Natalí Schejtman: “Necesitamos políticas públicas para las industrias culturales en nuestra era”

Las plataformas y la producción audiovisual local, ¿se puede pensar en fomento para que más cine nacional llegue al on demand? Entrevista a la autora y especialista en medios en la última entrega de Burofax.

Hola, ¿cómo estás?

Yo, feliz porque Argentina le ganó a Polonia, emocionada por los golazos de Mac Allister y Álvarez y muy ansiosa por el partido de mañana. Además, la semana que viene viajo a Argentina y soy el meme de mi país mi país. 

Este es el último Burofax que voy a escribirte, de modo que si llegás al final te encontrarás un paréntesis reflexivo, algunas cifras y datos de nuestro intercambio y tres cosas que quiero que te lleves de este newsletter. 

Vamos con el tema de hoy. Entrevisté a Natalí Schejtman sobre plataformas y producción audiovisual. Natalí es licenciada en Letras, tiene un máster en Gobernanza de medios y telecomunicaciones en London School of Economics y está haciendo su doctorado en la Universidad de Buenos Aires. Es periodista, docente, publicó el año pasado Pantalla partida. 70 años de política y televisión en Canal 7 y forma parte del equipo de investigación en industrias culturales de la Universidad de Quilmes. Me dijo algunas claves: la gran innovación de las plataformas es que el capital es internacional, pero en varios casos las ideas son locales. Como toda plataforma, aspira datos y no sabemos qué hay adentro. Y por último, nos debemos una discusión estratégica para repensar el interés público y el fomento de producción audiovisual en esta era. 

¿Cómo ves el momento actual de plataformas y producción audiovisual?

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NS: Las plataformas habían empezado como una librería de contenido y después se metieron a producir contenido propio. Estoy pensando en Netflix, pero también Amazon. Al meterse en la producción, empiezan a tener otro rol respecto de los fondos y los recursos humanos y también respecto de cuestiones más específicas de las industrias culturales en cada país. 

Esto coincide con una crisis en el modelo de fomento al cine nacional que lleva un buen tiempo: los subsidios del INCAA pierden contra la inflación, la pandemia y las restricciones tuvieron un efecto muy negativo en la producción y, desde ya, en las entradas de cine (una de las fuentes de financiamiento del Fondo de Fomento). Y está todavía abierta la discusión impositiva/regulatoria sobre las plataformas en el país. Las producciones se pararon, los cines se cerraron, Netflix escaló –si bien ahora está mostrando una caída en suscripciones–, en el contexto de políticas cinematográficas que necesitan ser revisadas. 

Creo que estamos siendo testigos de una transformación en cómo se produce en el mundo audiovisual y un cambio cultural en los productos, con las plataformas jugando un gran rol. 

Las plataformas son internacionales o extranjeras, pero lo cierto es que buscan recursos humanos locales, conocimiento específico e ideas nacionales. ¿Cómo ves esa combinación? 

NS: Creo que se da una versión de la típica discusión de la cultura global y local para el “capitalismo de plataformas”: las plataformas son globales pero trabajan para audiencias hiperpersonalizadas gracias a los algoritmos. Ahí me parece que hay una conjunción novedosa en lo cultural. Creo que hay que diferenciar su estrategia de colocación en nuevos mercados, en la que produce o adquiere contenidos locales para un público más bien local, de su estrategia comercial más global y ahí aparece algo súper interesante que es la producción de contenidos locales para una audiencia global, o sea la idea de universalizar cierto contenido. 

Por ejemplo en Argentina, 1985 y en El fin del amor, película y serie producidas por Amazon este año, yo vi muchas cosas locales y otras más universales que, en ambos casos, logran ser comprensibles para un público no local. Por eso me pareció interesante lo que contaba Tamara Tenenbaum de varias cosas en la serie que tienen sentido para el público argentino, como por ejemplo una profesora universitaria que tiene muchos trabajos. Eso es algo muy local, y quizás no es lo que pasa en todos lados, pero igual con un buen guión se entiende. Además, lo cierto es que en este contexto la flexibilización y la precarización laboral aparece mucho en los trabajos “prestigiosos”, no es algo que suceda solo en Argentina. De modo que si lo ve alguien de otro país no le hace ruido porque además se explica en el relato y en la narración. 

