El hilo conductor

Las fuerzas naturales

La primavera se avecina y con ella la pregunta por los entornos verdes. En este Hilo, una aproximación cultural a las versiones orientales, salvajes y de retorno a la naturaleza para intentar florecer incluso en medio de la pandemia.

Hola, ¿qué tal? ¿Cómo vienen? Acá bastante ansiosa con la inminente llegada de la primavera, la estación del año que despierta siempre expectativas, pero este 2020 más que nunca. La estamos esperando desde marzo, cuando septiembre parecía muy lejano y prometía el regreso a una normalidad que ya no logramos recordar del todo cómo era.

Este Hilo va a tener a la primavera como excusa y a la naturaleza como eje. La naturaleza como fuerza viva y como inspiración cultural. Porque si algo sacó a relucir esta pandemia es que necesitamos más espacios abiertos y en lo posible verdes para desamontonarnos o incluso para tener pensamientos más felices. La potencia de la naturaleza es indiscutible y se comprueba muy fácilmente por ejemplo cuando compramos o recogemos flores y las acomodamos: mágicamente los ambientes lucen más amenos y luminosos. No sé ustedes, pero yo reemplacé la compra anual de ropa por plantas y más plantas. 

Vivimos en entornos urbanos que en situaciones críticas se ponen muy hostiles. No perdamos de vista que la naturaleza está viva y que mientras nos derretimos la mente delante de la pantalla, las olas siguen rompiendo en las orillas con su espuma y su música de agua, el deshielo de las montañas aumenta el caudal de los arroyos y los brotes de muchos árboles empiezan a asomar con su insistencia verde. ¿De qué sirven las ciudades si no podemos aprovecharlas pero tampoco huir de ellas? ¿Somos parte de la naturaleza o la especie que llegó para destruirlo todo? Rastreemos un poco qué alternativas culturales existen y existieron para contemplar, disfrutar o padecer las fuerzas naturales.

Naturaleza despojada

Empecemos nuestro recorrido hablando de una expresión cultural explícitamente relacionada con la naturaleza como la escritura de haikus, esos poemas japoneses en los que se condensa de forma muy sutil una imagen o sensación proveniente de la contemplación y que a pesar de su brevedad parecen inagotables. Popularizado por Basho en el siglo XVII, el haiku tiene una historia muy muy larga en Oriente y una compleja traducción a nuestra lengua alfabética y silábica. El mejor acercamiento que encontré sin dudas es El libro del haiku, un tomo preparado, seleccionado y traducido por Alberto Silva, poeta argentino y japonólogo experto y refinado. Ordenado según la lógica de las estaciones del año, Silva cuenta en el libro acerca de la difícil y gratificante tarea de volcar los haikus al castellano, porque la frase japonesa no sigue el régimen de sujeto y predicado. Tampoco tienen mayúsculas ni puntuación los haikus, sino que van dejando cabos sueltos aquí y allá. Hay, según él, palabras que son indistinguibles en sus límites. El núcleo de estos poemas breves es la experiencia de una sensación: “Aunque brevísimo, el haiku recorre un camino sinuoso y exhibe una arquitectura compleja, llena de posibilidades estéticas y expresivas. Tarea de la traducción es mantener la ilusión de que se está creando ‘una eternidad momentánea’, más parecida a la experiencia que la misma experiencia”.

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Les dejo algunas gemas escritas por Issa (1762-1826) recomendando desde ya que lean más de una vez cada uno hasta que algún destello de belleza se despierte en ustedes. Pertenecen a la sección “Primavera” del libro. ¿No parecen muy actuales? 

Nace la primavera
En cambio soy el mismo,
en la misma covacha
destartalada 

*

El primer cielo 
del año será el humo
quien lo dibuje

*

Nueva primavera
y yo fiel a mi vieja y notoria
incompetencia

*

Calma soledad
en la montaña:
el monje espía
entre las ramas

*

Entre lloviznas 
primaverales
la niña al gato
le enseña bailes

*

Mariposa: aleteas
¿Acaso de este mundo
desesperas?

