El hilo conductor

Intercambiemos cartas

Al abandonar la costumbre de escribir cartas, tal vez perdimos también parte de nuestra capacidad narrativa. Este newsletter busca recuperarla y además derivar por epístolas y misivas de otros tiempos que siguen diciendo cosas.

Hola, ¿qué tal? Espero que lo mejor posible. Yo más o menos bien en este agosto, mes al que siempre le tengo mucho respeto porque es bravo. 

Esta semana me ocuparé de un tema al que llegué justamente por la escritura del newsletter. Vamos a hablar de las cartas, de los epistolarios, de la correspondencia. Es que en cierta medida este texto que les llega escrito por mí es una carta. Lo que tiene de extraño es que no conozco de manera precisa a sus destinatarios y destinatarias. Me gusta pensar El Hilo Conductor como una carta dedicada, portadora de datos o de pensamientos que yo les escribo en mi casa durante algunas horas y que ustedes leen en algún momento de su semana. No hay forma de medir el alcance o el efecto, así que este es el viaje de mis palabras hasta ustedes. Una forma de tener confianza o cercanía. 

Fuimos perdiendo la costumbre tan bella de recibir cartas. También perdimos el hábito de sentarnos largamente a escribirlas, pasando nuestras palabras a una hoja y después metiéndolas en un sobre para que atraviesen el tiempo y el espacio hasta las manos de otra persona. Abandonamos la materialidad de ese papel compartido. Las nuevas generaciones ya no conocen lo que se siente al abrir un sobre. A riesgo de pecar de nostálgica, hoy derivaremos por intercambios de distinta índole. Porque las cartas todavía dicen cosas aunque ya nadie se tome el trabajo de seguir escribiéndolas.

Narrar, no transmitir

La escritora neoyorquina Vivian Gornick, con la aguda inteligencia que la caracteriza al examinar sus propios sentimientos, escribió un breve ensayo autobiográfico llamado “Escribir cartas” en su libro Mirarse de frente que es sencillamente perfecto. Ahí trata de explicar por qué ahora escribir cartas es una decisión, mientras que antes era una forma de vida. Todo el mundo mantenía una profusa correspondencia sin importar su clase social, oficio o profesión. Era la manera que la gente encontraba de ocupar el mundo más allá de su propia vida pequeña e inmediata.

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Gornick se da cuenta de que no podemos echarle la culpa a la tecnología por haber dejado de escribir cartas: “La pregunta que hay que hacerse es por qué la correspondencia escrita no plantó más batalla. ¿Qué hay en nuestra naturaleza que le haya permitido al teléfono una conquista tan fácil? (...) ¿por qué pienso en escribir cartas como algo que me chupa la energía y me tritura el cerebro cuando en realidad, las veces que me obligo a sentarme a escribir una carta, caigo en un trance de placer que tiene una capacidad restaurativa innegable?”. Y efectivamente, ella descubre que ese placer viene de un modo de comunicar propio de la narración, con más tiempo y dedicación para ocuparse de lo que queremos transmitir, a diferencia de la inmediatez de una llamada telefónica, por ejemplo, en la que ese trabajo lo hace la voz (y eso que no habla del chat ni de los audios de Whatsapp). 

La conversación telefónica es, por su propia naturaleza, reactiva, no reflexiva. La inmediatez es su virtud primordial. La inmediatez suscita compañía rápida, estimulación instantánea; la estimulación es catártica; la catarsis hace que la angustia remita. La carta, escrita en una soledad ensimismada, es un acto de fe; asume la presencia de otro ser humano; el mundo y el ser se generan desde dentro; la soledad se busca, no se teme. Escribir una carta es estar a solas con mis pensamientos ante la presencia evocada de otra persona. Me hago compañía imaginaria a mí misma. Ocupo la habitación vacía. Conjuro yo sola el silencio.”

