Populistas somos todos

Contando historias alrededor del fuego

La importancia de bajar la curva. Bombardeo a Plaza de Mayo.

Esta semana no voy a escribir de política coyuntural ni de políticas estatales. Esta no fue una buena semana, y los datos no admiten muchas interpretaciones. Las medidas de aislamiento social fueron eficaces para contener el crecimiento de la epidemia de Covid durante las primeras semanas, pero la situación se fue deteriorando progresivamente con el correr de los días y las aperturas. La ventana de oportunidad que se presentó de eliminar a fines de abril, cuando casi todas las provincias llegaron a tener 0 casos durante una semana, no pudo aprovecharse por la falta de fuertes controles de rastreo y aislamiento en la zona del AMBA.  El programa Detectar en barrios vulnerables, si bien fue eficaz, llegó más tarde y con una escala menor de la que debería haber tenido. (Debería haberse aplicado en las 24 provincias, no sólo en las que actualmente están en un aumento de casos.) La multiplicación de los contagios en los barrios no vulnerables de Buenos Aires nunca se detuvo, tal vez incluso se aceleró una vez que se instaló la idea de que era un problema sólo “de las villas.” Las provincias de Chaco y Río Negro nunca pudieron hacer bajar los casos significativamente y empeoraron. Provincias que habían estado con semanas de 0 casos empezaron a ver sus curvas trepar. Mi provincia, Neuquén, pasó de 0 casos diarios a un promedio de casi 20 en menos de dos semanas. 

Al día de hoy, 20 de junio, la inclinación de la curva de contagios de Argentina es muy parecida a la de países que están viviendo una auténtica tragedia humanitaria. Hoy tenemos menos casos y menos fallecidos, pero de seguir así en un mes estaremos más o menos igual. Y de seguir así, en dos semanas estarán saturadas las terapias intensivas del área metropolitana de Buenos Aires con total seguridad. No sólo eso, sino que también lo estarán las terapias de hospitales de provincias con menos casos. Como muestran General Roca y Bariloche, aún un número bajo de casos diarios satura el sistema si el ingreso de pacientes es constante. Es una cuenta simple, entendible hasta para una politóloga: de cada 100 infectados, 5 requerirán internación de terapia intensiva. Los pacientes se internan más o menos entre 8 y 14 días luego del contagio, y permanecen internados al menos dos semanas. Es decir, no es sólo el número de ingresados a terapia intensiva por día lo que importa, sino también la velocidad de rotación de las camas. Si la rotación es baja, aunque sólo tengas dos o tres ingresos por día el sistema se satura inevitablemente. En esa situación estamos. 

Hoy es imperativo no sólo “aplanar” la curva, sino que parece obligatorio bajar la curva de contagios al menos por dos o tres semanas, para permitir oxigenarse y recuperarse al sistema sanitario. 

En este hilo de twitter, Daniel Feirstein demuestra que manejamos bien el aislamiento, pero mal la salida, y explica que tenemos que desarrollar nuestro propio modelo de testeo, rastreo y aislamiento, basado en la acción de las comunidades. No se lo pierdan. Yo agregaría que hay que revisar la literatura de planificación sanitaria clásica de los sesenta y setenta: el casa por casa, los planes de erradicación de la tuberculosis y la diarrea infantil, la formación de agentes sanitarios surgidos de la propia comunidad. Cosas que hemos dejado de leer después de décadas de Banco Mundial, diseño de programas por resultados y nuevo management público.

Pero no quería hablar de esto hoy. Quería hablar del bombardeo a Plaza de Mayo, y del poder de las historias. De nuestras historias. (Igual todo se conecta, como siempre.)

El 16 de junio pasado se cumplió un nuevo aniversario del bombardeo por parte de la aviación naval argentina a su propia población civil, completamente desarmada, en un día laboral, en el horario en donde circula más gente por el centro de la ciudad de Buenos Aires. El bautismo de fuego de la aviación naval nacional se dio en la forma de explosivos sobre peatones, colectivos, micros escolares. 

