Trama Urbana

A los pájaros

El sábado pasado se rompieron las vallas de un recital virtual en una locación bastante particular. Origen, apogeo, destrucción y resurrección de Villa Epecuén.

Hola, ¿cómo estás? Espero que bien. Yo acá, sobrellevando las nuevas medidas que restringen la circulación a fuerza de recitales liberados de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y la nueva temporada de Luis Miguel. 

El sábado a la noche la banda con la que toca Carlos Alberto Solari desde 2004 transmitió por YouTube para todo el mundo (luego de una falla en el streaming que estaba a cargo de la empresa Ticketek, aproximadamente unas 100 mil personas vieron el show en vivo y más de un millón y medio lo vieron hasta hoy) un recital grabado semanas atrás en Villa Epecuén. Lo podés escuchar mientras seguís leyendo. Lo recomiendo, es lo que estoy haciendo mientras te escribo. 

Nunca visité Villa Epecuén y te confieso que estaba esperando hacerlo para dedicarle un lugar en este espacio. Pero las cosas se precipitaron después de mirar el recital así que ahí vamos. Apenas se calme la curva de contagios, ya sé cuál va a ser mi primer destino turístico.

Entre Pompeya y Atlantis

Villa Epecuén es nuestra Pompeya, pero en lugar de haber quedado petrificada por la erupción de un volcán en el año 76 d.C quedó sepultada por 10 metros de agua salada hace sólo 36 años. Sí, antes de ser Pompeya, Epecuén fue Atlantis. El pueblo turístico se había formado a principios del siglo XX a la vera de la última de las llamadas “lagunas encadenadas”, que fueron desbordando una por una -en total son 6, una más abajo que la anterior- hasta destruir un improvisado terraplén que se había construido algunos años antes para impedir que las crecidas del lago Epecuén inundaran el pueblo. 

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De a poco el agua se fue retirando y dejando al descubierto las ruinas de la ciudad que está a 7 kilómetros de Carhué. Los escombros de los edificios, corroídos por el agua salada durante años, se transformaron en un atractivo turístico y estético extraño cuya belleza radica en lo fantasmagórico, en admirar los rastros de una ciudad turística que supo albergar 30.000 personas en un solo verano y que en cuestión de días quedó cubierta por el agua. ¿Cómo era Villa Epecuén antes de la inundación? ¿Por qué su historia configura una trama urbana?   

Las ruinas de Epecuén están situadas en el partido bonaerense de Adolfo Alsina, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, uno de los últimos sectores por donde pasó la Zanja de Alsina, un sistema defensivo que ideó el ministro de Guerra de Nicolás Avellaneda y que guió la expansión de las fronteras de Buenos Aires, desterrando a los pueblos originarios hacia el oeste y el sur del actual territorio nacional. Esa estrategia “defensiva” que luego sería reemplazada por la ofensiva y más conocida de Julio Argentino Roca. 

Es por eso que la zona donde décadas después se desarrollaría la villa turística de Epecuén fue testigo de un elemento fundamental para el surgimiento de ciudades, que fue establecer las fronteras que las contendrían. El desarrollo de Epecuén y Carhué también tuvo que ver con la llegada de infraestructura urbana de transporte: el Ferrocarril Oeste (actual Sarmiento), el del Sud (actual Roca) y el Midland (actual Belgrano Sur) salían desde la actual Ciudad de Buenos Aires y llegaban a las estaciones de Carhué y Epecuén. La conexión entre ambas fue clave cuando la población tuvo que evacuarse en masa durante la inundación. 

“Villa Epecuén era la Mar del Plata endorreica”, me cuenta Josefina Licitra que escribió El agua mala: Crónica de Epecuén y las casas hundidas. Endorreica porque la laguna Epecuén, la última y las más baja de las seis lagunas “encadenadas”, no desagota en ningún lado una vez que le llega agua. Sólo baja su caudal por evaporación. Su emparentamiento con Mar del Plata, por otro lado, tiene que ver con que ambas ciudades tuvieron derroteros similares. 

