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El legado de Tabaré

La muerte del ex presidente uruguayo impacta en toda América Latina. Semblanza de un dirigente que se crió en una casa de chapa en La Teja, llevó a la cima a un club humilde, gobernó Montevideo y generó crecimiento económico con justicia social desde la jefatura de Estado.

Tabaré fue posibilidad. Fue quien primero gobernó la intendencia de Montevideo para el Frente Amplio. Ganó en noviembre de 1989 una ciudad que, desde esa fecha y de forma ininterrumpida, sigue siendo gobernada por el FA. Conquistó Montevideo a pura confianza: le dijeron que prepare dos discursos en la noche electoral. Uno para la victoria, otro para la derrota. Tenía tanta seguridad que preparó únicamente el de la victoria. Acertó. Pasaron treinta años de ese momento, quince de ellos con el Frente Amplio en el gobierno de su país. Porque fue Tabaré, también, el que primero alcanzó la victoria electoral a nivel nacional. Gobernó durante dos períodos, pasándole la banda a su amigo y compañero José Mujica, con quien supo complementar una alternancia que duró hasta que Luis Lacalle Pou derrotó a Daniel Martínez en 2019. Vázquez fue un gran desmantelador de cucos: demostró que la izquierda podía gobernar, a nivel local y nacional. Y que podía hacerlo bien. 

“Mirá que te la devuelvo”, le dijo Pepe al oído al recibir la banda, en 2010. Dicho y hecho: pasó en 2015.

Tabaré fue pueblo. El último discurso de Tabaré como Jefe de Estado quedará en la historia por diversas circunstancias. Primero, por haberse realizado en el barrio de La Teja. Allí donde Tabaré nació y se crió, “en una casa humilde, de chapa, pero con una enorme dignidad”, tal como él mismo contó en una entrevista al programa El Legado. Segundo, por el cierre. “Les ruego de corazón que no se rindan, que no se rindan. No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo”, dijo, desbordado por la emoción, ante una multitud agolpada en Plaza Lafone. Y Tabaré no se rindió: siguió yendo a los comités de base, militando el frenteamplismo hasta el final de sus días. “Jamás pudo desprenderse de lo que era su compromiso social”, describió Mujica, que algo sabe de militancia. 

Tabaré tuvo tiempo para despedirse del pueblo uruguayo y el pueblo uruguayo tuvo tiempo para despedirse de Tabaré. 

Tabaré fue progreso. Fue precursor de una modalidad que luego se extendió en América Latina: dirigentes deportivos que más tarde desembarcaron en el ámbito de la política. Macri y Piñera, ex dirigentes de Boca y Colo Colo, respectivamente, suelen ser citados como máximos referentes. Tabaré, a diferencia de ambos empresarios conservadores, gestionó al club Progreso durante los diez años previos a llegar a la intendencia de Montevideo. Y logró que Progreso, literalmente, progrese: en 1989 ganó el Campeonato uruguayo de fútbol -casi siempre monopolizado por Peñarol y Nacional- y disputó la Copa Libertadores en 1987 y 1990. Lo hizo a fuerza de gestión: 24 por 7 y una actitud ganadora que no dejó de tener jamás. 

Tabaré comprendió que debía ir de lo particular a lo general. Un barrio, un club, una intendencia, la Presidencia. Una escalera de representatividad. Una aplanadora electoral.

Tabaré fue progresismo. A una parte de la izquierda continental le costó comprender integralmente a Vázquez. Porque coqueteó un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, afincado en las asimetrías que Uruguay veía en el Mercosur. Porque tuvo encontronazos con Argentina por las pasteras. Esos señalamientos, válidos, imposibilitaron ver con mayor profundidad al hombre que siempre pujó por mayor justicia social. Al hombre que se enfrentó a las grandes tabacaleras, ganando un juicio inédito para un país sudamericano. Al hombre que apostó por mayor integración con el No al ALCA y el despliegue de instancias autónomas como la Unasur y la Celac. Al hombre que pujó por una izquierda socialdemócrata. Al hombre que siempre apostó por una medicina de cercanía, garantizada por el Estado. Al hijo de trabajadores que jamás renegó de sus orígenes. 

Tabaré fue unidad. La partida física de Vázquez es un golpe al corazón de un frenteamplismo que venía masticando su despedida, pero que ahora toma noción de lo que verdaderamente significa la ausencia del estadista. Más solos estarán José Mujica y Danilo Astori, las otras dos patas del histórico tridente del FA posterior a Liber Seregni. Fueron ellos tres los que forjaron una unidad generacional arrasadora en términos electorales y sólida en convicciones. Una generación que logró crecimiento económico, justicia social, democracia plena y paz. “Crecer y repartir en el momento del crecimiento” al decir de Vázquez. En criollo: mejorar la vida de miles de uruguayas y uruguayos. Algo muy simple de decir y muy complejo de hacer. 

Posibilidad. Pueblo. Progreso. Progresismo. Unidad. Tabaré fue y es todo ello, pero además es otra palabra integradora: Uruguay. Por eso recibió en su casa al presidente Lacalle Pou, cuando la pandemia comenzaba. Porque Tabaré fue un hombre de Estado, en un país con alta institucionalidad democrática y con un sistema de partidos sólido. “Yo me voy a morir, pero quedate tranquila que a marzo llego”, le dijo en 2019 a Lucía Topolansky, su última vicepresidenta, tras haber sido diagnosticado con cáncer de pulmón. Ese diálogo, reconstruido por José Mujica, es impactante. Como médico, Tabaré tenía plena noción de su finitud. Pero también, como político, comprendía su rol en la jefatura del Estado. 

Tabaré es. Tabaré fue. Tabaré será. Porque vivirá en quienes, desde La Teja o algún otro rinconcito del Uruguay, quieran cambiar su barrio, su club, su ciudad, su país. Deja un legado de compromiso. Esa es su marca indeleble. Esa es su posteridad. “La mejor manera de recordarte es luchar por tus banderas”, expresó Mujica al despedirlo. Lo podría firmar cualquier frenteamplista, cualquier demócrata uruguayo, que hoy lo llora.   

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