En ese sentido también me parece interesante la discusión que se dio con Argentina, 1985 a partir de algunas ausencias o decisiones que se leyeron desde sensibilidades políticas locales. Yo pensaba que la película trata sobre un proceso argentino histórico local muy importante que busca ser comprendido por un montón de públicos y un montón de audiencias, entonces me pregunto cuántas de estas decisiones leídas en clave de la política local se explican no tanto por un sesgo ideológico sino por una decisión de no meterse en determinadas internas y cosas que a espectadores de otros países no les hacen tanto sentido. Es una pregunta. Quizás la película busca entonces conectar con algo más conceptual que puedas entender desde cualquier lugar y tiene muchos aspectos muy de “color local” también –Tribunales en los 80, etcétera–. Me parece que en estas lecturas de lo local y lo global no hay que ser cliché, o sea, no hay que pensar que un espectador extranjero quiere ver de Argentina el Obelisco o Purmamarca, sino pensar en dónde está lo potencialmente global de ciertos contenidos y qué es para las plataformas algo “muy local”. Hay algo interesante que mostró un artículo reciente de Ornela Carboni que entrevistó a guionistas que trabajan para plataformas. Lo que ellos contaban es que a veces eran contratados para hacer contenidos para diferentes partes del mundo y ellos escribían en español pero después había dialoguistas del país de origen para que sea más verosímil. Me parece interesante ese híbrido que se plantea, en donde convergen distintos tipos de desterritorialización no solamente del trabajo, también del contenido, de las ideas, algo que es preexistente en este mercado a las plataformas, pero que las formas actuales de producción y consumo les otorgan particularidades. Desde hace mucho que sabemos que con la globalización hay grupos sociales de ciertos sectores económicos y franjas etarias que pueden tener más en común con sus pares en otras ciudades del mundo que con gente que vive en otras provincias, localidades o hasta barrios de su misma ciudad. De modo que hay que diseccionar qué es el “público local” también.

Un último punto sobre esto de contar historias nacionales… La serie de Netflix que trata el caso de Nisman, que probablemente sea uno de los hechos más polarizantes de la historia reciente de la Argentina, la dirigió un documentalista británico para Netflix. Tengo la sensación de que el hecho de que la haya investigado alguien de afuera también cooperó para que gustara a ambos lados de la grieta. Estamos viendo entonces también qué pasa cuando “tus” historias las cuentan otros y cuando esas historias tienen un componente periodístico en un contexto de mucha polarización y desconfianza. 

¿El capital internacional está cambiando las ideas? O sea, ¿se producirían cosas distintas si los productores fueran nacionales? 

NS: Bueno, es contrafáctico obviamente. Pero siempre podemos leer en un contenido algo de sus condiciones de producción, aunque no siempre de forma directa. Ojo, hay producciones argentinas que buscaron históricamente audiencias globales, no es algo nuevo –un sector muy pujante del mundo audiovisual hizo toda una carrera internacional–, pero también tenés un cine de autor que tiene otros circuitos y distintas categorías de películas en la industria. El nuevo cine argentino de principio de siglo daba cuenta de un momento del país y de la industria y eso suele pasar. Respecto de las plataformas, por supuesto, hay una dimensión de extranjerización de la renta: ellos invierten y se llevan las ganancias. Pero esto de que el capital sea internacional, pero las historias sean locales es una gran diferencia, y quizás incluso una mejora, respecto a los históricos tanques de Hollywood que todos íbamos a ver al cine. 

Sí. Ahora volviendo al tema del contenido, me pregunto si ellos no generan también que veamos cosas de otros países. Digo, yo ahora veo series alemanas porque están en Netflix que de otro modo no vería.

NS: Sí, creo que hay que matizar a la hora de analizar culturalmente los efectos de estas plataformas. Por un lado, el otro día leí un artículo interesante que hablaba de la diáspora cultural y cómo un chico que se había mudado de Dubai a California podía escuchar la música de su infancia gracias a Spotify, mientras que a la vez tenemos distintos movimientos de músicos protestando contra contratos que consideran abusivos o que nos les sirven. Las plataformas son muchas cosas a la vez y la globalización cultural que proponen no es blanco o negro y siempre. Por otro lado, Ezequiel Rivero y Ana Bizberge publicaron hace poco un análisis de los contenidos en siete plataformas en relación a tres aspectos: presencia de una sección de contenido nacional, obras originales nacionales y productoras que realizan contenidos. Concluyeron que sólo dos de ellas tienen secciones nacionales y las producciones originales nacionales son muy marginales, a la vez que también son pocas y en general son las mismas productoras las que trabajan para plataformas, por lo que el peso de lo nacional es marginal. Eso también sirve para relativizar cuál es el peso específico de los contenidos locales finalmente. 

Claro, ¿ante eso qué rol le queda a las políticas públicas? 

