El hilo conductor

El subrayado es nuestro

Leer es una de nuestras actividades favoritas. Así que este será un Hilo dedicado a los lectores y lectoras, a sus presencias y representaciones, a través de distintos proyectos que los tienen como protagonistas o personajes. Además, un breve recorrido por obras sobre librerías, espacios vivos en los que se trafican lecturas y asoman los descubrimientos.

Hola a todos y a todas, espero que hayan empezado bien el año. Acá nos encontramos en este primer Hilo de 2021. Durante estas breves vacaciones, aproveché para tomar apuntes y leer sobre distintos temas para nuestro futuro en común (?), y también empezamos a trabajar con Cenital en un nuevo formato para este newsletter. Cha chán cha chán: se viene el podcast en breve. 

Este primer recorrido quiero dedicárselo a un eje que me obsesiona hace años y que es el más obvio del mundo, tal vez. Vamos a hablar de los lectores y las lectoras. De sus presencias y representaciones. Porque si algo soy, y ustedes también mientras pasan con sus ojos por encima de estas letras que tipeo, es lectora: voraz a veces, empedernida otras, desorientada, deslumbrada, inquieta. Un mundo de sensaciones nos recorre en nuestra experiencia como lectoras de un mundo hecho de símbolos desde que empezamos a asimilar los códigos de los mensajes escritos. Ya Daniel Pennac dijo y repitió mil veces que como lectores tenemos derechos muy específicos que debemos hacer valer siempre que los necesitemos, para no dejarnos avasallar ni por la culpa de abandonar un libro, ni por la ansiedad de saltear páginas, ni sentirnos ridículas por leer en cualquier parte. En mi caso, vivo de leer, de editar, de corregir. Estudié Letras, una carrera que consiste básicamente en leer novelas, y llegué a rendir finales arrastrando una valija repleta de libros, literalmente. Estoy segura de que cualquier persona que lea tiene una historia para contar a partir de eso. 

Por si necesitara más excusas para justificar por qué vamos a hablar de los lectores y las lectoras, sumo el hecho de que estamos en verano, la estación en la que muches aprovechan para ponerse al día con lo que quedó pendiente en el año, o para sumergirse en una novela larga, o en un clásico atemporal. El tiempo pausado de las obligaciones le abre felizmente la ventana a la literatura. Nos permite disfrutarla más porque no le estamos quitando el tiempo a otra actividad. Podemos meternos en los mundos de otros, dejar nuestras marcas o subrayados sin tantas interrupciones. Así que hoy vamos a hablar de algunas obras que retratan desde distintos ángulos la experiencia lectora.

La mayor, de Juan José Saer, marcado por Martín Kohan

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Tres posibles historias de la lectura en Argentina

Hace poco presencié una escena hermosa en el auto con una amiga-niña de 6 años que miraba por la ventana e iba leyendo en voz alta los carteles de la calle por primera vez, letra por letra. Se sorprendía muchísimo de las palabras que encontraba por todos lados. Añoré un poco ese asombro ante la magia de la lectura y me impresioné también del hecho de que, aunque no queramos, estamos leyendo todo permanentemente. De esa profusión de letras y mensajes urbanos, la experiencia de lectura en solitario es justamente la que se desmarca. 

Si tuviéramos que comentar o incluso escribir nuestra historia personal de la lectura, ¿cuáles serían sus hitos más importantes? Arriesgo a que aparecería allí algún familiar que nos introdujo, alguna maestra o profesor que aconsejó en el momento justo a un autor o autora clave, algún primo del que heredamos biblioteca: una trama íntima y a la vez colectiva que se arma a lo largo del tiempo y en la que podemos siempre seguir incorporando descubrimientos. En esa narrativa se cifra la construcción de cada subjetividad, pero también nuestra capacidad crítica, y hasta los vaivenes de la propia escritura. Porque leer ayuda a pensar, a escribir mejor, a reparar en el sentido de los mensajes, a concentrarnos. 

Con estas premisas, vamos a detenernos en tres proyectos argentinos que tienen a la lectura como fuente inagotable de ideas: uno editorial, uno fotográfico y otro audiovisual.

El primero es una excelente colección que se enfoca en relatos de formación. Lector&s, de la elegante editorial Ampersand, dirigida por Graciela Batticuore, está compuesta por libros breves, escritos por encargo, que indagan en las prácticas de lectura -con sus efectos y afectos- de un puñado de autores argentinos que hicieron de la literatura, la investigación o la enseñanza un modo de vida. Ya salieron los volúmenes escritos por Daniel Link, Alan Pauls, Noé Jitrik, Sylvia Molloy, Edgardo Cozarinsky, Margo Glantz (de México), Tamara Kamenszain, Carlos Altamirano, María Moreno, Sylvia Iparraguirre, y Jorge Monteleone. En todos los casos los resultados son descollantes, porque consiguen un registro muy ameno, entre la reflexión y la autobiografía. De acuerdo al libro del que se trate, hay un tono más íntimo y apasionado, o más analítico y preciso, sin notas al pie, pero con un listado infalible de todos los libros mencionados para salir a buscarlos. Hasta ahora, mis preferidos son Libros chiquitos, de Tamara Kamenszain, La lectura: una vida de Daniel Link, y Trance de Alan Pauls (aunque tengo pendiente Contramarcha de María Moreno, al que le pongo muchas fichas). Y ojalá que los títulos futuros mantengan este nivel. Se las recomiendo especialmente porque no había una colección así hasta ahora, que más que teorizar sobre la práctica de la lectura la considere, como la pensaba Roland Barthes, unida al deseo, en comunión con la vida.

