El hilo conductor

El hotel como teatro imperfecto

El tiempo suspendido del confinamiento genera preguntas sobre la incertidumbre de los viajes. En esta primera entrega, recorremos el hotel como tema que atraviesa la cultura en libros, películas y canciones.

Hola, ¿qué tal? Espero que más o menos bien. 

Soy Malena Rey y desde esta semana voy a llevar adelante un newsletter de cultura quincenal en Cenital. Me entusiasma la idea de que sea un domingo el día en que recibas este correo y que ocurra cada quince días, para no abusar de tu atención ni atosigarte con información en esta jungla de datos justo un día que está destinado al descanso.

No sé si vale la pena que me presente demasiado. Solo diré que soy licenciada en Letras por la UBA, que fui editora de la revista Los Inrockuptibles en las secciones de Libros, Artes y Escenas hasta su cierre en 2018 y que trabajo hace muchos –muchísimos– años en una editorial argentina que se llama Caja Negra. 

La idea de este newsletter es simple. Voy a pensar un tema que pueda tener varias puertas de entrada y vamos a ir derivando juntes, probando que hay detrás de ellas. No vamos a ocuparnos estrictamente de novedades ni de cotilleos. Para eso están los medios tradicionales y las redes sociales.

El primer tema tiene que ver con este tiempo detenido, como suspendido, de la extensa cuarentena. Y me di cuenta de que yo asociaba el tiempo así, difuso y sin horarios, con el que una pasa cuando está de viaje, salvando las distancias porque ahora tenemos que quedarnos dentro de nuestras casas.

La incertidumbre de los viajes me atrae mucho: no saber cómo es el clima o los sonidos de una ciudad que se visita por primera vez, no tener planes fijos, sino tiempo por delante… Entonces empecé a pensar en los hoteles como lugares de paso. Y en lo vacías que deben estar ahora miles y miles de habitaciones en todo el mundo, con las camas hechas y las alfombras limpias, pero sin turistas ni viajeros frecuentes poblando sus sábanas y desayunadores. ¿Volveremos alguna vez a pasar tiempos muertos en hoteles, a salir de nuestras casas para conocer el mundo?

¿Y cuánto le debe la cultura a los hoteles? Veamos solo algunas puntas de un tema inagotable que seguramente se reactualice a la luz del COVID-19.

Primero escribir, después viajar

El escritor español Enrique Vila-Matas es una especie de viajero crónico, un ciudadano del mundo. Y es quien curiosamente despuntó una práctica interesante: escribir los viajes antes de hacerlos realmente. Cuenta Vila-Matas en una charla inaugural que dio en Filba en 2014 que su afición comenzó cuando tuvo que viajar a la ciudad de Porto. Él cada domingo publicaba una crónica, a modo de diario personal, en El País. Y como sabía que iba a estar difícil conectarse allá, escribió por anticipado y mandó el texto al diario. Recién después salió de viaje. “Cuando llegué de verdad a mi cuarto de hotel del barrio Boavista de la ciudad de Porto, traté de que las cosas ocurrieran tal como las había escrito. Fui hasta la ventana y comprobé con satisfacción que en efecto llovía”, cuenta, y luego deriva en cómo la desesperación que había descrito en su nota no era tal, y cómo en ese estado transitorio del hotel aparecen otras preguntas y sensaciones inesperadas.

Otro que narró un viaje antes de realizarlo fue el inaudito cineasta John Waters en un libro muy divertido llamado Carsick, en el que cuenta su experiencia haciendo dedo en la ruta desde su Baltimore natal a San Francisco, sin decirle a nadie que está emprendiendo esa aventura (lo hizo él solo, sin acompañantes, a los 66 años). Antes de ganar la calle, Waters escribió dos versiones posibles de ese viaje, imaginando qué era lo mejor y qué era lo peor que podría pasarle. Lo mejor: lo levanta un traficante de marihuana que lo hospeda en su mansión y se quedan de fiesta. Lo peor: una brigada homofóbica lo mete preso y muere decapitado en una escena muy turbia. Y recién después viene la realidad, una no-ficción bastante menos interesante que su imaginación, pero igual de divertida. Spoiler: la pasa pésimo en varios moteles anodinos de puebluchos al costado de la ruta.