NS: Lo que necesitamos son políticas públicas para las industrias culturales en nuestra era. Y eso es como un gran agujero. Te digo tres cosas. Uno, las plataformas son internacionales y por tanto muy difíciles de regular en los países, como venimos viendo. Pero va a ser fundamental hacerlo, como en el caso de la “Tasa Netflix” en Suiza para impulsar el cine nacional. Dos, en este momento, para una parte de los recursos humanos es más redituable trabajar para plataformas que para producciones locales. Y el aspecto laboral es muy interesante. Ese trabajo de Ornela Carboni que cité antes da cuenta por medio de los guionistas de cómo funciona el control creativo o la última palabra. Entonces es un caso interesante de transnacionalización creativa, tercerización de recursos humanos, pero con control de la corporación que cuenta con métricas y algoritmos sofisticados para saber bastante exactamente lo que les gusta a las audiencias. Y lo tercero. Hace un par de semanas, en una nota Vanessa Ragone que es una productora importantísima dijo, y te cito la frase textual: “Hoy las plataformas son las únicas fuentes de financiamiento posible para hacer películas, sea del modo que sea”. Esto es muy interesante, ¿quiénes son las que hoy cuentan con el presupuesto? Por un lado, los subsidios del INCAA fueron perdiendo contra la inflación y los productores suelen decirte que no alcanzan. Pero a la vez, todas las plataformas juntas producen una cantidad muy limitada de películas y contenidos nacionales al año. De ningún modo podemos decir que una cosa reemplaza a la otra. Ni hablar del tipo de contenido: las plataformas tienen fines de lucro, cuentan con un enorme presupuesto, tienen criterios editoriales, comerciales, etcétera. Urge entonces pensar qué rol van a tener las políticas públicas nacionales –aunque puedan implicar gravar a las plataformas extranjeras, como se viene discutiendo hace años– en el fomento para que pueda desarrollarse de manera eficiente una industria nacional y a la vez, tratándose de una política cultural, para que puedan tener lugar películas diversas y valiosas no necesariamente desde lo comercial: la diversidad geográfica, el volumen de la producción, la experimentación artística. 

También me parece que dada la enorme tradición en Argentina de producción audiovisual hay lugar para un pensamiento tipo Mariana Mazzucato de intervención estatal estratégica. Creo que hubo intentos y políticas en ese sentido y este momento tecnológico-cultural exige repensar este rol. Uno de los problemas con la intervención estatal –hay varios– es que siempre cambia todo cuando hay un cambio de gobierno, cambian los logos, las marcas, las URL y así es muy difícil instalar plataformas y afianzar políticas. Esto es un proyecto que tiene que ser mínimo a mediano plazo. Pensá que la BBC armó el iPlayer, su plataforma on demand, en 2007, imaginate su visión que en 2007 hicieron un portal on demand. La BBC tardó mucho en perder con Netflix y ahora está luchando, pero se mantiene como una plataforma de uso cotidiano para buena parte de los británicos. Obviamente el ejemplo de BBC es extremo, por lo que representa, pero es siempre interesante analizar sus movimientos. En Argentina existe Cine.AR o Cont.ar, dos plataformas de distribución de contenidos –uno de cine y otro de medios públicos– pero no son una alternativa de ingreso para los productores y realizadores. Es fundamental rediscutir el rol del INCAA y del Fomento Audiovisual para esta época. Pensá que hoy, por ejemplo, el Fondo de Fomento se nutre, entre otras cosas, de un impuesto del 10% a los alquileres o ventas de video o DVD… O sea que está claro que tiene que ser revisado. 

Yo creo también que las plataformas significan no solo un criterio hiper comercial de producción y consumo audiovisual, sino un volumen gigantesco de oferta. Hoy el mercado provee de todo, pero a la vez es imperioso repensar qué es lo que no provee y si algo como el interés público está garantizado en este mercado audiovisual liderado por plataformas internacionales y poderosas. Estamos en una era de abundancia, como dice Pablo Bockzkowski, hay una abundancia de contenidos, de información y de entretenimiento. En ese marco hay qué pensar qué rol y qué objetivos tiene la función pública en las industrias culturales y qué deberían exigirles los estados nacionales a las plataformas internacionales. 

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Abro sección despedida. 

