Opinión

¿Por qué la pandemia puede acelerar la automatización?

Con un sector de la fuerza laboral parada y otro trabajando desde sus casas, el coronavirus acercó el futuro de la robotización y computarización del trabajo. Una mirada sobre el impacto en Argentina desde la economía.

Como cualquiera podrá notar, la posibilidad y la forma de trabajo se ven afectadas fuertemente por las distintas cuarentenas, el distanciamiento social y la crisis económica. De repente, muchas personas han dejado de trabajar porque sus actividades han sido detenidas – y no pueden hacerlo desde sus casas– o porque sus empresas, recesión mediante, han despedido o suspendido a muchos/as. Al mismo tiempo, una porción del empleo pudo sostenerse de manera remota haciendo uso de la digitalización prexistente en los hogares o empresas. Ante este escenario,  los plazos y perspectivas de automatización que operaban previo a la pandemia deben reevaluarse. 

¿Por qué la pandemia puede acelerar el proceso de automatización?

Un punto de partida, por más obvio que resulte, es que las máquinas –físicas y virtuales- ni se enferman ni contagian. Es decir, en un escenario donde las actividades pueden o no operar en función de las habilitaciones vinculadas a la necesidad de distanciamiento social, a posibles alteraciones de sus ritmos de producción asociadas a trabajadores enfermos o parados por desinfección, las empresas optarán por una mayor automatización. Es decir, la evaluación del costo relativo (salario/máquina) se complejiza porque el trabajador, aunque potencialmente más barato, puede generar interrupciones en la producción. 

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Sin embargo, esa decisión no es a todo o nada: con el crecimiento del ecommerce durante la pandemia, por ejemplo, muchas empresas con tareas de logística aumentaron su masa de trabajadores “recolectores” bajo modalidad temporal, bajo la expectativa de que el fin de las cuarentenas reduzcan la demanda a niveles más “normales”. Es lo que ocurrió con Amazon en EEUU. o Tesco en el Reino Unido.

Pero ¿se modificó el tipo de empleos que se espera sean afectados o promovidos por la automatización y digitalización? No realmente. Los trabajos que van a crecer en este contexto se van a concentrar en las empresas que puedan liderar estos procesos de automatización y\o que puedan impulsar el teletrabajo. Está claro que el trabajo remoto se vincula comúnmente a ocupaciones de mayor calificación –y mejores salarios–, como programadores o diseñadores. Sin embargo, también dinamiza empleos que poco tienen que ver con la mejora de las habilidades digitales –acá tenemos a los numerosos de trabajadores de logística, repartidores de Rappi o conductores de Uber que en varios casos compiten contra empleos similares con mayor protección laboral-. A su vez, el trabajo remoto no se lleva nada bien con una masa importante de empleados urbanos que se concentra en la atención de personal en el comercio minorista. Aunque es un debate en sí mismo, evidentemente esta transformación acelerada del empleo modificará también el rol de la oficina, los sistemas de transporte urbano y las actividades derivadas de la concentración de demanda en el centro de la ciudad.

En otras palabras, la automatización y la computarización siguen la misma dirección que se venía debatiendo en los últimos años, pero obliga a la incorporación y adaptación de tecnologías de manera más pronunciada. 

La pandemia modificó notablemente la situación económica y global que, hasta el momento, mantenía a raya los procesos de computarización y robotización, particularmente en muchos empleos de baja calificación. También impulsará los procesos de “reshoring”: la vuelta de fábricas a los países desarrollados bajo modalidades muy automatizadas. Seguramente, esto se verá en las industrias “estratégicas” debido a que las cuarentenas, en diferentes partes del mundo,  provocaron la disrupción de las Cadenas Globales de Valor.

¿Qué pasa en Argentina?

El mercado laboral argentino arrastra muchos problemas estructurales, sobre los que se montó una década de estancamiento, coronados por dos años de crisis abierta. En ese contexto, difícilmente las nuevas tecnologías avancen rápidamente,  tanto por el costo laboral como por la falta de demanda. A su vez, enfrentamos un freno estructural adicional a la automatización vinculado a la baja escala y al rezago tecnológico con el que opera gran parte del entramado productivo nacional. Hablamos de un 94% de empresas “no cóndores” –firmas que están lejos del uso de las tecnologías ya hoy disponibles- según un trabajo del BID (2019).

