Mundo Propio

Se rompió todo

Ya aprendí la lección. Nunca más voy a pedirle al mundo que “no se rompa nada”, aunque sea por tres semanas.

¡Buen día!

Es una alegría volver a escribirte después de mis vacaciones. ¿Pasó algo mientras me fui?

Ya aprendí la lección. Nunca más voy a pedirle al mundo que “no se rompa nada”, aunque sea por tres semanas, porque te puede pasar que volvés y se rompió todo.

En nuestros intercambios hemos charlado bastante acerca de la crisis del 2008 y sus efectos geopolíticos. Hoy estamos ante un momento mucho más convocante. No solo por lo que la pandemia está generando en la arquitectura económica, política, social y cultural del mundo, sobre todo de Occidente, sino porque supone un desafío mucho más grande en tanto millones de vidas humanas están en juego.

Es difícil encontrar paralelos históricos. Algunos mencionan la gripe española de 1918. Líderes como Merkel o Trump comparan esta crisis con las guerras mundiales. Otros simplemente afirman que jamás se vivió algo así. De lo que podés estar seguro es que estamos viviendo un momento que va a dejar su huella en los manuales de historia.

Hoy quiero que empecemos a desentrañar el impacto del coronavirus en todo lo que hemos conversado en estos meses. Lo voy a escribir de esta manera, en parte porque necesito convencerme yo también: no nos apuremos, porque tenemos tiempo. Esto va a durar para rato y es imposible verter todo en un correo. Te voy a pedir una sola cosa y es que me leas desde tu casa.

Arranco con una primera idea: todos los efectos geopolíticos que ha desatado la pandemia ya estaban presentes en el mundo y formaban parte de nuestros intercambios semanales. Lo que hizo el coronavirus fue amplificar y acelerar estas tendencias de manera vertiginosa, pero no las ha creado.

La gran pregunta de este momento es si el coronavirus va a llevar a algunas de estas tendencias a un punto de no retorno, o si se tratará de un escalón más. Es imposible responder esta pregunta ahora, en parte porque no conocemos la profundidad y extensión de lo que estamos viviendo.

Ya prometí que esta semana empiezo yoga. Mientras tanto, vayamos a lo nuestro.

EL IMPACTO DE LA PANDEMIA EN EL TABLERO GLOBAL

Quiero que le prestes atención a cuatro apuntes que tomé en estos días:

  1. El liderazgo de Estados Unidos brilla por su ausencia. China lo ha tomado.
  2. El multilateralismo son los padres.
  3. Te cuida el Estado nación, no la globalización.
  4. Todos somos keynesianos.

Veamos.

El liderazgo de Estados Unidos brilla por su ausencia. China lo ha tomado

La última vez que nos escribimos el virus ya había salido de China y países como Italia o Corea del Sur registraban una alta tasa de casos autóctonos. En dos semanas los casos se dispararon en todo el mundo. El epicentro de la pandemia ahora es Europa y Estados Unidos es el tercer país con mayor número de infectados.

Casi todos los gobiernos han tomado medidas preventivas y hoy un cuarto de la población global vive bajo algún tipo de aislamiento.

Algunos líderes han evitado tomar medidas drásticas de aislamiento, haciendo hincapié en el daño que estas podrían tener en la economía. El caso más resonante –por la magnitud– es el de Donald Trump, que apenas ha sugerido que los estadounidenses eviten salir de sus casas y no participen de reuniones con más de 10 personas. Otros líderes como Jair Bolsonaro han seguido –y empeorado– el ejemplo, pero ahora ocupémonos de Trump.

El axioma es sencillo: Estados Unidos no está pudiendo lidiar con su crisis doméstica, mucho menos ha mostrado interés en lidiar con el problema global. Es acá donde la política exterior de Trump, acuñada por él mismo como America First, está dando la nota más resonante desde su llegada al poder.

Desde la posguerra que Estados Unidos ha cumplido un rol de liderazgo global ante crisis incluso de menor magnitud como la actual, utilizando la ocasión para proyectar soft power: prestigio, reconocimiento y legitimidad sobre su lugar en el tablero. Buena parte de esa tarea consistía en proveer bienes públicos a escala global. Hoy no muestra interés ni siquiera en asistir a aliados históricos como los europeos. Trump no les dio previo aviso antes del anuncio de que prohibiría los ingresos del viejo continente. Esta semana se filtró que ofreció comprarle una eventual vacuna a unos científicos alemanes, pasando por encima de Merkel; Trump quiere la vacuna para los estadounidenses y listo.

