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Twitter dice que eso es mentira

En los días previos a la elección en Estados Unidos, y los días posteriores, Twitter comentó los tuits de Donald Trump.

Hola, qué semana triste. Se siente rarísimo hablar de cualquier cosa que no sea el Diego, pero acá estamos. Espero que estés, dentro de todo todo todo eso que es 2020, bien. 

Paso sin más preámbulo al tema de hoy: la regulación de contenidos por parte de plataformas. La verdad es que tenía muchas ganas de escribir esta edición del newsletter porque es un tema sobre el que pienso, dudo, converso. Busqué opiniones especializadas para sumar perspectivas, así que acá vamos. 

El puntapié es la actitud sin precedentes que tomó Twitter respecto a los tuits de Donald Trump. La plataforma consideró que los mensajes del presidente eran contenido que desinformaba –por falsos o incitar a la violencia– y los comentó.

[Aclaración, no fue solamente Twitter que intervino. Facebook también hizo lo suyo y no actuó solamente respecto a Trump (también por ejemplo con cosas como QAnon, un grupo de conspiranoicos). En este Burofax, porque aunque la noche está hermosa no estoy para escribir un libro, intentaremos restringirnos a Twitter, Trump y la elección]

Un poco de contexto, internacional y nacional. La última vez que hubo elecciones en Estados Unidos fue en 2016 y en aquella ocasión Rusia intervino a favor de Donald Trump y en contra de Hillary Clinton. Esto no lo digo yo, si no que lo decidió el Congreso de Estados Unidos en una investigación sobre el tema (acá podés leer un PDF de 67 páginas con más data si te interesa). La estrategia de Rusia estuvo basada en la utilización de redes sociales para favorecer a Trump y desprestigiar a Clinton.

Respecto a lo nacional, hace años que el Partido Republicano tiene como estrategia limitar el voto. Básicamente este Partido sabe que por la demografía (cada vez menos hombres blancos, cada vez más minorías –afroamericanos, latinos, etc.–) lleva las de perder.

Una opción (que resultó de una consultoría que encargaron cuando perdieron por segunda vez con Obama) sería modernizarse y adaptar sus políticas para ser más atractivos para las minorías, las mujeres, y los jóvenes. La otra es no cambiar nada, y tratar de impedir que las minorías y los jóvenes voten. Los republicanos parecen estar inclinándose por la segunda estrategia (acá lo dice uno de ellos). 

¿Cómo impiden que la gente vote? Diciendo que hay fraude electoral (cuando no lo hay) y que por ese motivo hay que poner restricciones al voto (que no es obligatorio y sucede un día de semana, o sea ya está complicado desde el vamos). Brevemente: hay que registrarse con determinado tiempo de antelación, hay que presentar cierto tipo de identificación (es un país en el que no hay DNI), que si mandás tu voto por correo tiene que firmar un testigo (?), entre varias otras reglas arbitrarias que además cambian en el tiempo, y entre Estado y localidad (o sea, te aprendiste la regla, te mudás y tenés que aprenderlas otra vez). 

Vuelvo. Es el 2020 y hay una pandemia. Entonces, no es un gran momento para que la gente se agolpe para votar y las autoridades electorales creen que hay que incentivar el voto por correo. Los republicanos, con Trump a la cabeza, arrancan una campaña para decir que votar por correo va a generar fraude y hay que impedirlo. O sea, arrancan una campaña para impedir que la gente vote. 

Disculpas por lo larga de la introducción, pero creo que es necesaria para entender en qué contexto Donald Trump tuitea. Y ahora vamos a lo que tuitea y a lo que hace Twitter.  

Entro ahora a Twitter y capturo lo último que tuiteó: 

Traduzco lo que Donald escribió: “Biden solo puede entrar a la Casa Blanca si puede probar que sus ridículos ‘80.000.000 votos’ no eran fraudulentos u obtenidos ilegalmente. ¡Cuando ves lo que pasó en Detroit, Atlanta, Philadelphia y Milwaukee, fraude electoral masivo, él tiene un gran problema imposible de resolver!”. El tuit es de hace una hora y acumula 29,3 mil retuits; 8,3 mil tuits citados; y 112,6 mil me gusta. Hasta ahí todo normal. Lo distinto es que Twitter agrega un mensaje en otro color: un signo de exclamación y la frase “Esta afirmación sobre fraude electoral es disputada”. Si uno hace click sobre esa frase va a otra página –todavía en Twitter– donde un texto nos explica que el fraude electoral en Estados Unidos no sucede nunca, y que esto está confirmado por expertos. Más abajo hay links a una cantidad de artículos periodísticos que ofrecen evidencia sobre esto mismo. 