A comienzos de siglo XX (los primeros balnearios se instalaron exactamente hace 100 años, en 1921) Villa Epecuén era un destino para las elites argentinas, las que décadas antes se habían visto directamente beneficiadas por la Zanja de Alsina, ya que les había permitido sembrar miles de hectáreas en una de las tierras más fértiles del planeta previamente bajo dominio indígena. Familias como Luro, Anchorena, Martínez de Hoz, Álzaga Unsué y Pereyra Iraola accedieron a esas parcelas que pasaron a manos públicas por medio de créditos flexibles o incluso gratuitamente por cercanía al poder político de entonces. 

En esa etapa se inauguraron los hoteles más lujosos como el hotel Royal, cuya valiosa vajilla, según cuenta Josefina en su libro, fue rescatada por buzos tácticos luego de la inundación. Todavía no existía la penicilina y las aguas curativas del Lago Epecuén eran altamente codiciadas por las familias patricias que se instalaban en esos hoteles durante toda la temporadas. Es que el Lago Epecuén llega a tener hasta 10 veces el nivel de salinidad que tiene el agua de mar, sólo comparable al Mar Muerto, y se le adjudica efectividad para tratar dolencias que van desde el reuma hasta la depresión.   

La llegada del peronismo cambió la composición socioeconómica de las familias que veraneaban tanto en Epecuén como en Carhué, como sucedió en Mar del Plata. “Llegó el turismo sindical y los sectores trabajadores empezaron a llegar masivamente en los trenes y muchas de esas familias de la oligarquía huyeron espantadas. A partir de ese momento el lugar se popularizó muchísimo y se convirtió en una ciudad con un turismo más de clase media y comercios y hoteles acorde”, relata Josefina.       

Los primeros asentamientos turísticos a la vera del lago en la década del 20 provocaron otros encadenamientos productivos y el establecimiento de población estable y para 1930 Villa Epecuén ya tenía los elementos fundacionales de cualquier ciudad latinoamericana: una iglesia, una plaza, una escuela y los servicios básicos. Para 1985 vivían alrededor de 1.500 personas en la villa pero durante los mejores veranos llegaban 30.000 turistas. Una multiplicación de población de 20 veces, algo poco visto incluso en los destinos más atractivos de la costa atlántica.

La inundación

El 10 de noviembre de 1985 Villa Epecuén dejó de ser un refugio, un lugar donde alojarse y curarse y pasó a ser una sombra del lugar turístico que había tenido su esplendor durante más de 60 años. 

La inundación de Villa Epecuén está enlazada con uno de los pilares fundamentales del diseño de una ciudad: la infraestructura urbana y, en particular, aquella destinada a mitigar inundaciones. Una de las funciones de las ciudades es proteger a la población que alberga, entre otras cosas, de desastres naturales. Cuando esta infraestructura funciona bien y la ciudad puede reponerse a impactos climáticos diversos se suele decir que una ciudad es resiliente, un concepto que en los últimos años el urbanismo importó del campo de la Psicología. 

Erica Celauro en su tesis de maestría, donde analiza la resiliencia de la ciudad de Carhué, señala que “la inundación pone fin al turismo en Villa Epecuén y Carhué sufre consecuencias de índole económica, social y urbanística”. La gran mayoría de las 1.500 personas evacuadas de Epecuén fueron a parar a Carhué. 

Fabio Robilotte es agrimensor, vive en Carhué desde que nació, unos 20 años antes de la inundación de Epecuén, que para él fue causada por “una total falta de planificación y desidia de los funcionarios de aquel momento de la Provincia de Buenos Aires”.

Fabio, además, me contó algunas cosas sobre cómo fue la migración de personas los días posteriores a la catástrofe: “La gente que abandonó Epecuén era toda gente trabajadora porque casi no había empresarios hoteleros en el último tiempo. Muchos vinieron a Carhué a vivir donde podían y otros emigraron a otras ciudades. El gobierno levantó algunas viviendas precarias y construyó un barrio (Barrio Arturo Illia) de 250 viviendas, pero que se inauguró recién 3 años después de la inundación y bastante alejado de la zona urbana de Carhué. Ese barrio se terminó convirtiendo en una especie de gueto para sectores de ingresos bajos, desvirtuando la intención de un barrio para la gente de Epecuén que en muchos casos ya había conseguido otras alternativas para cuando se inauguraron las viviendas”. 

