El hilo conductor

La épica del final

Termina un año demoledor y para dejarlo ir nos preguntamos aquí sobre la idea del final y sus representaciones artísticas. Julian Barnes y Samuel Beckett se ocuparon del sentido del final en la literatura, y Charlie Kaufman hizo lo propio en el cine. ¿Qué pasa con los artistas y la posteridad? Los casos de Spinetta, Bowie y The Beatles.

Hola, ¿cómo estás? Seguramente lidiando con el cansancio de un año agotador, pisteando en estos últimos días agitados. Yo, que me caracterizo por tener siempre mucha energía, estoy quemando las últimas líneas de una batería que pide reemplazo. Necesito que 2020 termine ya mismo (con el aborto legal aprobado en el Senado). No tanto porque lo que venga vaya a ser mejor, sino para poder dejar atrás todo lo que este año nefasto hizo presente. Cuando recuerdo el 31 de diciembre de 2019, no puedo evitar pensar lo ingenuas que fuimos brindando como si nada. Toda esta pandemia y muerte nos presenta un tipo de apocalipsis posible y está en nosotros como humanidad torcer ese final. Como dice un grafiti revelador: 

Dicho esto, el Hilo de esta quincena será, entonces, nada más y nada menos que sobre los finales: sobre los corolarios, las conclusiones, los cierres. Un tema que está muy presente en una gran cantidad de obras. Pero no te asustes que no me estoy despidiendo. Si bien este es mi último correo del año, nos volveremos a encontrar en tu bandeja de entrada el domingo 24 de enero (vacaciones mediante). Y atención que, si todo sale más o menos bien, habrá novedades para anunciar. Quiero aprovechar y agradecerte por estar ahí agazapade leyéndome. Este newsletter mantuvo encendido mi entusiasmo durante meses muy duros de mi vida. Gracias entonces a ustedes, lectores y lectoras, y gracias también al equipo de Cenital por tremenda oportunidad. 

El sentido de un final

“Lo que más me cuesta es el final. Un final es decisivo en un cuento, porque puede llegar a levantarlo y elevarlo o bajarlo terriblemente y dejarlo indefinido. El final es la despedida del cuento. Es el momento en que deja de pertenecerme, en el que se despega de mí para convertirse en algo más”, dijo alguna vez la gran escritora Hebe Uhart. Y tiene razón cuando afirma que el sentido de ese final define la magnitud de la obra. Algo que venía bien y se cae antes de terminar nos deja con una mala sensación. Nos arruina eso que estábamos disfrutando. Y un final inesperado, o que abre nuevas líneas o interpretaciones, puede hacer que queramos seguir ahí adentro un rato más.

El sentido de un final es el título que eligió el crítico Frank Kermode para reunir una serie de clases y artículos sobre la teoría de la ficción. Su hipótesis es que en la literatura la representación de un final es necesaria para que el mundo tenga sentido. Él parte de la idea de que el mundo es caótico y azaroso y que una suerte de “instinto narrativo primitivo” le da un sentido retrospectivo a los actos y acciones. Y entonces analiza diferentes versiones apocalípticas del devenir y describe con precisión cómo la ficción también se puede convertir en mito. 

La idea de lo retrospectivo alimenta indudablemente la ficción. Y el ejemplo más pertinente para dar es justamente la novela El sentido de un final con la que Julian Barnes viene a hacerle un guiño a Kermode a partir del relato de una amistad entre varones durante los años dorados de la adolescencia en los sesenta visto desde la perspectiva de uno de ellos, ya casi anciano. Barnes como narrador nos tiene acostumbradas a este tipo de cosas: a narrar adjudicándole distintas capas de sentido al pasado desde la perspectiva de alguien que lo evalúa ya en el futuro -en La única historia hace algo similar con una relación de pareja imposible con una mujer alcohólica-. Y acá es interesante lo que sucede con los vínculos: de acuerdo a desde dónde se los mire, o a cómo se haya procesado una situación traumática, las acciones pueden provocar o no consecuencias con el paso de los años. Él lo dice mejor: “¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero, sobre todo, a nosotros mismos”. Tal vez de lo que se trate es de evitar los autoengaños. Y de aceptar que la memoria es una construcción que va cambiando y de la que tenemos distintas versiones.