*

Sin solución de continuidad, pasemos a una película de 2003 que comparte con los haikus una mirada despojada del universo, en comunión con la naturaleza, desde una perspectiva budista: Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera, de Kim Ki-duk, en la que un niño y su maestro van compartiendo el aprendizaje sobre la vida en un pequeño monasterio en medio de un lago. Con muy poco diálogo y muchas insinuaciones, va mostrando la vida de ese niño hasta que se convierte en adulto, y si bien es bastante aleccionadora, transmite la idea de que debemos aprender de la naturaleza mucho más de lo que pensamos. De su calma, de su respeto por la diversidad, de su convivencia entre especies. Acá se puede ver completa y con subtítulos. 

Y para cerrar este breve paseo por la naturaleza oriental, les dejo una estampa bellísima del artista japonés Hiroshige (1797-1858), un paisajista súmamente lírico, que pertenece a una de las Cien famosas vistas de Edo, una serie de grabados inspirados en la reconstrucción de Tokio (Edo era el nombre anterior de Tokio) luego del terremoto de 1855. Hay esperanzas.

Experiencia del afuera

Seguramente alguna vez, durante esta pandemia, si es que vivís en una ciudad, pensaste en largar todo y mudarte al medio de la nada. Lamento decirte que no sos muy original. Varias veces, a lo largo de varias crisis, muchas personas finalmente se decidieron y tomaron contacto con entornos naturales con distintos resultados.

El caso más famoso es el de Henry Thoreau, que se abrió de la civilización industrial y escribió en 1854 Walden o la vida en los bosques, un ensayo de desobediencia en el que cuenta cómo fueron los dos años que pasó en soledad internado en una choza el medio de la naturaleza, cultivando sus propios alimentos, sin otras ocupaciones por fuera de la subsistencia.

Mucho más cercana en el tiempo es la experiencia de Osvaldo Baigorria, el escritor y periodista argentino que decidió en los setenta emprender un viaje de mochilero que lo llevó a recalar en Argenta, una aldea en la montaña de Canadá donde vivió en comunidad durante nueve largos años. La experiencia de Baigorria está narrada con detalles y fotos en su hermoso libro Postales de la contracultura, que tuve la suerte de editar en Caja Negra.

Ahí desgrana sus anécdotas como bombero forestal, enfrentando a un oso grizzly o cazando ciervos, recluido por la nieve en una cabaña sin lujos durante meses o trabajando exhaustivamente en huertas de sol a sol, embriagado por la naturaleza apabullante. Lo interesante del libro de Baigorria es que cuenta su experiencia desde este presente. No son los diarios de esa época los del libro, sino una reflexión mediada por el paso del tiempo que ya no idealiza nada de lo que sucedió allí. Hay una distancia suficiente como para sentir que aprendió y vivenció algo que después no siguió eligiendo. De hecho, parece que la vida en Argenta sigue siendo bastante parecida a la de esa época de comienzos de los ochenta. (Se está haciendo un documental que espero se estrene pronto con imágenes de ahí.)

Osvaldo Baigorria en Canadá

Dos películas mainstream se encargan también de mostrar qué pasaría si evadiéramos la vida en sociedades hiperconsumistas. Una es Into the wild, dirigida en 2007 por Sean Penn y basada en un libro homónimo sobre la historia real de un chico burgués que abandona a su familia y se interna en la vida salvaje primero en California y después en Alaska. No quiero generar spoilers, pero en Alaska sabemos que hace mucho pero mucho frío… Y sus vaivenes anímicos y alimenticios se llevan buena parte del film. 

Otra, en tono de comedia dramática, es Captain Fantastic, con nuestro Viggo Mortensen, en la que interpreta al padre activista de una familia con seis hijos a los que deciden criar sin contacto con el capitalismo, como si eso fuera posible. La película tiene buenos momentos que exponen cómo sería vivir siendo educados por nuestros padres y madres en la naturaleza, desarrollando autonomía y pensamiento crítico por fuera de las instituciones tradicionales. Mi momento favorito es cuando festejan el cumpleaños de Noam Chomsky –en ausencia de Chomsky, claro–, y cuando Viggo en una escena toma mate con total naturalidad. Más allá de los chistes, la película es agradable y amorosa, y a la vez deja encendida esa pregunta de qué habría pasado si nos hubieran criado de otras maneras.

