Opinión

¿Hacia una segunda oleada progresista?

Bolivia y Chile dejan una enseñanza: las resistencias más significativas son aquellas que, desde las calles, plantean horizontes electorales plausibles. Ambas victorias pueden reimpulsar el espacio de centroizquierda a nivel regional.

Los triunfos del Movimiento al Socialismo en Bolivia y del Apruebo y la Convención Constituyente en Chile pueden ser leídos como la expresión de un movimiento impugnatorio a dos gobiernos conservadores, uno de facto y otro electo en las urnas. Este punto de partida es importante: las grandes movilizaciones que rechazaron a Jeanine Añez, incluso con dos masacres en los hombros de la presidenta autoproclamada (Sacaba y Senkata), y a Sebastián Piñera, con una represión que cegó -literalmente- a cientos de jóvenes, se transformaron en opciones electorales con potencia constructora. 

Es decir: proyectaron una canalización institucional, que se había logrado previamente en la Argentina de 2019, mediante la constitución del Frente de Todos. De las calles a las urnas. Un movimiento donde la resistencia se traduce en un aluvión de votos. Sin embargo, en ambos casos, hay desafíos latentes, a mediano y largo plazo. 

El regreso

En Bolivia fue clave una determinación del ex vicepresidente Álvaro García Linera: salvar la vida del fundador del proceso de cambio. Fue Linera quien aconsejó a Morales la retirada de la Casa Grande del Pueblo cuando cuando el motín policial que derivó en el golpe liberó la Plaza Murillo. Luego llamó al comandante Terceros, quien impedía la salida del avión de la Fuerza Aérea Mexicana del Aeropuerto de Chimoré, en el Trópico de Cochabamba. "Aquí, general, bajo su responsabilidad, aquí hay más de 10 mil compañeros concentrados, aquí va a arder el avión, va a arder la pista, sus soldados van a arder, todos vamos a arder aquí" dijo el intelectual orgánico, que cuando tiene que jugar fuerte, juega fuerte. Lo que sigue es historia: Terceros pidió hablar con los pilotos y autorizó el despegue. Todo esto es detallado por Morales en su libro “Volveremos y seremos millones” (Ariel, 2020).

Tras la asunción de Alberto Fernández, ambos dirigentes se radicaron en la Argentina, una decisión fundamental para construir la victoria. Morales mantuvo en su bunker porteño reuniones con todos los sectores del Movimiento al Socialismo, que viajaron a la breve Guardia de Hierro porteña. El ex presidente incluso cedió en la conformación de la fórmula: tenía a mano nombres propios más cercanos que Luis Arce, como por ejemplo  el ex canciller Diego Pary o el joven dirigente campesino Andrónico Rodríguez, hoy senador electo. Morales, como quien hila con templanza, escuchó a todos y cada uno; deliberó: le puso largo kilometraje a las reuniones y optó por la unidad, pese a los señalamientos que pronosticaban lo contrario. 

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Y se eligió un binomio con potencia: el ministro de Economía más exitoso de la historia del país, con capacidad de recapturar el voto en sectores medios urbanos, junto a un líder campesino-indigena, David Choquehuanca, que ensanchó la base electoral en el interior rural, el histórico bastión. García Linera participó de las deliberaciones buscando un perfil más bajo, que no interfiera en el debate público que estaba teniendo lugar en Bolivia. Pero coordinó con Morales, quien ofició de Jefe de Campaña. Ambos administraron sus apariciones, no dando lugar al clásico ángulo de tiro que ensayó Mesa: “Arce es Morales”. Arce fue Arce durante la campaña y lo será durante el gobierno. 

El mal manejo de la pandemia por parte de Añez hizo el resto: al colapso sanitario y económico se sumaron denuncias por corrupción en la compra de respiradores artificiales y un gabinete en retirada a partir del anuncio de la presidenta de facto de salir del escenario electoral. Carlos Mesa no supo canalizar un voto anti masista que igualmente se dividió: Luis Fernando Camacho, quien sacó 14% y se hizo fuerte en Santa Cruz, difícilmente podría ser señalado como el culpable de este desenlace en el plano electoral, ya que Arce ganó por 26% de diferencia. 

