Prepárense para perder

Zubeldía y el club docente

Lanús jugará la final de la Sudamericana. La institución que apuesta por los pibes.

Hola, ¿cómo estamos? Mañana llegará a su fin el torneo más raro de la historia del fútbol argentino. La final será entre Banfield y Boca. Sé que va a sonar delirante, pero increíblemente no es esta la primera vez que pasa. En 1920, se jugó la Copa de Honor. Llegaron los dos mismos equipos a la final y, por motivos que no son la pandemia, también se pospuso y se jugó en 1921. Con goles de Bernardo Pambrún y Adolfo López, los del Sur se quedaron con el título. 

Aunque sea un engendro, aunque no se pueda ver en la cancha, aunque ni siquiera cuente como un título local, el fútbol tiene esas cosas que hacen que nos enamoremos de cualquier partido y de cualquier circunstancia. Boca buscará saldar sus heridas y Banfield soñará con una nueva sonrisa. 

No es lo único que se define: 

  • El martes será la gran final del femenino. A las 19.10, en la cancha de Vélez, jugarán Boca y River 
  • Hoy a las 19.10, se define quién asciende a Primera: Sarmiento de Junín vs Estudiantes de Río Cuarto, en la cancha de Unión de Santa Fe. 

Zubeldía y el club docente

Fue como el tango El sueño del pibe: “Golpearon la puerta de la humilde casa, la voz del cartero muy clara se oyó”. En Santa Rosa, La Pampa, estaba en su cuarto jugando a los videojuegos, sonó el teléfono y escuchó que su mamá lloraba. “Lucho, Lucho, vení, vení”, le gritó. No entendía nada hasta que escuchó las palabras que terminaban la oración: “Te citaron a la Selección”. Llamaron a su papá, trabajador del Banco Nacional, para contarle y darle una alegría enorme. Ese viernes al atardecer de 1996, Luis Zubeldía dio su primer paso en la razón de su vida.  

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Su rodilla lo retiró con una lesión impronunciable: osteocondritis disecante. Tenía 23 años, la pierna lo traicionaba y su carrera se desmoronaba. Miguel Brindisi, su entrenador, mientras se recuperaba, le encomendó que analizara un rival. Se corrió la bola en el club. Cambió de técnico, llegó Carlos Ramaccioti y le propusieron que se sumara como ayudante de campo. A él no le convencía: si había que empezar de nuevo, que fuera desde infantiles. Su psicólogo, Marcelo Roffé, le sugirió un intermedio y se sumó como asistente a la quinta y a la sexta división del fútbol amateur. Comenzó el viaje. Que se aceleró. 

Le sonó el teléfono. Era Nicola Russo. Atendió: “Mirá, Luis, Gorosito no va a seguir, va a agarrar Ramón Cabrero, venite que armamos el cuerpo técnico”. Viajó en el auto, durante 40 minutos, convencido de que diría que no. Cuando arribó, ya estaba todo cocinado. Dudó, pero lo convencieron. Zubeldía todavía recuerda que aquellos días le costaba mucho dormir.

Se presentó al entrenamiento repleto de miedo. Muchos de los que iba a dirigir habían sido compañeros suyo o eran más grandes. Antes de entrar a la cancha, Cabrero lo citó a una oficina y le dejó en claro lo que quería: “Vos vas a trabajar toda la semana, siento que tenés mucha capacidad y las decisiones que tomes yo te las voy a respaldar”. Ese fue su segundo gran salto al profesionalismo. 

“Cabrero fue mi maestro. Todas sus acciones y sus enseñanzas las tengo presentes. Lo extraño mucho”, repiensa, ahora, tres años después del fallecimiento del técnico con el que hizo dupla para salir campeón en 2007. Fue el primer título local de Lanús. El único que ganó Zubeldía -de flamantes 40 años- en su carrera. El próximo sábado tendrá otra chance: en Córdoba, disputará la final de la Sudamericana contra el ganador de Defensa y Justicia y Coquimbo Unidos. 