Si tuviera que decir una razón para dejar de escribir Burofax es que quiero concentrarme en algo que empecé hace tiempo y que requiere ahora toda mi cabeza. Voy a hacer una breve digresión personal. Si bien soy una persona impulsiva y en general rápida para resolver, algunas cosas me llevaron más tiempo del que correspondía. Cuando empecé eso (que en mi caso era una tesis, pero creo que vale para cualquier proyecto) hace varios años sabía muy bien que no estaba haciendo lo que tenía que hacer y que estaba pateando cosas para adelante. También sabía que no podía hacer eso que tenía que hacer porque hay procesos personales largos que, pienso yo, están al mismo tiempo bajo nuestro control y no. Ira Glass, que es un señor que hace mi podcast favorito (This American Life), dice algo que me gusta mucho y es que si tenés ganas de hacer cosas y te largás con eso, durante los primeros años el resultado va a ser decepcionante. Como vos querés hacer esas cosas y tenés ideas y ambiciones, sabés que lo que estás haciendo no está bueno, no está a la altura de lo que deseás. Esto es normal, dice él, son cosas que pasan. La clave es no abandonar, sino seguir y trabajar mucho para llegar a eso que querés (acá podés escuchar todo esto de su boca). Bueno, yo sabía que lo que estaba haciendo en aquel momento no estaba a la altura y ahora – que debo convertir esa tesis en un libro – quiero y siento que puedo hacer el trabajo necesario para producir algo mejor. No solo eso, sino que además tengo curiosidad por ver qué es lo que puedo hacer. Eso implica también dedicarle una gran parte del tiempo que tengo.  

Desde que empecé Burofax hace algo más de dos años, hubo más de 5o ediciones y más de 14 mil personas se suscribieron para recibirlo. No soy periodista y no me dedico al periodismo, de modo que tuve que aprender escribiendo y preguntando a gente que sabe más. Algunos newsletters me salieron mejor, otros menos, pero creo que hacer cosas nuevas ocupa un lugar especial en el cerebro. Leer sus respuestas e intercambiar con ustedes fue siempre un disfrute. Me encantaron en particular las respuestas de los lectores más mayorcitos. En los news hablé de temas variados aunque casi siempre hubo un hilo conductor que tiene que ver con las dimensiones políticas de la tecnología. Este newsletter no sería posible y ciertamente sería peor sin las manos editoras del equipo de Cenital -en el último tiempo, en particular, las de Romina Zanellato-. 

Antes de despedirme, quiero decir tres cosas que me gustaría que te lleves de Burofax:

  1. Intenten no perderse en el celular: no quiero ser anti nada y lo cierto es que el celular pasó a ser todo -desde despertador, hasta libro- . Por tanto, el tiempo pasado en el celular es tiempo haciendo una enorme cantidad y variedad de cosas. Pero también es cierto que el teléfono y sus aplicaciones están diseñados para crear adicción y nos damos “atracones” (este término me lo brindó una lectora del news) que nos dejan absortos por un rato largo y medio confundidos al terminar. Quizás algo sensato y sensible sea intentar elegir qué tiempo y de qué manera le entregamos al teléfono. 
  2. Usen, pregunten, pidan que les expliquen: hace tiempo un amigo mandó a mi grupo de whatsapp del secundario una foto que era una captura de pantalla desde su celular. En ella se veía, además de lo que había querido capturar, el símbolo del volumen. Esto significa que mi amigo, de 39 años, no sabe hacer captura de pantalla sin que se le escape algún dedo apretando la tecla del volumen. Le dije que había que mejorar la técnica porque todavía nos queda mucho por aprender. Pregunten sin vergüenza, pidan ayuda, prueben cosas nuevas y usen la tecnología para mejorar y facilitar sus vidas en la medida de lo posible. 
  3. Desconfíen de los tech entrepreneurs y sus ganas de hacer un mundo mejor: son semanas tremendas para las tecnológicas. Twitter es un caos, la app de criptomonedas FTX estafó gente y se fundió, las grandes empresas están en crisis y bajo enorme presión de inversores para despedir empleados, entre varias otras cosas. Lo que sucede es que está bajando la espuma -hay crisis económica y menos capital disponible que el habitual- y el panorama se ve un poco más claro. No todas las empresas son rentables, no todas son innovadoras y el camino al infierno está plagado de buenas intenciones. Alguien -seguramente un tuitero- diría: “¿Y qué esperabas?”. Si bien hace tiempo aprendí que el mercado realmente existente no es el mejor asignador de recursos, esperaba algo más de la combinación de muchísimo dinero, mucha tecnología y recursos humanos hiper-formados. 

Gracias por llegar hasta acá. 

Un abrazo y hasta pronto,

Jimena

PD: Burofax se queda acá, pero Cenital sigue y crece. Hay muchos newsletters, muchos que me gustan mucho y leo cuando salen. Acá podés ver de qué van. Además, Cenital es una comunidad que se sostiene con tu aporte. Este año hicimos el podcast La Revancha, varios especiales y ahora estamos cubriendo el Mundial. Que no se corte. 

Soy economista (UBA) y Doctora en Ciencia Política (Cornell University). Me interesan las diferentes formas de organización de las economías, la articulación entre lo público y lo privado y la relación entre el capital y el trabajo, entre otros temas. Nací en Perú, crecí en Buenos Aires, estudié en Estados Unidos, y vivo en Londres. La pandemia me llevó a descubrir el amor por las plantas y ahora estoy rodeada de ellas.