El camino de retorno a la democracia en Bolivia encuentra evidentes sobresaltos y dificultades. El más significativo a esta hora es el sensible fallecimiento de Orlando Gutiérrez, histórico líder minero de ese país y activo miembro de la Central Obrera Boliviana. Gutiérrez fue atacado por bandas irregulares tras la elección en la cual Arce resultó electo. Permaneció internado con graves heridas en su cabeza y finalmente falleció, más de una semana después. Fue asesinado.. Esto demuestra el desconocimiento de los resultados que puede hacer un sector minoritario de la sociedad, incluso ante una victoria apabullante. 

A partir de la autoproclamación de Añez, desde el Palacio Quemado surgió un discurso legitimador de la violencia como respuesta política: todo estaba permitido en tanto significara el no retorno del Movimiento al Socialismo. Ese relato, autojustificatorio respecto a los hechos vinculados al golpe, tiene hoy repercusiones incluso en la desordenada salida de Añez, Murillo y compañía. El MAS fue arrollador en las urnas y Añez lo reconoció a su pesar, pero un segmento de su base, las autodenominadas “pititas”, no. 

El propio Luis Fernando Camacho grabó un reciente video donde, entre líneas, solicita al gobierno entrante impunidad para quienes derrocaron a Evo Morales bajo un discurso revestido de “lucha democrática”. Camacho, a diferencia de Añez, al menos tendrá representación parlamentaria. Arce debe suturar heridas, pero a la vez permitir que se juzgue con amplias garantías a quienes cometieron dos masacres denunciadas por el Alto Comisionado para DDHH de la ONU y la CIDH.

El otro gran desafío tiene que ver con la economía. La primera medida del nuevo gobierno será el pago del Bono Contra el Hambre. El nombre dice mucho de la grave situación económica y social que vive hoy Bolivia. Arce, que pilotéo la tormenta de 2008 con medidas contracíclicas y un destacado manejo macroeconómico, deberá ahora gestionar una Bolivia en crisis y sin fondos. 

Nueva Constitución

Chile ensayó una compleja y sinuosa transición democrática, en la que no juzgó los crímenes de lesa humanidad. Esta es la parte que no suelen contarlos defensores acérrimos del “modelo chileno”. Pinochet fue Comandante en Jefe del Ejército hasta el 10 de marzo del 1998. Luego asumió como senador vitalicio. En ese periplo fue detenido en Londres, durante 503 días, cuando se estaba tratando una herida lumbar. Baltasar Garzón fue clave en ese desenlace: la justicia llegó más de afuera que de adentro. En 2000, tras su vuelta al país, fue desaforado y finalmente, en diciembre de 2006, falleció. Pero su Carta Magna sobrevivió hasta ahora. 

El estallido social de Chile 2019 fue precedido de tres momentos de revueltas previos: las movilizaciones estudiantiles, en 2006 y 2011, y aquellas que dieron plafón a la plataforma “No más AFP”, desde 2016. De las primeras pasaron al plano institucional diversos dirigentes: los diputados Giorgio Jackson, Camila Vallejo, Karol Cariola, Gabriel Boric y el intendente de Valparaíso, Jorge Sharp, entre otros. Las segundas cuestionaron al sistema de jubilaciones privadas, que volvió a temblar este año con el debate en torno al retiro del 10% por la pandemia, medida finalmente adoptada por el parlamento chileno.

Las movilizaciones de 2019, como sus predecesoras, también integraron a un sector de la juventud que no se había vinculado con la política previamente. En un solo año, Piñera pasó de afirmar que Chile estaba en guerra a reconocer lo pacífico de las movilizaciones, duramente reprimidas. Lavin, hombre de la derecha chilena con aspiraciones presidenciales, llegó a definirse socialdemócrata en las últimas semanas y llamó a buscar un gobierno de centro para el próximo período. En el giro discursivo y pragmático de ambos hay explicaciones sobre el cimbronazo que provocaron las calles y refrendaron las urnas. 

