Opinión

Tres preguntas sobre la sociedad poslaboral que queremos

Una mirada sociológica sobre el futuro del trabajo, con un principio orientador: el debate sobre el horizonte deseable debe recuperar los matices.

Las discusiones sobre el futuro del trabajo contemplan hoy una serie de dimensiones que muchas veces quedan opacadas detrás de la dicotomía: sociedad salarial – sociedad poslaboral. Así, pareciera que nuestras opciones son dos: luchar por volver a la sociedad salarial de pleno empleo de posguerra o aceptar –o incentivar– una sociedad poslaboral. Pero categorizar implica reducir complejidad y para poder discutir realmente estos problemas tan relevantes es necesario matizar. Para ello, quisiera establecer 3 puntapiés para el debate.

¿Qué pasado versus qué futuro?

Los tipos ideales son muy útiles para la acción política, pero poco para el debate serio: cuando decimos “sociedad salarial” pareciera que el mundo hubiese sido uno solo, donde todes poseían un empleo formal con obra social, seguro de desempleo, jubilación y demás. Pero esto no era uniforme internacionalmente ni dentro de los países. 

Los países latinoamericanos son un buen ejemplo de sociedades “modernizadas” donde el empleo informal persiste a lo largo del tiempo y a través de gobiernos. Segmentos precarizados de la población ya existían en el siglo xx y, por otro lado, puede que desde la mirada de hoy idealicemos las condiciones de vida del típico obrero fabril y del empleo formal, en términos amplios. La sociedad salarial estableció un techo de derechos y condiciones de trabajo y, si bien hoy el problema es garantizar ese techo, subyace la pregunta sobre si eso es todo lo que queremos.  

Y cuando decimos sociedad poslaboral, ¿a qué nos referimos? Porque hay muchos caminos distintos por los cuales podemos llegar a eso. Uno es el de la exclusión de buena parte de la población mundial, donde unos pocos concentran la riqueza y disfrutan de realizar una tarea productiva “elegida” por ellos mismos y la mayoría vive en la miseria porque los trabajos han sido automatizados, las empresas ya no requieren mano de obra y los Estados no dan abasto para suplir esos ingresos. Otro camino es el de la inclusión: una sociedad poslaboral donde todes tenemos garantizado un ingreso suficiente para desarrollar nuestra vida de forma decente, que cubra nuestras necesidades materiales y nos permita a la vez dedicar nuestro tiempo a las actividades que nos resulten interesantes. 

Estos dos escenarios se encuentran en los extremos de la “sociedad poslaboral”. Un punto intermedio sería desacoplar los sistemas de seguridad social del trabajo, de forma que todes posean garantizados sus derechos sociales sin importar su estado de actividad o categoría de empleo. Esta opción, sin embargo, no soluciona los problemas relacionados a las condiciones de trabajo, que no son aspectos menores. 

Entonces, si lo que queremos es recuperar el pasado, es importante que establezcamos claramente qué es lo que queremos recuperar y ser críticos en ese ejercicio. Porque tampoco es cierto que la sociedad salarial haya sido una panacea para la gran mayoría de la población. 

Y si optamos por el futuro poslaboral, ¿cuál queremos? Puede que la respuesta sea un poco obvia y el asunto esté más centrado en discutir cómo la construimos. Pero para llegar al cómo primero hay que definir el qué. Como dice Alejandro Galiano, es importante que desde la izquierda también nos permitamos hablar y pensar el futuro de forma disruptiva; que esta tarea no quede sólo en manos de Silicon Valley. 

Además, si bien las ideas de justicia e igualdad son centrales en estos debates, también se juega el concepto de libertad. En la sociedad laboral, esta representaría la posibilidad de trabajar de lo que “nos gusta”, asociada al concepto de vocación. Desde la sociología podríamos decir que no existe la vocación, ni la elección libre del trabajo. Que son nuestros ámbitos de socialización los que definen nuestras trayectorias laborales. También se puede decir que incluso cuando trabajamos de “lo que nos gusta” estamos siendo explotados por el sistema capitalista. Pero aun así hay una diferencia. Es importante intentar conciliar la libertad con la igualdad, la posibilidad de que todes realicemos actividades que nos hagan un poco más felices, libres y que poseamos los mismos derechos. 

