Prepárense para perder

Un viaje a la cabeza de Beccacece

La formación del entrenador de Racing. Dónde busca sus ideas.

Hola, ¿cómo estamos?

El martes, se suspendió San Lorenzo contra Estudiantes, en el torneo de AFA de fútbol fememino. Las jugadoras estaban cambiadas para jugar, la árbitra estaba lista y alguien apagó las luces de la cancha de Ferro. Antes, a las 19, sobre el mismo césped, se había disputado Huracán contra el SAT. Ocho meses estuvo parado el campeonato por culpa del coronavirus. La organización, con tiempo para planificar, no estuvo a la altura. Todas las partes consultadas -desde la máxima organización de la pelota, pasando por la TV, llegando hasta los clubes- responsabilizan a otro sector. 

Todes podemos. 

Un viaje a la cabeza de Beccacece

Cuando está pensando, se rasca el cuero cabelludo. 

Esos días, estrujaba su cerebro buscando ideas nuevas. En La Paternal, minutos después de haber empatado apenas su segundo partido como entrenador de Racing, un periodista le preguntó si temía por su continuidad. La fecha siguiente era con Independiente, su anterior laburo. Desde las redes sociales hasta los pasillos del club retumbaban sugerencias y reproches de jugadores que sí y que no. Apeló a una receta que había utilizado más de una vez y miró los horarios del cine: Parasite, la película surcoreana que todavía no había ganado el Oscar. Lo sacudió. En la semana, en los medios de comunicación había salido un informe de cómo Netflix producía contenidos a partir de algoritmos que medían el morfi de nuestros ojos. El fútbol estaba parecido y ya estaba todo escrito: ganar, empatar o perder tenían posverdades ya digitadas. Entonces, se prometió emocionar. Para Sebastián Beccacece, ser entrenador es y significa eso.

Cuando encuentra la idea, palmea la cara externa de su mano con la interna de la otra,  agarra de un hombro, de los dos, golpea el pecho, explica y camina. 

Lleva el vicio del discutidor: necesita hablar, sin límite de horario. Si es un problema que se superpongan los carrileros con los extremos. Si un líder es bueno o malo. Si la religión es un invento del ser humano. Quién mató a García Belsunce. Cuáles son los roles en una rosca política. Para ese ejercicio, se pone a disposición de todas las herramientas que existan. Puede armar un mundial de canciones para que los jugadores no se sientan solos en la pandemia o escribir una obra de teatro -como la que está en Pelota de Papel 2- para pedirle a un plantel que crea y no tema. 

Beccacece es capaz de inventar cartas en un mazo de naipes con tal de hallar una respuesta. En un avión, vio que alguien leía La sociedad del cansancio, del filósofo Byung Chul-Han, lo pidió prestado, bajó la tablita donde sirven la comida, sacó un lápiz y se puso a subrayar ideas. En una charla en el predio del Manchester City, reflexionó con Pep Guardiola hasta agotar la existencia sobre en qué casos utilizar la línea de tres. En una gira, empezó a estudiar al pedagogo español José Antonio Marina para emprolijar su manera de comunicar ideas. En momento de caos institucional, miró la serie Suburra y concluyó que, a veces, los clubes y las federaciones son como Roma “que no se gobierna, como máximo se administra”. En la búsqueda por estimular la creatividad en sus jugadores, leyó Free Play, una obra Stephen Nachmanovitch sobre la improvisación en el arte, que estudian los recreólogos. En estos días, entusiasmado con la serie Gambito de dama, se apasionó con el ajedrez, deporte que miraba de lejos y por el que se puso la meta de no parar hasta ganar una partida. Aunque, sin saberlo, parte de esa disciplina la haya puesto en juego en la planificación de la táctica con la que frenó a Messi y a Di María en la final de la Copa América 2015, como parte del cuerpo técnico de Chile, o en el embudo donde apretó a Flamengo en la ida de los octavos de final que acaba de ganar.