Pero también hay una búsqueda de moderación de parte de un sector de la izquierda: Daniel Jadue, alcalde de Recoleta y dirigente del Partido Comunista, elogia la encíclica Fratelli Tutti, del Papa Francisco, en el prime time de la televisión. Tanto Lavin como Jadue saben que tienen el núcleo duro, y se mueven en búsqueda del centro. No hay que descartar, sin embargo, la aparición de otras figuras en el menú electoral presidencial: Beatriz Sánchez, ex candidata del Frente Amplio, para poner un ejemplo, busca reaparecer en el radar. 

Entre las imágenes más emotivas de la jornada quedarán las fotografías de las amplias filas para votar en el Estadio Nacional. Aquel, que supo ser el escenario más emblemático del horror pinochetista, con 4 mil detenidos tras el golpe a Salvador Allende, fue el centro electoral más grande de Chile en la jornada histórica en la que ese país decidió dejar atrás a la Constitución de 1980. 

El desafío parece evidente: en abril se deberán elegir a los representantes que redacten la nueva Constitución, la primera paritaria a nivel mundial. Chile tendrá la posibilidad de comenzar a dejar atrás el “Estado subsidiario”, donde apenas se controla, en el mejor de los casos, las gestiones privadas en el ámbito educativo, de salud y pensiones. Pero además en 2021 Chile tendrá elecciones presidenciales. El reto de la centroizquierda e izquierda chilena es el de constituir espacios de unidad que permitan no solo edificar una nueva Carta Magna que avance en derechos sino también disputar La Moneda. 

El mapa regional

Ambas victorias pueden reimpulsar al espacio nacional-popular, progresista y de izquierda a nivel continental. Si uno hace una lectura rápida, encontrará el triunfo de AMLO en México (2018), la victoria de Alberto Fernández en Argentina (2019) y el regreso del MAS en Bolivia (2020), sumado al respaldo al Apruebo en Chile, como partes posibles de un mismo entramado. Resta ver qué suerte corre Andrés Arauz, delfín de Rafael Correa, en las elecciones presidenciales que se desarrollarán en febrero próximo en Ecuador: por ahora encabeza las encuestas frente al banquero Lasso.

Del nuevo optimismo del progresismo a nivel continental nacen las propuestas de reimpulsar Unasur y CELAC, dos instancias de integración regional que habían sido prácticamente dinamitadas por los gobiernos conservadores que campearon a lo largo y ancho del continente. La segunda tiene hoy un punto a favor: la preside México, quien no está presente en la instancia netamente sudamericana. El bloque Argentina-México se evidenció nuevamente la semana pasada en el marco de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, donde ambos países cuestionaron el accionar de Luis Almagro en la elección 2019 en Bolivia. 

Bolivia y Chile dejan una enseñanza: las resistencias más significativas son aquellas que, desde las calles, plantean horizontes electorales plausibles. Con audacia, definiendo incluso jugar sobre canchas inclinadas, como se diría en términos futbolísticos. En ambas experiencias, cuyos desafíos próximos hemos enumerado, se verifica la importancia de lograr o mantener los espacios unitarios que permitan pasar a nuevas etapas conquistas y demandas. 

“No ha caído del cielo esta primera oleada. Traemos en el cuerpo las huellas y las heridas de luchas de los años 80 y 90. Y si hoy provisionalmente, temporalmente, tenemos que volver a esas luchas de los 80, de los 90, de los 2000, bienvenido. Para eso es un revolucionario” dijo García Linera en aquella famosa conferencia en Buenos Aires en la cual habló de “luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida, ese es nuestro destino”. 

Justamente el destino, caprichoso, hizo que sea en esa misma Buenos Aires donde se haya diseñado el retorno más poderoso que América Latina haya presenciado en las últimas décadas. ¿Estaremos comenzando a transitar una segunda oleada, al decir del intelectual orgánico? Los pueblos de nuestro continente, con sus propias experiencias, dirán.

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