Bolsonaristas atacan la democracia en Brasil: cómo se llegó al intento de golpe

Seguidores de Bolsonaro asaltaron las sedes de los tres poderes una semana después de salir del gobierno. El presidente Lula respondió contundente: decretó la intervención federal de Brasilia. ¿Cuáles son los antecedentes de esta invasión anunciada? ¿Qué puede pasar de acá en más?

La invasión bolsonarista a las sedes de los tres poderes en Brasilia, con Jair Bolsonaro recluido en Orlando, EE.UU., es un hecho inédito desde la recuperación democrática en Brasil. 

Si el pasado domingo 1° de enero, Lula subió por la rampla del Palacio de Planalto con una joven cartonera negra, Aline Souza, que le ofreció la banda en representación de la diversidad del pueblo brasileño que la acompañaba, el domingo 8 una turba violentaba la sede del Ejecutivo, el Congreso Nacional y el Supremo Tribunal Federal. Las tres sedes, los tres poderes, incluso la Cámara de Diputados donde el bolsonarismo logró la bancada más expresiva (99 representantes).

En imágenes que pudieron verse por las redes sociales, los manifestantes aparecen en el tramo previo a la triple invasión escoltados por la Policía Militar dependiente del gobierno del Distrito Federal. Por esta connivencia -evidente en las diversas filmaciones que hasta muestran a los policías bebiendo agua de coco frente a un Supremo Tribunal Federal ya invadido- es que Lula decretó la intervención federal, en materia de seguridad, en Brasilia. Pero hay un dato adicional de primera importancia: el ahora exsecretario de Seguridad Pública del Distrito Federal, Anderson Torres, destituido por el gobernador del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), había sido ministro de Justicia y Seguridad Pública del propio Bolsonaro a nivel federal. Y algo más: se encuentra en este momento, como el expresidente, en la ciudad de Orlando, Florida, en EE.UU. Dos más dos es cuatro. Si tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra, es un perro.

La seguidilla de la movilizaciones antidemocráticas del bolsonarismo son extenuantes, pero a continuación daremos cuenta de las más importantes en los últimos meses, en vías a poner en contexto la triste jornada que vivió el domingo la democracia brasileña.

Los antecedentes

18 de julio de 2022. Bolsonaro cuestiona el sistema electoral y la supuesta vulnerabilidad de las urnas electrónicas, que funcionan en Brasil desde 1996. Las mismas urnas que lo han llevado a la jefatura del Estado y a su extensísima estancia en la Cámara de Diputados, donde ocupó una banca por el estado de Rio de Janeiro desde 1991 hasta su juramentación frente a Michel Temer. Lo hace en el Palacio de la Alvorada ante un auditorio particular: un grupo de embajadores acreditados en el país. Luego de la reunión, y en conversaciones en off con medios de comunicación, algunos de los diplomáticos definen a la presentación de Bolsonaro como una táctica trumpista, cuyo objetivo sería el de preparar el terreno para el cuestionamiento de las elecciones en caso de que las mismas le sean adversas.

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31 de octubre de 2022. Tras la victoria de Lula en el ballotage, comienza en el bolsonarismo la idea de forzar una “tercera vuelta”. A lo largo de la extensa jornada post electoral se producen más de 500 cortes en rutas y autopistas en 24 de los 27 estados del país. Los activistas bolsonaristas, desencantados con el resultado electoral y alegando presuntas irregularidades operan con la connivencia de los agentes de la Policía Rodoviaria Federal (PRF), cuyo titular Silvinei Vasquez había llamado públicamente a votar por el candidato derrotado, Jair Messias Bolsonaro, en su cuenta de Instagram.

Apenas horas más tarde, con noviembre ya iniciándose, hace su primera aparición pública tras la derrota el presidente Bolsonaro, en el Palacio de la Alvorada de Brasilia. A diferencia de Lula, que en su mensaje inicial había agradecido al conjunto del pueblo brasileño, Bolsonaro saluda solamente a sus 58 millones de votantes, para luego caracterizar a los bloqueos como “movimientos populares que son el resultado de la indignación y el sentimiento de injusticia por la forma en que se llevó a cabo el proceso electoral”. No saluda al presidente electo ni reconoce la derrota.

22 de noviembre de 2022. El Partido Liberal (PL), por el cual Bolsonaro se presenta a su intento de reelección, solicita ante el Tribunal Superior Electoral la anulación de votos de la segunda vuelta en las urnas más antiguas, aquellas fabricadas en los años 2009, 2010, 2011, 2013 y 2015. Bajo la firma del abogado Marcelo Luiz Ávila de Bessa, la presentación ante el TSE cita un informe de auditoría técnica realizado por el Instituto Voto Legal (IVL), contratado por el PL, que habría encontrado “pruebas concluyentes de mal funcionamiento de las máquinas de votación electrónica”. El cuestionamiento es sobre 280 mil maquinas, un 40% del total utilizado en el país.

