Habitando el frío

Empezó el invierno, y con él un tiempo de recogimiento. Este es un Hilo Conductor dedicado al frío a través de una serie de obras que lo tienen como excéntrico protagonista.

Hola, ¿qué tal? Espero que estés lo mejor posible. Yo bien, pero con fríiiiooooo. Al momento de escribir esto, en mi casa hay prendidas dos estufas a gas y así y todo tengo las manos y los pies helados. Ya sé que no debería quejarme porque cuento con el privilegio de la calefacción y una casa confortable, pero el frío me transforma por completo y distorsiona mi percepción. Siento que se instala y condiciona mi humor, mi cuerpo. Esta vez no voy a intentar ignorarlo a fuerza de polainas y pulóveres de lana: voy a mirarlo de frente. Vamos a dedicarle el Hilo al frío y su campo de maniobras. Es que el invierno acaba de empezar y con él reaparece todo un imaginario asociado a lo que provoca en la naturaleza y los animales, en los paisajes rurales y urbanos, en los sueños y en el ánimo que me interesa revisar. Recorramos entonces algunos tópicos invernales en poemas, series, cuentos y demás expresiones artísticas, si les parece.

Para ilustrarlo, encontré unas imágenes bastante impresionantes de algo que se llama snow art y que fue creado por un tal Simon Beck, un ex cartógrafo inglés fanático del esquí. Él inventó una forma de dibujar en la nieve sobre grandes superficies armando diseños en escala y luego pasándolos al hielo con sus propios pasos. O sea que dibuja con los pies (a veces ayudado por raquetas de nieve o un bastón de esquí), caminando durante horas, para armar tramas geométricas repetitivas que solo se aprecian desde lo alto. Es un tipo de arte efímero el suyo, porque cuando se derrite la nieve sus trazados obviamente desaparecen. También me impacta el hecho de que, para verse bien, los dibujos dependan de la sombra que se proyecta sobre ellos. Si miran bien la foto que sigue, ahí se lo ve a él, pequeñísimo y empeñado, en medio de una llanura blanca y prolija que se rinde ante las formas que imaginó. Si quieren saber más de su curiosa forma de trabajo a la intemperie, pueden leer esta entrevista que le hicieron para MyModernMet.

La poética del invierno

Me enteré gracias al newsletter #PrimeraMañana que el último otoño fue el quinto más frío en los últimos 62 años (vaya si se notó). Y también que se espera que este invierno las temperaturas sean inferiores a las normales, sobre todo en el noroeste y en el centro del país. Yo ya repuse mi bolsa de agua caliente que se había roto, compañera inseparable de las noches, y también estoy tratando de predisponerme mentalmente a los meses que se vienen a fuerza de leer poemas invernales. Me sirve por ejemplo concentrarme en una serie de haikus escritos hace siglos y en un hemisferio en el que el invierno coincide con el fin del año para quitarle dramatismo a mi frío burgués. ¿Cómo habrá sido invierno en Japón allá por los siglos XVII y XVIII? Salvando las distancias culturales de las traducciones, algunas imágenes capturadas en tres breves versos se parecen mucho a las que podemos percibir nosotras, solo que ahora contemplamos con mucha menos atención la naturaleza en entornos tan urbanos. Les dejo algunos haikus salteados de Bashō, Onitsura y Buson extraídos de El libro del haiku, un volumen imprescindible si gustan de ellos, con selección, traducción y estudio crítico de Alberto Silva, un argentino especialista en el tema que vivió muchos años en Japón y del que ya hemos hablado en el podcast de El Hilo Conductor dedicado a la naturaleza.

En pleno invierno

cuando cruzo la aldea

ladran los perros

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*

Frío de crispar los dedos,

de tirar la escoba

junto al pino

*

Día de invierno

hace calor al sol

(si así puede decirse)

*

La noche

de escarcha y mis huesos

sobre un futón delgado

*

Fría como nieve

la luna del invierno

sobre cabellos blancos

*

No hay cielo ni tierra

solo nieve

que cae eternamente

Me encantan los haikus, me transportan. Creo que el truco está en leer muchos seguidos durante un rato, en silencio, y releerlos una y otra vez. Sus sonidos internos, sus silencios y sus imágenes (a veces más cercanas y otras más inalcanzables) suelen estar muy logrados.

Les comparto también otras dos pequeñas piezas poéticas sobre el invierno. Esta es más bien optimista, digamos, y forma parte de las instrucciones y pequeños desafíos propuestos por Yoko Ono (en traducción de Ezequiel Zaidenwerg).

PIEZA CELESTE, VI

Invierno

Ponete a ver el sol

hasta que entre en tu cuerpo

y ahí se quede, un astro diminuto.

Te va alumbrar la cara

hasta el día más crudo del invierno.

Y este otro poema es un poco más pesimista y tiene que ver con ciertos temores que nos atacan cuando el frío y la grisura acechan. Es del libro Todos tus caballos, de Kay Ryan, también en traducción de Zaidenwerg, publicado por Zindo & Gafuri, una interesante y arriesgada editorial de poesía bilingüe. Ryan es una poeta y pedagoga estadounidense que nació en 1945 y que ganó el Pulitzer en 2011.

