Salud mental: cómo hacer para no volvernos tan locos en las ciudades

Desde lugares de encuentro mejor diseñados hasta espacios verdes y azules, son muchas las cosas que pueden mejorar nuestro bienestar psíquico.

Luego de la pandemia, las sociedades comenzaron a tomarse más en serio la salud mental, un fenómeno que en las ciudades argentinas viene exacerbado por la situación económica y una inflación fuera de control (y que en Cenital fue objeto de un dossier especial coordinado por Tomás Aguerre). Poco ayuda que el debate público de estas semanas esté atravesado por un nivel inusitado de violencia verbal, intolerancia y desquicio.

Por fortuna, las ciudades pueden contribuir a nuestra paz mental y bienestar adoptando diferentes estrategias. En esta columna vamos a analizar algunas de ellas y luego reflexionar sobre un interesante fenómeno vinculado a los gobiernos locales que, al parecer, vamos a empezar a ver cada vez más.

Hiperestimulados

El alemán Georg Simmel es considerado el fundador de la sociología urbana. Hijo de un empresario chocolatero de Potsdam, creció en Berlín en la segunda mitad del siglo XIX y con el correr de las décadas se convirtió en uno de los conferencistas más respetados del continente. En 1903 publicó Las grandes ciudades y la vida del espíritu, donde analizó el impacto de las metrópolis en nuestra psiquis.

“La base psicológica del tipo metropolitano de individualidad consiste en la intensificación de la estimulación nerviosa que resulta del cambio rápido e ininterrumpido de los estímulos externos e internos”, dice Simmel. En otras palabras, una de las características de la gran ciudad es que nos bombardea con estímulos constantemente.

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Nuestra respuesta a ellos es desarrollar una actitud blasé, indiferente, indolente. Este mecanismo de autodefensa es, a la vez, una actitud típicamente citadina, casi invisible para quienes vivimos en la metrópolis pero muy evidente para aquellos que llegan desde localidades más pequeñas o rurales.

“Hay mucho que hacer, muy poco tiempo, y muchos obstáculos que diariamente complican el cumplimiento de contratos, compromisos y agendas. Es necesario gestionar la complejidad a través de las armas de la indiferencia, la reserva y el anonimato”, resume este paper que analiza la obra de Simmel.

El fenómeno de la urbanización es inevitablemente ambiguo. Por un lado, la libertad que ofrecen las ciudades es extraordinaria: ya dijimos que son el mejor invento humano y que vivimos en ellas porque concentran los empleos y las oportunidades. Por el otro, su reverso es la pérdida de la identidad, la creciente burocratización y el uso instrumental de los demás. Las grandes urbes están asociadas con una mayor prevalencia de desórdenes de ansiedad, depresión y estrés.

Por todo esto, hace tiempo que la ciencia viene estudiando de qué manera mejorar la calidad de vida de los citadinos.

Te quiero verde

Noventa años después del famoso ensayo de Simmel, dos profesores norteamericanos llamados Edward Wilson y Stephen Kellert​ publicaron The Biophilia Hypothesis, una obra clave sobre la relación entre arquitectura y biología. Allí afirmaron que tenemos una afinidad innata hacia la naturaleza y que los ejemplos de búsqueda activa del verde pueden trazarse hasta la China medieval o el antiguo Egipto.

Tras analizar decenas de estudios en diferentes continentes, Wilson y Kellert confirmaron que los humanos nos sentimos enormemente atraídos hacia los árboles, las plantas y el agua, precisa y no casualmente el tipo de entornos naturales que favorecieron la supervivencia en la historia evolutiva de la especie. Los niños, en particular, tienen una marcada preferencia por los paisajes parecidos a la sabana y a las escenas con agua (les fascinan varias de sus propiedades ópticas, como el brillo).

Como si fuera algo obvio o intuitivo, ya desde antes los gobiernos locales se habían convencido de que la creación de parques y reservas eran esenciales para fomentar el bienestar físico y mental de la población. Una y otra vez las personas validaron esta hipótesis llenando cada plaza, yendo en masa a pasear a la vera del río o recorriendo enormes distancias para estar rodeados de paisajes naturales.

Parque Centenario funciona como un oasis dentro del paisaje urbano. Foto: Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

Las externalidades positivas de los espacios verdes y azules en las ciudades han sido ampliamente comentadas. Los espacios verdes no sólo son importantes para fomentar la actividad física sino que sus impactos positivos se extienden a la salud mental de quienes hacen ejercicio y hasta pueden amortiguar el impacto negativo de acontecimientos estresantes por los que hayamos pasado. Por otro lado, invertir en el desarrollo y mantenimiento de entornos acuáticos o “espacios azules” también puede elevar el bienestar psicosocial de la población.

¿Qué tan buena es mi ciudad haciendo eso? Para establecer un diagnóstico, es importante que no nos limitemos a medir superficies, es decir, cuántos metros cuadrados de espacio verde por habitante tiene el lugar donde vivimos y luego compararlo con otros. Como indican Antonio Vazquez Brust y Leandro Rodríguez, autores del Atlas de Espacios Verdes en Ciudades Argentinas, el indicador clave es la accesibilidad. Para estos especialistas en planeamiento urbano, un parque enorme pero lejano sirve menos que una plaza a la vuelta de tu casa y “una distancia de 10 minutos a pie o menos es el umbral a partir del cual los vecinos incorporan el uso de parques y plazas a su rutina diaria”.

La evidencia respalda esta idea. En 2022, tres académicos analizaron las respuestas de más de 6.400 habitantes de Chicago a un examen de salud y observaron que los niveles de malestar psicológico eran más bajos entre aquellos que vivían en áreas con muchos espacios verdes pequeños que entre quienes que lo hacían en lugares con un único gran parque. 

