Populistas somos todos

La política sigue a pesar de la crisis

Algunos pensamientos sobre la política argentina con un principio orientador simple: en este país funciona mejor de lo que parece.

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Soy politóloga, es decir, estudio las maneras en que los seres humanos intentan resolver sus conflictos sin utilizar la violencia. Soy docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro, una universidad pública y joven que cubre un territorio grande como un país. Me doctoré hace diez años en gobierno en la Universidad de Georgetown con una tesis sobre populismo, un tema que mi tutor me aconsejó no elegir porque era marginal para la ciencia política mainstream. Diez años después publiqué un libro titulado “¿Por qué funciona el populismo?”, porque soy terca. 

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Este newsletter, que se llama “Populistas somos todos”, incluirá algunos pensamientos sobre la política argentina con un principio orientador simple: la política en este país funciona mejor de lo que parece. 

La política

¿Qué puede decirse de política argentina que tenga sentido en tiempos de la peor epidemia en varias generaciones? En un contexto en el cual la única promesa de seguridad aparecería como no salir de la casa hasta que aparezca la vacuna (imposible) o arriesgarnos a una calle en donde cada persona que nos cruzan representa una especie de amenaza? ¿Vale la pena interrumpir la rutina de la cuarentena con algunos pensamientos deshilvanados?

En definitiva, no es tanto que valga la pena o no, sino que es casi lo único que podemos y sabemos hacer. A falta de saberes más útiles para la sociedad en este momento (como mi hermana médica, por ejemplo), queda la voluntad de registrar y analizar algunas cosas que van pasando. En estos días, me vienen rondando algunos pensamientos recurrentes, que voy a listar a continuación. 

Primero. La situación es mala (malísima inclusive), pero hay un gobierno. Esto puede parecer una perogrullada o una pavada, pero no es obvio. Sobre todo si pensamos que este gobierno asumió hace poco mas de tres meses. Alberto Fernández y su gabinete tuvieron que ponerse al timón del manejo de la peor epidemia en al menos sesenta años en el tiempo que a un nuevo gobierno le lleva imprimir las tarjetas y aprender cómo pedir que les lleven café. Y el gobierno puede estar actuando mejor o peor, según quien lo analice, pero al menos está tomando decisiones. Esto parece poco, pero si lo comparamos con el desconcierto, la abulia o directamente el “jaja, qué se yo, estoy re loco” de otros gobiernos de Sudamérica, no es poco.

Segundo. La Argentina no es un país de mierda en general, y no lo es su sistema político en particular. Las escenas de consenso y colaboración entre el gobierno nacional, los y las gobernadores, los bloques parlamentarios, y sobre todo los gobiernos de CABA y la provincia de Buenos Aires, hablan de un grado alto de conciencia sobre el tsunami de devastación que puede caer sobre nuestro país, y que probablemente caiga. 

Ninguna persona con responsabilidades de gestión, es decir, ningún gobernador/a, ningún intendente, ningún senador o diputado/a quiere en Argentina ser el que diga “acá no pasa nada”, “esto es sólo una gripe” o “el argentino no se contagia, bucea en una cloaca y no le pasa nada” (como dijo el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, sobre el brasileño). Horacio Rodríguez Larreta, el opositor con el cargo de mayor jerarquía del país, está trabajando coordinadamente no sólo con Alberto Fernández sino con Axel Kicillof, estandarte del kirchnerismo núcleo y mesa chica. 

Otra vez: esto nos puede parecer “natural”, pero no lo es. Sólo hay que ver lo que sucede en Brasil, donde varios gobernadores salieron a refutar a Bolsonaro y a pedir por favor a China que los asista, o en Estados Unidos, donde cada gobernador decide si en su estado hay orden de aislamiento (New York) o si las playas siguen abiertas (Florida hasta hace pocos días).

Tercero. Como siempre en una emergencia en la Argentina, la verdadera frontera entre nosotros/ellos no se traza entre gobierno y políticos opositores, sino entre gobierno y actores sociales con poder. La oposición “realmente existente” en este momento no serán ni los gobernadores ni los diputados ni los senadores. Lo serán sectores ligados a ciertas (no todas) grandes empresas, dueños de firmas de salud prepaga, dueños o figuras de medios de comunicación, grupos sociales que ven súbitamente disminuida su calidad de vida. No es casual que palabras claves como “Techint” o “Swiss Medical” tengan hoy mayor saliencia en el discurso público que “Cambiemos” o “Macri”. 

Estos actores son duros, muy duros para defender sus intereses. Si algo caracteriza la dinámica política argentina desde antes de 1983 es que estos actores no necesitan de un partido ni para plantarse ni para negociar con el gobierno central: levantan el teléfono directamente (o amenazan con echar 1500 personas). Tampoco, hay que decirlo, parece importarles demasiado la imagen que proyectan hacia una sociedad súbitamente atemorizada o empobrecida: no vimos aquí anuncios de grandes donaciones, o fabricación masiva de implementos médicos, o de respiradores o alcohol en gel, por parte de las grandes empresas (con algunas excepciones: vienen a la mente Toyota y la fábrica de electrodomésticos Liliana, que están fabricando insumos médicos). ¿Dónde quedó la mentada responsabilidad social empresaria?

Cuarto. La oposición política existe. Existe y tiene poder de generar agenda e impacto. Esto era esperable: el 40% que obtuvo el macrismo tiene, para utilizar una metáfora que escapará a los más jóvenes, la solidez del quebracho y el algarrobo. Hay una fracción de la sociedad (que probablemente hoy sea menor a ese 40, pero aún importante) que detesta a este gobierno y lo detestará pase lo que pase. Las razones fluctúan: ayer era porque había impuesto la cuarentena demasiado rápido, y hoy es porque no cerró las fronteras en enero. No casualmente, a este sector busca organizar la fracción de Cambiemos (aunque en realidada habría que decir tal vez directamente “del PRO”) que no tiene hoy responsabilidades de gestión. Marcos Peña, Patricia Bullrich, ¿Mauricio Macri? tienen hoy recursos, manejo de redes, llegada a periodistas, mucho tiempo libre, y no tienen una constituency a quien rendirle cuentas si la situación se desboca. Su filosofía es simple pero efectiva: la oposición se opone. Así que juegan. ¿Se divertirán?

Quinto. Da la sensación de que, paradojalmente, la crispación de las últimas semanas, con aplauzasos, cacerolazos, contraaplauzasos y demás, proviene del hecho de que no estamos tan mal. La situación no llegó (¿aún?) a las imágenes de pesadilla que todos tememos. Todos estamos dentro de casa, aburridos, estresados, leyendo Twitter sin parar, enojándonos por cuestiones menores. Tal vez en un tiempo recordemos estos días como la calma que precede a la tormenta.

Estamos en contacto,

María Esperanza

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Soy politóloga, es decir, estudio las maneras en que los seres humanos intentan resolver sus conflictos sin utilizar la violencia. Soy docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro. Publiqué un libro titulado “¿Por qué funciona el populismo?”. Vivo en Neuquén, lo mas cerca de la cordillera que puedo.
@mecasullo

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