No es mi despedida

El funeral de Diego. De la Casa Rosada a la autopista.

Hola, ¿cómo estamos?

(Sólo por una verdadera razón de amor que vos conocés es que este correo, que debía salir el sábado, sale hoy, pero quería contarte lo que vi en el funeral y en la despedida de nuestro Diego)

Con la camiseta que lleva el 10 en el pecho, la de su partido homenaje, un pelado camina, sale de la Casa Rosada después de ver el cajón, grita agudos, solloza, respira mocos, desparrama lágrimas, con espasmos de tristeza, va lento, con los brazos cruzados, acariciándose los codos. Se abraza solo. Porque ya no puede abrazar a Diego.  

No dura más de diez pasos la peregrinación en el funeral que siempre nos preguntamos cómo sería y, ahora, no podemos aceptarlo. Qué garrón, Diego, qué garrón, grita un gigante, que se pega trompadas en la cara. Un señor besa un clavel que estruja con las dos manos y se lo tira a Diego. Dalma lo mira con los ojos estallados y le agradece. A él. A una señora que le tira una foto de los Cebollitas que tuvo colgada toda la vida en su living. A un pibe que se mete los dedos en la boca y hace muá y lo señala y apenas se le entiende los te amo, para siempre, Diego. Al plantel de Gimnasia. A Gallardo. A Cristina. A miles de millones que están o no aquí. No es sólo ella. Su mamá, la Claudia, dos pasos atrás, mueve las manos y saluda. No entra más amor en este velatorio. Ellas, sin embargo, hacen lugar.

Diez pasos. Un puñado de segundos. Es tan corto el tiempo que recién afuera se exhala el oxígeno que te metiste para bancártela. Se tarda un rato en recuperar el aire. Quizás, se tarde una vida en recuperarse de haber perdido a Diego. Que está ahí en el centro del salón al que se desembarca ingresando por Balcarce 50. Está ahí, Diego, y no se puede creer. Rodeado de flores, de las de verdad, artificiales, coronas caras, dos claveles por 50 pesos, jazmines, pasto. Abrazado por la camiseta de Boca, la de Argentinos, la de Gimnasia, la de Argentina, la de Venezuela. Lo cuida un pañuelo de las Madres. Le dejan pelotas. Dibujos. Carteles traídos de cualquier parte del mundo. Un ticket de un partido del Nápoli. Cuando lo sacan, a las 16, porque ya no se puede contener a las multitudes que darían su vida por tenerlo un rato más, porque en el Patio de las Palmeras de la Casa Rosada hay hasta un chico en patas llorando, porque hay gente cantando “olé olé Diego, Diego” a un piso del despacho presidencial, queda en el suelo dibujado un mapa de Argentina. No es que todo es mitológico aquí: es que ni los mitos alcanzarían para explicarlo.

En la Plaza de Mayo, al Monumento al General Manuel Belgrano le pintan un 10 en la pierna izquierda del caballo. Se propone ponerle Maradona a la avenida Rivadavia. Se canta el himno. Oíd morales y unas cuerdas vocales queman: “Dale que Diego nos escucha”. El grito sagrado: “Dale que Diego no se fue”. Sean eternos, un llanto, mil llantos, el pecho inflado, cuesta seguir y una señora que vio el gol a ingleses en una televisión portátil grita: “Los laureles que nos supiste conseguir”. La canción continúa con Argentina, Argentina, Argentina. Hay banderas celestes y blancas por todos lados. Una tiene al Che o, como dice un niño, al tatuaje de Diego. Suena la Marcha Peronista. Una anciana reaparece en el asfalto del que la marginó la pandemia: “Yo acá, en esta avenida, despedí a Eva, a Perón y a Néstor. Pero esto es demasiado”. Es innegable la representación popular que conlleva Maradona, que algún día aseguró que sólo se quedó con ganas de conocer a Juan Domingo. Porque vio a Fidel, a Chávez, a Kadafi, a Juan Carlos de Borbón, a Evo, a Xi Jinping. Eso está. Eso late. La política, como esa silueta de ser parte de algo y de no ser parte de otra cosa, florece en el cantito del que no salta es un inglés, en un trapo gigante que reza Hasta la victoria siempre, en el pasacalles de La Poderosa que narra “Todas las villas en una sola persona, Diego Armando Maradona”, en una señora que tiembla contra una valla con una casaca firmada por Diego que dice “para los humildes”. En un tatuaje en una espalda que reza: “El pueblo no olvida a quien no lo traiciona”. En montones de gentes que hoy dejan en claro que lo sienten un libertador. Un aliado de clase. Un abanderado de los que no llegaron que recuerda a los que quedaron en el camino.