MIEDO INVERNAL

Será solo el invierno

o algo peor.

Será este el año

en que la humedad de afuera

tape una maldición más profunda

que la primavera no pueda arreglar,

en que los engranajes

que hacen girar la tierra

no cambien el paisaje,

en que las nubes no se corran

aunque todos los cielos

se pinten de azul.

Me llama la atención que tanto el poema de Yoko como este de Ryan hablen del cielo. Necesitamos mirar el cielo siempre, pero en invierno quizás más todavía porque ese azul nos da vida cuando casi no hay otros colores en las calles. Los verdes volverán, pero mientras tanto, cuando todo se tiñe de marrón y gris, es el cielo el que todavía nos da luz, calor y nos abre la mirada.

Winter is coming

No digo que no me guste el invierno, sino que me cuesta disfrutarlo. Me resulta incómodo a nivel vestuario, me genera contracturas. Pero también reconozco la supremacía que tiene el frío como fenómeno natural. La capacidad del invierno de producir nieve y blancura, de mandarnos a todos a guardar. Hace poco alguien me decía que prefiere el invierno porque una se puede abrigar y listo, en cambio del verano y del calor no hay escapatoria. A juzgar por los relatos que voy a compartirles a continuación, del frío también es difícil ampararse.

Empiezo por “Encender un fuego”, o “Encender una hoguera”, según la traducción, un relato de Jack London que no conocía y me voló la cabeza. Tiene una premisa muy muy simple: un día extremadamente frío y gris un hombre se sale del camino principal de Yukón y se mete por un sendero poco transitado. Tiene que caminar varias horas hasta llegar a un pueblo donde lo esperan unos jóvenes. No sabemos nada de este hombre ni de sus motivaciones y tampoco importa. Lo que sucede en el cuento está centrado en esa caminata glacial, y en la relación del hombre con una gélida naturaleza. Sí nos enteramos de que él desoyó la advertencia de un anciano que le dijo que con tan bajas temperaturas no hay que caminar sin compañía. Y la única compañía con la que este hombre cuenta es la de un perro, tan congelado como él. Este cuento es una lección de naturalismo: la cosa se va complejizando porque se cae y se moja y tiene que sacarse los guantes para hacer un fuego, pero se le congelan las manos. Hace tanto pero tanto frío que en un momento el narrador dice que el hombre escupe y que la saliva se hace hielo antes de llegar al suelo. Desesperante. A esta altura no valen los spoilers porque lo importante acá no es el final del cuento sino cómo el autor trabaja la progresión y la invasión del frío en el cuerpo de ese hombre primero valiente, después entregado. Imagínense ustedes si termina vivo o no. O mejor: lean el relato, que es inolvidable. Yo lo encontré en la antología Cuentos para lectores sombríos, compilada por Ezequiel Alemian. Pero también está online acá.

Sigamos con un pequeño gran libro: Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog (uno de los grandes artistas del siglo XX, tal vez). En él, Herzog narra a la manera de un diario la caminata que hizo entre el 23 de noviembre y el 14 de diciembre de 1974 entre Múnich y París. ¿Por qué se echó a andar y unió paso a paso estas dos ciudades? Porque creía fervientemente que si lo hacía y lo lograba, estaría ayudando a su entrañable amiga Lotte Eisner, que estaba muy enferma en ese entonces. Andar a pie tantos días puede ser arduo. Herzog, un aventurero nato, trata de cortar camino por el medio de los campos, pasa la noche en lugares precarios o improvisados, se le van llenando los pies de ampollas, y mientras tanto, baja algunos pensamientos al papel. También, claro, padece el frío. Se le interpone la nieve. Les transcribo una parte, pero les recomiendo buscar el libro entero.

Jueves 2/11

Hice noche en un granero pasando Volkestsheim, no había ninguna otra cosa a lo largo ni a lo ancho y por eso me quedé, aunque recién eran las cuatro y media. Qué noche. La tormenta rabiaba de tal modo que sacudía la barraca entera, aunque estaba firmemente construida. La lluvia y la nieve se colaban por la cumbrera del techo y yo me enterré en la paja. En un momento me desperté con un animal durmiendo sobre mis piernas. Cuando me moví, se asustó más que yo; creo que era un gato. La tormenta se hizo tan violenta que no puedo recordar haber vivido nada igual. Una mañana negra, de cielo cubierto, nublada y fría como solo puede serlo una mañana tras una gran desgracia, tras una gran epidemia sobre los campos. (…) La verdad es que jamás vi un oscurecimiento como este.

Munderkingen. Acá hay feria anual y feria ganadera, por todos lados campesinos en botas de goma, transportes de chanchos, vacas. Me compré un gorro, un pasamontañas, un poco demasiado chico y extraordinariamente horrible. Y después unos calzoncillos largos. (…)

Ahora empiezan los Alpes de Suabia, más arriba hay nieve tupida. Una campesina me habló de la tormenta de nieve y yo guardé silencio. (…) Agua de deshielo corre hacia las alcantarillas. Las piernas caminan.