De esta manera, afirmaron, cuando hablamos de salud mental “la disposición de los espacios verdes urbanos puede ser tan importante como la cantidad”. Es por eso mismo que de poco sirve crear nuevos espacios verdes allí donde ya los hay en lugar de pensar estratégicamente cómo crear plazas en aquellos barrios que prácticamente no tienen.

Sumo otro factor: la manera en la que llegamos a estos espacios es igual de importante. Tras analizar 164 millones de imágenes de rutas y caminos de Google Street View en los Estados Unidos, un grupo de científicos concluyó que los elementos individuales del entorno construido -desde las señales de pare hasta las veredas- afectan los comportamientos y resultados en materia de salud. Si bien faltan más estudios que controlen por otras variables, un hallazgo preliminar es que los peores indicadores en términos de salud pública se observan en lugares sin buena infraestructura peatonal.

Ojo con el greenwashing

A esta altura nadie cuestiona que los parques y plazas sean abiertamente positivos para nuestras ciudades. Pero las acciones tendientes a mejorar nuestra vida en las ciudades no pueden agotarse en la creación de espacios verdes.

Esa es la tesis del sociólogo Des Fitzgerald, profesor de la University College Cork en Irlanda, que en The Living City (libro de reciente publicación) argumenta que las acciones destinadas a mejorar la habitabilidad en la ciudad pueden terminar por distraer nuestra atención de otros problemas urgentes como la desigualdad por ingresos o la falta de vivienda asequible.

“Me preocupa que, en lugar de meternos en ese embrollo, sea mucho más fácil y agradable decir: ‘Mirá, esta hilera de árboles va a hacer a todo el mundo un 15% más feliz, así que hagámoslo’”, dice Fitzgerald.

El sociólogo advierte que la proliferación de campañas de plantar árboles mientras se continúa con una política que alienta la construcción de torres o rascacielos tiene muy poco que ver con aquello que se necesita para tener metrópolis más habitables. Y que como alternativa (o complemento) a este greenwashing, las ciudades podrían encarar un programa masivo de construcción de viviendas sociales, ya sea mediante mecanismos de alquiler social o alguna forma de provisión estatal.

“Eso sí transformaría el espacio urbano y la salud mental de quienes viven en las ciudades. La incertidumbre y la precariedad de la vivienda son un enorme factor de estrés para los habitantes de los espacios urbanos”, asegura.

Otras medidas que las metrópolis pueden adoptar para combatir la depresión y la soledad es reforzar su infraestructura social, la cual no se agota en las plazas sino que también incluyen bibliotecas, paseos comerciales, centros deportivos o cafeterías. Es decir, cualquier tipo de espacio que aliente la conversación y los encuentros casuales.

“Este tipo de encuentros nos invitan a cuidarnos los unos a los otros y a entender nuestras diferencias”, dice el artista británico Andy Field, que estudió este tipo de interacciones. “No son profundas ni intensas. Simplemente nos conectan con el mundo”. 

Por último, una buena red de transporte público y entornos accesibles para personas con discapacidad también generan respuestas positivas y mayores niveles de felicidad entre los adultos mayores. Ciudades para la gente, qué más.

Los espacios que alientan el encuentro y la conversación son buenos para nuestra salud mental. Foto en la librería palermitana, Eterna Cadencia.

¿La Budapest del Río de la Plata?

Para el cierre, me permito arriesgar una hipótesis: es probable que los gobiernos locales pasen a ocupar un lugar más destacado en las agendas de cómo mejorar nuestra vida en las ciudades, ahora que el gobierno nacional está muy ocupado librando una guerra contra los globalistas, las feministas y el movimiento de derechos humanos.

No seríamos los primeros. En Hungría, por ejemplo, el primer ministro Viktor Orbán –estrella de la internacional de ultraderecha que acudió a la asunción de Javier Milei– “cerró el grifo a las ciudades y los municipios” y la otrora vibrante Budapest comenzó a acusar el golpe.

“Hemos fundado una liga internacional de las ciudades libres y buscamos el apoyo de la Unión Europea para que se concedan ayudas financieras directas”, explicó hace un tiempo Oliver Pílz, que se autodefine como “diplómata urbano”. Algo parecido se vio en Varsovia, la cada vez más moderna capital de un país que durante ocho años estuvo en manos de la alianza conservadora Ley y Justicia (PiS), o en las ciudades más internacionales de Brasil durante el gobierno de Jair Bolsonaro.

La Buenos Aires de Jorge Macri no cuadra, a priori, en la descripción de ciudad progresista enemistada con un gobierno de derecha, en parte por la alianza tácita entre el oficialismo local y los legisladores de La Libertad Avanza, y en parte porque difícilmente haya componentes de vanguardia e igualdad en un gobierno que integra al “Día del Niño por Nacer” en sus discursos y pide terminar con la fiesta de dormir en los cajeros.

Pero la capital argentina fue el piso de votos nacional del partido de Milei. No debería pasar mucho tiempo antes de que su aire cosmopolita y tolerante contraste con el tinte ultraconservador de la administración federal. Y es probable que muchos temas de los que hablamos en esta columna, desde la lucha por más espacios verdes hasta las demandas por programas de alquiler asequible, terminen por desbordar la inacción de los dirigentes.

Soy magíster en Economía Urbana por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) con especialización en Ciencia de Datos. Creo que es posible hacer un periodismo de temas urbanos que vaya más allá de las gacetillas o las miradas vecinalistas. Mis dos pasiones son el cine y las ciudades.