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El día marcha a lo Diego. A las 7 de la mañana, llegó un chico que hace un año lo fue a esperar a La Plata, le suplicó que le firmara las costillas, fue corriendo a un tatuador y le pidió que, con tinta, lo dejara para la eternidad. Pudo meterse dos veces a decirle adiós. A las 10, la fila llega hasta la calle Chacabuco, son 400 metros hasta la Casa Rosada y se tarda cuatro horas por reloj para pasar dos cacheos, un detector de metales, una máquina que mide la temperatura corporal, esperar unos minutos y pasar a la Capilla Ardiente. A las 12, la fila solo organizada por los peregrinos llega hasta San Juan y 9 de Julio. A las 14, un grupo de oficiales de pechera celeste dirá que entrarán los que ya doblaron por Avenida de Mayo y nadie más. Las motos de la policía rugirán entre miles de músculos y de huesos llenos de cariño, disparando hacia el cielo, sin piedad, con desprecio por ese pueblo que vino a despedirse. Más temprano, vi oficiales conmovidos, pero les duró poco. La organización de la represión, de quién la planificó, quién la organizó, quién la ejecutó, es un problema estructural y constante de este país que le excede a Maradona y a sus amores. Pero incluso ahí Diego emerge como ejemplar: “Tuve una infancia muy jodida y mi única alegría fue sacarme una foto con vos”, dice un cartel que sostiene una adolescente. El amor, la generosidad y la sensibilidad se tienen, se sienten, se militan y se ejercen. Eso, también, está en juego en las razones de un funeral por el que se olvida la cancha manchada por coronavirus.

Hay camisetas de todos los equipos. Ni en los Mundiales ocurre. Una costumbre de Ciro -el mismo que escribió los hermosos versos del cuando se caigan las paredes de esta gran ciudad, cuando no queden en el aire más cenizas de lo que será, qué será: Maradó– en los recitales de Los Piojos y de Los Persas es terminar leyendo, desde el escenario, los barrios que están escritos en las banderas de palo que se agitan. Vale esta copia al cantante al que Diego le regaló sus últimos botines en el profesionalismo. Enumero las casacas que vi -y perdón al infinito que no vi-: Boca, Lanús, Chacarita, Chicago, Deportivo Merlo, Sportivo Belgrano de San Francisco, Laferrere, San Martín de Tucumán, Excursionistas, Temperley, Central Ballester, El Porvenir, All Boys, Platense, Colón, Newell’s, Unión, San Miguel, San Telmo, Central, Talleres, Racing, Independiente, San Lorenzo, Huracán, Vélez, Banfield, Atlanta, Almagro, Mandiyú, Gimnasia La Plata, Estudiantes de La Plata, Flandria, San Miguel, Berazategui, UAI Urquiza, Villa Dálmine, Defensores de Belgrano, Los Andes, Almirante Brown, Defensa y Justicia, Dorados de Sinaloa, Barcelona. Nápoli.

No soy religioso. No me siento representado en los rituales. Pero juro que a cada paso que me acerco a la Casa Rosada me tiemblan las patas, me cuelgo, lagrimeo. Pienso en mi papá y en los papás y en las mamás de mis amigos llorando en el teléfono cuando se enteraron. En mi abuelo, que me atiende y me dice: “Yo a Diego lo quiero mucho”. En un cuerpo gigante que dibuja con tiza en el piso la mirada firme del capitán del 86. En las banderas que nos rodean a media asta. Hasta en el pibe que anuncia que vende birra tan fría como el pecho de los ingleses. En un nene de piluso bostero, a caballito de su viejo, que le aprieta los muslos, se muerde los dientes, llora, con mocos, en silencio: “Va a poder decir que su papá lo trajo a despedir a Maradona. Y se va a acordar. Y yo, con eso, voy a ser feliz para siempre”.

Como si fuera una tribuna, las rejas de la Rosada tienen enamorados y enamoradas colgadas. Es la revancha de los que no pudieron entrar. El coche fúnebre sale, las multitudes invaden la autopista, desde los balcones todos apoyan su mano en el corazón y saludan a Diego, que es su historia, su familia, la gente con quien vieron los partidos, cada recorte de una vida interminable que en algún lugar nos tuvo. Hay motos, velocistas, familias enteras paradas sobre el asfalto, camisetas que se sacuden, manos que despiden a un pedazo de Argentina. Hay kilómetros de brazos sacudiéndose por el Acceso Oeste, dejando un pasillo libre para que circule el más mágico de los seres que pasaron por este tierra, un futbolista del que no tenemos dimensión y un ídolo popular al que seguiremos buscando infinitamente. Hasta caducar y ya no encontrarlo.

Una pantalla gigante muestra el gol a los ingleses. La asistencia a Caniggia contra Brasil. El llanto por el segundo puesto del 90. Gol. Goles que se gritan como si ocurrieran ahora. El grito es que Dios es argentino. Que Dios le prestó la mano. O la zurda. Esto, de a ratos, es una fiesta. También, un velorio. Estamos todos juntos, apilados, a pesar de la pandemia. La vida desborda a la realidad. Diego fue, es y será lo imposible. Quizás, le quedaba una gambeta más. Quizás, ya quería irse. Quizás, de verdad, se terminó y ese coche fúnebre que viaja entre la multitud tiene escrito: “Diego Armando Maradona”. 

Una sola cosa, lo mismo que intenté decirte mientras lloraba frente a tu cajón: “Muchas gracias, Diego”. 

Zequi

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Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.