Más lejos que Islandia

Podría hablar de los fríos de la estepa rusa, o de los glaciares del mundo, o de los picos nevados de la Cordillera de los Andes, pero elijo esta vez un país intrigante: Islandia. No sé si sabían, pero en Islandia, que es por supuesto una isla llena de volcanes y géiseres, en verano las temperaturas máximas rondan los 14° y es de día las 24 horas. Pero en invierno pasa todo lo contrario: es casi siempre de noche. Cada jornada tiene solo 4 o 5 horas de luz. Lo demás es frío, hielo, mar, oscuridad.

La mayor representante de Islandia ya sabemos quién es: Björk, con esa voz tan rara que parece salida de las entrañas de la tierra helada. Me encantaría preguntarle a Bjork qué tiene para decir de su relación con el frío, o cómo el frío condiciona su obra. Pero como no podré hacerlo nunca, me conformo compartiéndoles este clip animado de una canción suya llamada “Aurora” (incluida en Vespertine), en el que la nieve hace despertar a dos criaturas extrañas y bastante tiernas que se comen los copos.

Y hablando de Islandia y de Björk llegamos a la obra de su amigo y colaborador Sjón (seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurosson), un escritor y guionista nacido en Reikiavik en 1962, que escribió varias novelas como Maravillas del crepúsculo (hermoso título) y Navegantes del tiempo (publicadas por Nórdica Libros) y participó de películas como Bailarina en la oscuridad. Pude conocer en persona a Sjón cuando vino una vez al FILBA y estaba maravillado con la ciudad (en toda Islandia viven solamente 350 mil personas) y con Borges. Ahí fue que leí el que más me gusta de sus libros, El zorro ártico, una breve novela traducida a 35 lenguas que mezcla elementos de las leyendas populares islandesas para contar la historia de un hombre que quiere cazar a un zorro. La tercera protagonista es claramente la naturaleza. Con un estilo muy fluido y a la vez bastante poético, Sjón nos transporta al siglo XIX, al combate cuerpo a cuerpo con el frío y los animales. Recomiendo leerla escuchando de fondo algunos temas vaporosos de Sigur Rós, otra banda de esta tierra lejana. Y darle clic, para saber más del autor, a esta entrevista que le hizo Valeria Tentoni en el blog de Eterna Cadencia.

Pero quizás la manera más fácil de “conocer” el exótico paisaje islandés sea mirando la serie Trapped, de 2015 (disponible en Netflix como Atrapados), que tiene dos temporadas. Filmada en una pequeña localidad costera, Trapped es un thriller en el que la intriga pasa por la aparición de un cuerpo dentro de un ferry varado en el puerto cuando el pueblo queda aislado por la nieve, y los secretos que esconden algunos de los taciturnos habitantes del lugar. Pero más allá de la trama policial medio noir (el jefe de policía es el carismático actor Ólafur Darri Olafsson), me impactaron mucho los paisajes nórdicos y los abrigos de las personas (la diferencia de temperatura que debe haber entre los exteriores y los interiores de las casas familiares debe ser zarpada). Se las recomiendo si les gustan los policiales y ya se vieron todas las opciones norteamericanas o inglesas de las plataformas.

El frío es un estado en la mente

Llegamos al final de este Hilo. Se me calentaron finalmente los dedos de las manos después de teclear y teclear. Para terminar, esta vez no les voy a dejar canciones tradicionales sino una propuesta superadora, a ver si se animan. Los invito a darle play a estos Lieder de Franz Schubert, el compositor vienés del romanticismo, inspirados en los poemas de Wilhelm Müller. Se llaman justamente Winterreise (Viaje de invierno) y, si bien los poemas se basan en un amor correspondido, los lieder tratan sobre impresiones del cantante (lírico) mientras pasea durante el invierno. El frío, la oscuridad y la soledad van creciendo junto con el sentimiento.

Sugiero, entonces, que le den play a los lieder de Schubert en un reproductor de audio, mientras en otro dispositivo de video le dan play en simultáneo a este video de YouTube que sigue el trayecto de casi diez horas de un tren por el círculo polar ártico en Noruega durante el invierno. Filmado desde la locomotora, es un video maravilloso que nos lleva de paseo por paisajes que nunca vamos a ver de cerca. Cielos despampanantes, bosques nevados sin personas, pequeños pueblos donde el tren se detiene un momento antes de seguir viaje, túneles abiertos entre montañas: horas y horas de un desplazamiento apacible y un poco misterioso.

Ahora sí, me despido hasta dentro de quince días.

Espero que este Hilo te haya dado ganas de volver a ver la nieve como a mí. No la contemplo desde el 9 de julio de 2007, cuando nos sorprendieron esos copos blancos en Buenos Aires y todas salimos a la calle a verlos caer.

Gracias por leer. Y por favor cuidate mucho.

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.