Pero supongamos que la pandemia efectivamente pone en marcha un proceso de automatización en Argentina. En primer lugar, los “ganadores” del mercado laboral futuro serían relativamente pocos, dado que abundan principalmente los empleos de media y baja calificación. El panorama es difícil por donde se lo mire. Accenture, en 2015, pronosticaba que más de un 35% de las ocupaciones argentinas podían ser automatizadas; el Ministerio de Hacienda, en 2016, en sintonía con los pronósticos del Banco Mundial, estimaba que el 62% de los puestos eran susceptibles de computarizarse. Asimismo, en un reciente trabajo de CIPPEC se estima, bajo la hipótesis más optimista, que solo el 29% de todos los trabajos de Argentina son teletrabajables.

La mayoría de las empresas más grandes ya estaban operando, previo a las cuarentenas, con algún grado de home-office. Sin embargo, ahora una porción mayor de estos trabajadores tuvo que pasarse a estos esquemas remotos, aunque en condiciones bastante precarias e insostenibles que deben ser rápidamente debatidas en convenios colectivos donde el derecho a la desconexión y el descanso se reconozcan, así como se proveen los materiales para poder trabajar. Si pagamos nuestras computadoras, la luz que consumimos, el wifi que requiere que estemos en conexión con nuestros compañeros de trabajo, no habría ninguna mejora para los trabajadores. Se trata, en cambio, de un gran ahorro por parte de las empresas. Algunas de estas condiciones laborales para el teletrabajo ya se reconocen en países como Alemania o Suiza. 

A la salida de la cuarentena nos espera un mundo más digitalizado. Así como ya muchas empresas, no sin dificultades, han comenzado a operar digitalmente, las personas por la cuarentena se han volcado masivamente a las plataformas y medios digitales de pago. De ambos lados es altamente probable que la experiencia deje un nuevo piso más alto. Sin embargo, cabe notar que en esta coyuntura se mezclan empleos remotos de características muy distintas, desde administrativos de varios niveles y call centers hasta la totalidad del empleo docente de todos los niveles. También los trabajadores precarizados de logística y plataformas han visto un aumento de su actividad, el eslabón más frágil y menos calificado de la llamada gig economy. De nuevo, las ocupaciones que tienen mayores riesgos de computarizarse, de producirse la entrada del nuevo paquete tecnológico, serán las que no han logrado ni si quiera adaptarse a esta coyuntura, ya sea a nivel industrial o servicios.

Pero, nuevamente, en una economía que ya estaba en crisis, con salarios en caída y reducidos en términos internacionales, con escasa escala productiva, ¿podemos esperar que se realicen inversiones significativas que reduzcan la brecha digital y tecnológica? Si ya es complicado conseguir un servicio de conexión a internet estable y de calidad, difícil pensar en algo más allá. Consideramos que el principal impacto de esta aceleración tecnológica, de no mediar políticas planificadas y relevantes, será una presión a la baja de las condiciones laborales dada por las crecientes dificultades competitivas justamente por no poder aplicar de manera general este paquete tecnológico. 

Para eludir ese camino se debe trabajar en un doble horizonte: en lo inmediato, preocuparse por proteger cuanto se pueda de la estructura productiva y laboral en esta situación de crisis. Esto es crucial en tanto las condiciones sociales con las que salgamos de este proceso serán el marco en el que se debata el futuro. Y, de más largo aliento, poner en marcha un conjunto de políticas industriales que reduzcan las brechas productivas y fomenten la incorporación de tecnología y la multiplicación de procesos de innovación locales. Al mismo tiempo, debe impulsarse la formación -y recalificación de los y las rezagados tecnológicos- orientada hacia el único segmento relativamente resguardado de la computarización y robotización: la alta calificación. También se podría trabajar en la universalizalización el sistema de seguridad social, desvinculándolo de la relación laboral.

El futuro de la automatización se adelantó. Es hora de abordarlo.

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