Que la ciencia te acompañe

No me convertiré en el eco de tu voz

No se trata solo de cambiar mujeres por varones sino de cuestionar los estándares.

Holis, ¿cómo estás? Otra vez te escribo en feriado (no como otros) y otra vez hay escuelita de filosofía. Como la última vez que lo hice me dijiste que te copó el formato, se me ocurrió que puede ser nuestra costumbre en días no laborables. Vermú, papas fritas y good show. O tecito, facturas y conceptualización.

Este news se desarrolló pensando en pandemia y, si bien hubo cosas que nos generaron dudas y que cambiaron a lo largo de los meses, hay algo que siempre supimos: que este contexto profundiza las desigualdades preexistentes. ¿Y hay acaso alguna desigualdad que atraviese todo nuestro orden social tanto como la de género?

O verás cómo no me encontrarás aquí

A principios de octubre, la revista BMJ Global Health publicó los resultados de un análisis sobre representación femenina en los grupos de trabajo que las distintas instituciones formaron para tomar decisiones de gestión sanitaria en la pandemia. Para sorpresa de nadie, de los 115 grupos identificados en 87 países, solo el 3,5% verificó paridad de género entre sus miembros, mientras que el 85,2% contaba con mayoría masculina.

En el resumen ejecutivo del estudio, sus autores señalan que: “La falta de representación es síntoma de un sistema roto donde la gobernanza no es inclusiva respecto del género, la geografía, la orientación sexual, la raza, la clase social o las disciplinas dentro y fuera de las áreas de salud, lo que en última instancia excluye a aquellos que ofrecen perspectivas y conocimientos únicos”.

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No son pocas las veces que a lo largo de la pandemia vimos fotos de reuniones  gubernamentales con muy pocas mujeres (y eso en el mejor de los casos, en muchos otros directamente no hubo ninguna). Si creemos que generar políticas específicas y comités de expertos es parte de la responsabilidad de nuestros representantes en estos momentos, ¿cómo es que no nos parece irresponsable que se tomen decisiones en ausencia de tantos puntos de vista?

Si bien los andamiajes conceptuales no alcanzan para responder una pregunta profundamente relacionada con procesos históricos, la escuelita de filosofía de hoy va a repasar algunas ideas básicas de la epistemología feminista para revisar el sentido común y a nosotros mismos.

Sesgo androcéntrico, por Danila Suarez Tomé

Danila trabaja sobre temas de fenomenología y filosofía feminista. Acá podés acceder a su blog para leer sus notas de divulgación.

Uno de los conceptos fundamentales para entender el desbalance de género en las investigaciones es el de "androcentrismo epistémico". El androcentrismo es un concepto desarrollado por las teorías feministas y de género para explicar cómo detrás de la idea de “Humanidad”, que se pretende universal, neutra, abstracta y objetiva se encuentra escondida una perspectiva parcial y situada que es la relativa a quienes formaron esa abstracción vacía: los varones hegemónicos. Con esto se quiere mostrar que no hay nada de neutral ni de universal ni de abstracto ni de objetivo en la idea de “Humanidad” o “Sujeto” como representativo de toda la especie humana, sino que más bien las características, intereses, necesidades y visiones de un grupo dominante, que llamamos el del “varón hegemónico” (el cual detenta atributos dominantes como ser cisexual, heterosexual, blanco, europeo, propietario, etc.), fueron insertas en una categoría que pretende incluirnos a todxs avasallando nuestras especificidades y diferencias. De este modo, se consolidó la afirmación tácita de que el varón hegemónico es la medida de todas las cosas, y además el único capaz de producir conocimiento, entre otras actividades relevantes para la construcción de nuestras sociedades.

La epistemología feminista ha sido la disciplina que ha evidenciado que la producción de conocimiento científico ha sido históricamente androcéntrica y, además, sexista. A lo largo de la historia, la producción de conocimiento a la que se le ha atribuido mayor legitimidad ha sido a la de quienes lo han podido producir: los varones hegemónicos. Y han sido estos mismos varones quienes, en sus comunidades exclusivas, han desarrollado las teorías que justificaban, precisamente, la expulsión de las mujeres y otras identidades subalternizadas del conocimiento.

Por siglos, tanto desde la filosofía como desde la ciencia se ha buscado expulsar de la producción de conocimiento formal todo aquello considerado como femenino —lo particular, lo emocional y lo subjetivo, entre otros atributos considerados nocivos para el desarrollo de la “buena” ciencia—. De modo paralelo, se ha caracterizado a la mujer en general como un ser irracional y dominado por las pasiones. Esto ha impedido efectivamente que las mujeres fueran validadas como legítimas productoras de conocimiento.