Su insomnio era una respuesta al culto por la obsesión. Por esos días, vio Una mente brillante, la película que relata la historia de John Nash, ganador del premio Nobel de Economía por su teoría sobre juegos. Con un asterisco: el científico era esquizofrénico. La conclusión del entrenador lo retrata: “Si ese es el precio que hay que pagar, lo pago”, reflexionó para El Gráfico. Ya su madre le había dicho que le parecía muy aburrido eso de ver videos de fútbol. Zubeldía miraba un partido en un bar, sacaba una birome, agarraba una servilleta y diseñaba ejercicios. Todo iba tan a fondo que en el primer entrenamiento con Lanús no midió y fue al fleje. Lejos de decirles lo políticamente correcto de que era una racha y ya iban a salir adelante, comenzó marcándoles los errores defensivos que tenían. No cayó bien su frontalidad. Terminó convenciendo a todos.

Fue aprendiendo. Lanús era su casa: había llegado a los quince años desde La Pampa, había vivido en la pensión, lo habían mandado a un colegio para que estudiara, pudo debutar en Primera y quedarse. Todavía no sabe por qué fueron y le ofrecieron ser técnico, pero se aferró a la patria granate. Aunque su aporte a la historia del club es inconmensurable, la institución le forjó una manera de ver el rol de los espacios deportivos en la sociedad: “Creo mucho en los clubes que tienen un desarrollo social. Lanús tiene una gran fuerza dentro de la ciudad. Es un lugar más de la casa de mucha gente. Estos clubes salvan vidas, hacen feliz a mucha gente y generan arraigo. Transformar esa lógica en algo que no sea favorable para la gente no lo veo bien. El Estado debería ayudar a los clubes sociales y el fútbol profesional también. Soy muy hincha de los clubes así, sin fines de lucro. Lanús me enseñó a ver gente que otorga parte de su tiempo y su patrimonio por este lugar que es de todos nosotros”. Lo que no resulta una postura menor, mientras unos cuantos que viven del fútbol argentino siguen agitando la llegada de las sociedades anónimas a la pelota nacional. 

La idea de acumular sabiduría la puso en práctica en el sur de la provincia de Buenos Aires, pero la absorbió de su casa. Su mamá es docente y dos de sus cuatro hermanos también se dedican a la educación. “Yo me siento más docente que entrenador”, de hecho, aclara. No es algo que diga porque sí: se lo debate. Incluso en una entrevista en Tiempo Argentino planteó una discusión al respecto: “Al mismo tiempo, a veces me pongo a pensar que los entrenadores estamos malcriando a los jugadores. ¿Por qué? Porque me parece que el futbolista tiene que saber que es el actor principal. También tiene que poder improvisar, más allá de que el técnico te haya dicho que un jugador te va a salir para el perfil derecho porque su estadística así lo indica. También tiene que entender siempre el ‘lado b’ de la jugada. Que la información no te malcríe, que las palabras del entrenador sólo sirvan como herramienta”.

Luego de su primera etapa en Lanús, migró a Barcelona de Guayaquil. El viaje siguió con Racing, Liga de Quito, Santos Laguna e Independiente Medellín. En Colombia estaba muy bien, pero, en sus palabras, le “ofrecieron boxear en Las Vegas y las luces encandilaron”. Llegó a Deportivo Alavés y se dio la chance de relacionarse con otro de sus maestros. Le escribió a Marcelo Bielsa: “Mire Marcelo, usted es una de las personas que me inspiró en esta profesión, y ahora que voy a participar de una de las mejores ligas del mundo quería agradecérselo, y si tiene algo para sugerirme con mucho gusto lo escucho”. El actual DT del Leeds le contestó: “Dos cosas, Luis: una, defienda siempre al más débil del grupo; y dos, anote qué cosas no va a negociar, pero sepa usted que va a tener que negociar”. 