Hablando de finales, en el newsletter pasado, que pueden leer acá, nos ocupamos de un cuento de Cortázar llamado “No se culpe a nadie”. Hoy me interesa retomar otro de sus relatos incluido en el mismo volumen, que es nada menos que el que cierra y le da nombre al libro Final de juego. Es de esos cuentos en los que resumir el argumento no genera spoilers, porque lo interesante pasa por cómo está escrito y por la tensión que genera entre los personajes. Las protagonistas son tres jovencitas que comparten un particular juego a la hora de la siesta por el cual en una especie de curva pronunciada por la que pasa el tren hacen estatuas vivientes para los pasajeros. “Final de juego” está narrado por una de esas chicas de quien nunca nos enteramos el nombre, y las otras dos son Leticia y Holanda. Es un cuento que leí muchas veces -creo incluso que me lo dieron en la secundaria- y siempre me llamó la atención ese nombre extravagante, Holanda, en una jovencita -el cuento transcurre en Palermo-, y el tipo de complicidad y competencia que se da entre ellas cuando un pasajero del tren les empieza a tirar papelitos con mensajes por la ventana. Haciendo un análisis sencillo, creo que este relato trata de por lo menos dos finales: el de una amistad cuando hay interferencias que vienen de afuera y esa amistad no las resiste, y el de un juego que clausura la infancia y la inocencia para siempre. Si quieren, pueden leerlo acá.

Todo concluye al fin

Otra forma de abordar el final es pensar la existencia como un absurdo camino hacia la muerte. Y ahí Samuel Beckett es un nombre ineludible. Su obra Final de partida es la puesta en escena por excelencia de estos conflictos morales, filosóficos. Escrita después de Esperando a Godot, sus protagonistas son un amo -Hamm, que está ciego y paralítico- y su esclavo -Clov, que no puede sentarse-. Viven en una casa pequeña y dependen uno del otro permanentemente. Son ansiosos, peleadores, están hartos de ellos mismos y su forma de exteriorizarlo es con violencia y hastío. Algo muy impresionante de la obra es que aparecen también la madre y el padre de Hamm, que viven en dos tachos de basura y que no tienen piernas (!!). ¿Qué tipo de existencia plantea Beckett? ¿Por qué estos seres tan desvalidos y solitarios en vez de apostar a generar comunidad se autodestruyen y detestan? Tuve la suerte de ver la puesta en escena de esta obra en el Centro Cultural de la Cooperación con Pompeyo Audivert y Lorenzo Quinteros en los roles protagónicos y fue una experiencia impactante (hubo otra adaptación con Alfredo Alcón y Joaquín Furriel en el San Martín). Es que los textos de Beckett son tan contundentes, y se aplican tan bien a la Argentina, que parecía que la obra había sido escrita recientemente y no en 1957. 

Más acá en el tiempo, llegamos a la última película de Charlie Kaufman, el director de ¿Querés ser John Malkovich?, que se estrenó este año en Netflix y que se llama justamente Pienso en el final (Ending things). Es bastante inquietante, por momentos abrumadora, por momentos narcótica, o lenta, o confusa, o exagerada: todo eso junto. Sin adelantar mucho, se trata de una pareja de jovencitos que viajan en auto en medio de una tormenta de nieve a la casa de los padres de él. Ella va a conocerlos por primera vez. Lo que sucede en esa casa es el centro del conflicto. Es que allí los padres de él aparecen alternativamente jóvenes, viejos, decrépitos, muertos, como si todos los tiempos narrativos coincidieran en un mismo escenario para que desconfiemos junto con la protagonista sobre la verosimilitud de lo que nos están poniendo ante los ojos. No se entiende si es una película de terror, de suspenso psicológico o una comedia dramática. Hay interpretaciones varias para hacer si es que están con ganas de enroscarse -esta reseña de Diego Lerer arroja diversas pistas-, pero me quedo con la idea de que es una película que pone en crisis la idea de tiempo lineal, y con ella la idea de identidad -algo parecido a lo que pasaba en la novela de Barnes-.

Una miniserie desconcertante sobre vidas y muertes es The Jinx, de 2015. Se consigue por ahí en la web (es de HBO), y tiene solo seis capítulos. Pero debo hacer esta aclaración: es importante que no leas nada sobre este true crime antes de darle play. En serio. O solo esto que te cuento acá: que trata sobre la desaparición repentina de una jovencita de 29 años la noche del 31 de enero de 1982 y de las pistas, los testimonios, las evidencias policiales y los archivos del caso seguidos de cerca por su pareja de entonces, el millonario Robert Durst. Si la serie Carmel te dejó con ganas de más, podés seguir por acá que no te va a defraudar. Y cuando la veas, hablamos del temita del final.