Se me ocurrió el 16 de junio pasado contar en twitter mis historias familiares de ese día. Mi abuelo trabajaba en el Correo Central, estuvo encerrado ahí hasta la tarde y cuando los dejaron salir volvió caminando hasta su casa en Nueva Pompeya. Atravesó los destrozos y llegó muy tarde a la noche; su familia no sabía qué le había pasado. Mi abuela, que había vuelto de su trabajo de enfermera en el Hospital Militar, se volvió a cambiar y volvió a atender enfermos toda la noche. Se me ocurrió pedir que quienes quisieran me dejaran sus historias familiares: les recomiendo el hilo resultante. Podrán leer historias terribles, de padres que les contaron a sus hijos que habían visto volar un colectivo lleno de chicos jóvenes o la muerte de un carnicero, de madres enfermeras que recordaban la desesperación al tratar de desabotonar las camisas de los heridos para curarlos, de cómo la población de Ensenada se fue caminando a La Plata porque había amenazas de la Marina de bombardear la refinería de YPF, de militantes sindicales yendo a la plaza en camiones, de oficiales de las Fuerzas Armadas encarcelados por no querer participar. Varios mencionaron que la Marina tenía órdenes de bombardear los tanques de combustible de Mar del Plata. Alguien contó que un tío murió en el bombardeo con sólo 11 años de edad. También hay, como siempre, grandes actos de solidaridad y resistencia. Sol Prieto contó en su timeline que el símbolo de “Cristo Vence” pintado en los aviones terminó resignificado en “Perón Vuelve”: una síntesis de todo el siglo veinte en un tweet.

Nací en 1973. Me gradué de la secundaria en 1991. Nunca escuché estas historias en la escuela. La mayoría de quienes me escribieron tampoco lo hicieron. Sin duda esto mejoró en las últimas dos décadas, cuando la escuela se volvió menos resistente a hablar de historia contemporánea y cuando se dejaron de usar los manuales escolares atroces de mi juventud. Aún así, en gran medida la Argentina sigue siendo un país en donde la violencia realizada contra los cuerpos de las mayorías populares se han transmitido de boca en boca (como la masacre de Napalpí de 1924, el  bombardeo del 55, los fusilamientos de 1956, las deportaciones masivas de personas de ciudadanía chilena en la casi guerra de 1978, el maltrato a los conscriptos durante la Guerra de Malvinas, los asesinatos por fuerzas policiales de diciembre del 2001, la violencia cotidiana de las fuerzas de seguridad contra los jóvenes de cada día). Todos los que nacimos antes de 1983 hemos vivido episodios de violencia que nos marcaron profundamente (mi primer recuerdo político es estar sentada bajo la mesa con las luces apagadas durante los oscurecimientos de 1978 por los “posibles” bombardeos chilenos) de los que luego casi nadie habla. El recuerdo de esa violencia depende casi exclusivamente de las narraciones orales que nos contamos entre nosotros para seguir siendo recordadas, es decir, para seguir existiendo. Eso hace una comunidad. ¿Qué historias contaremos de estos meses dentro de 20 años? ¿Quiénes las contarán? 

Hoy, 20 de junio, es el solsticio de invierno, el año nuevo mapuche y de muchos otros pueblos americanos. El día más corto y la noche más larga. Por milenios, en este día los seres humanos prenden fogatas para observar la muerte del sol, hacerse compañía y esperar juntos su renacimiento. Seguramente cada año temían, secretamente, que la luz no volviera. En este día tan incierto de un año tan difícil, prendamos un fuego (o una vela) y contemos una historia, nuestra historia, para darnos esperanzas de que el sol esta vez también volverá y mañana será un año nuevo.

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Soy politóloga, es decir, estudio las maneras en que los seres humanos intentan resolver sus conflictos sin utilizar la violencia. Soy docente e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro. Publiqué un libro titulado “¿Por qué funciona el populismo?”. Vivo en Neuquén, lo mas cerca de la cordillera que puedo.
@mecasullo

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