Populistas somos todos

No necesitamos que nos tranquilicen, sino que nos organicen

Responsabilidad y sentido de la proporción, se requieren.

Hace cuatro meses que estamos bajo la sombra de la pandemia. Estamos agotados, preocupados, tristes. Todos sentimos la imperiosa necesidad de retornar a algo parecido a una normalidad, de poder salir de casa a tomar un café, a comprar un pantalón, a reunirnos con amigos, a abrazar a nuestros padres. Pero la mala noticia es que recién vamos, con suerte, por la mitad del río. Falta mucho todavía. 

La Organización Mundial de la Salud informó que en el día de ayer hubo 212.000 casos positivos en el mundo durante las últimas 24 horas, un nuevo récord. En Argentina ayer se conocieron más de 2800 casos positivos. Estamos en un momento en el cual prácticamente cada uno de nosotros tiene un familiar, un amigo o amiga, un alumno o alumna, enfermo o esperando el resultado del hisopado. Nora Bär, la periodista científica a la cual miles de argentinos leemos cada día porque nos trae la información más veraz y actualizada sobre COVID y ciencia, acaba de anunciar en Twitter que está internada con neumonía por el virus. Ya no son cifras o porcentajes, sino que impacta la vida de cada uno de nosotros. 

No sólo sucede esto con el impacto del virus en la salud, sino también en la economía. Las cifras de la caída económica que divulgó el INDEC causan temor; es cierto que similares caídas económicas se están produciendo en prácticamente todos los países del mundo, pero mal de muchos es sólo consuelo de tontos. El Estado nacional anunció que pagaría el aguinaldo en cuotas; lo mismo hicieron varias provincias y empresas. Así como de repente todos tenemos un conocido enfermo o hisopado, las restricciones económicas afectan a cada vez más sectores. El sector turístico patagónico pide ser declarado en desastre. El sector gastronómico no repunta, ni el comercio minorista.

Como decía antes, es entendible la tentación de hacer como que no pasa nada. Es entendible también que lo haga la política, cuyos practicantes están todo el tiempo persiguiendo el “manejar la agenda” y el “pasar de pantalla”, tratando permanentemente de “instalar temas”. Pero el desafío de la hora es la crisis causada por una enfermedad de la que nadie sabía nada hace un año, para la cual hoy no hay cura conocida ni vacuna, y la cual tiene una letalidad que oscila entre el 1% y el 5%, según cómo y quién la cálcule. 

Nadie diseñó este momento, ninguno de los que se presentaron a elecciones lo hizo sabiendo que debería decidir qué hacer. Pero se gobierna el momento que te toca, no el que uno desea. Max Weber decía que los dotes del político eran dos: responsabilidad frente a las consecuencias de su acción y sentido de la proporción para saber cual es la relación entre el sujeto individual y el tamaño de su circunstancia histórica. Lamento decirlo, pero muchos actores individuales y colectivos en la Argentina parecen estar en falta con lo uno y lo otro.

Por ejemplo, ¿dónde está la responsabilidad empresaria? Durante años hemos escuchado del cambio de paradigma hacia la responsabilidad social empresaria, la necesidad de devolver a la comunidad, la nueva gerencia con sensibilidad. En los primeros meses de la cuarentena no se escuchó, sin embargo, sobre una movilización masiva de esa responsabilidad. Hace un par de meses leímos que el politólogo y sacerdote Rodrigo Zarazaga estaba buscando articular un proyecto para que, con donaciones empresarias, se pudiera armar una red de sostén alimentario en las zonas más golpeadas del conurbano bonaerense y repartir un millón de cajas de comida. Según esta nota la campaña está en marcha y se repartieron ciento veinte mil a principios de mayo; esperemos que se fortalezca y continúe, porque se van a necesitar más de un millón de cajas en los próximos meses. Responsabilidad, como decía antes. 

Uno podría decir, como decía Hegel, que las donaciones son “la política de la piedad” y que mucho mejor es que esas empresas paguen impuestos y que eso se use para construir la “política del derecho” (también en términos hegelianos). Es bien sabido, sin embargo, que el proyecto de un impuesto extraordinario para las mayores fortunas del país fue recibido con paroxismos y promesas de mudarse al Uruguay. Otra vez, diría Weber, proporción: si una maestra o un empleado medio pueden cobrar su aguinaldo en cuotas (que seguramente está ya gastado en la tarjeta de crédito), o si le estamos pidiendo a una familia dueña de cuatro cabañas que se pase la temporada de invierno sin abrir, no parece desproporcionado que los que más tienen aporten algo.

Sentido de la proporción y responsabilidad puede pedírsele a los formadores de opinión en los medios de comunicación, que se pasaron dos meses pidiendo el levantamiento del aislamiento y armando mesas en donde profesionales de la salud tenían que “debatir” con personalidades mediáticas que leyeron dos posts de internet y se autoproclaman epidemiólogos.

Sentido de la proporción y responsabilidad puede pedírsele a las y los legisladores del país para que sesionen virtualmente sin poner en riesgo su salud o la del personal de seguridad, taquígrafos, mozos, personal de maestranza. La ausencia del sentido de la proporción quedó en manifiesto luego de la última sesión del Congreso donde cinco diputados opositores dieron positivo. En las fotos, varios de esa bancada o no tenían puesto el barbijo o lo tenían mal puesto.

Sentido de la proporción y responsabilidad hay que pedirle a todos los responsables de los poderes ejecutivos nacional, provinciales y locales, que insisten en reunirse y fotografiarse sin barbijos y sin distanciamiento social. Alberto Fernández viajó a Villa La Angostura hace pocas semanas y en ese viaje comió un asado con el gobernador de Neuquén Omar Gutiérrez, todos sin barbijo. La semana pasada, Gutiérrez reveló que una persona que trabaja en su hogar había testeado positivo para el virus y  entró en cuarentena (su examen dio negativo), la cual todavía está cumpliendo. ¿Qué hubiera pasado si la línea de tiempo del contacto estrecho hubiera sido otra?

Es comprensible también que quienes nos gobiernan quieran dar mensajes tranquilizadores, llevar optimismo, plantear temas que hablen de futuro. Pero como decía el consultor en comunicación política Mario Riorda en Twitter, los mensajes tranquilizadores en momentos de crisis no tranquilizan: al contrario, pueden ser contraproducentes, porque no son creíbles. Por eso, no necesitamos optimismo vacío ni “pasar de pantalla”. Necesitamos verdad, honestidad, compromiso diario, medidas concretas. Necesitamos mensajes claros y pedagógicos que nos expliquen qué se está haciendo, qué podemos hacer de manera muy concreta y en el día a día (como ponerse y sacarse un barbijo, como guardar distanciamiento social), y cuáles son los mejores y los peores escenarios que podemos esperar. No necesitamos que nos tranquilicen, sino que nos organicen. Porque todavía falta mucho para cruzar este río.

Estamos en contacto,

María Esperanza

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Soy politóloga, es decir, estudio las maneras en que los seres humanos intentan resolver sus conflictos sin utilizar la violencia. Soy docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro. Publiqué un libro titulado “¿Por qué funciona el populismo?”. Vivo en Neuquén, lo mas cerca de la cordillera que puedo.
@mecasullo

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