El problema de la posteridad

La lista de artistas increíbles que murieron este año me desespera. Tiro algunos nombres, nomás: Jonas Mekas, Genesis P. Orridge, Little Richard, Rosario Bléfari, Gabo Ferro, Luis Eduardo Aute, Marcos Mundstock, Kim Ki-duk, Pino Solanas, Diego Maradona... Seguimos llorando estas muertes, entre otras cosas, porque por la pandemia no pudimos ritualizarlas como hubiéramos querido. Y algo que siempre me inquieta es pensar en la posteridad de las obras. Me imagino que es algo que les debe preocupar a aquellas personas que marcaron a fuego a varias generaciones: cómo ser recordado, o de qué forma darle un cierre a su trayectoria -y no solo a una vida-. 

Dos artistas que clausuraron conscientemente su obra con gestos hermosos con su público fueron Luis Alberto Spinetta y David Bowie. Spinetta con la organización de ese inolvidable Concierto de las Bandas Eternas, en el que repasó todas sus formaciones históricas y sus canciones más emblemáticas ante 40 mil personas en Vélez el 4 de diciembre de 2009. Él ya estaba enfermo, pero el público no tenía por qué saberlo. No importaba. Y volver a tocar sus hits con sus amigos músicos y con miles de almas coreando fue el gran corolario, a la altura del artista. 

El caso de Bowie es muy conceptual, como toda la carrera del Duque Blanco. No solo mantuvo en estricto hermetismo su enfermedad terminal, sino también todo lo relativo al lanzamiento de su último disco de estudio, Blackstar, que se editó el 8 de enero de 2016, el mismo de su último cumpleaños, y dos días antes de su mismísima muerte. O sea que el anuncio de su fallecimiento venía con un disco bajo el brazo para llorar escuchándolo, y con esa estrella negra ya brillando en el cielo. Como si fuera poco, había dejado grabado el video de “Lazarus”, en el que se lo ve en una especie de lecho de muerte, con los ojos vendados, cantándole al final. La coda perfecta de una carrera demasiado estelar.

Y reflexionando sobre posteridades, necesito que hablemos de The Beatles, porque hay muchos aspectos de su carrera que tienen que ver con las ideas sobre el final. Lo primero: ¿Cómo puede ser que una banda que se separó en 1970 (¡hace 50 años!) siga presentándonos hallazgos? En este sentido son como Maradona: eternos e inagotables. No sé a ustedes, pero a mí el adelanto de la película Get Back que presentó Peter Jackson me alegró la semana. Y ahora necesito ver las 54 horas de grabaciones encontradas enteras, en continuado.   

El arco narrativo de los Beatles es complejo y excede en mucho las aspiraciones de este humilde Hilo Conductor. Pero no puedo dejar de mencionar ciertas pistas que fueron soltando aquí y allá; mensajes que como fans interpretamos como mejor podemos, tratando de acercar las intenciones de nuestros admirados músicos a nuestra vida y nuestra comprensión, mucho más terrenales. ¿Habían reparado alguna vez en que el último tema que los Beatles grabaron juntos en un estudio se llama nada menos que “The End”? Esto me parte la cabeza. Es un tema en el que los cuatro tienen un solo, incluso Ringo. Y que además termina con esta frase tan zarpada y rotunda, que puede aplicarse a todo el resto de su carrera, vista en retrospectiva: “And in the end/ the love you take/ is equal to the love/ you make” (“Y al final, el amor que te llevas es equivalente al amor que das”).

Lo otro que me llama mucho la atención es que la última canción que tocaron los cuatro juntos en vivo se llame “Get Back”. Entre el cierre de “The End” y la promesa de regreso de “Get Back”, arrojada al cielo desde un concierto inesperado en una terraza de Londres, se cifra la educación sentimental de millones de personas de todas partes del mundo que seguimos pensando que son interminables.

Y ahora sí, queridas y queridos, llegamos al final de este newsletter y de este 2020. 

¡Les agradezco de nuevo por leer! Y por estar ahí, comentando, opinando, haciendo clic en estas recomendaciones o mencionándome otras. 

Les dejo como despedida esta versión de “The End” de The Doors hecha por The Raveonettes, en la que se ve la playa y el mar. 

Ojalá tengamos un mejor año por delante, lleno de vacunas y nuevos derechos adquiridos como el aborto legal, seguro y gratuito.

Por favor cuídense mucho y cuiden a las personas que tienen cerca. 

Un abrazo y gracias,

Malena

Este es el newsletter El hilo conductor de Cenital.
Podés suscribirte para recibirlo completo en tu correo. Es gratis.
Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

Apoya nuestro periodismo

Si te gusta lo que hacemos, ayudanos a seguir haciéndolo.