Tal vez Gornick tenga razón y con la pérdida de la costumbre de escribir cartas estemos perdiendo también la fluidez narrativa de nuestras palabras y una porción importante de soledad imaginativa. Los sentimientos ahora parecen traducirse exactamente en ese sticker de Whatsapp; nuestro estado de ánimo se reduce a un gif gracioso. Las redes sociales miden caracteres y con eso vamos acotando nuestras expresiones. No creo que haya que echarle la culpa a nadie de estos cambios –de hecho la tecnología tiene méritos zarpados–, pero sí me parece que hay que reparar conscientemente en ellos.

Leer la intimidad ajena

La pregunta ética sobrevuela siempre cualquier lectura de epistolarios. ¿Hacemos bien en inmiscuirnos como voyeurs en la intimidad de otres? Si las cartas fueron escritas para un destinatario o destinataria específica, ¿por qué se publicaron y pusieron al alcance de todes? Estas dudas atacan ante las Cartas a Felice o las Cartas a Milena de Kafka (sabiendo además que Kafka le pidió a Max Brod que todos sus escritos fueran quemados y no le hicieron caso). Pero también aparecen cuando leemos las Cartas de amor a Nora Barnacle de James Joyce, datadas entre 1904 y 1920, antes de la aparición del Ulises. Son marcadamente eróticas, bastante románticas y extasiadas, y claramente no querían ser un testimonio literario de su autor sino un arma de conquista. Joyce expone sus inseguridades (“Nora, tenía miedo de que te pusieras tan caliente que pudieras entregarte a cualquiera”) y en vez de fórmulas de cortesía, le manda como saludo “un beso de veinticinco minutos en tu cuello”. 

Metemos nuestras narices en los amores ajenos. Pero algo se nos escapa de las manos. Es que los epistolarios suelen incluir solo a uno de los dos destinatarios y así nos perdemos para siempre en el misterio de las respuestas. ¿Qué le contestó Nora a Joyce? Solo intuimos cosas que se retoman en las cartas, pero no podemos reponer su voz ni expresividad para llegar a la experiencia completa. 

Hay algunas excepciones. La primera es el intercambio tripartito entre la escritora rusa Marina Tsvietáieva, el también ruso Borís Pasternak –autor de Doctor Zhivago, y el austríaco Rainer María Rilke: las Cartas del verano de 1926. Hay una gran sintonía entre estos tres grandes poetas porque cada uno ve en el otro a alguien muy próximo en espíritu, y entre las idas y vueltas se rastrea bien qué se fueron diciendo y contestando. Y ya que hablamos de Rilke, suyas también son las famosas Cartas a un joven poeta de 1929, que se convirtieron en una lectura de referencia para reflexionar sobre la creación literaria. 

Carta de Clyde Barrow a Bonnie Parker

Otra excepción donde leemos los mensajes de ida y vuelta es en Wanted Lovers. Las cartas de amor de Bonnie & Clyde. La pareja de criminales más románticos y célebres de la historia se mandaba, obviamente, cartas de amor. Se conocieron, quedaron flechados, y al mes Clyde ya estaba tras las rejas por primera vez. Bonnie le escribía cartas tiernas (“Cielo, no tengo ninguna novedad que contarte. Cómo me gustaría que estuvieras acá para decirme qué debo hacer. Cuando estés limpio y no tengas que seguir huyendo, podremos salir a divertirnos un rato”). Las respuestas de Clyde son elocuentes: le escribe como si estuvieran casados llamándola “Mi dulce esposa” para asegurarse de que las cartas no fueran interceptadas en la prisión de Eastham: “Cariño, te quiero más que a mí mismo; que me hayan caído catorce años no significa que vaya a quedarme aquí para siempre”, le llega a decir. No hace falta que les cuente el final de esta tórrida historia, pero les puedo dejar la canción de Serge Gainsbourg y Brigitte Bardot sobre ellos.

Inventar cartas 

Hay muchos ejemplos de novelas escritas emulando un intercambio epistolar. Es que las cartas tienen mucha potencia literaria para desplegar mundos y era también un recurso narrativo muy útil para usar la primera persona cuanto no eran tan corrientes las escrituras del yo. La más famosa de las novelas epistolares seguramente sea Drácula, de 1897, estructurada a través de las cartas que Jonathan Harker le manda a su amada Mina mientras está en el castillo perdido en medio de la nada de ese conde sospechoso. 

