¿Qué hacer con la soledad? Las ciudades tienen una oportunidad para combatirla

Sentirse aislado es uno de los grandes males urbanos y no sólo afecta a los mayores. Con políticas sociales y rediseño de espacios públicos se puede revertirla.

Marginado de la sociedad, el Minotauro de “La casa de Asterión” del cuento de Borges rumia su soledad. “Algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta”.

La soledad no deseada es uno de los grandes males que aquejan a las ciudades, y son muchos los factores que ayudan a explicarla: los cambios demográficos, los patrones culturales, pero también la forma en la que están diseñadas nuestras ciudades.

Hablamos de soledad no deseada porque hay otro tipo de soledad, llamémosla buscada, donde la persona decide estar sola y encuentra satisfacción en esta forma de disfrutar de su tiempo libre. El problema aparece cuando hay una discrepancia entre las relaciones sociales que una persona tiene y las que le gustaría tener, lo que da lugar a estos sentimientos dolorosos.

Contrariamente a lo que se cree, no es un fenómeno limitado a la tercera edad. De hecho, tiene una prevalencia muy fuerte entre los jóvenes, y en especial entre aquellos que no llegan a fin de mes. Es cierto, sí, que ciertos factores asociados a la vejez –tales como la muerte de la pareja u otros familiares, la jubilación y las mudanzas– colocan a los mayores en una situación de mayor fragilidad.

Según una encuesta post-pandemia de la Secretaría de Bienestar del gobierno porteño, el 15% de los mayores de 60 años en Buenos Aires expresó haber sentido soledad no deseada. El dato más demoledor: el 56% afirmó sentirse triste de manera recurrente.

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La Ciudad tiene un programa llamado Escucha activa, un espacio de diálogo y acompañamiento para adultos mayores que el año pasado recibió más de 55 mil llamadas. Casi dos tercios de las personas que llamaron fueron mujeres, y la edad promedio de los usuarios del programa fue de 63 años.

Un detalle: solo funciona de lunes a viernes.

En Montevideo –que al igual que la capital argentina tiene un perfil de población envejecida– la política oficial contra la soledad no deseada se conoce como “ActivaMente”. Se trata de un programa que ofrece talleres teatrales, musicales y corporales, actividades plásticas y literarias, y paseos grupales.

Cada uno de los talleres que ofrece Montevideo cuentan con un docente que coordina el grupo. Foto: Intendencia de Montevideo.

Viviendas colaborativas

Como el fenómeno tiene múltiples causas, no hay una bala de plata que atienda todos los aspectos a la vez. Una cosa es segura: no alcanza con poner una hotline o un “centro de jubilados”.

Desde un punto de vista urbanístico, las autoridades pueden echar mano a diferentes herramientas según las características que adopte la soledad no deseada en sus distritos.

María Eugenia Prieto Flores, investigadora del Conicet, estudió el sentimiento de soledad de personas mayores en diferentes contextos residenciales de cinco ciudades de España, bajo la premisa de que los lugares no solo tienen únicamente una dimensión física, sino también un significado social y simbólico.

Algunos de los residentes entrevistados por Prieto Flores hablaron de las ventajas de las llamadas viviendas colaborativas, destacando que envejecer en la propia casa –aunque se cuente con todas las comodidades– no siempre se vive como la mejor opción si hay una sensación de aislamiento.

También conocidas como cohousing, forman parte de un modelo cooperativo que apuesta por un envejecimiento activo en un entorno dinámico y autogestionado. Sus impulsores suelen ser jubilados que abandonan la casa familiar cuando están en plena forma y buscan envejecer en una comunidad de vecinos. Son muy populares en Dinamarca, Holanda, Suecia y España.

“A mí me favorece el no estar en mi casa sola siempre, porque yo el estar en mi casa sola, cuando hay días que llueve no hablo con nadie en todo el día, no salgo a la calle, no abro la puerta… Me favorece mucho tener una actividad que pueda salir de mi casa y por lo menos se me va de mi cabeza la soledad que tengo, porque yo tengo una soledad muy grande”, dijo una de las entrevistadas, una mujer de 74 años.

En Argentina se había iniciado en 2021 una experiencia estatal en ese sentido, un programa de viviendas colaborativas para personas mayores coordinado por el PAMI y el Ministerio de Desarrollo Territorial y Hábitat. “Casa Propia — Casa Activa” buscaba financiar 100 proyectos en diferentes provincias que contemplaran, además de espacios privados, diferentes espacios para el desarrollo colectivo. Sin embargo, hacia diciembre de 2023 sólo se habían avanzado con algunos de ellos, y el freno a la obra pública decretado por el nuevo Gobierno abre un signo de pregunta sobre su futuro.