Me inquieta no saber cuándo podremos volver a viajar, a desplazarnos por el país o el continente. Ni hablar de cruzar los océanos. Se me ocurre que una manera de calmar esa ansiedad sería hacer como ellos y escribir la crónica de los viajes futuros ahora, para después sorprendernos al confrontarlos con la nueva normalidad. 

Nada que ver con el glamour

Volviendo a los moteles anodinos perdidos en las “carreteras” norteamericanas, pasemos al cine. No sé si vieron The Florida Project, pero se las recomiendo mucho. La película, dirigida por Sean Baker –el mismo de otra gran película: Tangerine–, transcurre toda en uno de esos complejos habitacionales a la vera de Disneyworld, y lo mejor que tiene es que sigue el punto de vista de les niñes que viven ahí. (Además, el conserje del edificio es el capo de Willem Dafoe). ¿Cómo es criarse en un lugar de paso, vivir al día en un hotel roñoso con madres solteras que no saben qué hacer con sus vidas, expuestos a la crueldad de los adultos siendo tan pequeños? Lejos de cualquier glamour al que la vida de hotel podría aspirar, la película toca una fibra sensible que logra conmovernos con pocos recursos.

Captura de la peli The Florida Project.

Y otra película bastante inquietante que trata el lado B de la idea del hotel como lujo (el lujo es vulgaridad) es Voyeur, la adaptación documental del libro del periodista norteamericano Gay Talese publicado en 2016, El motel del voyeur (sí, el documental está en Netflix). La trama es simple. Sigue la historia del dueño de un motel que había ideado un complejo sistema para espiar las prácticas sexuales de sus huéspedes, cosa que hizo durante décadas. La peor pesadilla: ser espiadas en la privacidad de un hotel, justo cuando cerramos la puerta para relajarnos. Lo interesante del libro –y del documental– es la polémica que se generó entre Talese y su fuente, Gerald Foos, el dueño del hotel en cuestión. ¿Cuán confiable era? ¿Qué responsabilidades tiene que tener un periodista a la hora de meterse con una historia como esta? Nadie tiene la última palabra.

Demoliendo hoteles

La relación entre la música y los hoteles es vastísima, por supuesto, porque los músicos parecen siempre haber tenido un comportamiento errático en las habitaciones. El ejemplo más cercano es Charly García, claro, que saltó del noveno piso de un hotel de Mendoza y cayó a la pileta. Esto le decía en una entrevista al periodista Sergio Marchi: “Es muy importante el humor del hotel; hay hoteles que son muy lujosos o gigantes tipo Sheraton, Hilton, que no me parecen adecuados porque son completamente impersonales. Son como McDonald’s. Por supuesto que tienen comodidades, pero también tienen contras; siempre hay mucha policía ahí adentro. A mí me gustan esos hoteles viejos, de los 50, con tipos que hace mil años que están ahí, gente de la que uno se puede hacer cómplice para pasarla mejor. (…) Una vez me echaron de uno porque enchufé la guitarra a la radio del hotel y volé todo a la mierda”. Hermoso.

Pero quizá mi hotel favorito sea uno que nunca conocí, ni sé si voy a conocer alguna vez. El Chelsea Hotel. Más que hotel, funcionaba como una especie de pensión para artistas en Nueva York. La lista de huéspedes es increíble: Allen Ginsberg, Patti Smith, Bob Dylan, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Leonard Cohen, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Frida Kahlo y Diego Rivera, Robert Crumb, Robert Mapplethorpe, William Burroughs, Dennis Hopper, Stanley Kubrick, Sid Vicious, Édith Piaf, Bob Marley. ¿Sigo?

De la larga historia del Chelsea solo rescataré –muy caprichosamente– estos tres hitos:

  • que es el lugar donde murió el poeta Dylan Thomas en 1953 después de tomar 18 whiskies que se volvieron leyenda
  • que inspiró el hermoso disco debut de la cantante Nico llamado Chelsea Girl, en 1967
  • y que Leonard Cohen escribió esta canción bellísima con su nombre, dedicada a Janis Joplin, con quien tuvo un amorío ahí. Les dejo este video en el que al principio se ve que él vuelve al hotel y cómo eran los interiores y los ascensores. Dan ganas de llorar por la bohemia perdida.

Ahora sí, me despido hasta dentro de quince días. Espero que hayas disfrutado de este paseo. Ojalá que estés todo lo bien que puedas. 

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Un abrazo,

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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