Más de uno llegó a decir que Beccacece era tozudo, pero no: es incansable. No hay un único punto de origen en su obsesión por entender el por qué y el para qué de las cosas. Parte heredó de su casa, donde se respiró cultura y un fanatismo casi fundamentalista por Newell's. Parte la sembró jugando con sus dos hermanos, incluido su mellizo, Aníbal, que siempre lo acompaña desde el dije con forma de pelota de fútbol que tiene colgado en el cuello. Parte lo adquirió en El Luchador, uno de los tantos clubes de barrio que hay en Rosario, donde cultivó una amistad con Marcos Migoni, cantante de Farolitos. Parte la aprendió en las oficinas de Rosario de Marcelo Bielsa, con quien debatió infinitos fundamentos de la táctica. Parte la formó en Renato Cesarini, la escuela de fútbol amateur del Indio Solari, donde dirigió su primer equipo a los 19 años. Parte la aprendió mientras andaba en una motito por Rosario repartiendo productos de almacén de la empresa con la que sobrevivía su familia: ahí, admite, profundizó el arte de convencer al otro. Parte la estudió en el profesorado de Educación Física de donde egresó y donde conoció a Patricia, su compañera de vida. Parte la heredó de la locura de Jorge Sampaoli, con quien arrancó ya en un delirio, abandonando su vida de pibe, marchando a compartir una piecita en Tacna, al sur de Perú, para conducir a Coronel Bolognesi, conformando una sociedad que duró trece años y consiguió el mayor porcentaje de puntos de la historia de Chile. 

Beccacece conoció a Sampaoli porque Claudio Vivas, ayudante de Bielsa, los presentó. Llegó con 22 años y ya con una carpeta de trabajos. Con su primer sueldo, le compró un pasaje a su compañera -y mamá de sus dos hijas- para que fuera a visitarlo y, como todo en él es al fleje, la invitó a vivir y a compartir la aventura. Contra viento y marea: porque no había sido futbolista y ese es un prejuicio que cae sobre su espalda. Es la cruz con la que carga y por la que, muchas veces, lo agreden en los medios de comunicación. Desafió esa ausencia con conocimiento. Estudió, estudió y estudió. Tanto que en la escuela hacía una prueba, la firmaba con el nombre de su mellizo y arrancaba a hacer la suya. Ver un partido de fútbol con él es un ejercicio diferente: cuando un jugador pasa una pelota, ya está calculando cuántos rivales eliminó con ese toque; cuando un extremo ataca, está pensando en cómo marcan del otro lado. 

Diego Milito, el director deportivo de Racing que abandonará su cargo cuando termine este mandato de Víctor Blanco con quien mantiene profundas diferencias, destaca: “Siempre supe que era un entrenador fantástico. Muy preparado, muy pasional. Pero si hay algo que destacar en un técnico así es que tiene un costado formativo increíble. Los entrenadores tienen que seguir formando aunque sea en primera división y él lo hace. Le veo rasgos de Giampiero Gasperini, el técnico del Atalanta. Le dedica el tiempo al jugador. Le da muchas herramientas”. Desde su llegada a la Academia, debutaron once juveniles. Sumó un selectivo de inferiores que, haciendo las veces de sparring, trabaja a la par de la Primera. Un poco en chiste y otro poco en serio, cambió el lema de #RacingPositivo por el #RacingConstructivo y, con los jóvenes que viven en la pensión, trabajó en limpiar el predio Tita -centro de entrenamiento construido en 1999 por los hinchas como forma de resistencia a la quiebra del club-. Pintó y lijó los arcos.

El elogio a la obsesión es un arma de doble filo. Beccacece puede ser percibido como un loco. En la U de Chile, en un clásico contra la Católica, luego de que el árbitro cobrara un penal, de la bronca, fue corriendo y pateó una heladera gigante que estaba en la cancha -luego, en el país trasandino fue furor un jueguito arcade donde debías pasar misiones, siendo el entrenador, combatiendo contra heladeritas-. Sus pasos por el búho chileno y por Independiente son sus puntos flojos: las cosas ahí no le salieron. 

En una Copa Sudamericana, dirigiendo a Defensa y Justicia, eliminó a Sao Paulo, conducido por Rogerio Ceni -también DT del Flamengo al que sacó esta semana de la Libertadores-. Esa noche lo expulsaron y debió ir a ver el partido a la sala del dóping. Un jugador entró desde el banco y no seguía la marca. Él empezó a gritarle al televisor, a darle indicaciones aunque nadie lo escuchara, como si realmente lo tuviera al lado. También habían echado al médico y él le pedía al doctor que enviara la indicación, pero estaba en su misma condición. En esos días de Florencio Varela, estaba durmiendo y se le apareció en un sueño que Tomás Pochettino iba a hacer un gol: al día siguiente lo puso y ocurrió eso mismo. Resultará raro, pero en su intensidad no es que anda buscando lo rígido, sino que siempre palpita atento a cualquier idea que pueda capturar en el aire. Tan atento está a los sentidos que, hace algunas semanas, en una práctica en el Cilindro, el equipo estaba ensayando las presiones sobre el rival y, de repente, dejó de oír un sonido casi imperceptible, giró, miró a la segunda bandeja desde donde estaban filmando la práctica y preguntó: “¿Qué pasó con el drone?”. Se había estrellado. 