Si uno recorre su timeline encontrará varios ejemplos más. El presidente de Estados Unidos diciendo algo, y Twitter colocando este cartel que avisa que lo que dice es disputado.

En este tuit Trump cuenta que dio una conferencia de prensa, pero la “prensa fake news” se aseguró de que su mensaje no llegara y nos lo resume: “El punto principal fue que la elección del 2020 estuvo ARREGLADA y que yo GANE”. Twitter tiene algo para decirnos: “Múltiples fuentes indican otros resultados para esta elección”. Si hacemos click veremos otra pantalla que cuenta que Joe Biden ganó. 

Vamos más atrás. Trump retuitea un segmento televisivo de la cadena One America News que habla de los peligros de votar por correo. 

Twitter abajo escribe: “Descubrí cómo votar por correo es seguro”. 

El último que te muestro es uno del 3 de noviembre, el día de la elección. Para ver el tuit tengo que apretar “ver” porque antes Twitter me pone un mensaje: “Alguna parte o todo el contenido compartido en este tweet ha sido objetado y puede ser engañoso respecto de una elección u otro proceso cívico”.

Aprieto “ver” y aparece esto: 

Trump dice: “La decisión de la Corte Suprema en Pennsylvania es MUY peligrosa. Va a permitir hacer trampa generalizada y sin chequear y va a minar nuestro sistema de leyes. También va a generar violencia en las calles. Hay que hacer al respecto!”. Otra vez, Twitter tiene un mensaje para los usuarios: “Descubrí cómo votar por correo es seguro”.

Bueno, hasta acá los tuits de Trump y las respuestas de Twitter. Ahora, el análisis. ¿Estuvo bien Twitter? Hablé con especialistas al respecto. Ellos conectaron lo que está pasando ahora a la pandemia global, analizaron las consecuencias de la intervención de Twitter en términos de la libertad de expresión, y esbozaron los pros y contras más generales de la intervención. Finalmente, conversamos sobre qué significa que Twitter sea el juez de qué se puede decir y qué no, y las consecuencias más amplias sobre la democracia. 

Pandemia y urgencia

Antes que nada, Celeste Wagner, candidata a Doctora en Comunicación por la Universidad de Pennsylvania, apunta un dato clave para entender por qué esto pasó ahora. Si bien la desinformación no es un fenómeno nuevo y las cadenas de TV de Estados Unidos ya venían desarrollando estrategias para lidiar con las intervenciones de Trump –por ejemplo, ya habíamos visto cómo ciertos presentadores le discutían a los entrevistados, o editorializaban las conferencias de prensa– ella cree que la pandemia marcó un quiebre. En momentos en que la desinformación tenía consecuencias fatales, fueron en muchos casos las autoridades gubernamentales las que actuaron de modo como mínimo irresponsable (ella me linkea esto). En este contexto de vida o muerte, los medios decidieron hacer algo inédito en Estados Unidos (como “interrumpir la transmisión del discurso post-comicios de un candidato presidencial”) y Twitter intervino con sus comentarios. 

Discurso y censura

¿Están censurando a Trump? Ernesto Calvo, Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Northwestern e investigador de la Universidad de Maryland, piensa que no porque no todo lo que se dice en redes es protected speech. Es decir, pedofilia, lenguaje de odio, no es discurso a proteger. Agrega: Trump no estaba opinando, sino incitando al fraude electoral y el fraude electoral es un crimen. Entonces, no existe la tarea de proteger todo lo que dice un político como tal.

Carla Yumatle, filósofa política y Doctora por la Universidad de Berkeley, tampoco considera que Trump ha sido censurado. “Nadie le impidió a Trump manifestar sus ideas en otros medios ni la justicia dictaminó que sus actos de expresión fueran ilegales. La Primera Enmienda de la Constitución norteamericana no exige que las compañías privadas den publicidad a todos los puntos de vista existentes en la esfera pública”. Sin embargo, ella usa a John Stuart Mill para complejizar la cuestión: la libertad no se garantiza simplemente con la igualdad de derechos, o sea, “hay que estar atentos no sólo al accionar del poder político sino también al del poder social. La estigmatización, el escrache, etcétera. son todas formas sociales abrumadoras que pueden cohibir la acción individual”. Pero Carla se pregunta: “¿Hubo algo semejante en el accionar de Twitter con respecto al discurso de Trump?” y se contesta: “Lo dudo.“ 