Estados Unidos, que solía reponer el supermercado entero, ahora se comporta como el gil de tu vecino que se encanuta todo el papel higiénico por las dudas.

Ese vacío está siendo ocupado por China, que luego de ser apuntada como el origen del virus y de un errático manejo de la información pública, parece haber superado la pandemia: los números oficiales de contagios locales rozan el cero. Ha aprovechado la situación para asistir –con tests de detección, mascarillas, respiradores y know-how sobre cómo superar la crisis– a países en todo el mundo, incluyendo a Irán, España e Italia, que inicialmente había pedido asistencia a sus vecinos. China está cambiando la narrativa de la pandemia.

Una buena postal de la crisis la podemos ver en los dichos de Vucic, presidente de Serbia, que tras declarar que la “solidaridad europea no existe”, afirmó: “El único país que nos puede ayudar es China. Y los otros, pues muchas gracias”.

Lo sabemos: una de las tendencias globales que rige nuestra época es la transición de poder de Estados Unidos, una potencia establecida, a China, una potencia ascendente. Es una transición inestable y que no tiene paralelismos en la historia, porque es la primera vez que el poder muta desde Occidente a Oriente, más concretamente a Asia. El coronavirus está acelerando esta tendencia.

Hay tres datos colaterales a los que tenemos que prestarle atención.

El primero es que este movimiento no está exento de roces entre las dos potencias. Trump insiste en etiquetar al coronavirus responsable del COVID-19 como el “virus chino” y el ministro de Relaciones Exteriores de Beijing ha difundido la versión de que soldados estadounidenses esparcieron el virus en los Juegos Mundiales Militares en Wuhan en 2019. El conflicto diplomático incluye la expulsión de periodistas de ambos lados.

Hay que señalar que una escalada puede dañar la estrategia de Beijing, pues cualquier subida de aranceles de Trump podría costarle caro a la economía china y obligarla a retraerse. También la narrativa de los soldados infectados puede restarle credibilidad.

Pero lo verdaderamente importante del enfrentamiento es que los esfuerzos de China no bastan por sí solos: es vital que haya cooperación entre las dos potencias para mitigar los efectos –tanto sanitarios como económicos– de la pandemia. Es necesario, como sostienen Actis y Creus, que la “interdependencia negativa” devenga en una “interdependencia cooperativa”. En materia económica, por caso, el protagonismo del dólar en el sistema financiero global hace imprescindible el papel de Estados Unidos y la reserva federal.

Lo segundo es que la ventaja de China en la asistencia material se explica en buena medida por su lugar en la cadena global de valor: la gran mayoría de lo que el mundo necesita para el coronavirus se produce en China; desde mascarillas, pasando por respiradores, hasta los componentes farmacéuticos para lidiar con infecciones secundarias. Esta dependencia puede ser sujeta a escrutinio en los próximos años.

El tercer dato nos importa más a largo plazo, y es que no es solo Estados Unidos el que ha mostrado signos de agotamiento: es todo Occidente.

Juan Tokatlian, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella, a quien llame a su teléfono fijo –¡hace cuanto no llamaba a un teléfono fijo!– para preguntarle por sus impresiones, lo puso así: “Esto muestra un derrumbe de Occidente. Está pasando algo más que una transición gradual de poder. Occidente está mostrando los límites de un modelo, de la organización de su tríada Estado-Mercado-Sociedad, de sus políticas de austeridad y distribución”.

Esto nos lleva a preguntarnos sobre qué modelos pueden ser vistos como una alternativa. ¿Va a ser el modelo chino, un Estado autoritario que ejerce un sofisticado control social sobre sus ciudadanos, visto con mayor tentación ante la eficacia que ha desplegado en la gestión de la crisis? ¿Puede la ética comunitaria asiática, donde la sociedad está vista por encima del individuo, tener impacto en Occidente?

El multilateralismo son los padres

Ya te lo dije una vez: las cumbres mundiales nos dan más memes que respuestas a los problemas globales. Las instituciones multilaterales como la ONU, el G20, el G7, la OMC o el FMI, que supieron ser pilares del orden liberal de posguerra, hoy se encuentran en crisis, con casi nula relevancia en el manejo de asuntos globales. La ¿gestión? del coronavirus lo expone a la perfección.

Hoy el mundo carece de mecanismos de coordinación multilateral, ante una crisis que paradójicamente la necesita más que nunca. Esta necesidad infecta también cualquier tipo de discusión sobre la cura: ¿Cómo se va a distribuir en el mundo la eventual vacuna? Un solo organismo ha florecido: la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero su protagonismo, si bien importante, es acotado y no cambia la ecuación: la colaboración global está ausente.