Si observamos la historia de los saberes producidos sobre la mujer y la feminidad, notamos que las capacidades de objetividad, racionalidad, abstracción y universalización —atributos distintivos de la producción de conocimiento y el ideal de ciencia— no le pertenecen “por naturaleza”, de manera que “naturalmente” las mujeres tampoco son aptas para producir ningún tipo de conocimiento válido. Así es como tradicionalmente se les ha negado agencia epistémica a las mujeres, precisamente por los esfuerzos que se hicieron desde todas las áreas del saber para intentar justificar su inferioridad natural en relación con los varones. Cuando ponemos el foco en este problema, vemos al género emerger como una pieza fundamental en la construcción histórica de los procesos de producción del conocimiento y en la constitución de las comunidades científicas.

Ceguera epistémica en salud por Laura Belli

Laura es bioeticista y trabaja sobre temas de salud pública.

La identificación y visibilización del sesgo androcéntrico permite vislumbrar que, a pesar de que en el ámbito de las investigaciones médicas se sostiene y legitima el reconocimiento del binomio sexual masculino-femenino, se sigue tomando a la primera parte del mismo como la unidad de medida universal. Esto resulta paradójico: a pesar de que el sexo es una variable biológica fundamental en la investigación biomédica, no siempre parece ser considerada. ¿Por qué? Porque se la omite en gran medida en el diseño experimental de los estudios fisiológicos básicos, en la traslación de estos hallazgos a la investigación clínica y en el desarrollo de estrategias médicas personalizadas. Dicha omisión responde a que, en gran medida, hasta el día de hoy la mayoría de los estudios relacionados con la fisiología humana se han centrado en, o han sido conducidos por, varones

Este problema en las investigaciones del área de salud no es nuevo. En 1985 Lois Verbrugge publicó “Género y salud: una actualización sobre hipótesis y evidencia”, un estudio pionero sobre este problema. En este artículo, la autora indagó acerca de las diferencias existentes en la mortalidad/morbilidad asociada al sexo, mostrando claramente que existen diferencias en la vulnerabilidad y prevalencia de ciertas enfermedades entre varones y mujeres. En 1990 se realizó el Congreso de Mujer y Calidad de Vida en Barcelona, donde comenzó a cuestionarse la invisibilidad de las mujeres en las Ciencias Médicas. El reclamo central estuvo puesto en el reconocimiento de que tanto los aspectos biológicos como la clínica de las enfermedades no se habían estudiado de forma diferencial, entre mujeres y varones, y tampoco entre las mismas mujeres. Estas advertencias —junto con la evidencia científica recolectada durante más de dos décadas— impulsaron que en 1993 se sancionara en los Estados Unidos la llamada ley de revitalización de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), que ordenó la inclusión de mujeres como sujetos participantes en las investigaciones con seres humanos. En el año 1996, durante el primer Congreso Internacional Mujeres, Salud, y Trabajo, también celebrado en Barcelona, investigadoras de todo el mundo presentaron la propuesta interseccional de que la comprensión de la salud de las mujeres no puede reducirse a sus aspectos meramente fisiológicos, sino que además debe analizarse  siempre en relación con los aspectos psicológicos emocionales y sociales (incluyendo las condiciones de vida y trabajo y los otros condicionantes como el ambiente).

Estos cuatro eventos permiten ilustrar el movimiento que comenzó a mediados de los años 80 en relación con las investigaciones (movimiento que abogó por incorporar la perspectiva de género en el ámbito de las investigaciones biomédicas) y que, aún hoy, sigue luchando para que estas buenas prácticas se vuelvan el estándar. 

Pasaron veinte años desde que las epistemólogas feministas advirtieron acerca de los riesgos del sesgo androcéntrico en salud hasta que finalmente se reconoció su impacto en las investigaciones. Veinte pasaron ya desde que terminó la década de 1990 y, aún hoy, este sesgo persiste con fuerza en la comunidad médica en todo el mundo y gran parte de las investigaciones no incluyen mujeres, ni participantes pertenecientes a otros grupos étnicos o identitarios subalternizados. Cabe preguntarnos: ¿qué sucede en el caso de las investigaciones de posibles vacunas para el COVID -19? ¿Están representadas las mujeres, los diferentes grupos étnicos y minoritarios? ¿Las diferentes edades? Lamentablemente, como se puede leer en esta edición del newsletter, no mucho parece haber cambiado. Por eso, es importante pensar qué consecuencias podría tener esta omisión en la salud mundial. 