Por fuera de los esfuerzos estatales, el fenómeno se limita a pequeños proyectos de la sociedad civil. Uno es la Casa de Mayores “Marcela Rocca” de Vicente López, en el norte del Gran Buenos Aires, que recibe a mujeres y hombres jubilados con ingresos mínimos pero que pueden valerse por sí mismos. Las personas se alojan en departamentos que reciben en comodato gratuito con derecho al uso y solo deben contribuir con una cuota muy baja que sirve para pagar los servicios y los gastos.

Terceros lugares

De la casa para afuera, el entorno urbano también juega un rol en nuestros sentimientos de desamparo.

Un estudio en áreas desfavorecidas de Glasgow mostró que en los barrios con entornos de mala calidad se observa una menor actividad (menor tránsito peatonal, por ejemplo) y que eso repercute, a su vez, en la manera en la que las personas se sienten sobre ellas mismas. Es algo que se puso muy de relieve durante los períodos de aislamiento por la pandemia del covid.

“La mejora de la calidad del vecindario en las zonas desfavorecidas debería ayudar a combatir la soledad, al igual que la provisión de más servicios o de mejor calidad, de modo que las personas tengan más oportunidades y se sientan más animadas a utilizar dichos servicios”, dice el paper coordinado por el profesor de estudios urbanos Ade Kearns.

El Bar Palacio de Chacarita es un lugar de encuentro para coleccionistas y amantes de las cámaras. Foto: Lucas García Molinari.

Otra investigación, centrada en este caso en jóvenes de 18 a 24 años, destacó la función de los “terceros lugares” fuera del hogar y de la oficina. Bibliotecas, gimnasios, cafés, parques, lugares de culto: todos estos espacios de socialización desempeñan un papel fundamental en la mejora del sentido de comunidad y el sentimiento de pertenencia a un barrio.

“Sin embargo, a menudo el uso de estos espacios tiene un costo económico –pagar por clases, bebidas o entretenimiento– que los habitantes de barrios desfavorecidos no pueden permitirse”, dice el estudio del University College London.

Un dato de contexto: en el Reino Unido en la última década se cerraron casi 500 bibliotecas y 64 museos, y el presupuesto para parques se recortó en un 40%. Este paper, publicado el año pasado, es uno de los tantos que advierten sobre el impacto de las medidas de austeridad en las comunidades de bajo nivel socioeconómico.

“Para apoyar el bienestar de los adultos jóvenes debemos reconocer la importancia de fomentar las conexiones mediante oportunidades de contacto social significativo al nivel del barrio”, concluyeron los investigadores.

Del otro lado del Atlántico, el principal portavoz en asuntos de salud de los Estados Unidos opinaba igual.

Vivek Murthy, que hasta 2017 fue el jefe operativo del Cuerpo Comisionado del Servicio de Salud Pública, pidió fortalecer la infraestructura social del país, incluyendo bibliotecas, parques, distritos comerciales, instalaciones deportivas y redes de transporte.

Cuestión de diseño

Sin embargo, y como sugerimos en su momento cuando hablamos de salud mental en las ciudades, crear espacios en los que puedan darse las interacciones sociales implica algo más que simplemente inaugurar un parque. Hablamos de decisiones de diseño intencionadas, como la increíble red de baños públicos de Tokio (otro día hablamos de Perfect Days y del director Wim Wenders) o pequeños detalles, como la disposición de los asientos en una plaza.

Houssam Elokda, un planificador urbano que alterna su vida entre El Cairo (Egipto) y Halifax (Canadá), dice que la clave para fomentar las relaciones sociales “es dar a la gente más oportunidades de cruzarse, pero también sentir que tienen cierto control para marcharse si es necesario”.

Es un equilibrio delicado.

En su guía de diseño, Elokda recomienda desplegar rincones musicales, zonas de juego para niños y espacios accesibles y amplios. La clave es alimentar la complejidad visual del espacio. También se expresa a favor de los usos mixtos, que todavía sigue siendo el cuco de los vecinos de los barrios residenciales de clase media para arriba.

“Tener acceso a tiendas y servicios a poca distancia a pie permite a los residentes ahorrar tiempo de desplazamiento y utilizarlo para relacionarse con sus vecinos y sus seres queridos. Se comprobó que estos lugares peatonales son más resilientes en tiempos de crisis porque es más probable que la gente se conozca”, explica.

Hace poco leí una columna de The Economist que narraba los desafíos de sociabilidad para los diferentes grupos de edad tras meses de encierro y de haber cultivado el hábito de pibes educándose frente a una pantalla o adultos trabajando desde casa. ¿No sentimos, en algún momento entre 2020 y 2021, que se fueron atrofiando nuestras habilidades sociales? Las autoridades locales tienen en sus manos las maneras de volver a activar el arte vital de hablar con desconocidos. ¿Qué está haciendo tu ciudad para que las personas se encuentren?

Soy magíster en Economía Urbana por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) con especialización en Ciencia de Datos. Creo que es posible hacer un periodismo de temas urbanos que vaya más allá de las gacetillas o las miradas vecinalistas. Mis dos pasiones son el cine y las ciudades.