La crisis del multilateralismo se manifiesta con más fuerza que en 2008, cuando las reuniones del G20 cobraron un fugaz protagonismo para coordinar algunas políticas económicas. Esto ha quedado de manifiesto en las reuniones del G20 y G7 de esta semana, donde no se ha acordado nada sustancial y han primado las diferencias sobre la responsabilidad de China en la pandemia.

Ni siquiera la coordinación regional aparece. América Latina puede dar buena cuenta de ello, pero hay un caso mucho más resonante: la Unión Europea. La mirada compartida entre el club europeo es que Bruselas ha abandonado a los estados ante la pandemia, obligándolos a valerse por sí mismos. Que ha actuado tarde en materia de medidas de contención y que ha profundizado la sensación de pánico.

Otra postal: Angela Merkel llevó a cabo uno de los discursos más memorables de los últimos años; aseguró que el coronavirus representaba “el mayor desafío desde la Segunda Guerra Mundial”. La canciller de Alemania, el titiritero del bloque, no mencionó a la Unión Europea ni una sola vez. El Brexit fue un reflejo del descontento popular de un amplio sector de las ciudadanías europeas hacia Bruselas. El coronavirus puede volver a destilar la bronca en el continente. El proyecto europeo, si es que todavía existe uno, corre peligro de vida.

Le pregunté a Andrés Malamud, investigador de la Universidad de Lisboa y especialista en integración regional, sobre esta cuestión. Su respuesta, me dijo, vale tanto para Europa como para el mundo. “Los organismos multilaterales de gestión política están totalmente desintegrados. Pero los funcionales, como la OMS o el Banco Central Europeo, están trabajando mejor. Las organizaciones políticas retroceden; las funcionales avanzan”, me explicó.

Sobre el impacto político tenemos que mirar la tendencia siguiente.

Te cuida el Estado nación, no la globalización

Es cierto: esto podría ser una verdad de perogrullo y no hace falta una pandemia global para que lo recordemos. Sin embargo, la fiebre nacionalista que vemos desde hace rato en el mundo ha levantado temperatura con el coronavirus, y debe ser registrada.

La pandemia ha agudizado las invocaciones a la soberanía nacional, funcionando en muchos casos como justificativo para cerrar fronteras, antagonizar con inmigrantes y avanzar con medidas que aumentan la capacidad de control de los Estados. Todo Occidente ha sido testigo de esto; la pregunta es qué va a quedar cuando el temblor pase, dado que se trata de una tendencia que ya venimos viendo hace rato. El coronavirus amenaza con imprimirle ritmo a la reversión de la globalización.

No se trata únicamente de las medidas adoptadas por los líderes actuales: la ciudadanía elige replegarse en los Estados ante momentos como este, y hace tiempo que el rechazo a la globalización –cada vez más identificada con la pérdida de empleos, la primacía de las elites urbanas, la pérdida de identidad– gana adeptos en diferentes capas de las sociedades occidentales. Otro dato a registrar es que la crisis ha desnudado la fragilidad de las cadenas de provisión por ejemplo en materia sanitaria. No sería sorprendente que los Estados decidan volver a importar bienes que consideren básicos para la salud pública.

“Me pregunto cuán sostenible es este modelo de globalización, y si no está haciendo agua por tantos lugares, por ahora sin terminar de hundirse”, apuntó Tokatlian. Me parece un buen interrogante para seguir de cerca. Subrayemos: este modelo.

Todos somos keynesianos

Yo sé que parezco el Gato Silvestre cuando titulo así, pero las medidas que han tomado las potencias ante la crisis terminaron, de una vez, con el ritmo cardíaco de Javier Milei. Las tasas bajan, las políticas de deuda se relajan y billones de dólares se inyectan en las economías del primer mundo.

Ayer el Congreso de Estados Unidos anunció un paquete de medidas histórico: dos billones de dólares (dos millones de millones), más del doble que la inyección luego de la crisis del 2008, se invertirán para rescatar a la economía. El paquete incluye pagos directos a trabajadores, transferencias millonarias a empresas y ampliación de los beneficios por desempleo. El monto se suma a otros cuatro billones que inyectará la Reserva Federal, que también anunció su paquete de medidas fiscales. El Banco Central Europeo, por su parte, movilizará 750 mil millones de euros como plan de emergencia. Francia, Italia y Alemania analizan estatizar empresas privadas ante la crisis.