Intervención: pros y contras

Le pregunto a Celeste: ¿cuáles son las ventajas y desventajas de que los medios intervengan? Ella apunta que si bien algunos consideran que las consecuencias de la desinformación política no son muy tangibles, el discurso de Trump ciertamente impacta en generar violencia (ejemplo, los grupos extremistas de supremacía blanca están muy contentos con el presidente). Y, otra vez, la pandemia puso de relieve los riesgos reales de la desinformación con gente que murió por probar antídotos contra el Covid que el mandatario había promovido. Entonces, Celeste me dice: “Es crucial la existencia de una comunicación de la salud desideologizada y científica que apunte a promover la prevención y el cuidado y ese es un poco el rol que muchos medios opositores han adoptado en los últimos meses”.

Sin embargo, también alerta sobre el posible efecto boomerang de que los medios tomen ese rol: la derecha dirá que la “fake news media” censura y eso alimentará aún más su paranoia de que les robaron la elección. Posiblemente desconfíen de los medios, no sólo en temas electorales, sino por ejemplo en lo que escuchan sobre la pandemia y las recomendaciones de cuidados. 

Carla coincide. Ella cree que esta auto-regulación puede llevar a más polarización con “un electorado móvil y fragmentado que termina migrando a la plataforma que no limite el discurso que quieren escuchar”. A partir de las decisiones de estas plataformas algunos usuarios migraron a Parler, Rumble, MeWe y Newsmax. Sitios más a la derecha. Esto “contribuye al resquebrajamiento de un lenguaje común que toda democracia necesita”. Y de hecho, Matthew Sheffield, uno de los artífices de los medios de comunicación de derecha, dijo provocadoramente que Facebook ha sido el principal protector de la derecha extrema.

Twitter como juez 

Por otra parte: ¿quién determina qué se puede decir o no en redes? ¿Deben ser las plataformas? 

En este sentido, Carla pregunta: “¿Cuál es el sustento legítimo y democrático que autoriza a tres personas exorbitantemente ricas a intervenir, limitar y moldear el discurso público? ¿Quién votó a Mark Zuckerberg?”. Pero además considera que estas plataformas no tienen ni los resultados adecuados (trae a colación la última investigación de Transparency Tube, según la cual los esfuerzos de YouTube en limitar la circulación de noticias falsas acerca del proceso electoral no fueron fructíferos), ni las herramientas y me dice: “¿Por qué Mark Zuckerberg debería regular el alcance del discurso político con la misma sensatez que decide censurar un pezón?”. Además, está la arbitrariedad. El criterio de intervención de Twitter es el “(potencial) daño a la comunidad”, pero ¿cómo definen daño? ¿Cómo determinan la probabilidad de daño? ¿Y cómo determinan la causalidad del daño? En este sentido, ella cree que “precisamente por su ambigüedad, el concepto se presta a ser utilizado arbitrariamente con propósitos comerciales o personales”.

Celeste sostiene que darles tanto poder a los medios para decidir qué mostrar y qué no va en detrimento del diálogo democrático. Ella ha realizado entrevistas con estadounidenses para investigar la relación entre emocionalidad y consumo de noticias, y piensa que esto puede “profundizar la polarización, agudizar la percepción falsa de que todo es una opinión y acentuar los silos de las cámaras de eco”. Pero además, ella invita a mirar la película, y no la foto: “Intervenir el discurso de un líder como Trump no previene los problemas que aparecen como consecuencia de él, como la falta de pluralidad en la esfera pública, la misoginia, o el racismo”.

Es decir, la intervención de los medios no reemplaza un cambio social o cultural, e incluso puede no colaborar en la construcción civil más amplia y plural. Celeste lo ejemplifica con su trabajo sobre el debate del proyecto de ley por la legalización del aborto en Argentina en 2018. Entrevistó en profundidad a ciudadanos y encontró que –independientemente de sus posturas sobre el tema– muchos entrevistados mencionaban cuánto valoraban la oportunidad de haber escuchado a muchos de sus representantes en el Congreso, algo que había informado mejor sus preferencias de voto. O sea, Celeste le devuelve la pelota a la gente: que la ciudadanía pueda acceder al discurso de sus representantes. Ciertamente los medios deben ejercer su rol de transmitir información de interés público bajo criterios democráticos, científicos y fomentando la deliberación entre personas con opiniones diversas, pero con la ciudadanía en última instancia decidiendo qué consumir y a quién votar.  

