Óleo sobre casta

La pintura de Martín Insaurralde, a pedir del discurso libertario. Una carrera de obstáculos para Sergio Massa.

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El dato más relevante del debate muy posiblemente aparece por fuera de los balances sobre empates, ganadores y perdedores, al menos, en la mayoría de las crónicas periodísticas. La inclusión del tema derechos humanos y convivencia democrática fue producto de una elección por parte de la ciudadanía y objeto de una campaña profusa en redes impulsada por los propios organismos. Javier Milei eligió sus dichos con cuidado. No fueron parte de una réplica sino de sus dos minutos libres. Su alocución excedió el contenido de todos los discursos sobre el asunto que dio durante la la campaña la propia Victoria Villarruel y, para encontrar rastros de su lenguaje en contextos oficiales, habría que remontarse a abril de 1983, cuando se conoció el «Documento Final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y el terrorismo”, elaborado por la última encarnación del gobierno de facto. Allí, la Junta declaró que en la Argentina había habido una «guerra» en la que se habían registrado «errores» y «excesos». El mismo lenguaje sería recuperado tres años más tarde por los jerarcas acusados por delitos de lesa humanidad como secuestros, asesinatos y torturas. Guerra y excesos son las voces de los propios dictadores, las que recuperó durante su alocución vista en vivo por cerca de cuatro millones de argentinos quien fuera el candidato más votado en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias. 

El desarrollo argumentativo se superpuso con otros dos lugares repetidos entre quienes dieron apoyo civil a los militares acusados de crímenes de lesa humanidad. Por un lado, la equiparación entre el accionar del Estado y el de las organizaciones armadas, una operación que Villarruel perfeccionó en los últimos años. Por otra parte, la cuestión del número de los desaparecidos, un aspecto que, lejos de cualquier pretensión de dilucidación histórica, fue parte del discurso permanente de quienes buscan reivindicar el Terrorismo de Estado.

Si el camino trazado en lo discursivo es prístino en su ubicación e intenciones, merece cierto detenimiento la oscuridad de algunas afirmaciones realizadas por el candidato. El primero, evidente, no es necesario tomar las posiciones de Milei para hacer cuestionamientos más o menos adecuados a la violencia de las organizaciones armadas. Personajes tan disímiles como Gildo Insfran -que cada 5 de octubre conmemora a soldados y policías caídos en el ataque al Regimiento 29 de 1975- y Graciela Fernández Meijide recuperaron algunos de esos cuestionamientos desde la política. Resultan también de interés planteos como el que disparara Oscar del Barco en 2006, con su texto sobre el «no matarás», que luego fue seguido por diversos intelectuales de forma más o menos crítica. En esta misma entrega se señaló en más de una ocasión la importancia de reconocer a las víctimas de acciones armadas, particularmente civiles o por hechos cometidos durante la vigencia del orden constitucional. Nada de eso puede servir de excusa para relativizar el carácter de los crímenes de lesa humanidad, ni para homologar aquellos hechos cometidos por el Estado con los de la guerrilla. 

No debería ser necesario aclarar, a la luz de lo que ya fue probado infinidad de veces en sedes judiciales, que no hubo en Argentina ni «guerra» ni «excesos» en el accionar de la última dictadura contra sus propios ciudadanos. No hay ninguna de las definiciones aceptadas sobre guerras civiles que describan lo que sucedió en Argentina, en un contexto en que la guerrilla, además, estaba fuertemente debilitada al momento del golpe y no había, en ninguna hipótesis, un escenario en el que el país estuviera expuesto a una toma del poder. Los grupos de tarea de la dictadura encabezaron acciones de tipo parapolicial y establecieron centros clandestinos de detención masiva, donde se practicaron sistemáticamente torturas y asesinatos, en los que dos tercios de las víctimas fueron trabajadores activistas y delegados sindicales. 