Un poco más acá en el tiempo otro ruso, Victor Shklovski, escribió también una novela epistolar en 1923 con una premisa concreta: exiliado en Alemania, se enamoró de Elsa Triolet y ella le permitió que le escribiera cartas con la única condición de que no fueran de amor. Con esa restricción nació Zoo o Cartas de no amor, un libro muy original lleno de observaciones sobre la vida de entreguerras que algunos intelectuales llevaban en Rusia y Alemania. 

Un poco más acá todavía en el tiempo, la brillante escritora italiana Natalia Ginzburg se valió de ese recurso en Querido Miguel, una novela que alterna el relato con una serie de misivas entre el Miguel del título, su madre, y otros personajes de esta familia romana durante la década del 70. Ginzburg es una gran maestra a la hora de acercarse sutilmente a sus personajes hasta que nos encariñamos con ellos. Los construye con paciencia, a través de flexiones de sus voces o detalles mínimos, y de a poco nos permite acceder a la profundidad de sus sentimientos. (Si no la leyeron, les recomiendo conseguir cualquier libro de ella).

Y muchísimo más acá, en el estricto presente, el escritor argentino Pablo Katchadjian acaba de publicar Amado señor, un libro de cartas divertido, interesante y paradójico. Porque ese “amado señor” es Dios, claro, pero un dios mutante que sirve para que un hombre se dirija a él y le vaya haciendo preguntas incontestables o contándole historias de su vida. A veces se dirige a él como “señor”, pero a medida que avanzan las epístolas ese destinatario se transforma en “Amada Mata de Cactus”, “Amado Brillo Invisible”, “Amado Punto”, “Amado Beso”, “Amado Sueño Olvidado”.  

Filmar un mensaje escrito

La lista de películas basadas en cartas es por suerte muy extensa y hay filmografía para todos los gustos. En este “archivo digital y colaborativo de la memoria epistolar”, que me topé mientras preparaba este newsletter, hay un listado pormenorizado con reseñas. Muchas están en las plataformas de streaming habituales. Mi aporte pasará entonces por este breve punteo:

  • Carta a un padre, de Edgardo Cozarinsky: con el eco de la famosísima “Carta al padre” de Kafka, el escritor y cineasta busca rastros de la memoria de su progenitor, un marino judío nacido en Villa Clara, Entre Ríos, que murió cuando él tenía 20 años y al que le hubiera gustado hacerle más preguntas. Con documentos, fotos de la época y testimonios varios del lugar y las personas, esta película de 2013 es sutilmente amorosa y nostálgica. Dura una hora y se puede ver completa en este link de YouTube.
  • Ficción privada: Andrés Di Tella continúa en este documental desandando la memoria de sus padres, la pareja formada por el célebre Torcuato Di Tella, un sudamericano blanco, y Kamala, una mujer hindú de piel negra. Acá de lo que se trata es de recuperar la correspondencia entre ellos, para lo cual el director convoca a una pareja de actores para que le ponga voz a los intercambios. “Las cartas son pedacitos, como esquirlas que quedaron en el campo de batalla de lo que fueron esas vidas. En el fondo, las cartas son como un vehículo para un viaje emocional que haga reflexionar al espectador”, dijo en una entrevista. Está para ver en Cine.ar
  • I love Dick: esta miniserie de humor, sexo y patetismo está basada en el libro homónimo de Chris Kraus. Con capítulos de media hora y dirección de Jill Solloway (la misma de Transparent y guionista de Six Feet Under), cuenta la historia de una mujer un poco perdida que acompaña a su marido académico a un pueblo de Texas donde tiene que trabajar. Ahí conoce a Dick, un Kevin Bacon sexy, malhumorado y misterioso, y se vuelve completamente loca por él al extremo de escribirle cartas osadas y tener fantasías desenfrenadas. ¿Hasta dónde puede llegar una obsesión? No les cuento más para que vayan a verla (está en Amazon Prime).