Zubeldía es Lanús y Lanús es Zubeldía. No se sabe cuál es el huevo y cuál la gallina, pero desde 2003 en adelante, luego de salvarse de la Promoción para descender, el Granate cambió su manera de entender el juego. “Me pone muy feliz que vendamos un jugador. No sabés la alegría que tenía cuando vendimos a Marcelino Moreno y a Valenti. Nosotros tenemos que poder vender dos jugadores por 15 millones de dólares por año”, explicaba el entrenador, en una entrevista con Lanús 2000, en octubre pasado. Esa mirada formativa de pibes es la clave de este club que ganó dos ligas locales, una Sudamericana, llegó a la final de la Libertadores y ahora busca repetir título.

Maxi Velázquez es un ídolo de la institución. Ganó los dos torneos locales y la Sudamericana. Ahora es el subcoordinador de inferiores. Explica el método: “Hace treinta años Lanús cambió su forma de ver el fútbol. Empezó a apostar por los juveniles y los fortaleció. Es el camino más difícil, el más largo, porque empezás de cero. Tenés que esperar cinco o siete o diez años para obtener buenos resultados. Es muy a largo plazo. Un proceso juvenil lleva mínimo seis años, hay que esperar. Lanús nunca dejó de apostar eso. Después, claro, hay mejores o peores camadas. Yo la que más recuerdo, contemporáneo, 86, 87, 88, 90: han salido Diego Valeri, Lautaro Acosta, Guido Pizarro, Agustín Marchesín. Podemos seguir nombrando jugadores impresionantes. Se apostó a eso y nunca se dejó de trabajar de esa manera”. 

Hay cosas, sin embargo, que son propias de Zubeldía. No es su estilo tan similar al de Jorge Almirón, entrenador campeón en 2016 y finalista de la Libertadores en 2017. Su sello de juego lo define desde los jugadores que le gustan: “El que es difícil de encontrar es el que cambia el ritmo de mitad de cancha para adelante”. Pone como referencia a futbolistas que hizo debutar en Primera como Ricardo Centurión y Rodrigo de Paul, en Racing. “Si no hacés el cambio de pasar rápido de defensa a ataque sos como Nicolino Locche, al que amo, pero quiero otra cosa”. La referencia al boxeador argentino la asocia con la posesión de la pelota sin hacer daño: algo como ganar porque lográs que no te peguen. Esa quizás sea una gran manera de definir la semifinal que celebró el miércoles pasado contra Vélez y le dio el pase a la final. Su gran chance de ganar su primer título como técnico principal.

“Esta es la historia y al que no le gusta se tiene que ir”, explicó Zubeldía en la primera conferencia de prensa, luego de que se reanudaran los entrenamientos tras el parate por el COVID-19. Se le había desarmado el plantel por las necesidades económicas de un club con 700 empleados y sin ingresos por la pandemia. No dejó espacios para lamentos: “Obvio que mi deseo es salir campeón, pero quiero que el club siga creciendo. Que seamos una verdadera potencia”. No pensó que el destino podía abrirle otra puerta en el camino, pero hacia allá va.

Pizza post cancha

  • Mañana cumpliría 78 años Muhammad Ali. El libro El combate, de Norman Mailer, es una de las grandes obras del periodismo deportivo. Es una gran crónica del combate entre Ali y George Foreman en Zaire (hoy República Democrática del Congo).
  • Comenzó el Mundial de Handball. El libro De mano en mano del maestro Juan Carlos Rennis cuenta la historia de este deporte en Argentina.
  • Todos unidos triunfaremos es un gran trabajo de Víctor Raffo, historiador y guitarrista de Los Cafres. Cuenta la final entre Racing y Banfield de 1951. Son muy interesantes las anécdotas sobre la participación de Eva Perón y de Ramón Cereijo en tal evento deportivo.

Esto fue todo.

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Abrazo grande,

Zequi

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Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.
@zequischer

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