Objetividad por Agostina Mileo (sí, yo otra vez)

Con la caracterización del sesgo androcéntrico, la objetividad como concepto fundante de la práctica científica comenzó a ser cuestionada. A lo largo de los años, las epistemólogas feministas han destinado ríos de tinta a preguntarse cosas como: si todo conocimiento es producido desde un punto de vista, ¿puede existir la objetividad? ¿Es la objetividad un ideal a perseguir desde las ciencias?

Para ilustrar este problema, voy a referirme a un trabajo de Donna Haraway que, a mi parecer, tiene un abordaje muy interesante. 

Lo primero que señala la querida Donna es que este manto de duda sobre la objetividad ha producido una dicotomía. Por un lado, el constructivismo social afirma que el conocimiento científico es meramente un discurso construido a partir de dinámicas de poder. Por otro, el feminismo empírico sostiene que lo que impide la concreción del ideal de objetividad es su construcción desde el punto de vista de los varones, pero no critica los estándares científicos. En el primer caso, se propone una mirada relativista, en la que no hay nada que podamos considerar real. En el segundo, una mirada totalizante, en la que un punto de vista “desde las mujeres” es el justo y el correcto.

Ante este panorama, Haraway se hace la siguiente pregunta: ¿cómo lograr simultáneamente dar cuenta de la contingencia histórica de toda la producción de conocimiento y de todos los sujetos cognoscentes, desarrollar una práctica crítica de nuestros modos de producir significados y a la vez comprometernos con algunos hechos? Su propuesta entonces consiste en una noción de objetividad basada en “perspectivas parciales”, en la que el conocimiento se construye a partir de la visión de distintas personas sobre un tema y no a partir de criterios fijos de objetividad, lo que la vuelve un diálogo que nos permite mediar entre nuestra experiencia con las cosas del mundo y nuestra interpretación de ello.

Esto es especialmente importante si tenemos en cuenta que, al identificar sesgos machistas en las ciencias, muchas veces se termina equiparando ciencia con machismo. De esta forma, por su asociación con lo científico, la objetividad como criterio es desestimada dentro del feminismo. Haraway entonces propone una reivindicación y reapropiación de la objetividad para usarla como criterio de construcción de un conocimiento desde y para los feminismos. Y de paso, lo dice mucho más lindo: “La objetividad feminista es acerca de lugares determinados y conocimiento situado, no sobre trascendencia y división entre sujeto y objeto”.

Cambia tu manera de pensar en mí

Otro concepto acuñado por las feministas y popularizado por los medios es el de techo de cristal. Con este sintagma se señalan las barreras invisibles que impiden que las mujeres lleguen a puestos de liderazgo y que en ciencia es notorio. Para citar solo un ejemplo, más de la mitad de los investigadores de CONICET del primer escalafón son mujeres, mientras que en la categoría más alta son solo el 25% del total. Para citar uno más, este hilo de Victoria Flexer sobre su nuevo cargo como directora del Centro de Investigación y Desarrollo en Materiales Avanzados y Energía de Jujuy es imperdible.

El premio Nobel, por supuesto, es otro ejemplo y uno bien paradigmático. Hasta 2019, solo 54 mujeres habían sido galardonadas, cantidad que se reduce a 22 si contamos las categorías de medicina, química, física y economía. Este año, las redes estallaron cuando se supo que Andrea Ghez integraba la lista de los 3 laureados en física, que Emanuelle Charpentier y Jennifer Doudna recibieron el de química y que el de literatura se lo llevaba la poeta Louise Glück. 

En lo personal, si bien me alegra mucho y me pongo chauvinista de género (?), soy un poco reticente a pensar que esto es un logro representativo de los objetivos feministas. Por supuesto, reconozco la importancia de la representación y la referencia. Me parece absolutamente necesario generar otras imágenes de la excelencia y el éxito y un paso fundamental para derribar estereotipos y construir imaginarios populares que habiliten otras posibilidades para las infancias. Sin embargo, me pregunto si que haya muchas mujeres que ganan Nobel haría que los Nobel fueran feministas y la verdad es que creo que no.

Para mi, el feminismo se trata de igualdad y no podemos ignorar que los Nobel, por ejemplo, tienen un sesgo geográfico muy fuerte. ¿Cuántos premios en las áreas de ciencia se entregaron a personas que desarrollaron su trabajo en el sur global o en oriente? Un poco lo que decía Haraway sobre el feminismo empírico, no se trata solo de cambiar mujeres por varones sino de cuestionar los estándares.