Lo que analiza Fabio, y creo que no se equivoca, es que el error en su momento fue exigir (por parte del Banco Hipotecario Nacional que financiaba el proyecto) que las viviendas se construyeran todas juntas en un mismo terreno y no generar nuevas viviendas en el interior de Carhué, ya urbanizado y con todos los servicios y equipamiento urbano funcionando. 

El resurgir

En la tesis que te mencioné, Celauro también señala: “En 1989 el gobierno Municipal de Carhué lanza sin éxito la primera temporada turística y ello se debió a la deficiente hotelería como también a la insuficiente riqueza mineral del Lago Epecuén, producto del agua dulce que dejó la inundación”. 

El turismo nunca había sido demasiado fácil para Epecuén, que se veía afectado muchas veces por sequías que se intentaron solucionar mediante la construcción del canal Ameghino, obra que quedó inconclusa y terminó provocando la inundación. Lo estático de las ruinas contrastan con el dinámico caudal de agua del lago, lo que hace para Carhué algo difícil establecerse hoy como el destino turístico que anhela ser y que alguna vez fue Epecuén. Para graficar esa dificultad basta señalar que muchos de sus balnearios varían de ubicación casi todos los veranos por la crecida y disminución de agua constante.

Además, Carhué compite en la misma provincia con otros grandes atractores de turistas como la costa atlántica. Sin embargo, hasta la llegada de la pandemia la inversión en hoteles y restaurantes estaba en contínuo crecimiento. Además de la recuperación en los últimos años del nivel de salinidad en las aguas, la declaración de Monumento Histórico Provincial de las ruinas de Epecuén (y la inauguración de un centro de interpretación de las mismas) hace pocos años y un convenio con el INCAA para que sea locación de películas (Historias Extraordinarias y Los Olvidados, entre otras, se filmaron ahí) le dio a la zona un empuje adicional y se posiciona de a poco como un gran centro turístico termal y cultural. 

Otro de los elementos que hace de Epecuén y Carhué dos territorios a analizar desde lo urbano, pero que también para mí le suman atractivo turístico, es la presencia de varias obras de Francesco Salamone, quizás el arquitecto más influyente de la Provincia de Buenos Aires. Su estilo, que mezcla brutalismo con art decó, es tan inconfundible como impresionante. Además del matadero y un Cristo en el Cementerio de Carhué, el propio Palacio Municipal de la ciudad es la obra más grande del “Arquitecto de las Pampas”. 

Salamone nació en Italia, pero vino al país de muy chico y construyó en sólo 40 meses más de 60 edificios públicos que están esparcidos por toda la Provincia de Buenos Aires. Fue durante la gobernación de facto de Manuel Fresco (1936-1940). 

Cuando se pueda viajar de nuevo, podés recorrer la ruta de Salamone y terminar relajando en un hotel a la vera del lago Epecuén. A mí me parece una gran idea.    

Bonus tracks

  • Me gustó mucho esta nota de opinión que firma Guadalupe Granero Realini, del Centro de Estudios Metropolitanos, sobre la regulación de los alquileres, donde distingue entre lo urgente y lo importante. 
  • Ayer fue el Día Internacional de la Madre Tierra, cuando se suele hablar mucho sobre cómo cuidar el planeta que habitamos. Te dejo este artículo de Jacobin donde tiran una idea en el título: Para salvar el planeta, expropien a los ricos.

Eso es todo por hoy.

Que tengas un lindo fin de semana.

Abrazos,

Fer

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Escribo sobre temas urbanos. Vivienda, transporte, infraestructura y espacio público son los ejes principales de mi trabajo. Estudié Sociología en la UBA y cursé maestrías en Sociología Económica (UNSAM) y en Ciudades (The New School, Nueva York). Bostero de Román, en mis ratos libres juego a la pelota con amigos. Siempre tengo ganas de hacer un asado.
@ferbercovich
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