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Las cifras, que Milei señaló hasta la unidad, están ocultas por el carácter clandestino de la represión. Pero informes de la inteligencia pinochetista, que dirigía en Argentina Arancibia Clavel, citaban de fuentes militares argentinas que estimaban 22.000 muertos, entre asesinatos y desapariciones, entre 1975 y 1978, cinco años antes del regreso de la democracia. Respecto de los «excesos», los campos de tortura y exterminio dan testimonio de la existencia de un plan sistemático que requería de una maquinaria aceitada y planificada desde las más altas esferas del gobierno. No hay forma de justificar como una anomalía los al menos 340 centros clandestinos de detención que existieron en el país. La barbarie organizó el robo de más de 500 bebés, muchas veces en los propios centros, un plan sistemático del que dan testimonio con su presencia más de una centena de nietos recuperados. 

Los  secuestros y desapariciones de niños y adolescentes, como Floreal Avellaneda, Ana Cristina Corral, María Claudia Falcone o Franca Jarach, entre varios cientos. Los numerosos testimonios sobre las vejaciones y crímenes sexuales que eran corrientes en los centros clandestinos. No hay lugar para la relativización de la tragedia vivida que no sea la reescritura de la historia al pedir de las narrativas de los criminales. Que nada de esto haya sido demasiado prominente en los balances es, en sí mismo, un indicador de la ruptura definitiva del consenso del Nunca Más que, con diferencias a veces importantes y con fisuras más o menos veniales, fue parte fundamental de la política argentina desde 1983 y, en particular, desde el Juicio a las Juntas. Puede haber sido, sin embargo, un error táctico de Milei de cara a un eventual ballotage donde los votos, al revés que en las PASO o las generales, valen dos en lugar de uno.  

No fue la única anomalía en el debate. La ausencia del affaire de Martín Insaurralde en prácticamente la totalidad de la noche generó más dudas que certezas. Más allá de lo obvio, hay varias preguntas que surgen a partir del atentado al buen gusto que Sofía Clerici decidió filtrar el fin de semana. Si los videos son del 2021 y las fotos de hace casi un mes, ¿por qué surgen ahora? ¿Es la modelo un instrumento que trabaja con alguna de las estructuras del hampa que habitan el conurbano o simplemente una dama indiscreta? ¿Por qué los peronistas afectos a la seducción rentada tienen tantos menos reparos a la hora de la discreción que sus rivales políticos que frecuentan las mismas prácticas? Si las vacaciones y el yate los pagó Insaurralde, ¿de dónde salió la plata? ¿El juego? ¿Quiénes son los empresarios más importantes y dónde están sus terminales? Si el escándalo radica en una opulencia inexplicable, ¿por qué Néstor Grindetti declaró de una manera más benevolente que, incluso, los camaradas de ruta del Chacal de Lomas? Una hipótesis es el caso de Chocolate Rigau que involucra a toda la política bonaerense. El titular de la Cámara de Diputados, Federico Otermin -mano derecha de Insaurralde, pero de un estilo de vida frugal-, tiene doble firma en el parlamento bonaerense con Adrián Urreli. Urrelli reporta políticamente al comprensivo Grindetti. 

En términos de orígenes y costos, el episodio es multidimensional. Insaurralde forma parte del ecosistema del peronismo bonaerense desde hace casi 30 años, siempre en ascenso. Durante el gobierno de Mauricio Macri, comenzó a forjar una sociedad política con Máximo Kirchner que estuvo a punto de concluir con su candidatura a gobernador bonaerense si Axel Kicillof se resignaba a competir por la presidencia. Es tan cierto que Insaurralde muestra un estilo de vida diametralmente opuesto al de Máximo como que fue el propio Kirchner -junto con CFK- quienes impusieron al lomense cuando le intervinieron la provincia a Kicillof y quisieron que reemplace a Verónica Magario como vicegobernadora. Es cierto, también, que la adopción del kirchnerismo a Insaurralde precede por mucho a Kirchner: su primera experiencia como hijo adoptivo fue la candidatura en 2013 ideada por Eduardo “Wado” de Pedro cuando compitió contra Sergio Massa. Casualmente, una colaboradora de De Pedro protagonizó un escándalo de dimensiones sideralmente menores, pero sorprendente por su torpeza y frivolidad: Silvina Batakis, la gerenta y la numeróloga, en Calle Corrientes. Una carrera de obstáculos para Massa.