Husmear en la Historia

Husmear las correspondencias ajenas es también acceder a facetas poco conocidas de personas que luego se volvieron mundialmente famosas. A veces en esas cartas buscamos confirmar algo que intuíamos sobre su carácter, o directamente saber más de su intimidad –sobre todo cuando esas cartas no pertenecen a escritores de oficio–. Las célebres Cartas a Théo, escritas por Vang Gogh, exhiben por ejemplo la tremenda dependencia de Vincent hacia su hermano. Por momentos se hablan con sincera brutalidad, por momentos las líneas se llenan de descripciones de ambiente y colores o de reflexiones sobre el arte. Pero lo que sobresale es ese vínculo. 

Las cartas del yagé (también llamadas Carta de la ayahuasca) que se enviaron William S. Burroughs y Allen Ginsberg durante la década del 50 son bastante alucinadas. En ellas, Burroughs le cuenta sus peripecias por la selva amazónica tratando de encontrar la droga que le permitiría agudizar la imaginación y la telepatía. Noches en Bogotá, en Panamá, en Lima, aventuras con distinto tipo de peligrosidad tóxica, encuentros con policías, borrachos, brujos y hasta “bares equívocos” pueblan estas cartas que pueden leerse como un registro de viaje pero también como rito de búsqueda de nuevos estímulos y imágenes. Se puede leer el libro que las recopila acá.

No hay que perder de vista que las cartas también exhiben los códigos morales, éticos y sociales de otras épocas. Así que no habría que horrorizarse al leer las ingeniosas esquelas que Charles L. Dodgson (mucho más conocido como Lewis Carroll) le enviaba a ingenuas niñitas con las que trababa amistad en el siglo XIX. Su primera “amiga-niña” fue Alicia Liddell. Pero hubo muchas otras chicas con las que intercambiaba mensajes, cuentos y fotografías. En este blog, por ejemplo, se puede leer la carta que le mandó a Gertrude Chataway explicándole por qué ya no se podían enviar besos por correo. 

Y hablando de juicios y códigos, pasemos a dos pesos pesados. Resulta que el 30 de julio de 1932 Albert Einstein le escribió una larga carta a Sigmund Freud preocupado por la amenaza de la guerra. Einstein le hacía a Freud una pregunta sincera, contundente, de un científico (dedicado a la física) a otro (dedicado a examinar las conductas humanas): “¿Existe la posibilidad de dirigir el desarrollo psíquico del hombre de manera que pueda estar mejor armado contra las psicosis de odio y de destrucción?”. Buena pregunta, Albert. Freud le contesta largamente y este ida y vuelta terminó siendo muy famoso. Si les da curiosidad, acá está la carta de ida de Einstein, y acá la vuelta de Freud.

Para terminar con romanticismo esta entrega del Hilo, les dejo la carta que la actriz Ingrid Bergman le envió al cineasta italiano Roberto Rossellini. 

Querido señor Rossellini: He visto sus dos filmes, Roma, ciudad abierta y Paisà, que me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca, que habla el inglés perfectamente, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que del italiano solo sabe decir ‘Ti amo’, estoy dispuesta a acudir para hacer una película con usted.

Parece ingenua y sinceramente admirada, Ingrid. Pero esta misiva causó revuelo porque gracias a ella se conocieron y enamoraron, y abandonaron a sus matrimonios y familias para estar juntos hasta el fin de sus días. Parece que la relación en su momento suscitó un escándalo mayúsculo del que opinaron hasta en el Vaticano. El interés público de este tipo de romances funciona como un volcán en erupción. Si quieren saber más de esta relación y sus cartas, pueden seguir por acá.

Me despido con esta cita de Vivian Gornick –“La aspiración noble no está en escribir cartas. Está en no perder la expresividad en toda su extensión”– y con esta bella canción de The Cure, “A letter to Elise”.

Hasta la próxima. 

Cuídense mucho. Gracias por leer.

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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