Como bien señala el prestigioso economista Nouriel Roubini, lo que la Gran Recesión del 2008 y la Gran Depresión de 1929 lograron en tres años, en materia de colapso de mercados bursátiles, mercado de créditos, desempleo y quiebra de empresas, el coronavirus lo está materializando en tres semanas.

Los economistas ya anuncian un panorama peor al de 2008, que puede superar a la de los años treinta. La gran diferencia con crisis anteriores, inclusive en periodos de entreguerras, es que la economía real permanece completamente parada. Y en muchos casos esto es una condición necesaria para salvar vidas. Como todavía no se sabe cuánto va a durar la pandemia, es difícil pronosticar qué va a pasar con la economía. El nivel de incertidumbre es altísimo. Los pronósticos más optimistas, que descuentan desde el vamos una recesión global y millones de empleos perdidos, hablan de una recuperación después de tres meses de caída libre. Los pesimistas, bueno, te imaginás.

Así como las potencias anunciaron inyecciones masivas de capital en su economía –en América Latina, por otro lado, el margen fiscal es mucho más acotado–la pregunta es cuánto de estas políticas pueden prolongarse, y en algunos casos marcar un punto final a las políticas de austeridad que fueron impuestas en muchos casos tras la crisis del 2008. Tokatlian, por ejemplo, opina que hay espacio para un cambio radical en las políticas de deuda que afectan a nuestras economías, pero que hoy no existen líderes que puedan llevar a cabo tal transformación.

Federico Merke, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés, me apunta que así como el atentado a las torres puso a todo el mundo a invertir en inteligencia, esta crisis puede lograrlo en materia de salud. Y que en el primer mundo modelos de salud pública como el de Reino Unido pueden salir fortalecidos ante modelos como los de España o Estados Unidos, donde atenderse por la pandemia cuesta miles de dólares.

¿Se avecina una discusión sobre la inversión en los sistemas de salud, junto con su naturaleza? De manera más amplia, ¿es el momento de rediscutir, si no todos, al menos ciertos aspectos de los antiguos estados de Bienestar? ¿Cómo podría encararse esa discusión desde economías precarias, con altos niveles de deuda pública?

QUE ESTOY LEYENDO

Quizás ya te la compartieron, pero vale la pena arriesgarse a repetirlo. Me gustó este ensayo del historiador israelí Yuval Noah Harari sobre la tecnología de vigilancia implementada por los estados para la pandemia y el riesgo de naturalizarla de acá en adelante. Un gran texto para pensar el mundo que va a dejar el coronavirus.

PICADITO

  1. La pasividad de Bolsonaro ante el virus desata una crisis política en Brasil.
  2. Estados Unidos presiona a Arabia Saudita para que termine con la guerra petrolera.
  3. Afganistán: al menos 25 muertos en un atentado en Kabul.
  4. Luis Almagro es reelecto al frente de la OEA.
  5. Con la nominación bajo el brazo, Joe Biden comienza la campaña contra Trump.

LO IMPORTANTE

Es difícil aburrirse con toda la proliferación de memes y contenido ante la pandemia y la cuarentena. Mi última obsesión es la campaña marxista que está llevando a cabo Britney Spears, que difundió en su Instagram un post llamando a la distribución de la riqueza. La llaman ‘reina del proletariado’ y obvio estoy a favor.

Este es el post:

Y este es mi meme preferido de la saga:

Antes de terminar te quiero recomendar esta lista que armó Emanuel Porcelli con películas de política internacional para la cuarentena.

También te recomiendo que le des una mirada a estos libros gratis que libera Anagrama para pasar la cuarentena. Si buscás, hay otras editoriales que lo están haciendo. La literatura es una buena ventana para escaparse de las noticias de la pandemia, algo muy necesario en estos tiempos.

Entiendo que el correo de hoy fue larguísimo y voy a intentar que no se repita. Me pareció que ameritaba por la coyuntura y la ausencia de estas semanas. Si tenés preguntas o querés seguir la conversación podes sumarte a la transmisión en vivo que hacemos hoy a las 18hs en el Instagram de Cenital (@cenitalcom) o simplemente escribime por acá.

Es una alegría volver a nuestros intercambios.

Nos leemos el jueves.

Un abrazo,

Juan

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Creo mucho en el periodismo y su belleza. Escribo sobre política internacional y otras cosas que me interesan, que suelen ser muchas. También estoy en Futurock y Radio Con Vos. Estudio Ciencia Política en la UBA. Soy fan de la pelea Mauro vs Samid.
@juan_elman
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