El segundo proyecto es fotográfico y tuvo lugar en 2014. Se llama Leídos y consistió en una muestra en la Biblioteca Nacional -durante la gestión de Horacio González- de fotografías de libros intervenidos por 99 escritores. Esteban Feune de Colombi se dedicó a visitar a escritores en sus casas: los escuchó hablar de sus preciadas bibliotecas y les sacó fotos a las páginas, atendiendo a esas marcas que titilan y nos hablan del paso del lector por el libro, con todas sus huellas e historias dormidas hasta que vuelvan a abrir el ejemplar. Miguel Brascó, Mariana Enriquez, Martín Kohan, Luis Chitarroni, Federico León, Sergio Chejfec, Pablo Katchadjian, Beatriz Sarlo, Ricardo Strafacce, Mercedes Halfon, Silvio Mattoni y Graciela Speranza son algunos de los propietarios de los libros en cuestión. Al ver estas fotos -que elegí para que ilustren todo este Hilo Conductor-, entendemos que la lectura solitaria además de ser una acción intelectual es un acto físico: hay gente que subraya con marcadores gruesos, escritores que escriben textos enteros en las orillas de los textos ajenos, otros que usan sus libros también como posavasos o agendas telefónicas, otros que doblan los extremos de las hojas, y otros -como César Aira, Leila Guerriero o Rodrigo Fresán-, que no intervienen de ninguna forma los volúmenes, como si jamás hubieran sido tocados. El resultado de todas estas fotografías, vistas en continuado, es una suerte de mapa deforme y arbitrario, fetichista y a la vez variado, de páginas marcadas. Si quieren husmear más, acá está el catálogo completo de la muestra.

Autobiografía II de Victoria Ocampo, marcado por Beatriz Sarlo.

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust, marcado por Daniel Link.

El tercer proyecto es la película La pequeña vida, la primera incursión audiovisual del artista Leo Estol (Buenos Aires, 1981). Estrenada en 2018, y liberada durante la pandemia para ver online acá (dura 56 minutos), la película es muy amena y se encarga de las pequeñas comunidades tertulianas que se organizan casi instintivamente alrededor de la gente interesada en los libros. Estol visita a algunos escritores y editores como Hebe Uhart, Cecilia Pavón, Francisco Garamona, Damián Ríos, Maximiliano Masuelli, pero también asiste con la cámara a ferias de libros en la calle, a librerías, a ciclos de lectura de poesía en parques, y retrata así una suerte de tribu indie que reflexiona sobre el espacio que comparte. Un registro fresco e informal que confirma que el asombro y la emoción que producen los libros sigue intacto, incluso entre las nuevas generaciones. 

El lector como invención

Escapemos un poco de la realidad y pasemos a revisar algunas obras que tienen como protagonistas a lectores y lectoras inventados. El ejemplo por excelencia de esto es la genial novela metaliteraria de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero, de 1979, en la que el protagonista en nada más y nada menos que el lector que lee el libro que a su vez nosotros tenemos entre manos. Es una novela sobre el placer de leer novelas, en la que además de la historia-marco del Lector y la Lectora, Calvino introduce de manera intercalada diez capítulos de narraciones apócrifas de distintos géneros. “Tuve que escribir el inicio de diez novelas de autores imaginarios, todos distintos de mí y distintos entre sí. (...) Más que identificarme con el autor de cada una de esas novelas, traté de identificarme con el lector: representar el placer de la lectura de un género dado, más que el texto propiamente dicho”, contó Calvino sobre sus intenciones y sus consecuencias. Además, es una de las pocas novelas escritas -parcialmente- en segunda persona del singular. Acá pueden leer las primeras tres páginas en las que el Lector va a la librería a comprar justamente Si una noche de invierno un viajero, y se encuentra con un montón de otros libros que buscan llamar su atención. Hilarante, inteligente y sensible, Calvino, como siempre.

Otra novela protagonizada por un lector es El secreto entre los rusos del escritor, editor y periodista argentino Matías Serra Bradford. El personaje es un hombre solitario y algo misterioso llamado S. al que vamos conociendo a partir de sus hábitos de lectura, de sus manías, sus pesquisas, sus fetiches y costumbres. S. es un lector empedernido, un lector total, que dimensiona su existencia, su ritmo vital, a partir de lo que lee obsesiva y metódicamente en las páginas, y desde esas coordenadas el narrador reconstruye su paso por el mundo, y al mismo tiempo traza su microcosmos personal, hecho de la intimidad de los subrayados y de los curiosos retratos que S. hace en los bordes de las páginas. Mientras la leemos, quedan en el aire una serie de preguntas sobre las conexiones posibles entre la lectura y la amistad, la lectura y la decepción, la lectura y la confidencia. Editó Interzona.