Kurt Lutman, el jugador que festejó un gol con una casaca que decía “Cárcel a Videla y a los milicos asesinos”, es una meca del fútbol. Anda en bici por Rosario repartiendo sus hermosos cuentos y percibe el juego -y la vida- desde un ojo sensible. Beccacece más de una vez viajó a verlo cuando no encontraba una respuesta. Al entrenador de Racing lo define así: “Un humano valiente. Noble. Que decidió empezar a caminar su camino mirando a su sombra a la cara, batallando hacia adentro. Que, creo, es la batalla más despiadada”. Ese es un rasgo indiscutible en su intimidad. Porque le sobra el fuego como para enojarse en una práctica con alguien que la está observando desde afuera y hace un comentario negativo, y tiene la humildad, para al día siguiente, aunque sea el jefe de todos, acercarse, tocar una puerta y pedir disculpas. Esa omnipresencia, mancomunada con sus gritos desde el banco de suplentes, a veces son el filo malo de su cuchillo. Cerca de cumplir 40 años es capaz de gritarle un gol en la cara a un cuarto árbitro que le hizo cambiar una pechera o de fastidiarse porque algo no le gusta y, a la vez, admitir que son reacciones que tiene que modificar porque uno siempre sigue aprendiendo cosas. 

Poniendo el mundo patas para arriba si hace falta. Así sea una conversación con su hija mayor, que lo lleva a reflexionar el valor de las discusiones que plantea hoy el feminismo y a repensar el valor de su abuela en el engranaje familiar. Así sea armar la lista de penales en el Maracaná, donde los tres primeros pateadores estaban cantados -Licha López, Matías Rojas y Leonardo Sigali-, pero desandó unos pasos, encaró a los juveniles Carlos Alcaraz y Fabricio Domínguez, y les propuso que cerraran la serie.

De adolescente, Beccacece fue a ver a Los Piojos donde pudo. De nene, cuando jugaba a la pelota en los clubes con sus hermanos, concluían los partidos y siempre preguntaban por ellos, porque él era el menos destacado. Aun así, sentía que sus compañeros querían escucharlo. “Era atípico, tenía 10 años y se paraba al costado de la canchita a darnos indicaciones a los que jugábamos”, rememora su hermano Aníbal. Desde esas desventajas, se dedicó a ser un pescador de ideas por la vida. Con un lema que escribió Ciro y que define la ley con la que enfoca la existencia: “Dentro tuyo, dentro tuyo están las llaves. Solas, solas esperan tus manos”. 

Pizza post cancha

  • La flamante editorial Fútbol Contado publicó dos libros bien futboleros. Son la novela Cosas que pasaron en el club, de Félix Mansilla, y la reconstrucción histórica Barcelona-Estudiantes, de Nicolás Sotomayor, sobre la mítica final entre esos dos equipos. Los encuentran por acá.
  • Nicolás Nicoloff fue jugador de la selección argentina de handball, se formó en la Educación Física, en la Sociología y en la Pedagogía en dos costados del Atlántico y tiene una experiencia de vida que no parece caber en una sola existencia. Su labor en los barrios castigados, primero, de la Argentina y, luego, en Francia es inspiradora. Hoy, a las 15, contará parte de su experiencia en una tertulia abierta por Zoom. No se la pierdan.
  • Oscar Barnade es un maestro del periodismo. En su cuenta de Twitter, está llevando adelante una obra delirante: contar día por día -no fecha por fecha- la carrera de Diego Maradona. 
  • El Legado, historia de un grupo que le torció la mano al destino es el nuevo libro de Germán Beder, de prosa exquisita, y un conocimiento enorme sobre la Selección argentina de básquet. En este gran trabajo, cuenta cómo fueron los últimos años de este gran equipo.

Esto fue todo.

Vamos llegando a fin de año. La aventura seguirá el año que viene. Tu aliento es indispensable para continuar caminando esta ruta. Para aportar a la banda de Cenital, metele por acá.

Abrazo grande,

Zequi

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Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.
@zequischer

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