Ni le intentes buscar explicación: vamos a jugar la final

Argentina le ganó a Croacia 3 a 0.

Que ni lo intentes. No le quieras buscar explicación. Los mundiales se sueñan en el pasado, se viven en el presente y se analizan en el futuro. Te queda hasta el último tramo antes de la muerte y después para contar cuántos metros corrió Nahuel Molina para llevarse la marca y que Julián hiciera una diagonal y metiera el segundo gol.

Que ni se te ocurra. Porque vas a hallar un agujero negro. O mejor: uno de colores. Que si fue penal. Que dónde estaba parado el defensor croata de millones de euros para habilitar a Julián y que el pase encajara como si fuera de otra década, con otros sistemas tácticos, en que se disputaba el juego en otra longitud. Esto es ahora. En Catar. En Argentina. En Bangladesh. En donde sea.

Que ni te fuerces en pispear cuánto se toca el isquiotibial Messi. Que si el 10 está al límite o qué. Si el cuerpo acá no existe. No existe, no es cuerpo, no son músculos, ni huesos, ni oxígenos: son partículas de sueños creados en una jugada hecha de figuritas en el living de una casa. Pensadas para una noche, en un país que ni sabías que existía, estar en bóxer, saltando, cantando, que la tercera, que la abuela, que para ser campeón, hoy hay que ganar.

Que ni asomes la nariz para realizar el cálculo de qué cambió entre un Mundial y otro para ser arrollado o arrollar. Pensá en tu abuelo o en tu abuela o en tu hijo o en quien quieras. O en el festejo de gol. O en el beso que no te animaste a dar y ahora en ese quilombo seguro se te da. Dale, intentalo, si no se te da hoy, en esta avalancha, no se te va a dar más.

Que dale. Buenos perdedores. Malos ganadores. Campeones del hiperfútbol. De qué carajo me vas a hablar. Si vulgares o épicos. Si señoritos sin señorío. Esto son lágrimas. Instantes de segundos. En que un pecho explota. Una jugada aislada, otra más y otra. El corazón en la boca. Perder lo que antes ni se tenía. Quién puede hablar del VAR de las leyes si esto es pura tensión y corazón. Si hasta hace cuatro años Messi había disputado cuatro mundiales y no había marcado un solo gol en fase definitoria y ahora la clavó en octavos, en cuartos y en la semi. Si Julián fue a Rusia 2018 como sparring. Si a Enzo Fernández no lo vislumbraba ni Gallardo. Si el Dibu iba a yoga en Londres esperando por encauzar un rato de titularidad. Esto es un abrir y cerrar de ojos. No importan los millones ni el banco ni la cuenta: acá se come y paga el que no pudo. Y hasta Dios es suplente.

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Que aunque te tiente, no repases cada anticipo de Otamendi y del Cuti Romero. No va a tener sentido. La rompieron, lo sabemos y, si no, qué importa. Ya algún día te van a salir canas en las barbas o se te va a caer el pelo y cada detalle de esta historia va a ser tu conexión con alguien de la juventud que no haya tenido ojos para ver este relato.

Pero no. No hay análisis. Ni verdad. Ni mentira. Ni posibilidad. De que el corazón sea defensivo ante la razón. Porque de eso se trata este juego. Este deporte. Que no se parece a ningún otro. Que lo pueden comparar, pero que no tiene sentido. Porque mientras la Tierra sea redonda va a ser futbolera. Porque aunque vaticinen el final de estas emociones, una vez más, y otra vez, Messi va a estar viejo, encorvado, sin aceleración y de qué lugar, desde qué lugar, va a enganchar, de revés, de espalda, para un lado, para el otro, qué baile, por favor, para desbordar y ganarle terreno a un croata. Para pasársela a Julián. Abrazarse. Besarse. Que viva el fútbol. Argentina. Ni lo intentes. No le quieras buscar explicación. Vamos a jugar la final.

Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.