Y si bien mis reflexiones son muy interesantes, esto que digo de las instituciones también aplica a nuestras prácticas personales. Lo que piense una mujer no necesariamente es feminista: para hacer feminismo hace falta pensar en conjunto. 

Así que para cavilar sobre esta cuestión de las mujeres, los premios y el feminismo entrevisté a Carmina Perez Bertolli, quien ganó el premio Luis Másperi 2020 a la mejor tesis de licenciatura en física del país.

Si bien el premio se otorga anualmente, en tu caso tuvo mucha más repercusión. ¿Por qué creés que fue así?

La verdad, no sé. Yo me enteré este año de que existía el premio. Iba a presentar el trabajo a un congreso y mi director me sugirió mandarlo al Luis Másperi. Creo que fueron varias cosas, pero sobre todo que por la pandemia las redes sociales están más presentes, como que no tenés mucho más para hacer que estar ahí. 

Las repercusiones empezaron cuando se viralizó el tweet de UNSAM en el que me felicitaban y, si bien un montón de gente me tiró buena onda y me hizo comentarios re lindos, también tuvo su lado malo. Recibí varios comentarios de varones objetivándome por mi imagen, como si me interesara su opinión. Muchos pajeros diciendo cosas tipo “pasame el Instagram de la minita”. O sea, entre las cosas negativas que me dijeron ninguna fue “me parece que no está tan buena tu tesis”.

Igual, a pesar de esto espero que pesen más las cosas buenas y que sirva para que el premio se visibilice todos los años, porque el conocimiento es de todes.

En varios medios que levantaron la noticia, aparecés con el pañuelo verde. ¿Por qué elegiste usarlo?

Justo me invitaron a hacer un video el día después del Día Internacional por el Aborto Seguro y me pareció adecuado. Yo creo que la ciencia está muy ligada a la cultura y a la política y quise aprovechar la visibilidad porque las científicas también somos mujeres y tenemos nuestras luchas. Así como peleamos por el derecho a que no se nos falte el respeto como me pasó en Twitter y como les pasa a muchas en muchos trabajos y lo hacemos desarrollando herramientas específicas para nuestro contexto, también peleamos por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos como todas las demás.

¿Qué opinás de quienes señalan que hay una contradicción entre tener una imagen que ayuda a ser visibilizada por los medios y difundir mensajes feministas?

Creo que cuando por ir en contra de un estándar se crea otro se puede caer en una paradoja peligrosa. En este caso, por oponerse a los estándares de belleza tradicionales se termina armando un estándar de mujer feminista. 

Sin dudas, para algunas es más fácil ser visibilizadas que para otras y eso es injusto. Pero eso no significa que todo sea fácil o que no tengamos nada que decir. A todos nos gustaría que no nos importe lo que dicen o piensan los demás, pero no siempre es así. Tener miedo de que alguien crea que un profesor te aprobó porque sos linda es muy fuerte y violento. 

Además, para todas siempre está el miedo a que por ser mujer se desestime nuestro esfuerzo y trabajo. A mi por ejemplo el CBC me resultó súper difícil y la carrera me costó mucho. Y eso chocó con la sobrecarga de probar mi capacidad constantemente. Por otro lado, no solo se trata de probar que tenemos la misma capacidad, sino de que se nos permita cometer los mismos errores.

¿Cómo sigue tu investigación?

Voy a seguir con los rayos cósmicos y las mismas astropartículas, que son los muones. Sin embargo, mi trabajo doctoral no es una continuación de mi tesis de grado. Para empezar, cambié de laboratorio. Ahora voy a analizar los datos del Observatorio Pierre Auger, que queda en Mendoza (antes trabajaba con el Laboratorio Subterráneo ANDES que está en San Juan). En mi trabajo anterior, estimé el flujo de muones como señal de ruido, o sea que infería su presencia a partir de la detección de interferencias. Ahora los quiero detectar de forma particular.

La que firma un papel y te entrega su vida

Nuestras cartas son digitales y mi vida no son los lunes, pero espero que en este día de descanso te haya gustado recibir un pedacito de mi corazón junto con las noticias y que, si querés y podés, recuerdes dejarle un pedacito de tu billetera a Cenital. Porque yo no soy esa mujer, pero soy esta y me encanta que nos sigamos conociendo.

Te mando un beso enorme,

Agostina

p/d: si todavía tenés una idea falsa del amor y no agarraste las referencias de este news, escuchar la canción es un contrato y una imposición. Y si estás en plan feriado nivel Dios mirate este documental de Timbiriche.

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Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.
@Bcientifica

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