En estado salvaje

Lo contrario a la contemplación etérea de la naturaleza de la perspectiva oriental o de la vuelta a la naturaleza como condición de posibilidad de las sociedades que la dejaron de lado, ¿cuál sería? Experimentarla en todo su salvajismo. Y ahí el paisaje abigarrado y colorido de la selva se vuelve protagonista. Al respecto hay una novela muy impactante del escritor español Andrés Barba que ganó el premio Anagrama en 2017: República luminosa. El libro transcurre en San Cristóbal, una población tropical de algún lugar de Latinoamérica, entre la selva y el río, en la que los niños misteriosamente se volvieron violentos e incontrolables. La historia está narrada por un hombre que tuvo como misión desactivar el salvajismo de esos infantes que aterraron a los pobladores y establecieron extrañas y mágicas conexiones con otros niños todavía no cooptados por la selva. Está muy bien escrita: Barba es un autor con un mundo propio, con una literatura con mucho pensamiento atrás que consigue atrapar sin intelectualizar de más. Comparada, por su oscuridad y opresión, con El corazón de las tinieblas de Conrad, República luminosa nos habla de un estado de situación preocupante y asilvestrado. Si quieren saber más del libro –que tiene escenas brillantes de las que prefiero no adelantar nada– pueden leer esta entrevista que le hice a su autor en una revista que ya no existe. 

Y si Barba se ocupa de los niños y de la infancia pervertida por la maldad, Alejandro Fadel, cineasta mendocino, se encarga en su ópera prima de 2012 de los adolescentes. Los salvajes es una película de fuga en la que un grupo de menores se escapa de un “reformatorio” y se interna a pie en una zona cerrada del monte de Córdoba. Son violentos, marginales, y da la impresión de que no tienen nada que perder, por lo que toman decisiones erráticas y establecen lazos inesperados con la naturaleza que los esconde. Con una gran apuesta por la narrativa visual y con una épica oscura, Fadel mantiene el suspenso al tiempo que va desenvolviendo la intimidad de estos jóvenes. (Si no vieron Muere, monstruo, muere, la segunda película suya, también se las recomiendo). 

Y hablando de derivas de la naturaleza, me topé con un hallazgo beatle escuchando lados B del Álbum blanco. ¿Les suena esta canción si leen solamente la letra?

On the road to Rishikesh
I was dreaming more or less
And the dream I had is true
And the dream I had is true
I’m just a child of nature 
I don’t need much to set me free 
i’m just a child of nature
I’m one of nature’s children.

Parece que antes de su famosísima “Jealous Guy”, Lennon había compuesto esta letra para la misma música. Cómo pasó de ser un hijo de la naturaleza en Rishikesh, India, a ser un chico celoso que empieza a perder el control es algo que cada une tendrá que responderse por su cuenta. Acá está “Child of Nature” acústica para que disfruten. Es hermosa. 

Bonus track

Antes de despedirme, como el tema de la naturaleza es completamente inagotable y la primavera me pisa los talones, les dejo estas recomendaciones arbitrarias para que sigan profundizando:

  • Tres poemas del gran Juan L. Ortiz, el escritor entrerriano que tanto ponderó a la naturaleza en sus versos, extraídos de la nueva edición reunida de su obra. 
  • Una galería de obras de Christo, el artista búlgaro que murió este año, pionero del land art, dedicado a hacer obras de gran escala con la naturaleza como protagonista, interviniéndola de alguna forma. Creo que mis preferidas son las de los árboles envueltos, tan bellos y espectrales. 

Ahora sí, me despido deseándote una excelente primavera, lo más viva y florida posible.

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Gracias por leer.

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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