¿Qué hacemos mientras tanto?

El segundo problema es el ahora. ¿Qué hacemos durante la transición hacia donde sea que vayamos? Nos encontramos en un punto intermedio entre el crecimiento del trabajo no salarial, de la automatización, la caída del empleo industrial, la flexibilización de la relación de dependencia en un mundo donde todavía la relación de dependencia es la vara con la que medimos las cosas.  La OIT la llama “relación de empleo estándar”. 

Estamos ahí, viendo lo que queda del pasado y lo que viene del futuro. Pero sin duda, la gente más desprotegida ahora es la que experimenta lo que viene del futuro: las plataformas, la gig economy, la precarización. Trabajan sin saber cuánto van a ganar el mes que viene, qué pasa si tienen un accidente, qué van a hacer cuando no puedan trabajar más. Estas son cosas que se asimilan más al futuro distópico que al utópico. 

La primera reflexión es que esto no lo van a solucionar las empresas: necesitamos al Estado. Un Estado que regule para arriba, que garantice los derechos conquistados por el pueblo trabajador en el pasado incluso para las formas de trabajo que se alejen de ese estándar. Mientras discutimos hacia dónde queremos ir, es clave que la sociedad, los sindicatos (y el Estado como garante) no abandonen la lucha por lo que hoy es el máximo nivel de derechos laborales. Una cosa no quita la otra. Superar la dicotomía es fundamental para generar sociedades más iguales y libres. El Estado es el responsable de gestionar el presente y de planificar el futuro, ambos son urgentes e importantes. 

¿Qué queremos?

El tercer punto es la clase social. Para ilustrarlo voy de nuevo a usar otro ejemplo, (que también trasluce mis experiencias de clase), sobre la búsqueda laboral. Ese momento en la entrevista en que la persona de Recursos Humanos pregunta por expectativa salarial y sabés que si decís menos de lo que están preparados para ofrecer, fuiste, pero si decís más tal vez también fuiste. Esas son las empresas aprovechándose de nuestra tendencia a pedir menos de lo que nos corresponde. 

Algo de eso pasa también en las discusiones sobre el debate por el mundo del trabajo. Porque cuando glorificamos el empleo salarial ¿qué estamos glorificando en sí? Trabajos de fábrica insalubres, enfermedades tempranas, jornadas extensas y vidas cortas. Todo a cambio de cosas muy importantes, sí, pero deberíamos preguntarnos si es eso a lo que queremos volver. Además de si es sistémicamente viable, más allá de nuestros deseos.

El concepto de trabajo flexible también es controversial y diferente según la clase social. Para el trabajador profesional joven la jornada estricta de 9 a 18hs no es ideal. Prefiere moldear sus horarios según sus actividades. Pero para otros el trabajo flexible equivale a precarización, jornadas extensas con porciones de trabajo no pagas, ingresos inestables, sin acceso a la salud, etc. Esto, sin embargo, no quita que trabajadores de distintas clases puedan valorar lo mismo: la posibilidad de decidir sobre sus horarios. Es importante entonces separar flexibilización de precarización conceptualmente, para construir un futuro donde la primera no equivalga a la segunda en ninguna clase ni sector social. 

Lo mismo pasa cuando criticamos la automatización de trabajos: claro que no debemos dejar al amparo a las personas cuyos empleos son reemplazados por máquinas, pero tal vez la solución no sea ir en contra de la automatización para defender esos trabajos, sino defender a las personas. Acá también juega la idea de que para la clase media defendemos el derecho a trabajar en algo que nos guste y para otres defendemos el derecho a trabajar para tener un ingreso. Ni hablar de la diferencia de magnitud entre esos ingresos. La vara siempre es distinta. 

Entonces, es importante establecer claramente qué es lo que queremos de un trabajo y de una sociedad. Con el uso de “querer” me refiero a los que queremos hacer y a lo que esperamos recibir a cambio de eso. A la libertad y a la igualdad. Y es importante que en ese proceso equilibremos nuestras expectativas hacia arriba, nunca hacia abajo.

Socióloga UBA. MSc Social Research Methods LSE. Investigo sobre trabajo en plataformas y acción colectiva.
@SofiaNegri
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