Poesía completa de Arthur Rimbaud, marcado por Mariana Enriquez.

La librería como hogar alternativo

Si bien las librerías como tema darían para un Hilo entero, no podía dejar de incluirlas en esta deriva, porque son espacios vivos de intercambio. El rol de los libreros y libreras es fundamental a la hora de afinar nuestros perfiles como lectores y son quienes muchas veces propician los descubrimientos. 

Dentro del pequeño subgénero “memorias de libreros” podemos destacar dos libros. El primero es el anecdotario de Héctor Yánover, quien estaba detrás de la histórica Librería Norte de la calle Las Heras, llamado, justamente, Memorias de un librero escritas por él mismo, de 1994, que funciona como una suerte de tratado del oficio. La forma en la que Yánover tipifica a los lectores de acuerdo a cómo piden los títulos que buscan es interesante, aunque implique a veces ponerlos en ridículo. Como esa señora que entra al local a buscar el Martín Fierro y ante el despliegue de ediciones se decepciona porque está en verso y ella buscaba la novela… Capítulo aparte merecen los fragmentos sobre qué hacer con los ladrones. 

Otro escrito de un librero de oficio es Aquilea. Crónicas de una librería, de Hernán Lucas, quien está hace años tras el mostrador de este local de usados en plena avenida Corrientes. La atención al público es un género que siempre depara gemas, y en este libro hay varias de ellas, entre otras anécdotas de compras de bibliotecas de personas muertas y transacciones extrañas hechas por Internet. 

Nombre falso de Ricardo Piglia marcado por Alan Pauls.

Para alejarnos de la Argentina y conocer detalles de los mejores locales de ventas de libros de todo el mundo, Librerías de Jordi Carrión ya se convirtió en clásico. Es que este ensayo literario (que puede leerse también como una crónica de viaje) publicado por Anagrama analiza el rol de las librerías en la vida moderna a través de la historia de algunas emblemáticas (Strand, Shakespeare and Co, City Lights, etc.), pero también va hilvanando su historia con la de un montón de escritores y bibliófilos que las caminaron. Subrayé mientras leía muchísimas librerías que me gustaría visitar cuando -alguna vez- volvamos a viajar con curiosidad. Si les interesa el tema, acá hay una entrevista que le hice al autor cuando salió el libro en 2013. Y hablando de Anagrama, si no lo conocen, les recomiendo muchísimo el newsletter de Sebastián Lidijover llamado justamente Un lector de Anagrama. Con amplio conocimiento de causa, Sebastián manda cada 15 días un mail en el que despliega claves de algún título de esta emblemática casa editorial de Barcelona, que tanto marcó y sigue marcando el pulso de las lecturas también en nuestro país. Para suscribirse, pasen por acá.

Volviendo a la ficción, pueden leer la bellísima novela de Penelope Fitzgerald llamada La librería, en la que una joven de un pequeño pueblo inglés apuesta a abrir un local de libros y debe lidiar con los caprichos y resistencias de sus habitantes, mientras contrata a una niña prodigio como ayudante. O pueden ver en Netflix su adaptación al cine, dirigida por la española Isabel Coixet, que recibió el Premio Goya a Mejor Película y Mejor Dirección en 2018.

Los libros de la buena memoria

Antes de despedirme, vamos con las últimas recomendaciones. Un potpourri de más y más lecturas posibles.

  • El último lector, de Ricardo Piglia (quizás uno de los mejores lectores que dio este país, junto con Borges). Es uno de sus libros más personales, en el que revisa escenas de lectura que aparecen en distintas obras literarias, que muchas veces son secundarias o irrelevantes para las tramas novelescas, pero que bajo la lente de Piglia tienen mucho para decirnos. Del Quijote al Ulises de Joyce, de Ana Karenina a una foto del Che Guevara. Se consigue en librerías o como epub libre.
  • El capítulo final de Pretend It’s a City, en el que Fran Lebowicz le cuenta a su amigo Martin Scorsese su fanatismo por los libros y las bibliotecas. Dos frases que me quedaron picando: “Para mí, los libros son la forma de ser inmensamente rica. Quizás por eso nunca me importó el dinero” y sobre todo: “Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar. Eso te dará algo en qué pensar que no hayas inventado tú mismo”.
  • Y dos recomendaciones musicales. Un disco climático de la bella banda The Books que se puede escuchar acá o en Spotify: The Lemon of Pink. Y este clásico de Invisible, tocado en vivo por Spinetta en Obras en 2008: “Los libros de la buena memoria”.

Ahora sí, me despido hasta dentro de quince días. 

Espero que este Hilo te dé ganas de pasar el día leyendo. 

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Gracias por leer. Y por favor cuídense mucho.

Un abrazo,

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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