Ernesto comparte las preocupaciones: “A mi juicio, deberían existir mecanismos de monitoreo que incluyen a las plataformas, el gobierno y las ONG”. Sin embargo, Trump tuiteaba mientras se realizaba la elección. Imagínense que hay un mecanismo de control que se activa, le hacen una denuncia y un mes después le bajan el tuit. El daño está hecho. Ernesto remarca las urgencias del tema: “¿Se puede regular en tiempo real? Dado que se publican 700 a 1000 millones de tuits por día, no parece posible”. Entonces, hay que crear un espacio en las plataformas, donde entre varios –plataformas, reguladores y ONG u otros organismos similares– decidan. 

Ernesto cierra así: “Todo muy complicado. Pero, a mi juicio, uno no puede esperar a que todos estos temas estén resueltos para frenar mensajes como los de Trump. Las etiquetas son una buena opción”.

[Por cierto, Celeste me hace notar que las plataformas están editorializando en Estados Unidos, pero no en, por ejemplo, nuestro país –ni en temas políticos específicos, ni en los cuidados por Covid–. En su opinión, esto “acentúa el sesgo etnocéntrico y anglocéntrico con el que estas corporaciones interpretan sus alcances”]

Especificidades de plataformas 

Ernesto agrega una pregunta: ¿son responsables las plataformas por lo que publican sus usuarios? O sea, Trump intenta desestabilizar una democracia en tiempo real, ¿Twitter tiene la culpa? En Estados Unidos no, porque existe la Sección 230 (perteneciente a la Ley de Decencia en las Comunicaciones) que dice que las plataformas no son responsables de lo que dicen sus usuarios; pero en otros países hay otras reglas. Ahora bien, más allá de no ser responsable legalmente, Twitter tiene un costo económico –ejemplo, usuarios que se van porque está dejando que Trump mienta–. Entonces aparece la posibilidad de que, como empresa privada que es, elija quién entra o quién no. Pero tampoco hay regulaciones claras sobre qué pueden demandar las plataformas de los usuarios. 

Carla me deja dos cosas para pensar sobre las cuestiones específicas de las plataformas y la información: el desafío epistemológico y la democratización de la esfera pública. 

Sobre lo primero, cita al teórico político David Runciman para señalar que el desafío de estos gigantes de internet a la democracia es epistemológico. Las plataformas anquilosan nuestras creencias (la famosa burbuja informativa), mientras que la democracia requiere de “plasticidad cognitiva y normativa”. Entonces, perdemos capacidades de transformación y adaptación muy necesarias para la democracia. Por otra parte, las redes, esos gigantes veloces, logran competir con el Estado de un modo que los medios tradicionales no. Ya no es el Estado la única voz, o la voz autorizada, sino que hay una multiplicidad de “verdades” y “hechos” circulando por las redes. Esto podría ser positivo, por plural, pero Carla remarca cómo en el caso del Covid se vio que “distintas regiones en Estados Unidos albergan creencias contrapuestas acerca de la severidad del virus y de cómo organizarse para prevenirlo”.

Sobre la democratización de la esfera pública, la filósofa política menciona el supuesto desplazamiento de la representatividad. Los ciudadanos en teoría solo nos manifestamos a través de nuestros representantes, pero las redes –a diferencia de los medios tradicionales– nos hacen creer que llegó (o volvió) la democracia directa. De hecho esto es un chiste constante en Twitter Argentina: cómo se debaten y “resuelven” cosas en la plataforma, aunque todos sabemos que no es así.

Carla profundiza: la representación no ha sido eliminada, sino privatizada. “Los que van a decidir cada vez más el alcance, formato y contenido del debate público son las plataformas a través de sus recomendaciones algorítmicas”, reflexiona. Quizás sea necesario que, tal como los medios de comunicación tradicionales hacen explícita su línea editorial, las redes admitan qué lejos están de ser simples amplificadores del discurso ciudadano, para reconocerse una parte con poder en el debate. 

El del estribo

Gracias por llegar hasta acá.

Un abrazo

Jimena

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Soy economista (UBA) y Doctora en Ciencia Política (Cornell University). Me interesan las diferentes formas de organización de las economías, la articulación entre lo público y lo privado y la relación entre el capital y el trabajo, entre otros temas. Nací en Perú, crecí en Buenos Aires, estudié en Estados Unidos, y vivo en Londres. La pandemia me llevó a descubrir el amor por las plantas y ahora estoy rodeada de ellas.
@jvaldeztappata
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