A Kicillof lo salpica el escándalo no por el hecho en sí -nadie duda en el sistema político argentino de la honestidad del gobernador- sino del control político sobre una situación absolutamente atípica: el jefe de gabinete, en pleno proceso electoral, estuvo 15 días afuera de la Argentina. Un ministro coordinador, por lo demás, con el que el gobernador hablaba todos los días a primera hora. ¿Podía Kicillof echar a alguien a quien no había puesto, que era lo que pedía la jugada? Los manuales del kirchnerismo dicen que no. Esos manuales empiezan a arder. Paga, Kicillof, en este hecho puntual, no haber hecho algo que ningún hijo político de Cristina intentó y vivió para contarlo: desafiarla. 

“Nos operaron con la verdad”, dice ante #OffTheRecord un dirigente peronista de la provincia. La incógnita es quién y por qué. La secuencia fue concomitante y arrancó con la versión de un acuerdo de 20 millones de dólares depositados en un banco del exterior a través de Pershing. Para que no estuviera declarada, eso debería haberse hecho vía suscripción y rescate de fondos comunes de inversión. Una operación habitual de los empresarios argentinos, pero no en esos volúmenes. Hay otros interrogantes: ¿a quién le sirve este daño al oficialismo en el medio de la campaña y tiene la capacidad operativa para hacerlo? Clerici, en el mundo de la inteligencia, siempre estuvo vinculada al mundo de la gastronomía. Igual que Karina Jelinek. Hay innumerables opacidades en el mundo Lomas y una es la presencia persistente de Gastón Marano, muy cercano al ex intendente y abogado del copito Gabriel Carrizo. ¿Sabe esto el kirchnerismo? Hay que suponer que sí. ¿Por qué lo acepta? Es una incógnita.

Insaurralde dedicó toda su vida a la política y es parte de la conversación pública cotidiana desde hace al menos una década. Como todo ciudadano argentino, es consciente del impacto que produjo la foto de aquel festejo de Olivos en plena cuarentena. También, como todo argentino, es consciente de las restricciones en materia de sector externo y las dificultades que enfrenta cualquier ciudadano para adquirir moneda extranjera, incluso en pequeñas cantidades. Aún así, Insaurralde consideró oportuno tomar unas vacaciones en Marbella, junto a una modelo tan ostentosa como sus hábitos de descanso, en una locación elegida por personajes como Monzer Al Kassar. Una secuencia que fue conocida en la misma semana que el dato del INDEC que indicó que 18 millones de argentinos son pobres. Con estos ejemplos, difícilmente pueda convencerse a los argentinos de que es falaz el discurso que postula que los problemas del país se deben a una casta dirigencial que vive una vida faraónica a costa de su pobreza. 

Antes de cerrar el envío de hoy quiero dejarles un texto y una invitación. Primero el artículo de María Esperanza Casullo que forma parte de su newsletter #PopulistasSomosTodos. Allí analiza los vaivenes políticos de los últimos meses y plantea que, a pocas semanas de las presidenciales, “todavía puede pasar hasta lo impensado”. Luego, quiero convidarlos a participar del taller que Cenital estará dando el próximo jueves 5/10 en el marco de la nueva Media Party, el encuentro anual de innovación en periodismo que se realiza en el Ciudad Cultural Konex. Allí Agustina Gewerc y Javier Borelli estarán contando cómo hacemos en Cenital para sostener un medio independiente gracias al apoyo de nuestros lectores. El taller se llamá “Yo quiero tener un millón de Mejores amigos”. Y si vos todavía no sos uno de ellos, podés sumarte ahora mismo desde acá.

Ojalá hayas disfrutado de este correo tanto como yo. Estoy muy agradecido por tu amistad que, aunque sea espectral, para mí no tiene precio.

Iván.

Soy director de un medio que pensé para leer a los periodistas que escriben en él. Mis momentos preferidos son los cierres de listas, el día de las elecciones y las finales en Madrid. Además de River, podría tener un tatuaje de Messi y el Indio, pero no me gustan los tatuajes. Me hubiera encantado ser diplomático. Los de Internacionales dicen que soy un conservador popular.