecha de la foto, Carlos Casullo, padre de la autora, en alguna cancha de club de barrio de la zona norte de la provincia de Buenos Aires alrededor de 1961).

Soy politóloga, es decir, estudio las maneras en que los seres humanos intentan resolver sus conflictos sin utilizar la violencia. Soy docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro. Publiqué un libro titulado “¿Por qué funciona el populismo?”. Vivo en Neuquén, lo mas cerca de la cordillera que puedo.