La presentación tiene una inconsistencia procedimental evidente: la impugnación es solo sobre la segunda vuelta electoral. Es decir, nada se cuestiona del primer turno, donde el PL conquistó la bancada más importante en la Cámara de Diputados y una amplia representación en el Senado. El presidente del tribunal electoral, Alexandre de Moraes, aprovecha el error táctico del PL y le da 24 horas al partido dirigido por Valdemar Costa Neto para que presente un informe completo que abarque las supuestas inconsistencias en ambas votaciones. Es decir: si las urnas supuestamente tuvieron inconsistencias, ¿por qué fue solo en el segundo turno? Un día más tarde, Alexandre de Moraes no da curso a la presentación y multa al PL en 22.9 millones de reales, aduciendo mala fe al no presentar indicios o circunstancias que justifiquen la instauración de una verificación extraordinaria en las urnas aludidas, utilizadas tanto en la primera como en la segunda vuelta. En las redes sociales hay burlas: 22 es la lista de Bolsonaro, frente a la 13 de Lula.

12 de diciembre de 2022. Lula recibe en Brasilia el diploma de presidente electo de Brasil. Nunca antes en la historia democrática de Brasil el otorgamiento del diploma de presidente electo había tenido tanta trascendencia. Hay alegría en Brasilia. Pero pronto llega la preocupación. Tras la detención del cacique bolsonarista José Acácio Serere Xavante por orden de Alexandre de Moraes, bajo la acusación de haber organizado las protestas antidemocráticas previas en la ciudad capital, los manifestantes bolsonaristas se dirigen al edificio de la Policía Federal, que intentan tomar. Luego queman decenas de coches y autobuses en las adyacencias de la Torre de Televisión de Brasilia, acercándose peligrosamente al hotel Meliá en el cual el entonces presidente electo, Lula, despacha antes de su retorno a Planalto. Bolsonaro, fiel a su accionar desde que perdió la elección, decide permanecer en silencio, no condenando lo sucedido. El que calla, otorga, dice el dicho. “Imaginen si fuera el Movimiento de Trabajadores sin Techo o el Movimiento sin Tierra quemando coches, micros e intentando invadir a la Policía Federal en Brasilia”, twittea irónico el diputado Guilherme Boulos, del PSOL, bien entrada la noche.

24 de diciembre de 2022. Debería ser un día tranquilo, pero no. Un conductor de camión descubre un paquete sospechoso cerca de su vehículo, en el aeropuerto internacional Presidente Juscelino Kubitschek de la ciudad de Brasilia. No es un regalo de Navidad: la policía encuentra dinamita y un temporizador, desactivado velozmente por el escuadrón antibombas que llega al nutrido lugar. Evitan una probable tragedia a gran escala: el camión tenía combustible para abastecer a los aviones, repletos de pasajeros por las fiestas navideñas, donde se suele incrementar notablemente el movimiento aeroportuario.

Quien no puede brindar es el empresario bolsonarista George Washington de Oliveira Sousa, quien resulta detenido en la víspera de la nochebuena. En su declaración refiere haber planeado los hechos junto a otros manifestantes bolsonaristas que permanecen acampando frente al Cuartel General del Ejército, a quien le piden la intervención para desconocer el resultado de la segunda vuelta electoral en la que Lula venció a su candidato. Este empresario, dueño de una red de estaciones de servicio en el estado de Pará, donde tiene residencia junto a su mujer y sus hijos, alquiló una vivienda en Brasilia donde fue requisado un verdadero arsenal: un fusil AR10, dos escopetas calibre 12, treinta cartuchos de 357 municiones Magnum, treinta y nueve paquetes de municiones 9 mm y dos cajas adicionales con otras cincuenta municiones 9 mm.

Según confiesa, la idea de Washington era promover el caos para que las Fuerzas Armadas dieran un golpe antes de la asunción de Lula da Silva. En esa búsqueda también estaba previsto un segundo paso: la colocación de explosivos en postes cerca de la subestación eléctrica en Taguatinga, en la periferia de Brasilia, a fin de provocar la falta de energía eléctrica en toda la ciudad capital, tras lo cual sería decretado un estado de sitio. El imputado dice haber actuado bajo una premisa del propio Bolsonaro: “el pueblo armado jamás será esclavizado”.

El futuro

Tras la invasión a las tres sedes del Estado en Brasilia, Lula fue contundente. Ordenó la intervención en el ámbito de la seguridad pública en el Distrito Federal. El presidente sabe que tiene que ir a fondo para salvar a un gobierno que apenas lleva una semana. Por ello también responsabilizó directamente a Jair Bolsonaro, a quien llamó nuevamente “genocida”. Y rememoró las elecciones que él mismo perdió (1989, 1994 y 1998) antes de llegar a su primera presidencia en 2002, marcando la diferencia en la reacción.

Lula, el persistente, tiene apoyo superestructural, de las fuerzas vivas democráticas de Brasil, de las organizaciones y movimientos sociales, de la Federación de Industrias del Estado de San Pablo y hasta de un sector de los medios de comunicación que fogueó el Lava Jato y luego se arrepintió por haberle dado protagonismo histórico a un eterno diputado de poca influencia, Bolsonaro. La arbitrariedad de la prisión de Lula -evidenciada en los chats entre el juez Moro y el fiscal Dallagnol que filtró The Intercept- fue imprescindible para su inhabilitación en 2018. Ahí empezó el riesgo democrático contemporáneo en Brasil.

Los próximos días serán de movilizaciones de las organizaciones sociales y políticas contra la aventura trumpista del bolsonarismo. Democracia vs. autoritarismo fue el frame que Lula definió en la última campaña. No era broma, no era exageración. Democracia vs. autoritarismo sigue siendo hoy el dilema que enfrenta Brasil.

Politólogo (UBA). Comunicador. Internacionales en Radio Nacional y Futurock.